EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 234
- Inicio
- Todas las novelas
- EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL
- Capítulo 234 - 234 Capítulo 4 – Duelo de astucia y fuerza
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
234: Capítulo 4 – Duelo de astucia y fuerza 234: Capítulo 4 – Duelo de astucia y fuerza El sol alcanzaba su punto más alto sobre Eryndos, proyectando sombras nítidas sobre el terreno sagrado del Juego.
La ciudad parecía contener el aliento entero del continente.
Tras el triunfo del Imperio del Dragón Dorado en el primer encuentro, la tensión se había transformado en expectativa pura.
Todos querían ver qué traería la segunda batalla del día.
Los artesanos del viento decían que, cuando el sol tocaba la cúpula del Gran Templo Cultural, los espíritus animales descendían para observar los partidos.
Y justo ahora, esa luz caía sobre las gradas, sobre los gobernantes, sobre los niños con banderas, sobre los músicos, sobre los jugadores… como un presagio.
Era la hora del duelo entre el Reino de Xianbei y el Reino de Koryun.
Las dos naciones compartían frontera, pero no costumbres.
Xianbei era conocido por su danza marcial, fina, veloz y calculada.
Koryun por su fuerza organizada, su disciplina férrea y su orgullo guerrero.
En un juego como este, esas diferencias eran oro puro.
La entrada al campo Los jugadores entraron uno por uno, bajo una lluvia de pétalos arrojada desde las terrazas superiores.
Los espectadores gritaban los nombres de sus favoritos, levantando estandartes tan altos que cubrían el cielo por momentos.
Cada equipo vestía su tradicional armadura liviana: Xianbei:Rojo profundo con detalles dorado , inspirados en su animal nacional .
Koryun: gris y blanco, con líneas doradas que imitaban el lobo blanco.
Los gobernantes de ambos reinos se sentaban a solo tres filas de distancia, observándose con sonrisas diplomáticas que escondían una competencia histórica de siglos.
Nadie quería perder.
Pero más importante aún: ninguno quería ser humillado.
En el centro del campo, el árbitro levantó la esfera cristalina del balón.
Era un objeto ligero, resistente, imbuido con técnicas antiguas que lo hacían extremadamente veloz.
Un error podía costar un gol.
Un movimiento perfecto podía cambiar la historia.
—Jugadores, tomen posición.
Los diez jóvenes se alinearon.
El murmullo del público se apagó.
Los tambores dejaron de sonar.
Las banderas dejaron de ondear.
El silencio era tan profundo que hasta el viento se detuvo a escuchar.
El silbato sonó.
El inicio El balón fue lanzado al aire con fuerza, elevándose como un pequeño sol.
En el mismo instante en que comenzó a caer, los jugadores de ambos equipos se abalanzaron hacia adelante.
Xianbei fue el primero en tocarlo.
Un pase rápido hacia la derecha.
Un segundo pase hacia atrás.
Un tercer toque elevó la pelota con precisión quirúrgica.
Parecía que Xianbei atacaría con su famosa apertura “Cola del fenix”: un movimiento que engañaba al rival al proyectar el balón hacia un punto mientras el verdadero ataque iba por otro.
Pero el defensor de Koryun —un joven alto con cabello recogido y una banda negra atada al brazo— no cayó en la trampa.
Saltó.
Giró.
Y con un cabezazo tan firme como una piedra arrojada desde una catapulta, interceptó el balón antes de que cruzara el círculo de anotación.
El público rugió.
Xianbei retrocedió un paso.
Koryun avanzó dos.
El primer gol Koryun armó un contraataque tan rápido que muchos espectadores tardaron en comprender lo que estaban viendo.
Uno de sus jugadores recibió el balón, lo levantó con la punta del pie, giró sobre su propio eje y lo impulsó hacia adelante con un golpe de codo que silbó en el aire.
El balón describió un arco perfecto.
Los defensores de Xianbei saltaron, chocaron entre sí, estiraron las piernas y los brazos, pero no pudieron alcanzarlo.
¡Gol para Koryun!
1 – 0.
La sección de las gradas perteneciente a Koryun explotó en gritos, tambores y aullidos festivos.
Pero Xianbei no estaba dispuesto a quedarse atrás.
