EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 235
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235: Capítulo 3 – El primer encuentro 235: Capítulo 3 – El primer encuentro Eryndos, Gran Ducado de Veyora Primer día del Juego de los Nueve Animales Sagrados El silbato sonó —agudo, prolongado, casi ceremonial— y su eco retumbó contra las paredes de mármol blanco que rodeaban la Gran Plaza de Eryndos.
El sonido parecía haber sido absorbido por el cielo mismo, como si los dioses de los Nueve Animales hubieran detenido su respiración para escuchar.
El público, que hasta entonces había vibrado con cantos, tambores y trompetas, se silenció de golpe.
Las miles de personas reunidas se inclinaron hacia adelante, como impulsadas por un mismo espíritu.
Incluso las banderas en lo alto de las torres parecían haberse inmovilizado.
Era el primer encuentro del torneo.
El más esperado.
El que abriría oficialmente la competencia.
Y no cualquier encuentro: Imperio del Dragón Dorado vs.
República Federada de Oshiran.
Dos naciones con estilos opuestos.
Dos escuelas históricas.
Dos pueblos con orgullo.
Los jugadores se posicionaron frente a frente.
La presencia del Imperio Los vestidos en oro y morado — avanzaron con una elegancia que recordaba a guerreros danzantes.
Sus uniformes brillaban bajo la luz del sol, como si reflejaran escamas vivientes.
Los cinco jugadores eran jóvenes, pero cada uno llevaba en la mirada el peso de siglos de tradición.
En el Imperio, el Juego de los Nueve Animales Sagrados no era mero deporte: era un ritual sagrado, un honor familiar, un deber de sangre.
El capitán del equipo, Li Feng, dio un paso al frente.
Su postura recta y su expresión serena irradiaban confianza.
Sus compañeros —Yan Qiao, Shen Ming, Rui Hao y la joven prodigio Mei Lin— se acomodaron a su alrededor como si fueran partes de un mismo cuerpo.
El orgullo de Oshiran Al otro lado, los jugadores de Oshiran lucían azules intensos y plateados, colores que representaban el mar y el acero.
La República Federada se enorgullecía de su espíritu indomable: eran improvisadores, ágiles, atrevidos.
Su estilo era menos ceremonioso, más libre, como olas que chocan contra rocas.
Su capitán, Rokan, un joven robusto y de mirada vivaz, frotó el polvo con la punta del pie, evaluando el terreno.
A su lado, la veloz Akena ajustó su brazal: tenía fama de ser la jugadora más rápida de toda la competencia preliminar.
Detrás de ellos, los otros miembros del equipo intercambiaban señales rápidas, casi telepáticas.
Ambos equipos estaban listos.
El aire vibraba.
El inicio El árbitro levantó la bandera carmesí.
Un murmullo recorrió las gradas.
Miles de ojos fijos.
Miles de corazones latiendo en sincronía.
Miles de manos apretadas.
La bandera cayó.
El juego comenzó.
Dominio imperial El impacto fue inmediato.
El Imperio del Dragón Dorado se movió como si hubiera ensayado esa secuencia miles de veces.
Li Feng corrió hacia adelante con paso firme, pero fue Yan Qiao quien tomó el balón con un giro preciso, tan rápido que el público soltó un suspiro colectivo.
—¡Dragón!
—gritaron desde las gradas, como si la palabra tuviera poder.
Tres pases consecutivos, hechos en un ritmo casi imposible de seguir con la vista, avanzaron por el campo como un dragón dorada.
Las piernas de los jugadores imperiales fluían sin tensión, sin brusquedad.
Oshiran intentó interceptar, pero la estrategia del Imperio era simple y devastadora: No daban tiempo a reaccionar.
—¡A la izquierda!
—gritó Rokan, corriendo para cerrar una brecha.
Pero era demasiado tarde.
Mei Lin, con un salto que desafió la gravedad, tocó el balón con la punta del pie, desviándolo justo lo suficiente para que Shen Ming lo recibiera con un cabezazo perfecto.
El balón salió disparado hacia el círculo de anotación de Oshiran.
Gol.
La plaza explotó.
Tambores resonaron.
Gritos se mezclaron con el eco de campanas veyorianas.
El marcador brilló: 1 – 0 a favor del Imperio del Dragón Dorado.
Orgullo oshiranés Pero Oshiran no era un país que se rindiera en los primeros minutos.
Cuando reinició el juego, Rokan tomó el balón con una fuerza sorprendente.
Sortearon la primera línea de defensa del Imperio con una estrategia inesperada: el caos organizado.
Sus pases eran irregulares.
Sus trayectorias, impredecibles.
Sus fintas, exageradas y llamativas.
Pero funcionaban.
El público lo disfrutó tanto que incluso los gobernantes soltaron risas asombradas.
Akena, la jugadora más rápida, se adelantó con una carrera que dejó una estela de polvo tras de sí.
Pasó entre Shen Ming y Rui Hao, casi rozándolos.
—¡Ahora!
—gritó.
Rokan le devolvió un pase arriesgado, casi suicida.
