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EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 231

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231: Capítulo 10 – Entrega de Medallas y Trofeo 231: Capítulo 10 – Entrega de Medallas y Trofeo La plaza central de Rashin parecía un cuadro viviente.

El sol se estaba escondiendo detrás de los castillos antiguos, pero su luz final —densa, dorada, casi líquida— bañaba cada rincón del lugar.

Las banderas flameaban en lo alto, los colores de los nueve países mezclándose en una danza lenta sobre el cielo teñido de naranja.

Los tambores habían cesado, pero el eco aún vibraba en el aire, como si la propia ciudad respirara al ritmo de la carrera que había cambiado el día.

Las tribunas estaban llenas.

No quedaba un solo espacio libre: familias, comerciantes, viajeros, nobles, artesanos, soldados, niños que se subían a los hombros de sus padres para ver mejor.

Todos querían presencia en ese momento.

La final del Turf no era una simple competencia.

Era la historia misma del continente escrita en arena y sudor.

En el centro, un escenario de madera oscura había sido decorado con flores rojas de Huarin, cintas doradas y pequeños faroles de cristal que comenzaban a encenderse a medida que la luz natural se retiraba lentamente.

Los gobernantes de los nueve países llegaron juntos, avanzando lado a lado, una señal de respeto y unidad que pocas veces se veía en eventos diplomáticos.

Los ciudadanos los acompañaron con aplausos que retumbaban como olas.

Y así comenzó la ceremonia.

— Los medallistas del bronce Los primeros en subir fueron los equipos eliminados en la semifinal: el Imperio del Dragón Dorado y el Gran Ducado de Suryun.

Y después los otros países Los jinetes avanzaron con pasos lentos, visiblemente cansados pero con la frente en alto.

Los caballos, aún respirando con fuerza tras la competencia, fueron guiados a un costado para recibir agua y descanso mientras los jinetes saludaban al público.

Cuando el nombre de cada participante fue pronunciado, la multitud respondió con vítores sinceros.

El emperador del imperio del Dragón Dorado aplaudió con orgullo, mientras Suwei —de pie a su lado— sonreía con esa calma que parecía envolver todo a su alrededor.

Los jinetes recibieron sus medallas de bronce: piezas circulares trabajadas en cobre rojizo, con el símbolo del Turf —los tres cascos cruzados— grabados con tanta precisión que parecían moverse bajo la luz.

Cada uno recibió además una placa de reconocimiento con su nombre y la inscripción: “Por valor, dedicación y honor en la carrera del continente.” Las palmas resonaron con fuerza cuando los jinetes hicieron una reverencia.

Uno de ellos, aún joven, no pudo evitar que se le escapara una lágrima al recibir su placa.

Su caballo relinchó a lo lejos, como si respondiera a su emoción.

Ese momento recordó a todos que el Turf, más que una competencia, era una prueba de corazón.

La plata para Nanxi Después de los aplausos finales, el aire se llenó de expectativa.

El Maestro de Ceremonias levantó la mano y pronunció: —Reino de Nanxi, al podio.

El público estalló.

Los dos jinetes finalistas avanzaron entre la multitud, con sus capas verdes ondeando y los símbolos plateados de su país brillando en el pecho.

Detrás de ellos, Xioalian caminaba junto a su padre, el Rey, orgullosa pero aún con la emoción atravesada por los eventos que había vivido con Liang en la pista minutos antes.

Los jinetes recibieron la medalla de plata: elegante, brillante, fría como la luna que comenzaba a aparecer en el cielo.

Fue colocada alrededor de sus cuellos por los gobernantes de Rashin, que apresaron las manos de los jinetes con respeto sincero.

La multitud coreó su nombre: —¡¡Nanxi!!

¡¡Nanxi!!

¡¡Nanxi!!

Liang, desde un costado, los observaba con una sonrisa suave.

Sus ojos se cruzaron por un instante con los de Xioalian, quien le devolvió la mirada con una mezcla de orgullo y ternura que no pasó desapercibida para nadie… especialmente para sus padres, que intercambiaron una mirada cargada de silencios largos.

Pero esa era una conversación para otro día.

— El oro para Takrin La atención se centró entonces en el equipo victorioso.

Un silencio reverente recorrió la plaza cuando el Maestro de Ceremonias alzó su voz: —¡Principado de Takrin, al podio!

El rugido del público fue ensordecedor.

Los jinetes de Takrin avanzaron con paso firme, casi solemne, acompañados por el orgullo vivo de su gente.