La respuesta de Xianbei El capitán de Xianbei —un joven de rostro sereno, mirada afilada y un temple de hielo— levantó una mano.
Su equipo lo entendió sin necesidad de palabras.
Se reagruparon, formaron un semicírculo y avanzaron con elegancia marcial.
La estrategia de Xianbei fue simple y devastadora: velocidad.
Tres pases cortos.
Un giro inesperado.
Un impulso con la rodilla.
Y el balón entró al aro de Koryun con un sonido seco.
Empate 1 – 1.
Pero no se detuvieron allí.
El segundo gol llegó apenas treinta segundos después.
Esta vez, Xianbei jugó por el aire: dos elevaciones rápidas, un pase hacia atrás y un salto en diagonal.
Gol.
2 – 1.
El público enloqueció.
Koryun trató de reorganizarse, pero Xianbei siguió atacando con una precisión quirúrgica que parecía venir de siglos de tradición.
El tercer gol llegó tras un movimiento tan rápido que varios comentaristas mágicos tuvieron que repetirlo con magia ralentizada para poder explicarlo.
3 – 1 para Xianbei.
El banquillo de Xianbei celebró.
El capitán respiró hondo, pero no sonrió.
Ellos sabían que esto recién comenzaba.
La remontada de Koryun Koryun era talentoso, sí.
Pero su verdadero don era la terquedad.
El capitán de Koryun —un joven de expresión decidida, cejas marcadas y una cicatriz del entrenamiento atravesándole la ceja izquierda— reunió a su equipo en solo tres segundos.
—Cambiamos todo —dijo—.
No velocidad.
No fuerza.
Astucia.
Y astucia fue lo que mostraron.
Dejaron de perseguir el balón como un bloque.
Comenzaron a dividirse en microgrupos.
Uno distraía.
Otro avanzaba.
Un tercero dominaba los rebotes.
Xianbei, acostumbrado a leer movimientos complejos, se vio desconcertado por la aparente simplicidad de Koryun.
El segundo gol de Koryun fue una obra maestra.
Movimiento hacia la izquierda.
Finta hacia la derecha.
Una elevación con la punta del pie.
Un golpe seco con la cabeza.
3 – 2.
El público rugió como una tormenta.
Xianbei comenzó a sentir la presión.
Los gritos de la multitud.
Los tambores.
La tensión de la arena.
Y allí fue cuando Koryun atacó con toda su alma.
El empate Una jugada rápida por el centro dejó a Xianbei desconcertado.
El balón avanzó entre piernas, rodó por el aire, chocó contra un muslo y volvió a elevarse.
Cuando estaba a punto de caer, un jugador de Koryun saltó como si su vida dependiera de ello.
El impacto del muslo fue potente.
El arco tembló.
El sonido metálico del gol retumbó.
3 – 3.
La plaza entera se levantó de los asientos.
Había tensión.
Había sudor.
Había miedo.
Y sobre todo… había hambre de victoria.
Los últimos minutos El sol comenzaba a descender, tiñendo el campo con un tono dorado que hacía sentir que el tiempo se detenía.
Los jugadores jadeaban.
El polvo se elevaba a cada paso.
Los gobernantes observaban de pie.
Los músicos marcaban un ritmo frenético que hacía vibrar los huesos.
Los últimos minutos fueron una tormenta sin dirección.
Xianbei atacaba.
Koryun defendía.
Koryun contraatacaba.
Xianbei bloqueaba.
Había choques de cuerpo.
Giros imposibles.
Saltos casi acrobáticos.
Hasta que llegó el momento.
El capitán de Koryun interceptó un pase malo de Xianbei.
El estadio contuvo el aliento.
El balón giró varias veces en su antebrazo antes de caer hacia adelante.
El sol brillaba alto sobre Eryndos, bañando la gran plaza con un resplandor dorado que parecía caído directamente del reino celestial.
La multitud que rodeaba el campo formaba un mosaico viviente de colores, estandartes y emociones.
No había un solo asiento vacío; la gente se apretaba en los bordes, sobre muros, balcones, escaleras y hasta encima de estatuas.
Nadie quería perderse el segundo enfrentamiento oficial del torneo.
