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EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 228

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228: Capítulo 7 – El corazón del Emperador 228: Capítulo 7 – El corazón del Emperador La música seguía viva, tan vibrante como las llamas que danzaban en las antorchas clavadas a lo largo de la plaza.

Las sombras se movían como criaturas juguetonas, siguiendo el ritmo de los tambores, que retumbaban desde el corazón de Rashin como si el mismo valle latiera bajo los pies de todos.

Jin long el Emperador del Imperio del Dragón Dorado giraba entre la multitud, tomado de la mano de su esposo Suwei.

Ambos reían como dos jóvenes enamorados, como si no cargaran con un imperio, responsabilidades ni la historia sobre los hombros.

En esa noche, bajo el cielo estrellado, solo eran dos almas que habían sobrevivido a demasiadas guerras y que ahora celebraban la vida.

El pueblo los miraba con asombro.

Con respeto.

Con cariño.

Era la primera vez que veían al emperador tan cerca, tan humano, sin el brillo solemne de la corona ni la frialdad de las ceremonias oficiales.

El aire estaba impregnado de aromas dulces: miel mezclada con las frutas de la feria, flores nocturnas recién abiertas y un toque cálido de vino especiado.

Los niños corrían alrededor, dejando estelas de risas, mientras las luces de papel sobre el río comenzaban a elevarse con el calor del fuego, flotando hacia el cielo como estrellas nuevas.

La noche parecía eterna.

Una noche que cualquiera desearía guardar en un frasco para volver a vivirla cuando la tristeza atacara.

Y entonces, ocurrió algo pequeño.

Un detalle.

Un gesto que, sin saberlo, cambiaría todo.

— Entre la multitud, una niña de trenzas negras y vestido azul claro comenzó a abrirse paso.

No empujaba; simplemente caminaba con la inocencia de quien no conoce el miedo.

Tenía los ojos enormes, llenos de curiosidad, como si el brillo de las antorchas estuviera atrapado dentro de ellos.

Cuando llegó frente al emperador, se detuvo solo un segundo… y después estiró su mano diminuta.

Y tocó el manto dorado.

Solo eso bastó para que el aire se congelara.

Su madre, una mujer de ropas sencillas y manos callosas, abrió los ojos desbordada por el horror y se llevó las manos a la boca como si el mundo fuera a derrumbarse.

—¡Ay, cielo!

—exclamó con la voz quebrada—.

¡Por favor, perdóneme, su majestad imperial!

¡Mi hija no quiso faltarle al respeto!

El silencio se extendió.

La música se detuvo como si alguien hubiera sujetado el tiempo de los hilos.

Los tambores dejaron un eco que vibró entre las piedras de la plaza.

Nadie se movió.

Nadie respiró.

Un emperador no era solo un gobernante.

Era un ser divino.

Era el símbolo viviente del poder.

Y tocar sus vestiduras sin permiso… eso era impensable.

Todos temían la reacción del Dragón Dorado.

Pero, para sorpresa de todos, él sonrió.

Una sonrisa cálida, de esas que se sienten primero en los ojos antes que en los labios.

Soltó la mano de Suwei —quien lo miraba con calma, confiado como siempre— y dio un paso hacia la niña.

Luego otro.

Y otro.

Finalmente, se arrodilló.

Lentamente.

Deliberadamente.

Hasta quedar a la altura de la pequeña.

La multitud quedó muda.

Algunos ancianos lloraron sin saber por qué.

Otros se llevaron las manos al pecho, tocados por un gesto que jamás imaginaron ver.

Con voz suave, el emperador preguntó: —¿Cómo te llamas, pequeña?

La niña tragó saliva.

Bajó la mirada… pero no perdió la valentía.

—Li Mei, su majestad —respondió.

El emperador inclinó la cabeza con respeto, como si estuviera frente a una princesa en miniatura.

—¿Cuántos años tienes, Li Mei?

—Trece —respondió ella, tan segura como si dijera el número más importante del universo.

Él sonrió aún más.

Una sonrisa que derritió el miedo de todos.

—Tienes la misma edad que mi hija —dijo con una nostalgia suave que nadie esperó escuchar—.

Justo la misma.

La niña lo miró fijamente, como si quisiera memorizar cada detalle de su rostro.

Y entonces soltó, con total inocencia: —¿Por qué tiene el cabello tan largo?

¿Y por qué es tan alto?

Suwei, que observaba desde un lado, se llevó una mano al rostro para contener la risa.

