EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 226
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- Capítulo 226 - 226 Capítulo 5 – La Fiesta del Pueblo
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226: Capítulo 5 – La Fiesta del Pueblo 226: Capítulo 5 – La Fiesta del Pueblo Las calles aún olían a maíz tostado, carne asada y vino dulce.
Ese aroma se quedaba suspendido en el aire como una caricia cálida que abrazaba a quien pasara.
Parecía imposible caminar sin que el estómago diera un brinco de anticipación o sin que algún recuerdo familiar despertara en lo profundo del pecho.
El aire estaba lleno de risas y canciones; los tambores no habían descansado ni un segundo desde el amanecer.
Cada golpe vibraba en el suelo, en los huesos, en el alma del pueblo entero.
Era un latido compartido, uno que unía a todos, incluso a quienes no se llevaban bien, incluso a quienes aún guardaban heridas del pasado.
En cada esquina flameaba una bandera distinta: rojas, verdes, azules, violetas blancas , amarillo, algunas con símbolos ancestrales, otras bordadas a mano por madres que querían recordar el origen de sus familias.
Ese mosaico de telas y colores era la prueba viva de que la mezcla de culturas no era un concepto, sino un modo de existir.
Ese lugar era un verdadero corazón del mundo, latiendo al mismo ritmo para todos.
Niños corrían con cintas de colores en las manos, dejando tras de sí un arcoíris fugaz que danzaba bajo la luz de los faroles.
Sus risas eran tan fuertes que ni siquiera los tambores lograban opacarlas.
Algunos llevaban la cara pintada como animales salvajes; otros tenían purpurina en las mejillas y coronas hechas de flores de papel.
Corre que corre, sin cansarse, como si la noche fuera eterna.
Las madres bailaban con sus bebés en brazos, moviéndose con una dulzura que parecía magia.
A cada paso, los pequeños reían, fascinados por las luces, por el sonido, por los colores.
Había algo profundamente hermoso en esa escena: como si las madres les enseñaran a sus hijos, sin palabras, que nacer en ese pueblo era nacer en celebración.
Los ancianos, sentados en los bancos, sonreían mientras observaban el desfile de la juventud pasar frente a ellos.
Algunos recordaban sus propias fiestas, otros tomaban la mano de sus parejas de toda la vida, sabiendo que estaban viendo una tradición que sobrevivía a generaciones.
Sus ojos brillaban con un orgullo que no necesitaba explicación.
Un grupo de músicos callejeros tocaba una zamba improvisada cerca de una fuente.
Los acordes salían limpios, libres, como si no fuera una canción, sino una conversación entre amigos que se conocían desde siempre.
La gente los rodeaba, dando palmas y coreando como si la vida misma dependiera de esa melodía.
Cada tanto, uno de los guitarristas giraba sobre sí mismo, riéndose, sudando, disfrutando sin pensar en nada más.
A un costado, los vendedores ofrecían empanadas humeantes, pastelitos recién hechos y bebidas artesanales en vasos de barro.
El olor de los sahumerios se mezclaba con el perfume del jazmín que colgaba de los balcones, creando un aire tan dulce que parecía imposible no sonreír.
Uno podía caminar cinco pasos y descubrir un sabor nuevo, una historia nueva, una sonrisa nueva.
Entre la multitud, algunos de los protagonistas caminaban juntos, mezclándose con la gente sin querer llamar la atención.
—Mirá eso —dijo uno de ellos, con una sonrisa que le iluminó los ojos—.
Hace tanto que no veía al pueblo tan feliz.
El otro observó alrededor, dejando que la escena lo atravesara como un rayo suave.
—Es como si el dolor se hubiera lavado con la música —respondió, mirando hacia los faroles que iluminaban la plaza principal—.
Como si el pueblo necesitara esto para volver a respirar.
Y quizás era cierto.
Porque desde hacía meses, el pueblo cargaba un cansancio silencioso.
Una tensión.
Una incertidumbre.
Pero esa noche… esa noche todos eran iguales.
No había jerarquías, ni pasados pesados, ni disputas familiares.
Era una pausa sagrada.
Un pacto de alegría.
De pronto, la comparsa principal entró al centro del pueblo: una explosión de tambores, tambores y más tambores.
El suelo tembló bajo los pies de todos, como si el corazón del pueblo hubiese despertado con más fuerza.
Los bailarines aparecieron con trajes de lentejuelas que reflejaban cada luz.