Sus capas azul oscuro se movían con el viento como si fueran alas, y los caballos —dos imponentes criaturas de pelaje negro y blanco— caminaban junto a ellos, reluciendo bajo los faroles recién encendidos.

Siyana, la princesa de Takrin, era incapaz de contener la emoción: aplaudía, saltaba, abrazaba a quien tuviera cerca, y hasta le dio un empujón cariñoso al jinete líder cuando pasó junto a ella.

Ella rió, todavía incrédulo, mientras se limpiaba el sudor del rostro y avanzaba hacia el centro del escenario.

Cuando le colocaron la medalla de oro, la plaza estalló.

La pieza dorada brilló con una luz intensa, y por un momento pareció que el sol, en lugar de haberse ocultado, se había quedado atrapado ahí, en ese trofeo colgando del cuello del campeón.

Pero lo mejor estaba por venir.

El trofeo del Triple Cascos fue traído por dos guardias ceremoniales.

La estructura era majestuosa: tres cascos entrelazados, tallados en metal dorado puro, montados sobre una base de madera negra de los bosques de Veyora.

Cada casco representaba un aspecto del Turf: Velocidad.

Valentía.

Espíritu.

El jinete líder tomó el trofeo con ambas manos, y al levantarlo por encima de su cabeza, la plaza rugió como un solo corazón.

—¡¡Takrin!!

¡¡Takrin!!

¡¡Takrin!!

Fue un momento histórico.

Un momento que todos sabían que recordarían durante años.

— Un continente unido Los gobernantes bajaron del palco para felicitar personalmente a los campeones.

El Emperador del Dragón Dorado estrechó la mano del jinete con una sonrisa cálida.

—Has honrado a tu nación —dijo.

El Rey de Nanxi dio un abrazo a su propio jinete, que aún sostenía la medalla de plata con orgullo.

La duquesa consorte de veyora inclinó la cabeza con respeto hacia los jinetes de Takrin.

Pero lo más hermoso no fueron las palabras de los líderes.

Fue lo que ocurrió entre sus hijos.

En medio del bullicio, Xioalian y Liang se encontraron otra vez.

No eran el foco de la ceremonia, pero parecían llevar una historia propia creciendo en silencio.

—¿Estás bien?

—preguntó ella, con la voz apenas audible entre el murmullo de la plaza.

—Estoy perfecto —respondió él, aún recuperando el aliento de la emoción—.

¿Y tú?

Xioalian asintió, pero en su mirada había algo nuevo.

Algo distinto.

Algo que ni siquiera ella lograba comprender del todo, pero que sabía que marcaría su vida a partir de ese momento.

La princesa de Takrin, Siyana, apareció detrás de ellos sin aviso y, como un huracán de alegría, les lanzó los brazos encima.

—¡¿No es maravilloso?!

¡Takrin ganó!

¡Pero ustedes también estuvieron increíbles!

—dijo entre risas, su energía contagiando a todos los que estaban cerca.

Liang y Xioalian intercambiaron una mirada divertida.

Siyana tenía esa capacidad única de transformar cualquier instante en celebración, de que incluso los momentos más tensos se llenaran de luz y risa.

Pronto se les unieron otros hijos de gobernantes: Alina, Tao, Melin, Serenya, Weilan, Velen… formando un círculo improvisado de jóvenes nobles.

Rieron, chocaron manos, compartieron dulces típicos que los ciudadanos les ofrecían desde la multitud, mientras algunos niños intentaban imitar los movimientos de los jinetes sobre sus caballos de madera o corriendo entre las piernas de los adultos.

El público los observaba con asombro.

Sin protocolos, sin jerarquías, sin distancia.

Niños de diferentes países, culturas, lenguas… unidos por la alegría que la carrera había desatado.

El simple hecho de verlos interactuar así inspiraba sonrisas, recuerdos y esperanza.

Varios ancianos del pueblo comentaban entre sí: —Así debería ser siempre.

—Míralos… el futuro del continente.

—Si ellos se llevan bien, quizá nunca tengamos guerras de nuevo.

Y, en el aire, flotaba algo que nadie podía tocar pero que todos sentían: una esperanza real, profunda, palpable.

Esperanza de unidad, de amistad, de futuro.

— La noche se enciende A medida que los últimos rayos de sol desaparecían, Rashin comenzó a transformarse.

Los faroles de cristal, encendidos por los ciudadanos, comenzaron a iluminar la ciudad uno por uno, descendiendo suavemente sobre la plaza y los jardines, como estrellas que habían decidido caminar sobre la tierra.