Algunos en la multitud soltaron carcajadas nerviosas, esperando que el emperador lo tomara bien.

Él sí lo tomó bien.

Muy bien.

Rió.

Rió con esa risa grave, profunda, que parecía hacer vibrar el aire y las piedras del palacio.

Una risa que contagiaba sin pedir permiso.

—Porque he vivido muchos años bajo el sol —respondió, señalando su cabello negro y largo—.

Y porque los dragones crecen alto para proteger a los suyos.

Li Mei abrió los ojos como si estuviera frente a una criatura mística disfrazada de ser humano.

—¿Usted es un dragón de verdad?

—preguntó casi susurrando.

—A veces —respondió él, guiñándole un ojo—.

Pero esta noche soy solo un hombre que vino a bailar.

La niña sonrió.

El temor desapareció.

La plaza entera exhaló al mismo tiempo.

El emperador extendió su mano hacia ella.

—¿Quieres bailar conmigo, Li Mei?

Los gritos, los aplausos y las ovaciones estallaron como fuego artificiales invisibles.

La madre de la niña se quedó paralizada, sin saber si llorar o desmayarse.

Li Mei, temblando de emoción, tomó su mano.

Y la música volvió a sonar.

Los tambores reiniciaron su pulso.

Las flautas entonaron notas suaves, luego alegres, luego vibrantes.

Los violines retomaron la melodía de la noche, esa que haría a los niños recordar para siempre el Festival de Rashin.

— El emperador comenzó a girar con la niña.

No demasiado rápido, no con extravagancia, sino con gracia contenida.

Li Mei se reía como si fuera su mejor amigo, como si no estuviera bailando con el hombre más poderoso del continente.

Desde el borde del círculo, Suwei los miraba con un amor tan profundo que parecía iluminarlo desde adentro.

Había visto a su esposo en miles de situaciones: en reuniones diplomáticas tensas, en guerras que definieron fronteras, en noches silenciosas en las que solo ellos dos se permitían ser vulnerables.

Pero verlo allí, bailando con una niña desconocida en medio del pueblo, era distinto.

Era… puro.

—Ese es mi emperador… —murmuró para sí mismo, aunque la emoción en su voz no necesitaba volumen—.

El corazón más grande de todo Drakoria.

Algunos de los presentes, los más cercanos, escucharon esa frase.

Y ese simple murmullo se expandió como una chispa en un campo seco.

El pueblo lo escuchó.

Lo sintió.

Y la plaza entera respondió con un aplauso colectivo que estalló como un trueno suave, vibrando en cada piedra y en cada ventana del palacio antiguo.

Los músicos, contagiados por la atmósfera que parecía crecer con vida propia, tocaron con más fuerza.

Los tambores retumbaron como si la tierra misma se uniera a la celebración.

Las flautas elevaron sus notas, tan brillantes que parecían tocadas por el viento y no por manos humanas.

El ritmo se aceleró, la energía subió como una ola que sube y sube hasta que arropa todo lo que toca.

Una ola cálida.

Una ola alegre.

Una ola que envolvía a todos.

En ese instante, la danza dejó de ser un simple movimiento.

Se convirtió en un idioma.

En un símbolo.

En un puente invisible que conectaba a líderes y pueblo, historia y presente, poder y ternura.

Los niños imitaban los pasos con torpeza adorable, riendo cuando se equivocaban y volviendo a intentarlo con más fuerza.

Los adultos golpeaban palmas siguiendo el ritmo, algunos llorando sin saber por qué, otros sonriendo como hacía mucho no podían.

Las luces de papel, impulsadas por el aire caliente del fuego, seguían flotando sobre el río, reflejándose en los ojos de todos como pequeños soles en miniatura que no querían apagarse.

Era una imagen perfecta.

Una imagen eterna.

Una imagen que cualquier artista daría todo por poder capturar.

El emperador, en el centro.

La niña, libre de miedo.

Suwei, observando con orgullo.

El pueblo, unido.

El dragón y la inocencia.

El amor y la humanidad.

Todo en una sola escena.

— A medida que la danza continuaba, algo empezó a cambiar en el ambiente.

No era tangible.

No tenía forma.

Pero era perceptible… como el momento exacto en el que el sol comienza a salir o cuando la lluvia está a punto de caer.

Una sensación de que todos estaban siendo testigos de algo irrepetible.

Un instante que nunca volvería exactamente igual, por más que los años intentaran imitarlo.

