EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 229
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- Capítulo 229 - 229 Capítulo 8 – Semifinales de Turf
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229: Capítulo 8 – Semifinales de Turf 229: Capítulo 8 – Semifinales de Turf El sol de Rashin se levantaba lentamente sobre las murallas antiguas, como si la ciudad misma despertara para presenciar uno de los eventos más esperados del año.
Los primeros rayos, dorados y tibios, se derramaban sobre las calles empedradas, que brillaban como escamas de dragón húmedas.
Los pájaros de la región, pequeños y de plumaje tornasolado, sobrevolaban los jardines de los castillos mientras los guardias abrían las pesadas puertas de hierro que conducían al Hipódromo Real.
Las banderas de los nueve países ondeaban con elegancia en lo alto de los mástiles.
Sin embargo, hoy solo cuatro nombres retumbaban en la mente de todos: • Principado de Takrin • Reino de Nanxi • Imperio del Dragón Dorado • Gran Ducado de Suryun Los mejores entre los mejores.
Los sobrevivientes de una competencia feroz.
Los que estaban a un paso de la gloria.
La multitud avanzaba hacia el Hipódromo Real como un río humano: familias enteras, ancianos vestidos con sus trajes tradicionales, soldados, nobles, comerciantes y niños que corrían emocionados con banderines en las manos.
El aire llevaba mezclado el olor a pan recién horneado, el aroma dulce del té especiado y el leve toque metálico del polvo levantado por los pasos.
El Hipódromo era una maravilla arquitectónica.
Una amplia explanada de arena fina, de un dorado casi puro, rodeada de tribunas de madera tallada que llevaban siglos en pie.
Sobre ellas se alzaban estatuas de antiguos jinetes que habían marcado la historia de la región: guerreros, mujeres valientes, líderes y hasta un niño héroe que había ganado a los once años una carrera legendaria.
La gente pasaba la mano por las estatuas buscando suerte.
Algunos dejaban flores.
Otros cerraban los ojos y pedían un deseo silencioso.
Hoy, la historia volvía a escribirse.
Los jinetes y sus caballos En las zonas de preparación, los jinetes trabajaban en silencio; casi ninguno hablaba.
Sus miradas estaban fijas en sus caballos, como si fueran extensiones de su propio cuerpo.
Ellos sabían algo que el público solo podía imaginar: Una carrera de Turf no se gana con velocidad… Se gana con conexión.
Los caballos resoplaban suavemente, moviendo las orejas, pisando la arena con precisión.
Cada jinete revisaba la silla de montar, las riendas, la tensión de las tiras de cuero.
Había manos temblorosas, respiraciones profundas, miradas hacia el cielo como solicitando protección divina.
Llora el jinete de Takrin, una joven de rostro serio y ojos claros, pasó la mano por la crin de su caballo, susurrándole algo que solo ellos dos comprendían.
El animal inclinó la cabeza como si respondiera.
Han El jinete de Nanxi realizaba estiramientos junto a su caballo, moviéndose con la misma fluidez que su compañero equino.
Era famoso por eso: Por no correr con un caballo.
Por correr como si fuese el caballo.
Los jinetes del Imperio del Dragón Dorado y de Suryun Ji-ho y Ravel también estaban listos.
Aunque sabían que hoy la competencia estaba dura, la mirada de sus jinetes no mostraba miedo, sino orgullo.
Ese orgullo que solo quienes conocen el rigor del entrenamiento pueden entender.
— Las tribunas y los hijos de los gobernantes A diferencia de otros eventos, hoy las tribunas estaban mezcladas.
No había zonas exclusivas para nobles: ese día el Turf era del pueblo, y los hijos de los gobernantes compartían espacio con los ciudadanos sin distinciones.
La princesa Siyana de Takrin destacaba como una luz entre la multitud.
Vestía un traje azul celeste con bordados de flores típicas de su región.
Tenía el cabello recogido en dos trenzas gruesas adornadas con pequeñas cuentas de cristal.
Aplaudía con entusiasmo, riendo como si fuera una niña, compartiendo un dulce tradicional con un niño de Andshi que la miraba con ojos enormes y brillantes.
—¿Te gusta?
—le preguntó ella.
El niño, con la boca llena, solo asintió.
La escena era tan tierna que varias personas sonrieron al verla.
Era un recordatorio silencioso de por qué existían estos eventos: unir culturas, unir pueblos, unir corazones.
— El comienzo de la semifinal El suave silbato del coordinador resonó en el aire, cortando el murmullo de la multitud.