Su luz cálida reflejaba en los rostros de todos, en los caballos, en las banderas, en los ojos de los jóvenes y en los ancianos que observaban maravillados.

Los músicos se reunieron nuevamente, preparando el inicio de la celebración nocturna.

Los tambores comenzaron a sonar, acompañados de flautas, cuerdas y algún gong que hacía vibrar el corazón de quienes escuchaban.

La música llenó los espacios vacíos que había dejado la competencia, pero esta vez no era tensión ni nervios, sino pura alegría que se filtraba en cada rincón.

Los puestos de comida, repletos desde el mediodía, abrieron nuevamente sus puertas.

Los aromas se mezclaban en una sinfonía de olores: pan especiado recién horneado de Nanxi, dulces fríos del norte de Voyore, té dulce de Huarin, carne asada de Andshi, arroz dorado del Imperio del Dragón Dorado… Todo eso flotaba en el aire, envolviendo a los asistentes en un banquete invisible que estimulaba la memoria y los sentidos.

El aire se llenó de risas, conversaciones y relatos de la carrera.

Cada grupo contaba su versión de cómo Takrin había cruzado la meta, cómo Nanxi había luchado con valentía, y cómo todos habían sentido que el continente entero había vibrado como un solo corazón.

Los ancianos recordaban otras carreras de antaño y compartían sus historias con los jóvenes, mientras los niños imitando a los jinetes corrían de un lado a otro, riendo sin descanso.

Los héroes del día —los jinetes de Takrin y Nanxi— caminaban entre la multitud.

Recibían abrazos, palabras de agradecimiento, palmadas en la espalda y pequeños regalos hechos con cariño: flores recién cortadas, cintas de colores, dibujos apresurados.

Cada gesto era un recordatorio de que su esfuerzo había significado más que ganar: había inspirado a toda la ciudad.

Nunca habían sentido tanto amor.

Nunca habían sido tan admirados.

Nunca habían comprendido que un simple acto de valentía podía resonar tan lejos, tan profundo.

— La ceremonia que unió a todos Los gobernantes regresaron a la plaza, caminando lentamente entre la gente.

El Emperador del Dragón Dorado y Suwei intercambiaron miradas cargadas de orgullo.

El Rey de Nanxi sonrió con satisfacción, mientras la Duquesa de Suryun asentía con respeto.

Todos se encontraban relajados, dejando de lado los protocolos y las formalidades, disfrutando de un momento que era histórico, y que quedaría para siempre en la memoria de Rashin.

Los hijos de gobernantes siguieron interactuando, ahora rodeados de jóvenes del pueblo.

Jugaban, compartían historias, imitaban pasos de baile aprendidos del Turf, lanzaban risas al viento y observaban los caballos con fascinación.

Era un encuentro de culturas, de historias, de futuros que se cruzaban sin pensar en diferencias de sangre, de corona o de tierra.

Los ancianos seguían murmurando entre ellos: —Fíjate cómo ríen juntos.

—Mira cómo se respetan, cómo se escuchan.

—Si así son los jóvenes, quizá haya esperanza para el mundo.

Y la esperanza estaba allí, tangible en cada gesto, en cada mirada, en cada risa que resonaba por la plaza.

— El cierre del día Cuando los últimos faroles flotantes se elevaron hacia el cielo, Rashin quedó iluminada por miles de puntos de luz que se mezclaban con las estrellas.

La plaza se llenó de una quietud vibrante: la calma después de la euforia, el final de una jornada que había dejado marcas profundas en todos.

Era alegría.

Era unidad.

Era historia.

Los jinetes regresaron a sus caballos, acariciando sus crines, susurrando palabras de gratitud y cariño.

Los caballos bebían agua y respiraban, dejando escapar vapores tibios en la noche fresca.

Los gobernantes conversaban relajados entre ellos, compartiendo historias y risas, mientras sus hijos seguían explorando, jugando y compartiendo.

La música no cesaba.

Las risas no cesaban.

Y la emoción tampoco.

Por esa noche, el continente entero se sintió como una sola familia.

Los colores de todas las banderas se mezclaban en la penumbra, los aromas de cada región flotaban entre la gente y el recuerdo de la carrera seguía latiendo en los corazones.

Era un momento que nadie olvidaría.

Era un recuerdo que permanecería para siempre.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack A veces, después de la batalla, descubrimos que la verdadera victoria no está en el podio… sino en lo que une a quienes celebran bajo la misma luz.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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