Las abuelas murmuraban bendiciones antiguas.

Los ancianos, con manos temblorosas, repasaban recuerdos de su juventud en tiempos donde ver a un gobernante reír con el pueblo era casi imposible.

Los comerciantes olvidaban sus puestos por un instante.

Los soldados se permitían bajar las armas, descansar, sonreír.

Incluso los animales parecían notarlo: los caballos cerca del establo relincharon con suavidad, las palomas descansaron en los techos, y varios perros callejeros se echaron en el suelo, moviendo la cola al ritmo de los tambores.

Todo Rashin respiraba el mismo aire.

Un aire nuevo, fresco, limpio.

Un aire que decía, sin palabras: Aquí estamos.

Juntos.

— Cuando la niña giró por última vez, su vestido azul se abrió como un pétalo en movimiento.

El emperador la sostuvo con cuidado para que no perdiera el equilibrio, y ella lo miró con una mezcla de admiración, sorpresa y alegría que solo los niños son capaces de expresar sin límites.

—Gracias… —susurró Li Mei, con las mejillas encendidas por la emoción.

—No.

Gracias a ti —respondió el emperador, colocando una mano en su cabeza con delicadeza—.

Me has recordado algo importante.

—¿Qué cosa?

—preguntó la niña, ladeando la cabeza.

El emperador miró a la multitud.

Miró a su pueblo.

Miró a Suwei.

—Que incluso un dragón necesita volver a sentir el corazón —dijo con una sonrisa suave.

La niña no entendió del todo.

Pero sonrió igual.

A veces, la comprensión no está en las palabras sino en el tono, en la mirada, en el gesto.

— La ovación que siguió fue tan grande que algunos pájaros alzaron vuelo desde los tejados.

La música subió de intensidad.

Los tambores golpearon un ritmo más rápido, casi festivo.

Las flautas danzaron con notas juguetonas, como si celebraran lo que acababan de presenciar.

Y entonces, una cosa hermosa sucedió: El pueblo entero se unió al baile.

Ya no había un círculo alrededor del emperador.

Ya no había un centro ni una periferia.

Todos se mezclaban: campesinos, nobles, comerciantes, soldados, niños, ancianos… Todos bailaban juntos, movidos por una energía que parecía brotar del suelo.

Suwei, contagiado por la emoción, entró nuevamente en la danza y tomó la mano del emperador.

La niña Li Mei se aferró a la otra mano del dragón.

Y así, los tres giraron entre las luces, risas y música como si fueran una familia improvisada por la magia de la noche.

Era imposible no sentir algo.

Era imposible no emocionarse.

Muchos lloraron.

Muchos rieron.

Algunos hicieron ambas cosas al mismo tiempo.

Porque no estaban viendo a un líder.

Estaban viendo a un ser humano.

A un hombre que sabía reír, amar, recordar, llorar, bailar.

A un hombre que había vivido batallas, pérdidas y responsabilidades enormes… pero que nunca había dejado morir su corazón.

— Esa noche sería recordada por generaciones.

Sería contada en canciones por los bardos de Andshi.

Sería dibujada en murales por los artistas de Takrin.

Sería relatada en las escuelas de Nanxi como un ejemplo de humildad y liderazgo.

Sería susurrada como un cuento antes de dormir en hogares de todo Drakoria.

Porque Rashin no vio solo un festival.

Vio a un emperador ser un ser humano, real, cercano, imperfecto y maravilloso.

Vio a un hombre que dejó caer por un instante la armadura invisible del poder para abrazar la inocencia del pueblo.

Vio a una niña valiente recordarle al dragón lo que significa la pureza del corazón.

Los historiadores escribirían sobre ese día.

Los poetas crearían versos enteros inspirados en la imagen de aquel baile.

Las futuras generaciones crecerían escuchando que hubo un tiempo en el que el Dragón Dorado bajó su corona para tomar la mano de una niña del pueblo.

Y mientras la música se elevaba otra vez, mientras el viento nocturno movía las banderas, mientras las luces flotantes ascendían como espíritus luminosos hacia el firmamento, la multitud entera se unía en un solo movimiento, en un solo latido, en una sola emoción.

Quedó grabada para siempre la imagen que transformó a un continente entero: El día en que el Dragón Dorado bailó con el pueblo… y con una niña que le recordó cómo late el corazón.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack A veces, un gesto simple puede revelar el corazón oculto de un imperio.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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