Un segundo silbato… Y después… El silencio.
Un silencio vibrante.
Cargado de expectativa.
De respiraciones contenidas.
De corazones latiendo al mismo ritmo.
Los cuatro caballos se alinearon detrás de la línea de inicio.
Golpeaban el suelo con los cascos, levantando pequeñas nubes de polvo que parecían danzar en el aire.
Sus músculos tensos temblaban con la energía contenida.
Los jinetes se inclinaron hacia adelante, tomaron las riendas con firmeza.
Venas marcadas en los antebrazos, respiraciones profundas, pupilas dilatadas.
Y entonces la voz del Gran Duque de Voyore resonó como un trueno: —¡ADelanteeeee!
El estallido fue inmediato.
— La carrera Los caballos arrancaron con una fuerza brutal, impulsándose hacia adelante como si de dragones surgidos de la tierra se tratara.
La arena dorada se levantó en un torbellino detrás de ellos.
Desde los primeros metros, Takrin tomó la delantera.
Su caballo parecía volar.
No corría… Flotaba.
Cada pisada era exacta, cada movimiento fluido, casi poético.
Llora fen inclinado sobre el lomo de su compañero murmuraba instrucciones rápidas y suaves.
Su respiración estaba sincronizada con la del caballo; eran una sola criatura avanzando hacia el futuro.
Han zhuo de Nanxi iba detrás, pero sin perder el ritmo.
El jinete movía el cuerpo con una maestría impresionante, adaptándose a cada curva del hipódromo como si pudiera anticipar el movimiento antes de que sucediera.
El Imperio del Dragón Dorado y Suryun estaban apenas un poco más atrás, peleando con determinación.
A pesar de los esfuerzos, la velocidad y precisión de los líderes era feroz.
Las tribunas rugían.
Gritos.
Aplausos.
Gritos de aliento en diferentes idiomas.
El aire mismo temblaba con la pasión del público.
Los caballos sorteaban los obstáculos del circuito: pequeños montículos de arena, curvas cerradas, estrechos pasillos entre barreras.
Cada salto dejaba una estela de polvo brillante.
Cada giro levantaba el corazón de los espectadores hasta la garganta.
A mitad de carrera, Nanxi intentó adelantar por el interior.
El caballo redujo apenas un poco y luego aceleró con fuerza.
Liora de Takrin lo vio por el rabillo del ojo y ajustó la posición de su cuerpo, obligando al suyo a mantener la línea.
Fue un momento de tensión pura.
Un segundo que pareció eterno, donde cualquier error podía costar la carrera.
Las tribunas estallaron en un grito colectivo.
Los jinetes del Dragón Dorado y Suryun también intentaron remontar, pero el ritmo era brutal.
Era como perseguir sombras.
La recta final llegó como un rayo.
Takrin adelante.
Nanxi detrás, presionando.
Los otros dos equipos luchando, sin rendirse.
El sonido de los cascos golpeando la arena se convirtió en un tambor ancestral.
Los corazones de los espectadores se aceleraron al mismo ritmo: TUMP TUMP TUMP Hasta que, en un último impulso, Takrin cruzó la meta.
La multitud explotó.
Los aplausos retumbaron tan fuerte que las aves sobrevolando la zona salieron volando en bandadas.
El jinete levantó las manos, el caballo relinchó con orgullo.
Nanxi entró segundo, también levantando una ovación enorme.
La valentía se celebra tanto como la victoria.
El Imperio del Dragón Dorado y Suryun cruzaron después, exhaustos pero erguidos.
Sabían que habían dado todo.
El polvo dorado aún flotaba en el aire cuando los resultados oficiales retumbaron por todo el Hipódromo, amplificados por la voz clara del maestro de ceremonias: Primer lugar: Principado de Takrin Segundo lugar: Reino de Nanxi Eliminados: Imperio del Dragón Dorado y Gran Ducado de Suryun Hubo un segundo de silencio.
Un segundo donde la realidad pareció congelarse.
Y luego… el estallido.
Un rugido colectivo se elevó de las tribunas como una ola viva, expandiéndose por todo el recinto, chocando contra las murallas antiguas, subiendo por los mástiles de las banderas que se sacudían con vigor.
Miles de voces gritaron al unísono, celebrando no solo a los ganadores, sino a la carrera entera, al espectáculo, a la valentía que habían visto.
Los hijos de los gobernantes fueron los primeros en reaccionar.
