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EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 230

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230: Capítulo 9 – Final del Turf 230: Capítulo 9 – Final del Turf La pista de Rashin parecía más grande esa tarde, más inmensa, más viva.

Las banderas ondeaban en lo alto, colgando de estructuras antiguas que habían visto pasar generaciones enteras de campeones, reyes y jinetes legendarios.

El cielo estaba limpio, de un azul profundo apenas roto por pequeñas nubes que se movían lentamente como si también quisieran presenciar el acontecimiento.

Era la final del Turf, y cada aliento en el estadio tenía el peso de la historia.

Las gradas estaban llenas.

Familias enteras, nobles, soldados, campesinos y comerciantes se apretaban unos contra otros, todos con una misma energía en los ojos: expectativa pura.

Cada rincón de Rashin parecía vibrar al mismo ritmo, como si la ciudad respirara junto a sus habitantes.

Era el tipo de día donde los dioses, bajaban la mirada para mirar con atención.

En la pista, los jinetes del Principado de Takrin y los del Reino de Nanxi se acomodaban en sus posiciones.

Los caballos —altos, musculosos, entrenados para resistir lo imposible— pateaban el suelo con impaciencia, levantando pequeñas nubes de polvo que brillaban bajo la luz de la tarde.

El silencio era casi insoportable.

La tensión, un hilo a punto de romperse.

Pero en las tribunas, entre los muchos rostros ansiosos, había dos figuras que destacaban sin siquiera intentarlo.

La princesa heredera Xioalian, del poderoso Imperio del Dragón Dorado, estaba sentada con elegancia, aunque sus ojos brillaban con la emoción mal disimulada de una adolescente que vive algo nuevo.

A su lado, el príncipe heredero Liang, del Reino de Nanxi, observaba la pista… pero inevitablemente sus ojos volvían hacia Xioalian cada pocos segundos.

Ambos vestían los colores verde y blanco de Nanxi, honrando la valentía del equipo que ahora representaba el orgullo de su gente.

Era curioso: Xioalian, princesa del Imperio, había decidido apoyar a Nanxi después de que su propio equipo quedara eliminado.

Y Liang… bueno, Liang parecía encantado con ese gesto.

Las miradas se cruzaban.

Cerca.

Muy cerca.

Tanto, que los gobernantes de ambos países —sentados unos pocos asientos más atrás— no pudieron evitar notar la chispa evidente entre sus hijos.

—¿Es lo que estamos pensando?

—susurró el Emperador del Imperio a su esposo, inclinándose apenas, sin apartar los ojos de la escena.

—Espero que no… o espero que sí —respondió el Rey de Nanxi con un suspiro, confundido sobre si sentirse preocupado o cauteloso.

Las dinastías no mezclaban sangre tan fácilmente.

El amor —si eso era— complicaba todo.

Pero era demasiado temprano para saberlo.

Y lo cierto es que los dos jóvenes parecían completamente ajenos al revuelo que causaban.

Xioalian se inclinó un poco hacia Liang.

—Tu equipo puede ganar —dijo con una sonrisa que iluminó más que el sol cayendo sobre Rashin.

Liang tragó.

Le costaba hablar cuando ella sonreía así.

—Eso espero… por ti —respondió, demasiado sincero para su propio bien.

Ella se sonrojó apenas, pero no apartó la mirada.

Sus padres, al fondo, se quedaron petrificados.

Antes de que ninguno pudiera decir algo más, un silbato agudo cortó el aire.

La multitud se encendió.

La carrera iba a comenzar.

Los jinetes se tensaron.

Las manos firmes sobre las riendas, los cuerpos inclinados, los caballos vibrando con energía contenida.

Un segundo silbato.

Los caballos se lanzaron hacia adelante con una fuerza explosiva que hizo temblar el suelo.

La arena voló en todas direcciones.

Los cascos resonaron como tambores de guerra.

El Principado de Takrin tomó la delantera inmediatamente, su jinete líder inclinándose aerodinámicamente mientras guiaba al caballo con una precisión casi sobrenatural.

El animal parecía flotar sobre la pista, sorteando cada curva con la habilidad de un ave que ya conoce el viento.

El Reino de Nanxi, sin embargo, no se quedaba atrás.

Su jinete principal mantenía una presión constante, empujando al caballo a un ritmo feroz pero calculado.

En las rectas, se acercaban peligrosamente a la cola del líder.

En las curvas, perdían unos centímetros.

Era una danza estratégica.

