EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 236
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- Capítulo 236 - 236 Capítulo 5 – El Duelo de los Grandes
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236: Capítulo 5 – El Duelo de los Grandes 236: Capítulo 5 – El Duelo de los Grandes La tarde caía sobre Eryndos con un resplandor dorado que parecía bañar de luz cada rincón del estadio ancestral.
Las gradas se encontraban repletas de habitantes del Gran Ducado de Veyora y del Gran Ducado de Suryun, así como de visitantes de otras naciones que habían viajado kilómetros para presenciar el encuentro más esperado del torneo.
Los estandartes de Veyora ondeaban con orgullo, reflejando la fuerza de la tradición y la majestuosidad de un ducado que había sabido forjar su historia con disciplina y honor.
Frente a ellos, los jugadores del Gran Ducado de Suryun aparecieron en el campo, vestidos con sus remeras amarillo y rojas, cada uno portando con orgullo el emblema del león, símbolo de su poder y ferocidad.
El estadio vibraba con expectación.
No era una simple competencia: era un enfrentamiento entre dos potencias que habían construido sus nombres a lo largo de generaciones.
Veyora, anfitriona del torneo, se presentaba con la ventaja del terreno y la motivación de jugar frente a su pueblo.
Suryun, por su parte, llegaba con la reputación de ser un equipo temible, conocido por su fuerza bruta, su coordinación letal y su capacidad de levantar la moral incluso en los momentos más difíciles.
La tensión se podía cortar en el aire como un cuchillo.
El silbato resonó con un eco profundo, y el balón fue lanzado al aire, girando lentamente mientras los primeros rayos del sol acariciaban su superficie brillante.
El partido comenzó.
Desde los primeros instantes, Veyora tomó la iniciativa.
Su capitán, Arven, un joven de mirada intensa y movimientos calculados, dirigió a su equipo con gestos precisos, indicando a los jugadores cuándo avanzar, retroceder o cambiar la formación.
Cada movimiento era un baile perfecto: un pase con el codo aquí, un impulso con el pie derecho allá, y el balón volaba directo hacia el círculo de anotación del rival.
El primer gol llegó tras apenas un minuto de acción.
¡1 a 0 para Veyora!
La multitud rugió, llenando la plaza con vítores, aplausos y el sonido resonante de tambores que marcaban cada latido del corazón del estadio.
Pero Suryun no se dejó intimidar.
Su capitán, Haerun, conocido por su estilo ágil y su fuerza controlada, estudió los movimientos de Veyora durante unos segundos.
Con un grito coordinador, ordenó una maniobra magistral: uno de sus jugadores se lanzó al suelo, rodó y, desde esa posición, levantó el balón con el talón, enviándolo en un arco perfecto hacia el círculo rival.
¡Empate 1 a 1!
La multitud contuvo la respiración, maravillada ante la audacia y precisión del movimiento.
Los entrenadores de ambos equipos intercambiaron miradas cargadas de respeto y análisis: cada golpe, cada pase, era una declaración de habilidad y estrategia.
Los minutos avanzaban como olas en un mar de tensión.
Veyora decidió apostar por mantener la posesión del balón, girando alrededor del campo con movimientos fluidos, sincronizados y casi coreografiados.
La estrategia era clara: cansar al rival, abrir huecos en su defensa y aprovechar la mínima oportunidad.
Un doble salto, un golpe de hombro y un pase calculado permitieron al equipo anotar nuevamente.
¡2 a 1!
Los aplausos estallaron, y el rugido del público parecía elevarse hasta los tejados del cielo de Eryndos.
Suryun, lejos de rendirse, cambió de táctica.
Utilizando su fuerza y velocidad, comenzó a romper la defensa de Veyora por diagonales y esquinas, aprovechando cada rebote del balón, cada giro inesperado.
Uno de sus jugadores corrió en diagonal, recibió un pase bajo y golpeó el balón con el muslo, enviándolo al aro rival.
¡2 a 2!
Los espectadores se levantaron de sus asientos, algunos gritando, otros con los ojos abiertos de asombro, mientras los tambores marcaban un ritmo frenético que parecía reflejar el corazón de cada jugador en el campo.
Veyora no se detuvo.
Con un golpe de cabeza preciso, rozando el borde del círculo, lograron nuevamente adelantarse en el marcador.
¡3 a 2!
Cada pase, cada amague, cada salto y giro estaba impregnado de precisión y control.
La tensión era palpable.
El sudor caía por los rostros de los jugadores, pero nadie se detenía: cada segundo contaba, cada acción podía cambiar el rumbo del encuentro.
Entonces, ocurrió lo que el público más esperaba: el contraataque más feroz de todo el torneo hasta ese momento.