Y aun así, ella lo atrapó.
El círculo de anotación imperial estaba justo adelante.
Akena tomó impulso.
Saltó.
Giró en el aire.
Golpeó el balón con el costado del pie.
Parecía perfecto.
Parecía imparable.
Parecía… Bloqueado.
Mei Lin apareció de la nada, como un relámpago dorado.
Su salto fue todavía más alto, más elegante, más veloz.
La multitud contuvo la respiración.
Con la frente, desvió el balón con una precisión quirúrgica.
Akena cayó al suelo.
El público gritó.
El Imperio recuperó el control.
La tensión crece —¡Vamos, Oshiran!
—gritaban desde la zona norte.
—¡Honor al Dragón!
—respondían desde la zona sur.
El campo se convirtió en un torbellino de velocidad.
El público debía girar la cabeza constantemente, como si siguiera una batalla coreografiada.
A cada intento de Oshiran, el Imperio respondía con calma helada.
A cada avance del Imperio, Oshiran respondía con furia ardiente.
La esgrima de movimientos era hermosa.
Los tambores aumentaban el ritmo.
Los espectadores sudaban.
Los ancianos murmuraban plegarias antiguas.
Estrategias, errores y milagros A mitad del partido, Oshiran encontró una oportunidad cuando Yan Qiao resbaló por primera vez.
Un error mínimo.
Un parpadeo.
Akena aprovechó como un rayo.
Rokan la siguió.
Parecía el ataque perfecto.
Pero el Imperio no se rompía fácilmente.
Rui Hao, el más silencioso de todos, interceptó de manera casi invisible.
Su movimiento no fue vistoso; no hubo salto, no hubo giro.
Solo un paso adelante, firme, exacto, y el balón cambió de dirección.
El silbato resonó sobre la gran plaza de Eryndos como si un trueno hubiese descendido directamente del cielo.
El sonido rebotó contra las columnas blancas del anfiteatro, escaló los ventanales de vidrio pulido, atravesó los pabellones repletos de ciudadanos, viajeros, nobles y artesanos.
En un instante, miles de conversaciones quedaron suspendidas en el aire.
Ni un aliento se movió sin permiso.
Los jugadores del Imperio del Dragón Dorado y de la República Federada de Oshiran se miraron fijamente, con las piernas tensas, los puños apretados, los corazones golpeando contra el pecho como tambores de guerra.
El viento arrastró el aroma a incienso y especias desde los puestos de comida, envolviendo el campo con un aire casi ritual.
Eryndos estaba vivo, y era hermoso.
El dominio Imperial Desde la primera respiración, el Imperio mostró su naturaleza.
No jugaban: dançaban.
Cinco cuerpos, cinco voluntades, un solo ritmo.
Li Feng se movía como si hubiera nacido sobre ese campo.
Sus pasos eran precisos, ligeros, impecables.
Mei Lin complementaba cada pase con una lectura milimétrica del terreno, girando sobre sí misma con una elegancia que confundía a los oponentes.
Yan Qiao, siempre alerta, siempre un paso adelante, parecía adivinar el movimiento de Oshiran incluso antes de que los propios jugadores lo decidieran.
La combinación era tan perfecta que muchos espectadores murmuraron que no estaban viendo un partido… Estaban viendo historia.
Oshiran, por su parte, mostraba el espíritu que siempre los había caracterizado: coraje, persistencia, astucia.
Sus jugadores no retrocedían ni un centímetro sin luchar por ello.
Cada bloqueo era una declaración.
Cada robo de balón, un desafío directo al orgullo imperial.
Pero aunque su coordinación era admirable, el Imperio respondía con un nivel de anticipación que hacía temblar.
La inercia pareció cambiar cuando Oshiran interceptó un pase crucial.
Una ovación se alzó desde la mitad oeste del anfiteatro.
El capitán Oshirani avanzó con determinación, tratando de atravesar el muro dorado.
Pero entonces… Mei Lin apareció.
Un giro.
Un bloqueo perfecto.
Un contraataque instantáneo.
Parecía imposible que un equipo respondiera con tanta precisión en tan pocos segundos.
La multitud despertó con un rugido.
El primer gol Tres pases veloces.
Una finta hacia la izquierda que engañó incluso a los espectadores.
Un quiebre de ritmo.
Luego, un cabezazo limpio, directo, magistral, que trazó una línea perfecta hasta el círculo de anotación de Oshiran.
¡Gol!
El anfiteatro explotó.
La vibración fue tan profunda que algunos aseguraron que las estatuas de los Nueve Animales temblaron ligeramente.
Niños saltaron en las gradas.
Los músicos improvisaron una fanfarria triunfal.
Las banderas del Imperio ondearon con más fuerza que el viento.
Pero lo sorprendente fue que, incluso en medio de la derrota parcial, Oshiran no bajó la mirada.
No huyeron.
No se quebraron.
No perdieron la dignidad.
Esa resiliencia silenciosa comenzó a ganarse un respeto inesperado en las gradas.
