EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 232
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232: Capítulo 1 – Apertura del Juego de los Nueve Animales Sagrados ( pelotas) 232: Capítulo 1 – Apertura del Juego de los Nueve Animales Sagrados ( pelotas) Ciudad de Eryndos, Gran Ducado de Veyora El amanecer en Eryndos no era un simple amanecer.
Era un evento.
La luz del sol se derramaba por las callecitas empedradas como un río dorado, iluminando los antiguos muros de piedra y las columnas blancas que adornaban las plazas culturales.
Desde los balcones colgaban telas, cintas y banderas de todos los colores imaginables, ondeando con el viento fresco que traía consigo el aroma del pan dulce y del incienso azul que solían quemar los sacerdotes de la ciudad.
Eryndos, conocida como la Ciudad Cultural, parecía una pintura viviente.
Desde antes del alba, las caravanas de cada país comenzaron a llegar: familias enteras, comerciantes, artesanos, músicos, bailarines, nobles y plebeyos… todos llenando las calles con un bullicio que vibraba como un tambor de guerra.
Los mercados improvisados ocupaban cada esquina, ofreciendo dulces de Oshiran, infusiones del Reino de Xianbei, telas bordadas de Nanxi, figuras talladas en arena de Andshi y perfumes florales del Principado de Takrin.
El aire era una fiesta.
Los gobernantes de los nueve países llegaron en carruajes majestuosos, adornados con los símbolos de sus naciones.
La gente se abría paso para verlos pasar, saludando con respeto y entusiasmo.
Detrás de ellos, sus hijos descendían como pequeños rayos de luz, mezclándose sin miedo con el pueblo: tocando instrumentos, probando dulces, saludando a niños, sacándose retratos mágicos con los ciudadanos.
Pero los verdaderos protagonistas tenían un lugar especial reservado.
Los niños portadores de banderas Cuatro por país.
Elegidos por su disciplina, su conducta, su honor.
Los cuatro niños se alineaban frente a la Gran Plaza de Alejandra, sosteniendo con ambas manos las enormes banderas de sus tierras.
Cada bandera era una obra de arte: bordados con hilos de plata, oro, plumas, gemas, símbolos antiguos y colores vivos que representaban el espíritu de cada nación.
La plaza estaba tan llena que parecía que todo el continente se había reunido allí.
La gente murmuraba, emocionada, señalando a los pequeños que caminaban con la espalda recta y los ojos brillantes de orgullo.
Las banderas representaban: Imperio del Dragón Dorado Reino de Nanxi Reino de Xianbei Reino de Andshi Reino de Koryun Gran Ducado de Veyora Principado de Takrin República Federada de Oshiran Gran Ducado de Suryun El desfile avanzó entre aplausos y gritos de alegría, mientras pétalos de flores llovían desde los balcones más altos.
Los músicos tocaron una melodía ancestral, una pieza que —se decía— había sido creada hace miles de años para honrar a los mismísimos Nueve Animales Sagrados.
El palco de los gobernantes En lo alto, los gobernantes observaban: El Emperador del imperio del Dragón Dorado con su túnica de seda morada.
La rey de Nanxi con su corona de pavo real La Reina de Xianbei con su capa de plumas.
La Reina de Andshi con su vestido blanco El Rey de Koryun con su traje azul oscuro Los Grandes Duques anfitriones de Veyora.
Los Príncipes soberanos de Takrin, el canciller de Oshiran y los grandes duques de Suryun.
Todos miraban con una mezcla de orgullo, nostalgia y diplomacia contenida.
Porque el torneo no solo era un juego.
Era un escenario político.
Un pacto de paz.
Una tradición de siglos que evitaba guerras innecesarias.
Pero más allá de todo eso, era una fiesta del continente.
El anuncio que lo cambió todo Cuando el último niño llegó al centro de la plaza, el murmullo del público se apagó lentamente.
Todos los ojos se dirigieron al Gran Duque de Veyora, quien avanzó al frente del palco con su bastón ceremonial en mano.
El silencio era tan profundo que se podían oír los pájaros posados en los tejados.
—¡Bienvenidos todos a la ciudad de Eryndos, y al inicio del Juego de los Nueve Animales Sagrados!
—proclamó con voz poderosa.
Las palabras resonaron entre los edificios antiguos como un trueno suave.
—Que estos días de competencia —continuó— sean una prueba de valentía.
Una celebración de la astucia.
Y sobre todo… una muestra de la unión de nuestros pueblos.
Las campanas de la ciudad comenzaron a sonar.
Primero una.
Luego otra.
Después todas juntas, creando una sinfonía que hacía temblar hasta el suelo.