Los jugadores del Reino de Xianbei y del Reino de Koryun avanzaron hacia el terreno con pasos firmes.
Las banderas de ambos reinos se elevaban detrás de ellos, sostenidas por niños de apenas diez años que estaban tan nerviosos como los propios jugadores.
El viento soplaba con suavidad, moviendo las telas como si los dioses mismos observaran con atención.
Ambos equipos se detuvieron frente a sus respectivos círculos de anotación.
Diez jóvenes, diez miradas decididas.
Los corazones latían con tanta fuerza que algunos espectadores aseguraban poder escucharlos desde las gradas.
Y quizá tenían razón: la tensión era casi sólida, espesa, palpándose entre cada vibración del aire.
El silbato sonó.
Un sonido corto, agudo, que partió la atmósfera como un cuchillo.
El balón fue lanzado al centro del campo.
Y en el instante en que tocó el suelo, todo estalló en movimiento.
El inicio explosivo Como si hubieran sido disparados desde arcos invisibles, los jugadores corrieron hacia adelante.
Xianbei abrió con velocidad: un pase rápido a la derecha, otro hacia el centro, y uno de los delanteros levantó el balón con la punta del pie, impulsándolo hacia arriba con una precisión impecable.
El esférico voló directo hacia el círculo metálico de Koryun.
Pero el defensor de Koryun estaba listo.
Saltó con una fuerza impresionante, inclinó el torso y… ¡cabezazo perfecto!
El balón fue desviado en un ángulo agudo, perdiéndose entre los rayos del sol por un segundo antes de caer de nuevo al campo.
La multitud rugió.
Koryun respondió sin perder tiempo.
Con una combinación magistral, enviaron un pase al centro, luego otro hacia un jugador que giró sobre sí mismo, dejando rezagado al defensor de Xianbei.
Un golpe certero con el codo impulsó el balón directo hacia el aro.
¡Clang!
El sonido metálico anunció el primer gol.
1 a 0 para Koryun.
La plaza estalló en aplausos, gritos y tambores.
El equipo de Koryun levantó los brazos, celebrando su primer punto.
Xianbei contraataca Pero Xianbei no era un reino que se rindiera con facilidad.
Su capitán —un joven de ojos intensos y movimientos calculados— reunió rápidamente a su equipo con una señal de la mano.
Las jugadas cambiaron; la postura cambió; la velocidad cambió.
Y entonces ocurrió.
Una ráfaga.
Un torbellino de pases rápidos, fintas agudas, saltos milimétricos.
En menos de dos minutos, Xianbei ejecutó tres jugadas perfectas: Un pase al borde del círculo.
Una acrobacia en el aire.
Una desviación con el muslo que dejó sin reacción al guardián.
¡Gol!
Empate.
Un minuto después… ¡Segundo gol!
2 a 1.
Y antes de que el público pudiera recuperarse… ¡Tercer gol!
3 a 1 para Xianbei.
La multitud se inclinó hacia adelante al unísono, como una ola silenciosa que amenaza con romperse.
Los gobernantes intercambiaron miradas.
Algunos sonreían con satisfacción.
Otros fruncían el ceño, calculando.
Los hijos de la nobleza miraban con los ojos abiertos, estudiando cada jugada como si fuera una lección ancestral que debía memorizase.
El resurgir de Koryun Pero Koryun no se rindió.
Su capitán —un joven alto, de cabello oscuro y mirada determinada— respiró hondo.
Reunió a su equipo en un semicírculo y les habló con voz firme, palabras que nadie escuchó, pero que hicieron que sus compañeros asintieran con frialdad calculada.
Entonces, el ritmo cambió.
Koryun empezó a moverse con una sincronización que no se había visto al inicio.
Era más que estrategia: era instinto.
Su estilo se volvió más agresivo, pero también más elegante.
Comenzaron a usar el peso del balón a su favor: lo hicieron girar en el aire, deslizarse por el costado de sus cuerpos, rebotar en ángulos extraños.
Y entonces… ¡Gol!
3 a 2.
Los espectadores se levantaron de sus asientos.
Los tambores de las colectividades comenzaron a marcar el ritmo del partido, como si el mismísimo corazón de Drakoria latiera en el estadio.