La resistencia Oshirani Los jugadores de Oshiran reorganizaron sus filas y se lanzaron al ataque.
La velocidad del capitán, combinada con la técnica del medio defensivo, logró abrir espacio en la defensa dorada.
Los oshiranis no solo defendían: intentaban marcar.
Intentaban cambiar la historia.
Hubo un instante en el que Oshiran estuvo a un solo pase de anotar.
Un solo movimiento más y el marcador habría cambiado.
Pero Shen Ming —el mural humano del Imperio— intervino con una barrida impecable.
Ni agresiva, ni brusca: perfecta.
Oshiran perdió el balón, pero ganó aplausos sinceros.
Era la magia del juego: incluso la derrota parcial podía ser gloriosa.
Diez minutos después, el silbato marcó el final del tiempo reglamentario.
Pero nadie se levantó.
Todos presentían que se acercaba algo más grande.
— El público reconoció la genialidad silenciosa Cuando la plaza comprendió lo que Oshiran había logrado —resistir, pelear, no rendirse jamás— cientos de personas se pusieron de pie.
Nadie gritó.
Nadie hizo ruido.
Fue un aplauso de respeto.
Uno que dolía.
Uno que curaba.
Uno que unía.
Los jugadores de Oshiran, jadeando y cubiertos de sudor, recibieron ese reconocimiento con humildad profunda.
Algunos tenían los ojos brillosos.
Otros apretaban los dientes para no llorar.
El Imperio observó.
Y por un momento, incluso ellos parecieron conmovidos.
— El ataque final Quedaban tres minutos cuando el Imperio tomó la decisión.
Una decisión que nadie esperaba.
—¿Lo harán de verdad?
—No… ¿el Triángulo del Dragón?
—Eso es imposible… ¡no en un partido inaugural!
La noticia corrió como fuego.
Porque el Triángulo del Dragón no era una formación común.
Era una declaración de supremacía absoluta.
Históricamente solo la utilizaban cuando querían demostrar que no existía rival capaz de tocarles un cabello.
Era ofensiva, peligrosa, hermosa… y casi imposible de ejecutar.
La formación se alzó como un presagio Li Feng avanzó.
Mei Lin retrocedió medio paso.
Yan Qiao se desplazó hacia la derecha, formando la primera punta del triángulo.
El público dejó de respirar.
Los ancianos en las gradas se pusieron de pie.
Los niños dejaron de agitar sus banderas.
Los gobernantes se inclinaron hacia el frente con atención absoluta.
Los oshiranis, exhaustos pero firmes, se prepararon para resistir el impacto.
El movimiento Tres pases.
Demasiado rápidos.
Demasiado limpios.
Un amague imposible de leer.
Una rotación tan perfecta que parecía una ilusión.
El balón se volvió luz.
Una esfera luminosa viajando con precisión matemática.
Shen Ming emergió desde la base del triángulo.
Un salto largo.
Una sombra dorada contra el cielo.
Un cabezazo directo, poderoso, monumental.
¡GOL!
2 – 0.
Eryndos rugió como un volcán en erupción.
El suelo vibró.
Las banderas flamearon con furia.
Los músicos tocaron al azar, creando una mezcla de melodías que, contra toda lógica, sonaba perfecta.
— El cierre Cuando el silbato final marcó el fin del encuentro, Oshiran colapsó sobre sus rodillas.
No por humillación.
No por derrota.
Por cansancio puro.
Por haberlo dado todo.
Los jugadores se levantaron uno por uno, alineándose frente al Imperio.
Hicieron una reverencia profunda, honesta, que ningún guion podría haber escrito mejor.
Y el Imperio —la orgullosa nación del Dragón Dorado— devolvió la reverencia con la misma solemnidad.
Respeto.
Eso era lo que había quedado en el campo.
Las banderas ondearon más alto.
Los músicos retomaron sus melodías.
Los niños lloraban de emoción sin entender por qué.
Los gobernantes aplaudieron con una mezcla de orgullo y preocupación.
Se había terminado el primer encuentro.
Pero nadie, absolutamente nadie, abandonó el lugar sin sentir que había presenciado algo más profundo que un simple partido.
Habían visto carácter.
Habían visto corazón.
Habían visto gloria.
— Pero la historia no terminaba allí Oshiran perdió… pero ganó respeto.
El Imperio ganó… pero comprendió que no estaría solo en la cima.
El Reino de Xianbei ya calentaba en las laterales, mientras Koryun ajustaba sus bandas y cuerditas de sus uniformes tradicionales.
El sol descendía lentamente, iluminando el campo con un resplandor rojizo que parecía dar vida a las estatuas de los Animales Sagrados.
Y, desde lo alto del pabellón central, muchos aseguraron haber sentido una presencia… Como si los espíritus de los Nueve Animales observaran.
Curiosos.
Expectantes.
Pacientes.
Porque ese día, en la Ciudad Cultural de Eryndos… el verdadero juego apenas había comenzado.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack Cada encuentro revela más que un ganador: muestra la esencia de cada nación y el verdadero espíritu que traerán al Juego.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com