Un duelo silencioso.

Desde las gradas, los gritos inundaban el aire.

El público parecía dividirse entre corazones y pulmones que estallaban, animando a uno u otro país.

Las banderas flameaban como brasas al viento.

Los tambores tradicionales resonaban desde las colectividades que habían venido a celebrar su cultura.

Cada nación presente tenía un pequeño rincón gastronómico en las afueras del hipódromo: aromas de especias, dulces, sopas calientes y carnes asadas llenaban el aire, recordando la diversidad viva del continente.

Xioalian observaba la pista con las manos juntas, como si su respiración dependiera del avance del jinete de Nanxi.

Liang, aunque quería animar, no podía evitar mirar el rostro de la princesa por el rabillo del ojo.

Verla emocionada era… extraño.

Y hermoso.

Abajo, en la sexta curva, Takrin seguía dominando.

Su caballo parecía no cansarse.

Cada zancada levantaba arena que brillaba bajo el sol como pequeñas chispas doradas.

Nanxi no lograba cortarle la ventaja.

Intentaban, insistían, presionaban… pero Takrin siempre encontraba la forma de mantenerse unos metros adelante.

La última vuelta llegó con una intensidad que puso a todos de pie.

El Reino de Nanxi hizo un último esfuerzo desesperado: su jinete cambió la estrategia, tomó la curva más cerrada y arriesgada de todo el circuito.

El caballo resbaló ligeramente, pero mantuvo el equilibrio.

Un murmullo de espanto recorrió las gradas.

—¡Vamos, Nanxi!

¡Vamos!

—gritó Xioalian sin darse cuenta de lo fuerte que había hablado.

Liang la escuchó.

Y sonrió.

Pero Takrin… Takrin era una tormenta perfecta.

Con un movimiento elegante y devastador, el jinete del Principado azuzó al caballo por última vez.

El animal respondió con un impulso demoledor.

En la recta final, cruzó la meta varios cuerpos adelante, asegurando la victoria de la carrera más importante del año.

El público se levantó como un solo cuerpo.

Un rugido ensordecedor llenó Rashin.

Takrin había ganado oro.

Nanxi llegó segundos, con honor y valentía, recibiendo una ovación casi tan fuerte como la del ganador.

En las tribunas, Xioalian giró hacia Liang.

Sus ojos se encontraron.

Hubo un silencio entre ellos que no tenía nada que ver con la pista.

Era… otra cosa.

Liang habló primero.

—Perdimos… —murmuró con una sonrisa triste.

Pero peleaste hasta el final —respondió Xioalian suavemente—.

Eso vale más que un trofeo.

No lo dijo como simple consuelo.

Lo dijo con la serenidad de alguien que había visto disciplina, coraje y corazón.

Y Liang lo sintió.

Sintió el peso del reconocimiento.

Sintió la calidez detrás de esas palabras.

Sintió que, por primera vez en todo el torneo, no importaba si había ganado o perdido: ella estaba ahí, viéndolo.

Ella extendió su mano.

Un gesto simple, pequeño, casi insignificante en medio de la multitud.

Pero para ellos dos… no lo era.

Liang la miró, sorprendido.

Y cuando la tomó, hubo un instante —breve, quieto, profundo— donde el ruido del mundo pareció apagarse.

Como si Rashin entero hubiera contenido el aliento solo para observarlos.

La mano de Xioalian era cálida.

Firme.

Y aunque no lo sabía, ese toque era el tipo de gesto que podía cambiar el rumbo de imperios enteros.

Las cámaras mágicas y los cronistas captaron el gesto sin que ellos se dieran cuenta.

Cada flash de luz, cada pincel de tinta, cada mirada curiosa, registró ese momento con una precisión casi cruel: dos herederos, tomados de la mano, frente al continente entero.

Los padres de ambos se miraron, confundidos, resignados, preocupados… todo al mismo tiempo.

El Emperador del Dragón Dorado frunció los labios apenas.

—Esto traerá rumores —murmuró en voz baja.

—Rumores, alianzas o problemas… aún no lo sé —respondió su esposo, entrecerrando los ojos.

Del lado de Nanxi, el Rey respiró hondo.

Su esposo bajó la mirada.

—¿Crees que deberíamos intervenir?

—¿Y qué diríamos?

¿Que no pueden… ser jóvenes unos minutos?

—respondió el Rey, sin ocultar la mezcla de ternura y preocupación en su voz.

Pero no había tiempo para pensar en matrimonios, alianzas o escándalos.

