EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 227
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- Capítulo 227 - 227 Capítulo 6 – Donde todos son iguales
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227: Capítulo 6 – Donde todos son iguales 227: Capítulo 6 – Donde todos son iguales La noche había caído sobre el calle como un manto suave, pero el fuego de las antorchas mantenía viva la luz.
Una luz cálida, vibrante, danzante, que parecía acompañar cada paso, cada latido, cada respiración de la multitud reunida.
Las calles vibraban con el sonido de los tambores, las flautas y los violines.
La música llenaba el aire como un río que no podía detenerse.
El viento traía consigo aromas irresistibles: pan recién horneado que crujía al partirse, perfume de flores silvestres recogidas esa misma tarde, vino dulce servido en copas improvisadas de cerámica.
Era una noche que olía a vida.
Las colectividades seguían desfilando, una tras otra, mostrando su arte y sus trajes coloridos.
Las danzas tradicionales se mezclaban con coreografías modernas; los bordados ancestrales brillaban junto a telas nuevas llenas de lentejuelas.
Cada pueblo llevaba lo suyo: su historia, su orgullo, su identidad.
Pero esa noche, todo parecía entrelazarse con naturalidad.
Sin competir.
Sin compararse.
Solo compartiendo.
Pero algo distinto estaba ocurriendo.
Se sintió primero en el aire.
Ese silencio que llega sin apagar la música, como un presagio suave.
Una expectativa que se enciende en los corazones antes de que los ojos vean algo.
Las puertas de mármol del palacio ducal se abrieron lentamente, como si quisieran contener la respiración del mundo.
Las antorchas reflejaron su luz en el mármol blanco, creando un resplandor casi celestial.
La multitud volvió la cabeza al unísono.
Nadie gritó.
Nadie habló.
Fue un silencio reverente, de esos que no se ordenan, que simplemente nacen.
Y entonces comenzaron a salir.
Primero, los hijos de los gobernantes.
El príncipe del Reino de Nanxi, con su porte elegante y su cabello oscuro recogido en una cinta tradicional.
La gran duquesa heredera del Gran Ducado de Veyora, con sus pendientes de jade que tintineaban en cada paso.
La princesa heredera del Principado de Takrin, envuelta en un vestido azul profundo bordado con constelaciones.
El príncipe heredero del Reino de Xianbei, alto, sereno, con la mirada honesta de un líder joven.
La princesa heredera del Reino de Koryun, con su sonrisa tímida y su corona baja de flores.
La princesa heredera del imperio del dragón dorado envuelta en un vestido blanca profundo bordado en oro blanco.
La princesa heredera del Reino de Andshi vestida con un hanfu rojo .
El gran duque heredero del gran ducado de Suryun llego con los demás .
Y el hijo del canciller, un joven tranquilo, observador, que parecía absorber cada detalle de la noche.
Los rostros de la multitud se iluminaron.
—¡Son ellos!
—susurró alguien.
—No puedo creer que estén bajando —dijo otro.
—Nunca los había visto tan de cerca… —murmuró una anciana con lágrimas en los ojos.
Uno a uno, descendieron los escalones y se mezclaron con la gente.
Ya no había coronas ni escoltas.
Ya no había formalidades ni distancia.
Solo risas y pasos de baile.
Los hijos de los gobernantes, educados para mantener postura, protocolo y compostura, parecían de pronto liberados de todo peso.
Se movían entre las personas como si hubieran nacido allí, como si toda su vida hubieran sido parte de ese pueblo que ahora los recibía sin reservas.
Una joven del pueblo, atrevida y llena de vida, tomó la mano del príncipe de Nanxi.
—¡Ven!
¡No te quedes parado!
—dijo riendo.
Y sin darle tiempo a pensarlo, lo arrastró al centro de la danza.
Él, sorprendido, soltó su capa con un movimiento rápido y dejó que el ritmo lo guiara.
Giró con ella entre los tambores, dejando que la música tomara decisiones por él.