Plumas enormes de colores vibrantes adornaban sus espaldas y cabezas.
Algunos pintaban su cuerpo con marcas brillantes, otros llevaban máscaras hechas a mano que representaban dioses antiguos.
La gente gritaba, saltaba, cantaba, contagiándose de esa energía indomable.
Los niños imitaban los pasos.
Los adultos movían los hombros, torpes pero felices.
La música penetraba en el pecho, hacía vibrar el estómago y despertaba algo salvaje, ancestral y libre.
Era la noche donde todos eran iguales.
Donde nadie recordaba los miedos ni las fronteras.
Donde el dolor se dejaba a un costado como un abrigo viejo.
Solo existía la alegría.
Esa alegría que no se puede fingir.
Esa alegría que brota de saber que, a pesar de todo, todavía se puede celebrar.
El cielo, cubierto de estrellas, parecía unirse a la celebración.
Brillaban como si también danzaran con la comparsa, reflejándose en los ojos de todos los presentes.
Y en medio de toda esa energía, una figura subió al escenario improvisado.
Era una mujer de voz fuerte, piel curtida por el sol, mirada firme como las montañas.
Levantó las manos, pidiendo silencio.
Los tambores bajaron el volumen.
Las risas se calmaron apenas.
Un silencio expectante, vibrante, tomó la plaza.
—¡Esta fiesta no es solo una tradición!
—gritó con voz que retumbó como un trueno—.
¡Es un símbolo de que seguimos de pie, juntos, sin rendirnos!
El público explotó en aplausos.
Aplausos que dolían en las manos.
Aplausos que nacían desde el alma.
Algunas personas levantaron bengalas y las agitaron en el aire.
Cada una escupía destellos naranjas, dorados y blancos que rompían la oscuridad como si fueran fragmentos de un amanecer anticipado.
Las chispas iluminaron los rostros sonrientes, los ojos emocionados, las lágrimas de quienes recordaban tiempos difíciles, tiempos en los que la plaza estaba vacía, silenciosa, temerosa.
Cada chispa era un recordatorio de que habían sobrevivido, que aún estaban allí, de pie, respirando el mismo aire y compartiendo la misma alegría.
Las bengalas crearon un cielo artificial.
Un cielo humano.
Uno que ardía a la altura de las manos y no de las estrellas.
Y el pueblo siguió bailando.
Bailaban jóvenes con trenzas hasta la cintura, girando con una energía que parecía inagotable.
Bailaban ancianos que, aunque ya no podían moverse como antes, levantaban los brazos y dejaban que la música los llevara.
Bailaban los vendedores que por un instante no pensaban en las monedas.
Bailaban los niños descalzos, chocando entre ellos y riendo con la boca abierta, sin miedo a caerse.
Bailaban extranjeros, curiosos, visitantes que jamás habían visto tanta vida junta y se dejaban envolver por ese ritmo que no entendían pero podían sentir.
Siguió cantando el pueblo.
Pero no eran canciones perfectas.
No, eran canciones rotas, mezcladas, improvisadas, mitad gritos, mitad melodías, mitad risas y mitad historia.
Canciones donde todos desafinaban, donde nadie importaba que afinara, donde lo único que contaba era participar.
Y siguieron celebrando.
Celebraban con vasos de barro, con platos compartidos, con abrazos entre desconocidos, con promesas hechas al aire, con saltos que hacían temblar el suelo.
Celebraban que estaban vivos.
Celebraban que podían reír.
Celebraban que el miedo, por una noche, había perdido el control.
Sin mirar el reloj.
Porque el tiempo, durante la fiesta, dejó de existir.
Parecía haberse quedado en la entrada del pueblo, incapaz de entrar a la plaza.
Sin pensar en el mañana.
Porque el mañana podía traer responsabilidades, decisiones, incertidumbres… pero esta noche pertenecía solo al presente.
A ese presente que latía fuerte, que olía a comida recién hecha y a sudor alegre, que sonaba a risas y palmas, que se veía a través de luces y sombras danzando entre sí.
Sin miedo de sentir intensamente.
Porque sentir era algo que muchos habían reprimido.
La vida les había enseñado a protegerse, a endurecerse, a guardar la emoción debajo de la piel.
Pero esa noche… esa noche todo eso se deshizo.
La música atravesó las corazas.
La alegría rompió candados.
El calor humano derritió silencios.
Porque esa noche, el pueblo entero se permitió algo que había olvidado: Ser feliz sin culpa.
