EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 225
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- Capítulo 225 - 225 Capítulo 4 – Las Calles de Rashin Un Continente en Fiesta
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225: Capítulo 4 – Las Calles de Rashin: Un Continente en Fiesta 225: Capítulo 4 – Las Calles de Rashin: Un Continente en Fiesta La noche había caído sobre Rashin, pero la ciudad no dormía.
No podía.
No en un día como ese.
Las luces de miles de faroles colgaban sobre las calles empedradas, balanceándose suavemente con la brisa nocturna.
Algunos eran esferas de cristal con fuego azul, traídos desde Takrin; otros, finas cajas de papel aromático del Imperio del Dragón Dorado; otros, simples cuencos de barro encendidos por los pobladores locales.
Todos juntos formaban un río de luz que parecía flotar sobre las cabezas de la multitud.
El aire se sentía vivo.
Melodías de distintos rincones del continente se mezclaban en una sinfonía imposible de reproducir en cualquier otro lugar.
Flautas de Nanxi, tambores de Suryun, campanillas de Xianbei, e incluso los coros profundos del Reino de Andshi creaban una atmósfera que hacía vibrar el pecho de cualquiera.
Era el día intermedio entre las rondas del Turf del Continente, el día reservado no para competir, sino para celebrar.
Para reencontrarse.
Para recordar que, más allá de las fronteras, Drakoria era una sola tierra.
Las Avenidas de los Encuentros En las amplias avenidas de Rashin, los pueblos se encontraban como viejos amigos que no necesitaban presentación.
Mercaderes del Reino de Nanxi ofrecían dulces de arroz envueltos en hojas perfumadas.
Al morderlos, un vapor cálido ascendía con aroma a vainilla silvestre.
Los vendedores gritaban: —¡Dulces de luna para atraer la buena fortuna!
¡Llévate uno y comparte otro!
No muy lejos, los cocineros del Imperio del Dragón Dorado tenían montadas parrillas de piedra volcánica sobre las que preparaban pescado al vapor envuelto en hierbas exóticas.
Los sabores eran tan intensos que cualquiera podría identificar la receta sin siquiera verla.
—¡Hierba dorada de la Isla del Este!
—decían—.
¡Solo una pizca basta para hacer cantar al alma!
Los habitantes locales reían con orgullo al ver su ciudad rebosante.
Rashin, la ciudad histórica ,había sido durante siglos un punto de unión cultural, pero nunca brillaba tanto como durante los juegos.
El aire olía a especias, madera y vino.
A veces dulce, a veces picante, a veces quemado por accidente.
Pero siempre, siempre invitando a quedarse.
Los niños corrían entre los adultos con cintas de colores atadas a sus muñecas y tobillos.
Cada país aportaba un color distinto: azul para Veyora, verde para Oshiran, rojo para Takrin, blanco para Nanxi, morado para Suryun, oro para el Imperio.
Al mezclarse, las calles parecían pintadas por el viento.
Artistas callejeros pintaban dragones sobre las paredes, caballos mitológicos en los callejones estrechos, y escenas del último campeonato donde Veyora había ganado por media nariz.
Algunos capitanes del ejército, vestidos de forma más relajada esa noche, dejaban que los niños les decoraran los escudos con tiza de colores.
Y en una esquina, un anciano tocaba una flauta de bambú mientras unos jóvenes realizaban acrobacias que arrancaban aplausos de todos.
Era un continente celebrándose a sí mismo.
La Plaza de los Ecos En el corazón de Rashin se encontraba la famosa Plaza de los Ecos, un lugar donde incluso el susurro más pequeño podía escucharse dos veces.
Esa noche, no se escuchaban susurros.
Se escuchaba un rugido de fiesta.
El escenario principal estaba cubierto por sedas multicolores que caían como cascadas.
Cada hora, un país diferente subía a mostrar parte de su identidad.
Los primeros en aparecer fueron los bailarines del Principado de Takrin.
Vestidos con capas carmesí y doradas, se movían con la velocidad de un caballo al galope.
Golpeaban el suelo en patrones que imitaban los pasos de cuatro corceles sincronizados.
El público gritaba, aplaudía, vibraba.
—¡Takrin!
¡Takrin!
—cantaban muchos—.
¡Los líderes de la carrera!
Los bailarines respondían inclinándose con orgullo, moviendo sus capas como si fueran alas de fénix.