La pista seguía vibrando con la emoción de la final.

La arena aún temblaba por el eco de los cascos.

El olor a hierba, polvo y sudor se mezclaba con el aroma de las cocinas tradicionales que seguían vendiendo comida alrededor del hipódromo.

La gente gritaba, cantaba, reía, y celebraba como si la noche fuera eterna.

Los jinetes estaban siendo llevados al centro para entrevistas.

Algunos caminaban con orgullo.

Otros, con cansancio.

Pero todos con el corazón hinchado de haber llegado hasta ahí.

La ceremonia se preparaba: banderines colgando, cofres dorados con las medallas, el trofeo triple descansando sobre un pedestal rodeado de flores blancas y rojas.

Guardias ceremoniales marchaban, ajustando posiciones.

Los músicos afinaban instrumentos mientras el aire se llenaba con los primeros acordes de la ocarina de Rashin, un sonido suave, lleno de nostalgia.

Los pueblos celebraban.

Había música, risas, abrazos entre desconocidos.

Había niños corriendo con banderas, ancianos llorando de emoción, jóvenes grabando cada instante con los dispositivos mágicos que llevaban colgados del cuello.

Y el sol, ya cayendo, pintaba Rashin de oro.

Era un oro suave, cálido, casi líquido.

El tipo de luz que solo aparece cuando algo memorable está por quedar grabado en la memoria colectiva.

Liang todavía sostenía la mano de Xioalian.

Pero ahora era él quien hablaba primero.

—Gracias por estar aquí —dijo, bajando la voz, como si temiera romper algo delicado.

Xioalian lo observó con una mezcla extraña de dulzura y firmeza, esa clase de mirada que solo alguien educado para gobernar podía tener.

—Gracias por dejarme —respondió ella.

Liang parpadeó, sorprendido por la sinceridad.

Ella retiró su mano, pero lo hizo con suavidad, como si no quisiera romper el contacto del todo.

Fue un gesto pequeño… pero que dejó un eco grande en él.

—Ojalá hubiera ganado —confesó Liang con una sonrisa triste.

Xioalian inclinó la cabeza.

—Tal vez no era el día de Nanxi —dijo—.

Pero sí fue tu día.

—¿Mi día?

—preguntó él, desconcertado.

Ella lo miró directamente a los ojos.

—Sí —afirmó con una convicción que le erizó la piel—.

Te vi luchar, Liang.

Vi a un príncipe que no se rinde, aunque el destino no vaya a su favor.

Eso… eso dice mucho más que un primer puesto.

Liang sintió que algo en su pecho se aflojaba.

Una especie de alivio, una liberación que no sabía que necesitaba.

—Xioalian… —susurró su nombre sin pensarlo.

Ella sonrió un poco, y él sintió ese pequeño gesto como un impacto directo en el corazón.

Entre el ruido, el polvo y la euforia, las miradas de los jóvenes prometían una historia que recién empezaba.

Una historia que no conocía fronteras.

Ni reinos.

Ni reglas.

Una historia que nadie esperaba… pero que el continente entero presenció sin darse cuenta.

Mientras el público seguía celebrando, Liang observó la pista donde su equipo corría por última vez, saludando a los espectadores.

Xioalian lo acompañó con la mirada, y por un instante, la distancia entre sus mundos pareció desaparecer.

—Liang —lo llamó ella de repente.

—¿Sí?

—Cuando todo esto termine… ¿te gustaría caminar por Rashin conmigo?

La pregunta cayó entre ellos como una chispa sobre pólvora.

Liang se quedó mudo unos segundos.

Xioalian lo miró fijamente, sin arrepentirse de haberlo dicho.

Y él… sonrió.

No una sonrisa tímida.

Sino una segura.

—Sí —respondió—.

Me gustaría mucho.

La princesa bajó la mirada por primera vez, sonrojándose apenas.

Los padres de ambos, desde sus lugares, se llevaron las manos a la cabeza.

Pero el destino, esa tarde, no les pertenecía a ellos.

Les pertenecía a dos jóvenes que estaban descubriendo algo inesperado… algo más fuerte que la política… más fuerte que la rivalidad… …más fuerte, incluso, que la victoria o la derrota.

Porque algunos encuentros —como ciertas carreras— no se ganan por velocidad o fuerza.

Se ganan por corazón.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack En el Turf, unos corren por gloria… pero otros descubren que el verdadero riesgo es dejar que el corazón también compita

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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