Los niños alzaron las banderas.
Los estandartes ondearon al mismo tiempo.
Y el cielo se llenó de un coro gigantesco de vítores.
Eryndos, Desde las terrazas de la plaza, decenas de aves mágicas fueron liberadas: halcones de plata, palomas doradas, y pequeños hanauris que brillaban como chispas vivientes.
Sus alas colorearon el cielo con destellos de luz.
Los músicos de cada nación comenzaron a tocar.
Primero fueron apenas murmullos: un susurro de flautas afinándose, el leve golpeteo de varillas contra tambores, el zumbido de cuerdas tensándose.
Pero, poco a poco, el sonido creció como una ola que cruzaba el aire y envolvía la enorme plaza central de la Ciudad Cultural de Eryndos.
Un caos hermoso.
Las flautas de Nanxi, hechas de bambú blanco y decoradas con hilos carmesí, emitieron melodías que parecían viento descendiendo desde las montañas heladas.
Los tambores de Oshiran, pesados y ceremoniales, respondieron con golpes profundos que retumbaban en el pecho de cada oyente.
Las cuerdas de Veyora, suaves como seda mojada, tejían escalas ascendentes que se colaban como ríos entre las otras melodías.
Y las campanillas de Takrin, pequeñas, brillantes y casi etéreas, tintineaban como si los espíritus estivales hubieran decidido unirse al concierto.
La mezcla era imposible de describir con una sola palabra.
Ni armónica.
Ni caótica.
Ni solemne.
Era todo eso a la vez.
Un estallido de identidades, historias y memorias compartidas.
Los gobernantes de cada nación, sentados en sus tribunas doradas, intercambiaron miradas cargadas de significado.
Algunos sonrieron: sonrisas diplomáticas, contenidas pero sinceras.
Otros entrecerraron los ojos, evaluando, midiendo, calculando.
Otros más se reclinaron en sus asientos, como si la música fuera una fachada agradable para un juego mucho más profundo.
Porque todos sabían que el Juego de los Nueve Animales Sagrados era muchas cosas, pero nunca inocente.
A un lado de la pista ceremonial, decenas de niños portadores de banderas—uno por reino, uno por linaje, uno por sueño—avanzaban con sus estandartes en alto.
Sus ojos brillaban con lágrimas que no intentaban ocultar.
No de tristeza, sino de emoción pura, de esa emoción que solo los niños pueden sentir sin vergüenza.
Nadie se burló.
Nadie rió.
Porque incluso los adultos, incluso los guerreros más endurecidos, sabían que ese acto simple era algo grande.
Una pequeña llama de esperanza al inicio de un evento que podía unir… o fracturar… al continente.
El público, que llenaba las gradas como un océano humano, vibraba al unísono.
Miles de voces contenidas.
Miles de corazones latiendo al mismo ritmo.
Miles de respiraciones sincronizadas como si todos fueran una sola criatura gigantesca y expectante.
Había emoción.
Había orgullo.
Había miedo.
Y en el centro de todo eso… había una promesa.
— Una promesa para el continente La apertura no era solo una ceremonia.
Era un recordatorio.
Un recordatorio vivo, palpitante, imponente, de que los nueve países, por más distintos que fueran, compartían una misma tierra.
Los mismos cielos que los cubrían.
Los mismos ríos que cruzaban sus fronteras.
Los mismos inviernos que congelaban sus montañas y los mismos veranos que encendían sus llanuras.
Habían compartido guerras, sí.
Y tratados rotos.
Y acuerdos tensos.
Y décadas de silencios más peligrosos que cualquier batalla.
Pero también habían compartido arte, música, caravanas comerciales, migraciones, historias orales, amor prohibido… y sueños.
El Juego de los Nueve Animales Sagrados no era solo una competencia deportiva o un evento diplomático.
Era un pacto.
Un pacto que decía: Seguimos aquí.
Seguimos juntos.
Seguimos intentando.
Cada cuatro años, ese pacto se renovaba.
A veces con tensión.
A veces con júbilo.
A veces con la incertidumbre de no saber si ese sería el último.
Pero siempre se renovaba.
La ceremonia de apertura tenía la misma función que el amanecer en un día difícil: recordar que aún había luz.
Recordar que, incluso cuando el continente se quebraba en facciones y sospechas, en algún lugar todavía existía un punto en común.
Ese punto, esa bisagra frágil que impedía que todo se derrumbara, era el juego.
Y por eso, cuando las campanas de oro y plata comenzaron a repicar en lo alto de la torre principal de Eryndos, nadie habló.
Nadie se movió.
Nadie respiró más fuerte de lo necesario.