Después, subieron los representantes del Gran Ducado de Veyora.
El contraste era total.
Sus trajes eran de seda azul mar profundo, con hilos de plata que brillaban como estrellas.
Sus movimientos eran lentos, suaves, casi flotaban sobre el escenario.
Era una danza dedicada a la paz y la armonía entre los pueblos.
Muchos espectadores cerraron los ojos para sentir el ritmo en lugar de observarlo.
Los siguientes fueron los músicos de Oshiran, con sus tambores gigantes que hacían vibrar el suelo.
Los de Xianbei siguieron con un espectáculo de máscaras dramáticas.
Los de Andshi interpretaron una danza guerrera que dejó a varios niños con la boca abierta.
Cada presentación era una ventana al alma de una nación.
Sabores del continente En una de las esquinas de la plaza, un grupo de viajeros del Reino de Xianbei había instalado una mesa larga con jarras de cerámica.
Servían vino de arroz caliente que olía a miel y ciruelas.
El vapor se elevaba como una pequeña nube flotante.
—Bébelo despacio —advertían—.
No quema la boca, pero calienta el corazón.
Más adelante, el Reino de Koryun ofrecía carne marinada en su famosa salsa picante.
Cada bocado era un viaje.
Los turistas sudaban, tosían, jadeaban… y volvían a pedir otro plato.
—Si lloras —decía la cocinera entre risas— significa que te gustó.
Los habitantes del Reino de Andshi preparaban panes planos con mantequilla derretida y miel oscura.
Sobre ellos, colocaban pequeñas flores comestibles que dejaban un aroma dulce al morderlas.
La República Federada de Oshiran había instalado un pequeño teatro de marionetas.
Los títeres representaban historias de héroes antiguos y de batallas épicas donde, en tiempos remotos, Drakoria había sido un continente unido bajo la misma corona.
Los niños reían al ver a los muñecos saltar y pelear con espadas de madera.
Por esa noche, no existían fronteras.
El alma de Rashin Desde los balcones adornados con flores, los ciudadanos locales observaban la escena con orgullo.
Rashin volvía a brillar con equilibrio y sabiduría.
Las antiguas estatuas de mármol parecían sonreír bajo la luz de las antorchas.
El gran río que cruzaba la ciudad reflejaba cientos de faroles flotantes lanzados por los niños.
Cada farol llevaba un deseo escrito: «Quiero crecer fuerte.» «Quiero volver a ver al equipo de Suryun.» «Quiero que mi mamá deje de trabajar tanto.» «Que los juegos vuelvan el próximo año.» Los jinetes que habían competido ese mismo día caminaban entre la gente.
Algunos tímidamente, otros saludando con energía.
Liora, representante de Takrin, fue rodeada por niños que querían tocar las cintas rojas de su uniforme.
Han Zhuo, de Nanxi, se quedó en una esquina observando el cielo.
Unos ancianos se le acercaron para invitarlo a beber té caliente.
Él aceptó sin decir palabra, como siempre.
Ravel, de suryun, se unió a un grupo de jóvenes músicos y terminó tocando tambores con ellos.
Ji ho, del Imperio del Dragón Dorado, contaba historias exageradas sobre dragones inmensos que nunca habían existido, pero que hacían reír a todos.
Esa noche, incluso los héroes eran simplemente parte del pueblo.
Un momento para recordar Cuando el reloj marcó la medianoche, las campanas del palacio resonaron.
Los gobernantes de los nueve países, reunidos exclusivamente para los juegos, salieron a los balcones del Castillo de los Doce Vientos.
Sus túnicas ondeaban con el viento, y la multitud estalló en aplausos.
Era un raro momento de unidad.
Uno tan extraño, tan poco frecuente en la historia reciente de Drakoria, que por un instante la multitud dejó de gritar y simplemente observó.
Como si todos quisieran grabar la escena en su memoria.
Un recordatorio de que los juegos no eran solo una competencia para medir fuerza, velocidad o estrategia.
Eran un puente.
Un lazo tejido con generaciones de acuerdos.
Un pacto tácito que, aunque nunca firmado con tinta, se había escrito con la voluntad de los pueblos.
Una tradición que evitaba guerras.
Que fortalecía la diplomacia.
Que mantenía vivo el respeto entre naciones que, en otro contexto, podrían haber sido rivales eternos.