Los músicos, contagiados por el momento, redoblaron el ritmo.
Los tambores golpearon más fuerte.
Las flautas lanzaron notas más agudas.
Los violines acompañaron con una pasión creciente.
Y entonces ocurrió lo impensado.
Desde lo alto del balcón del palacio, una figura se recortó contra las antorchas encendidas.
Una figura que no necesitaba presentación.
Una figura que imponía respeto con solo respirar.
El Emperador del imperio del Dragón Dorado.
Su capa ondulaba al viento como una bandera viva.
El oro bordado reflejaba las llamas, creando la ilusión de que caminaba envuelto en fuego.
La multitud quedó en silencio.
Un silencio total.
Un silencio que no nacía del miedo, sino del asombro.
El emperador comenzó a bajar los escalones de piedra.
Paso a paso.
Sin prisa.
Sin temor.
Sus ojos observaban a su gente, a su familia, al mundo que gobernaba con un equilibrio difícil de sostener.
Y sin embargo, en ese instante, su mirada era pura ternura.
Cuando llegó al último escalón, levantó las manos y gritó con una voz que resonó como un trueno amable: —¡Esta noche no hay tronos ni títulos!
¡Solo corazones que laten al mismo ritmo!
La plaza explotó en vítores.
Gritos.
Aplausos.
Llantos.
Carcajadas.
Todo mezclado.
Todo sincero.
El emperador sonrió como pocas veces lo hacía en público.
No fue la sonrisa diplomática de las reuniones oficiales, ni la sonrisa elegante de los retratos ceremoniales… Fue una sonrisa real.
Viva.
Desarmada.
Humana.
Esa expresión sola fue suficiente para que decenas de personas a su alrededor soltaran un suspiro contenido, como si presenciar aquello fuera un privilegio reservado para muy pocos.
Caminó entre la gente sin prisa, sin guardias, sin la pesada sombra de su título.
Caminó como uno más, como un hombre que pertenecía a ese pueblo tanto como el aire pertenece al cielo.
Los ancianos lo esperaban con las manos temblorosas.
Cuando él se inclinó para saludarlos, ellos le tomaron los dedos con devoción, como si tocar al emperador fuera tocar a un hijo perdido que había vuelto a casa.
—Tu padre habría estado orgulloso… —susurró una anciana con voz quebrada.
Él solo le apretó la mano, suave, y la mujer empezó a llorar sin saber por qué, quizá porque ese gesto llevaba más calidez que cualquier discurso.
Los niños lo rodearon de inmediato, sin entender del todo quién era.
Para ellos, solo era un adulto que sonreía bonito y tenía una capa que parecía sacada de un cuento.
Uno tiró de la tela con curiosidad, otro le pidió que lo levantara en brazos, y el emperador —para sorpresa de muchos— lo hizo sin dudar.
—¡Altísimo!
¡Más alto!
—gritó el pequeño.
El emperador se rio con una carcajada limpia que hizo callar a varios nobles observando desde lejos.
Los jóvenes también se acercaron.
No sabían si saludarlo, si inclinarse o si simplemente quedarse ahí, paralizados.
Él solucionó su duda tocándoles el hombro, uno por uno, como si los reconociera a todos: —Gracias por hacer grande esta noche —les dijo.
Y ellos quedaron inmóviles, con el corazón desbordado, tratando de no llorar frente a sus amigos.
Cuando terminó de recorrer el círculo de personas, levantó la vista.
Allí, sobre el escenario iluminado por faroles, estaba Suwei.
Su esposo.
Su otra mitad.
Su compañero de vida y de guerra.
Sus ojos se encontraron como si el mundo hubiera detenido su giro solo para ellos.
Suwei tenía la respiración agitada, no por baile ni cansancio, sino por la emoción.
Sus dedos apretaban el borde del escenario como si temiera caer, cuando la verdad era que solo quería correr hacia él.
El emperador levantó la mano y gritó: —¡Ven acá, amor mío!