Antes de que los guardias pudieran detenerlos, ya estaban bajando por los escalones de la tribuna, entre risas y empujones amistosos, corriendo hacia la arena aún removida por los cascos de los caballos.
Los jinetes, todavía respirando agitadamente, sintieron el calor humano acercarse.
Algunos aún tenían arena pegada en la cara, otros temblaban por la tensión que recién empezaba a aflojarse.
Y entonces ocurrió esa escena que quedó grabada en todos: La princesa Siyana de Takrin, con sus trenzas agitándose y los ojos brillantes como cristales recién pulidos, corrió directamente hacia el jinete ganador —una joven liora de mirada humilde y corazón indomable—.
Al verla, la liora apenas tuvo tiempo de abrir los brazos antes de que Siyana se le lanzara encima en un abrazo tan fuerte, tan lleno de emoción, que casi la derribó.
—¡Lo lograste!
—gritó la princesa, con la voz quebrada por la emoción.
—Lo logramos —corrigió la jinete, tocando el cuello sudado de su caballo con un gesto lleno de ternura y respeto—.
Él es el verdadero héroe.
El caballo, aún jadeando, levantó la cabeza y emitió un suave relincho, como si entendiera exactamente el honor que estaba recibiendo.
La multitud encontró aquella escena tan pura, tan sincera, que estalló en nuevos aplausos.
Algunos comenzaron a cantar el himno de Takrin, pero lo hicieron no como un himno marcial… sino como una canción de cuna victoriosa.
— Un mar de emociones en la arena A pocos metros, los jinetes del Reino de Nanxi —segundos en la carrera— también recibían abrazos de sus compañeros.
Había risas y lágrimas mezcladas, palabras entrecortadas por la adrenalina.
Uno de los jóvenes nobles de Nanxi le entregó al jinete un pequeño amuleto de madera, tallado con su insignia tradicional.
El jinete lo tomó, se lo colgó del cuello y luego se inclinó con respeto, como un guerrero que acepta un honor mayor.
Los jinetes del Imperio del Dragón Dorado y Suryun, aunque eliminados, no mostraban tristeza amarga.
Lo que mostraban era orgullo.
El jinete del Dragón Dorado sonrió con cansancio y dijo, al ver al público: —Hoy perdimos la carrera… pero ganamos historia.
El público lo ovacionó como si hubiera ganado.
— Los caballos: héroes silenciosos Mientras los humanos celebraban, los verdaderos protagonistas descansaban.
Los caballos estaban reunidos en un área especial, cercada con estructuras de madera y cuerdas gruesas.
Respiraban con fuerza, sus flancos subiendo y bajando como olas.
Sus crines estaban húmedas de sudor y su piel brillaba bajo la luz cálida del atardecer.
Los cuidadores pasaban paños húmedos por sus cuerpos, masajeaban sus patas y ofrecían agua fresca.
Algunos caballos bebían lentamente; otros alzaban la cabeza para olfatear el aire cargado de celebraciones.
La liora victoriosa se acercó a su caballo y apoyó la frente contra la del animal.
Cerró los ojos.
Respiró con él.
Ese gesto íntimo, silencioso, se volvió el símbolo de la jornada.
Varias personas que lo vieron guardaron silencio, como si presenciaran algo sagrado.
Un vínculo.
Un pacto.
Una promesa compartida desde la infancia entre jinete y bestia.
— Las tribunas se transforman Las tribunas, que habían sido un hervidero de gritos y emociones hacía solo unos minutos, ahora parecían un mar de rostros felices y agotados.
La gente bajaba lentamente, aún comentando cada giro, cada maniobra, cada intento de adelantamiento.
Muchos tenían la voz ronca.
Otros llevaban polvo en la ropa.
Algunos lloraban sin darse cuenta.
El Hipódromo se había convertido en un espejo donde todos veían reflejada la grandeza, la competencia justa y la belleza del espíritu humano.
Un grupo de ancianos debatía sobre carreras pasadas, comparando épocas y estilos.
Un grupo de niños corría imitando a los caballos, chocando entre ellos mientras reían sin parar.
Los comerciantes aprovechaban para repartir bebidas frías, dulces tradicionales y pequeños recuerdos del evento.
Un aire de celebración tranquila lo envolvía todo.
— Un anciano y una frase que marcaría generaciones Entre la multitud, un anciano caminaba despacio, apoyándose en un bastón tallado con cabezas de caballos.