Las antorchas del Castillo de los Doce Vientos se reflejaban en las armaduras, túnicas y coronas de los gobernantes de Drakoria.
La luz temblaba sobre sus figuras como si fuera consciente del peso histórico del momento.
El emperador del Imperio del Dragón Dorado levantó su mano, un gesto solemne que llevaba siglos usándose para bendecir encuentros de paz.
El gran duque de Suryun inclinó su cabeza, mostrando humildad —un acto poderoso, viniendo de un país orgulloso y antiguo.
El príncipe soberano de Takrin ofreció un saludo marcial, golpeando su puño contra su pecho con una exactitud casi militar.
Los representantes de cada nación hicieron lo mismo: reyes, duques, cancilleres, herederos, diplomáticos… La diversidad de vestimentas y símbolos creaba una imagen tan impresionante que muchos niños se quedaron inmóviles, con los ojos muy abiertos, sin comprender del todo lo que ocurría, pero sintiendo que se trataba de algo importante.
Y entonces… como si la emoción de la multitud hubiera estado conteniéndose hasta ese segundo exacto… Los aplausos subieron como una ola gigante.
Primero un murmullo.
Luego un rugido.
Luego un estruendo que hizo vibrar las ventanas del castillo.
Las campanas repicaron por su cuenta, movidas por las vibraciones del aire.
Las aves nocturnas levantaron vuelo desde los techos.
Las chispas de las antorchas parecieron bailar, atrapadas en un viento repentino que no estaba antes.
Rashin estaba viva.
El continente estaba despierto.
— ✨ Una noche eterna Mientras los líderes regresaban al castillo, escoltados por guardias ceremoniales que lucían más adornos que armas, la celebración en las calles no perdió fuerza; todo lo contrario, explotó en una segunda oleada de alegría.
Algunos ciudadanos bailaban hasta perder el aliento, tomados de las manos, formando ruedas humanas que giraban y giraban al compás de tambores lejanos.
Otros conversaban sentados en los bordes de las fuentes, mojándose los pies cansados, brindando con lo que tuvieran a mano: vino, té, agua o incluso sopa caliente servida en tazones de madera.
Los comerciantes que ya habían vendido todo lo que trajeron seguían en la fiesta igualmente, cantando con la gente, aplaudiendo, contando historias de viajes por tierras nevadas, desiertos, montañas y costas.
Un grupo de jóvenes comenzó a cantar canciones tradicionales que conocían desde la infancia.
Pronto se les unieron voces de distintos países, creando una mezcla tímida al principio, luego más firme, luego completamente natural.
Una armonía imperfecta pero sincera.
En una terraza alta, el cielo se veía limpio, despejado como si la noche hubiera sido lavada.
Las estrellas parecían más cercanas de lo normal, extendidas como una corona luminosa sobre la ciudad.
La luna, enorme y plateada, colgaba justo encima del castillo, como si estuviera vigilando la paz de Drakoria.
Como si también fuera parte del festival.
Un anciano poeta —uno de esos hombres que parecían existir solo para observar y recordar— murmuró: —La noche en que un continente respira al mismo ritmo… Su voz era suave, pero quienes estaban cerca lo escucharon y repitieron la frase en susurros.
En segundos se volvió casi un mantra.
Una verdad.
Y tenía razón.
Porque esa noche, ningún país se sentía extranjero.
Ninguna lengua era ajena.
Ninguna tradición chocaba con otra.
Entre danzas, risas y faroles, Rashin vivió una noche eterna.
Una noche que nadie olvidaría.
Una noche que los abuelos contarían en los inviernos.
Una noche que los niños recordarían cuando fueran adultos.
Una noche que los artistas intentarían plasmar en pinturas, canciones y esculturas.
Una noche que anunciaba… que la verdadera batalla por la gloria apenas estaba por comenzar.
Que los corceles volverían a correr.
Que los jinetes volverían a desafiar al viento.
Que el continente, una vez más, pondría su esperanza en aquellos cuatro minutos que podían cambiar el futuro.
Pero por ahora… en ese instante perfecto… Drakoria respiraba como un solo corazón.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack Rashin vuelve a encender sus luces, y con ellas comienza un nuevo tramo de esta temporada.
En estas calles, antes de la siguiente carrera, cada nación revela su alma.
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