¡Ven a bailar conmigo!
El grito fue tan espontáneo, tan libre, tan lleno de alegría… que la multitud estalló en un rugido.
El ruido fue ensordecedor: aplausos, silbidos, vítores, gritos de alegría, risas, hasta llantos.
Una oleada de emoción pura recorrió las calles como un rayo.
Suwei no lo pensó ni medio segundo.
Bajó los escalones casi corriendo, sin preocuparse por la postura ni por mantener la dignidad ducal.
Se tropezó con el último escalón, se corrigió con una risa nerviosa y siguió avanzando como un hombre que solo tiene un destino posible.
Atraviesa la multitud.
Esquiva bailarines que saltan sin control.
Evita niños que corren con serpentinas.
Pasa entre parejas que giran abrazadas.
Pero sus ojos nunca se apartan del emperador.
Y cuando por fin llega, cuando sus manos se encuentran, ocurre algo mágico: El círculo de bailarines se abre.
No porque alguien lo ordene.
No por protocolo.
Sino por algo más fuerte: por respeto, por cariño, por esa emoción colectiva que se contagia como fuego.
Los dos se toman de las manos.
No como gobernantes.
No como figuras solemnes.
Sino como amantes.
Y entonces… Empiezan a girar.
Giran al ritmo de los tambores que golpean el aire como truenos.
Giran como si el mundo entero se redujera a un punto luminoso entre sus dedos entrelazados.
Giran con la naturalidad de quienes han esperado este momento durante años.
Giran como dos cometas que el destino decidió unir para siempre.
Sus cuerpos se mueven con soltura, con alegría desbordada.
No hay pasos perfectos, no hay danza ensayada.
Solo movimiento.
Solo vida.
Solo ellos.
Suwei ríe.
Una risa clara, suave, hermosa, tan distinta a su tono habitual en los salones del palacio que varios lo miran con lágrimas en los ojos.
El emperador responde con otra risa llena, impulsiva, joven, casi adolescente.
Los músicos sienten la energía y responden: Las flautas lanzan notas altas que parecen saltar hacia las estrellas.
Los violines se deslizan como viento sobre la hierba.
Los tambores retumban como un corazón gigantesco que late al unísono con toda la multitud.
Y por unos minutos —minutos que parecen eternos— no existe el poder.
No existe el deber.
No existe la estrategia, la política, la historia ni sus sombras.
No existe la corona.
No existe la capa.
No existen las responsabilidades que pesan como montañas.
Solo existe el amor.
Solo existe la vida.
Solo existe el pueblo y sus líderes, unidos, danzando bajo la misma música.
La multitud empieza a acompañarlos, cada quien a su manera.
Algunos siguen el ritmo con palmas.
Otros levantan pañuelos para agitarlos en el aire.
Las familias se unen.
Los amigos se toman del brazo.
Los desconocidos se abrazan sin miedo.
Las risas explotan como chispas en el aire.
Los aplausos se mezclan con los tambores.
Las voces cantan sin preocuparse de desafinar.
Es un caos hermoso.
Una revolución de alegría.
Una celebración tan intensa que parece que la noche misma se vuelve más brillante.
La melodía se vuelve más fuerte.
Más viva.
Más humana.
Se expande como una ola de luz.
Viaja más allá del río.
Se mete en las casas cerradas.
Despierta a quienes dormían.
Alegra a quienes estaban solos.
Reconcilia a quienes estaban peleados.
Esa música —esa danza— se vuelve historia.
Y esa noche… nadie olvidó lo que vio: Un imperio que bailaba como uno solo.
Un emperador que dejó caer su dignidad para tomar la mano de la persona que amaba.
Un amor que ardía como las antorchas encendidas bajo las estrellas.
Un pueblo que, por una noche, dejó atrás sus diferencias, sus luchas y sus cicatrices… Y fue, simplemente: Uno solo.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack Hay noches en las que el poder deja de pesar, y el mundo recuerda que, al final, todos laten al mismo ritmo.
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