Xianbei estaba bajo presión.
Koryun se acercaba.
La tensión crece Los jugadores respiraban con dificultad.
El sudor brillaba en sus frentes.
Sus pies golpeaban el suelo con fuerza, levantando polvo que volaba entre ellos como un velo dorado.
El balón cambió de dueño diez veces en menos de veinte segundos.
Un pase largo.
Un bloqueo perfecto.
Una finta que engañó hasta al público.
Entonces, Xianbei falló.
Un pase demasiado alto.
Un control demasiado lento.
Un segundo de duda.
Y ese segundo bastó.
El capitán de Koryun apareció como un rayo, interceptó el balón con un movimiento rápido y dio un salto en el aire.
Lo impulsó con el muslo, calculando la trayectoria.
El balón voló.
Dibujó un arco perfecto.
Y entró al aro.
Empate.
3 a 3.
La plaza explotó.
Los niños con banderas gritaban sin entender del todo lo que pasaba.
Los ancianos juraban que no habían visto una jugada así en décadas.
Los músicos redoblaron la intensidad, marcando un ritmo frenético que se expandía en cada rincón.
El sol comenzaba a descender, proyectando sombras largas sobre el campo.
Los últimos minutos: tormenta Nadie podía quedarse sentado.
Ni siquiera los gobernantes.
El Gran Duque de Veyora se había puesto de pie sin darse cuenta.
El Embajador de los Clanes Takrin estaba tan tenso que apretaba la baranda con los dedos blancos.
Los príncipes de Dravendel observaban como si el mundo entero dependiera de ese partido.
A falta de dos minutos, ambos equipos estaban agotados.
Pero también estaban decididos.
Cada respiración era un incendio.
Cada músculo ardía.
Cada paso era un acto de fe.
Xianbei intentó un nuevo ataque por el centro.
Koryun lo bloqueó.
Xianbei probó por la derecha.
Koryun interceptó.
Xianbei lanzó un pase largo hacia su delantero estrella… Pero el capitán de Koryun ya estaba allí.
El gol legendario El capitán giró sobre sí mismo con la precisión de un bailarín entrenado desde la infancia.
El viento arrastró su cabello.
Sus ojos se enfocaron en el aro.
Todos dejaron de respirar.
El impacto fue limpio.
Firme.
Perfecto.
El balón voló.
Rozó el borde.
Rebotó hacia arriba.
Un segundo.
Dos.
Tres.
Entró.
¡GOOOOL!
4 para Koryun.
La plaza explotó.
Los tambores rugieron como truenos.
Las banderas ondearon como un océano imparable.
Koryun corría por el campo gritando.
Los jugadores se abrazaban, reían, lloraban.
Xianbei, aunque derrotado, seguía con la cabeza en alto.
El final glorioso El silbato final cortó el aire.
Los jugadores cayeron al suelo, respirando como si hubieran corrido un maratón a través del desierto.
Koryun se reunió en el centro del campo.
Se abrazaron con fuerza.
Algunos lloraron.
Otros reían sin parar.
Otros simplemente miraban al cielo con gratitud por haber tenido la oportunidad de jugar un partido así.
Xianbei, digno como un reino de honor, inclinó la cabeza.
Sonrieron con cansancio, aceptando la derrota con humildad y fuerza.
Los niños con banderas ondearon ambas insignias.
Los gobernantes aplaudieron de pie.
Las colectividades tocaron melodías que se elevaron como plegarias.
El presentador rugió con voz solemne: —¡EL REINO DE KORYUN AVANZA A LA SIGUIENTE RONDA!
Los aplausos sacudieron el aire.
Y por un instante, una presencia invisible —una energía antigua y poderosa— pareció descender sobre Eryndos.
El espíritu del juego.
El espíritu de los Nueve Animales Sagrados.
Observando.
Evaluando.
Disfrutando.
Porque ese día, bajo el sol ardiente de la Ciudad Cultural de Eryndos… El Juego de los Nueve Animales Sagrados había revelado su primer gran duelo.
Y todos sabían que lo que venía después… Sería aún más grande.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack Los duelos más intensos no solo se ganan con fuerza; se ganan con corazón, estrategia y la eterna voluntad de no rendirse.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com