No una felicidad tibia.
No una felicidad discreta.
No una felicidad que se pide permiso.
Sino una felicidad grande.
Desbordada.
Incontenible.
Una felicidad que se expresaba en los ojos brillantes de una madre que hacía girar a su hija.
En el temblor de manos de un anciano que hacía décadas no bailaba.
En la carcajada ronca de un joven que llevaba meses sin reír.
En la voz de una mujer que, al cantar, dejó salir un dolor antiguo que todavía ardía.
Seguían los tambores.
Tambores profundos.
Tambores que parecían latidos gigantescos.
Cada golpe retumbaba en el pecho.
Cada ritmo marcaba un paso.
Cada compás unía las almas.
Seguían las luces.
Faroles colgados en cuerdas interminables.
Antorchas que se consumían lentamente.
Lámparas de aceite parpadeando como luciérnagas atrapadas.
Las luces se reflejaban en las piedras del suelo, creando caminos brillantes que guiaban a los bailarines.
Se reflejaban en las ventanas, en los ojos, en las lágrimas.
La plaza estaba tan iluminada que parecía de día, pero era un día cálido, íntimo, mágico.
Un día que solo existe en los recuerdos perfectos.
Seguían las historias entrelazándose en cada esquina.
Historias que nacían en murmullos: —¿Te acordás de aquella vez…?
—No puedo creer que estés acá… —Hace años que no veía a todos juntos… Historias que se contaban entre vasos levantados, entre risas que tapaban confesiones, entre silencios cómplices de quienes habían vivido lo mismo.
Había conversaciones que sanaban, encuentros inesperados, reconciliaciones silenciosas.
La fiesta duró horas.
Horas que parecieron minutos.
Horas que parecieron segundos.
Horas que se escaparon entre los dedos sin que nadie intentara retenerlas.
Pero como todo, hasta la magia tiene un final suave.
Cuando finalmente la música empezó a bajar, nadie quiso notarlo al principio.
Un tambor golpeó un poco más lento.
Una flauta dejó de tocar.
Una guitarra apagó un acorde.
Y el aire pareció exhalar.
Los bailarines se detuvieron poco a poco, no por cansancio, sino por respeto al cierre.
Algunos se quedaron quietos, con las manos en el pecho, sintiendo cómo el último latido de la fiesta se acomodaba dentro de ellos.
Otros se abrazaron, demorándose en soltarse, como si temieran que al hacerlo, la magia se deshiciera.
Las bengalas ya se habían apagado, dejando en el suelo pequeños restos brillantes.
Las luces de los faroles parecieron hacerse más suaves, como si también estuvieran cansadas.
Los vendedores guardaban las últimas bandejas, y el aroma del maíz tostado se mezclaba ahora con el del mantel doblado, del fuego apagado, del final.
Las estrellas, que habían sido testigos silenciosas, comenzaban a retirarse detrás de un cielo más profundo.
Algunas tardaban más, como si tampoco quisieran que la noche terminara.
Y entonces llegó el viento.
Un viento frío que no lastimaba, sino que acariciaba.
Un viento que pasaba por las calles vacías como una mano suave que cierra un libro luego de una larga lectura.
Las sombras comenzaron a alargarse.
Las voces se transformaron en susurros.
Los pasos se hicieron más lentos.
Y cuando la última canción se apagó del todo, cuando el último tambor guardó silencio, cuando la última carcajada se convirtió en un recuerdo reciente… quedó un silencio hermoso.
Un silencio que no daba miedo.
Un silencio que no pesaba.
Un silencio lleno.
Lleno de lo vivido.
Lleno de lo sentido.
Lleno de lo compartido.
Era un silencio que decía, claramente, sin necesidad de palabras, sin necesidad de una voz que lo pronunciara: Esa noche quedaría grabada para siempre en la memoria del pueblo.
Porque no fue solo una fiesta.
Fue una declaración.
Fue un renacer.
Fue un abrazo colectivo.
Esa noche, cada persona llevó a casa un pedazo de luz.
Un pedazo de música.
Un pedazo de alegría.
Y aunque la plaza quedó vacía, aunque los faroles se apagaron, aunque el viento siguió su camino… El pueblo entero sabía que alguna parte de ellos seguiría bailando eternamente en esa noche inolvidable.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack A veces, una fiesta no es solo una celebración: es el recuerdo vivo de que un pueblo puede volver a levantarse.
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