Porque sabían que estaban en presencia de algo grande.
Algo que los abuelos les habían contado cuando eran pequeños.
Algo que sus padres habían esperado toda su vida.
Algo que sus hijos recordarían para siempre.
— El significado detrás del sonido Las campanas repicaron una vez.
Dos veces.
Tres.
Nueve.
Una por cada nación.
Una por cada animal sagrado.
Una por cada frontera que, por un instante fugaz, parecía no existir.
Los jugadores, alineados en sus posiciones, sintieron un escalofrío recorrerles la espalda.
Muchos habían entrenado desde niños.
Otros habían sacrificado más de lo que estaban dispuestos a admitir.
Y algunos ni siquiera creían estar preparados, pero ya no había vuelta atrás.
Las campanas eran el anuncio.
El aviso.
La confirmación.
El juego había comenzado.
Las multitudes estallaron en aplausos que parecieron hacer vibrar los cimientos mismos de la ciudad.
No era un aplauso común.
Era un rugido, un trueno, una ola que se elevó y cayó, arrastrando consigo a todos los que estaban presentes.
Los fuegos ceremoniales fueron encendidos en los cuatro puntos cardinales del estadio.
Grandes antorchas de cristal, cada una con un color diferente, ardieron al mismo tiempo.
Rojo.
Azul.
Verde.
Dorado.
Las luces se elevaron al cielo como si quisieran rasgarlo y abrirlo en dos.
— Los gobernantes En sus palcos, los líderes nacionales observaron con expresiones que no eran fáciles de descifrar.
El Emperador de Veyora, vestido con sedas violetas, mantenía una sonrisa leve que no llegaba a sus ojos.
La Reina de Takrin inclinaba la cabeza con una elegancia casi felina, sus ojos brillando con inteligencia calculada.
El Sultán de Oshiran tamborileaba los dedos contra el brazo de su silla, con el ceño fruncido, como si todo lo que veía fuera una amenaza potencial.
Y luego estaba la Canciller de Nanxi: joven, serena, impasible.
Observaba como quien observa un tablero gigantesco donde cada pieza está a punto de moverse.
Para algunos, el juego era oportunidad.
Para otros, riesgo.
Para todos, poder.
— El público Las familias se abrazaron.
Los ancianos lloraron abiertamente, recordando juegos pasados, victorias de hace décadas, tragedias que nunca se olvidaron.
Los comerciantes ofrecían paños con los colores de cada nación.
Los niños saltaban sobre los asientos.
Los adolescentes grababan todo desde sus dispositivos, conscientes de que estaban capturando historia en tiempo real.
La emoción colectiva era tan intensa que parecía casi tangible.
Como una neblina que podía respirarse.
Como electricidad en la punta de los dedos.
— El inicio del viaje Los jugadores dieron un paso adelante.
Solo uno.
Pero fue suficiente.
Ese único paso marcó el comienzo de la temporada, de la competencia, de la prueba más exigente que cualquiera de ellos viviría en su vida.
Sus miradas se cruzaron.
Rivales separados por banderas.
Pero también iguales bajo el mismo cielo.
Algunos respiraron hondo.
Otros se tensaron.
Otros cerraron los puños.
El continente entero parecía contener la respiración.
Porque este no era un año más.
No era un juego más.
No era una ceremonia más.
Algo en el ambiente—quizás la forma en que el viento se detuvo, o cómo las sombras se alinearon, o cómo el silencio previo había parecido más profundo que nunca—anunciaba que lo que estaba por suceder no tendría precedente.
Los ancianos lo sentirían en los huesos.
Los magos silenciosos lo reconocerían en el flujo de la energía.
Los líderes lo verían en los ojos de sus rivales.
Algo iba a pasar.
Algo grande.
Algo que quedaría marcado en la historia.
Algo que, generaciones después, se seguiría contando alrededor del fuego.
— Y finalmente… Porque ese día, en la Ciudad Cultural de Eryndos… El juego había comenzado.
Pero más que un juego, era el renacimiento de una esperanza.
La reafirmación de un pacto antiguo.
El primer latido de un año que nadie olvidaría jamás.
Y aunque nadie podía preverlo, ese inicio sería el punto exacto donde el destino del continente comenzaría a torcerse.
El inicio del cambio.
El inicio del conflicto.
El inicio de una era.
Una era escrita con música, con gloria, con traición, con sacrificio… Una era que tenía, en su primer segundo, este momento.
El momento en que las campanas anunciaron que la historia acababa de ponerse en marcha.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack Cada vez que un continente se reúne para celebrar, nace algo más grande que un torneo: nace la esperanza de un mundo donde todos marchan bajo una misma bandera.
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