Su rostro estaba surcado por arrugas profundas, pero tenía los ojos llenos de vida.
Había presenciado más de cuarenta Turf desde su juventud.
Se detuvo frente al borde de la arena, observando cómo el polvo dorado caía lentamente, iluminado por la luz del sol poniente.
Respiró hondo.
Sintió el olor a hierba, a sudor, a madera vieja, a historia viva.
Y murmuró, para nadie y para todos: —Hoy vimos historia.
Una niña cercana lo escuchó y se quedó en silencio, sorprendida por la fuerza de esas palabras.
Su madre la tomó de la mano, la miró y repitió suavemente: —Escúchalo, hija.
Porque tiene razón.
Más adelante, esa niña crecería y contaría ese momento.
Y esa frase se volvería parte de la tradición oral del Turf.
Una verdad transmitida de generación en generación.
— El ambiente después del triunfo En el centro del Hipódromo, los jinetes de Takrin y Nanxi posaban para los pintores del evento.
No había cámaras, sino artistas que pintaban con rapidez, capturando no solo la imagen, sino la energía.
Los pintores usaban pinceles largos y movimientos ágiles.
Mezclaban los pigmentos en paletas de madera, capturando los tonos dorados de la arena, el azul claro del cielo, el rojo intenso de las mejillas sonrojadas por el esfuerzo.
Algunos pintores lloraban mientras trabajaban.
No por tristeza, sino por la emoción incomparable de inmortalizar un momento así.
Los nobles conversaban con los cuidadores de caballos.
Los plebeyos intercambiaban historias con los príncipes.
En ese sitio, durante esas horas, las barreras sociales desaparecían como humo arrastrado por el viento.
— Las sombras se alargan La tarde seguía cayendo.
Las sombras de los castillos se estiraban sobre el Hipódromo como gigantes antiguos que observaban la escena desde lo alto.
El viento sopló suavemente, moviendo las banderas a un ritmo más lento, más solemne.
Como si los colores del mundo descendieran de intensidad para acompañar el cierre de un capítulo.
La arena dorada, que horas antes había sido escenario de un torbellino feroz, ahora reposaba tranquila, reflejando los últimos rayos del sol como pequeños cristales.
Los caballos estaban casi dormidos.
Sus respiraciones se habían vuelto lentas y profundas.
Algunos tenían los ojos entrecerrados, disfrutando los últimos masajes de sus cuidadores.
Los jinetes, por su parte, se habían sentado en la arena.
Algunos estiraban las piernas y reían.
Otros simplemente miraban el cielo, incapaces de creer que la carrera ya había terminado.
—Fue rápido —murmuró uno.
—Siempre lo es —respondió otro—.
La belleza nunca dura tanto como quisiéramos.
— La multitud se retira lentamente La gente empezó a dispersarse, caminando en grupos hacia las puertas del Hipódromo.
Pero nadie tenía prisa.
Había una sensación suave en el aire, como si todos quisieran extender un poco más ese momento mágico.
Algunos llevaban recuerdos improvisados: un puñado de arena, una flor caída, una cinta desprendida de alguna bandera.
Muchos se detuvieron para mirar al cielo.
Las primeras estrellas empezaban a brillar, tímidas entre los tonos rosados y anaranjados de la puesta de sol.
Era como si el mismo cielo quisiera honrar a los competidores.
El anciano del bastón seguía allí, inmóvil, con los ojos fijos en el horizonte.
Como si supiera que la final —esa final legendaria que todos esperaban— sería aún más grande.
— Una frase que quedó resonando Antes de irse, un joven jinete del Imperio del Dragón Dorado, el más joven de todos, se acercó a la arena nuevamente.
Tomó un puñado de la arena dorada entre sus manos, la dejó caer lentamente entre sus dedos y dijo: —Un día volveremos… Y ganaremos.
No lo dijo con soberbia.
Lo dijo con esperanza.
Con fuego en el corazón.
Varios lo escucharon.
Y sonrieron.
— La promesa de la final La semifinal había terminado.
Los equipos regresaron a sus alojamientos.
Los caballos descansaron bajo mantas gruesas.
El Hipódromo quedó silencioso, envuelto por la noche.
Pero en el aire… Quedaba algo.
Una expectativa eléctrica.
Una sensación profunda.
Una promesa silenciosa.
La final se acercaba.
Y con ella… La posibilidad de gloria eterna.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack Cuando la velocidad se convierte en historia, no gana solo el más rápido, sino el que se atreve a soñar más fuerte.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com