Suryun se reorganizó con una rapidez que parecía desafiar las leyes de la física.
Tres jugadores se alinearon con una coordinación milimétrica: uno levantó el balón con el pie, otro lo desvió con el hombro, y finalmente, el capitán impulsó la esfera con el costado del cuerpo.
El balón voló como un rayo hacia el aro.
¡3 a 3!
La multitud estalló en vítores ensordecedores.
Cada grito se mezclaba con el sonido de tambores y flautas, creando un coro que parecía acompañar cada movimiento de los jugadores.
Los últimos cinco minutos fueron un frenesí.
El estadio se convirtió en un campo de energía pura.
Veyora trataba de mantener la ventaja, pero los leones de Suryun no cedían terreno.
Uno tras otro, realizaron movimientos imposibles: saltos acrobáticos, pases en paralelo, bloqueos estratégicos y embestidas veloces.
La estrategia de Suryun, combinada con su fuerza física, les permitió marcar dos goles consecutivos que les dieron la victoria parcial.
¡5 a 3!
El público se volvió loco, aplaudiendo de pie, saltando y llorando de emoción ante la magnitud del espectáculo.
El silbato final resonó, extendiéndose como un eco vibrante que recorrió cada rincón del estadio.
Un rugido unánime estalló entre el público, mezcla de asombro, alegría y reverencia por lo que acababan de presenciar.
Los jugadores del Gran Ducado de Suryun levantaron los brazos al cielo, algunos gritando con fuerza contenida, otros cerrando los ojos, respirando profundamente, mientras sentían la gloria recorrer cada fibra de su ser.
Cada movimiento había sido un esfuerzo conjunto, una danza de precisión, fuerza y astucia que culminaba en un triunfo merecido, pero también en la confirmación del respeto hacia sus rivales.
Los jugadores de Veyora, aunque derrotados, avanzaron hacia el centro del campo.
Sus pasos eran firmes, a pesar del cansancio que teñía sus rostros.
Uno por uno estrecharon manos, intercambiando miradas llenas de respeto y silencios cargados de significado.
No se trataba solo de reconocer la superioridad del rival en ese momento; era un gesto que llevaba siglos de tradición, un recordatorio de que el honor, incluso en la derrota, tiene un valor que trasciende cualquier marcador.
Sus cabezas se inclinaron ligeramente, como una reverencia cargada de dignidad y aceptación.
Los jugadores de Suryun respondieron con gestos similares: un apretón de manos firme, un toque en el hombro, una mirada que decía sin palabras: “Hemos compartido algo grande”.
Desde las tribunas, los gobernantes de ambos ducados se pusieron de pie, sus capas ondeando suavemente con la brisa de la tarde.
Inclinaron la cabeza en señal de reconocimiento mutuo, conscientes de que aquel enfrentamiento no era solo un juego, sino un encuentro de culturas, historia y tradición.
Cada movimiento de los jugadores sobre el campo era un eco de generaciones anteriores, de estrategias perfeccionadas a lo largo de los siglos, de un legado que ahora se hacía visible ante los ojos de todo Drakoria.
Los músicos retomaron sus melodías, y cada nota parecía elevar la atmósfera del estadio hacia un plano casi ceremonial.
Los tambores resonaban con fuerza, como los latidos de un corazón gigante que envolvía a jugadores y espectadores por igual.
Las flautas, los cuernos y las campanillas creaban un tapiz sonoro que recordaba la diversidad del continente, la fusión de tradiciones que se celebraba en cada partido del Juego de los Nueve Animales Sagrados.
Los niños corrieron entre las gradas, agitando banderas y flores, mientras los colores de Veyora y Suryun se mezclaban en un mar de movimiento y emoción.
Sus rostros brillaban con la inocencia y la pasión que solo los más jóvenes podían expresar, llenando el estadio de un júbilo contagioso.
El público, aún en pie, aplaudía sin cesar.
Algunos lloraban, otros reían, muchos se abrazaban, compartiendo la intensidad de cada jugada.
Cada gol, cada pase preciso, cada amague audaz había quedado grabado en la memoria colectiva.
No solo se celebraba la victoria, sino la excelencia, el esfuerzo y la belleza del juego en sí mismo.
Las gradas vibraban como un solo organismo, como un corazón que latía al unísono con cada jugador, con cada balón que recorría el campo.
El Gran Ducado de Suryun avanzaba con honor hacia la siguiente ronda, llevando consigo más que una victoria: portaban la memoria de un enfrentamiento que se contaría por generaciones.
Los rostros de los jugadores brillaban con sudor y orgullo; sus cuerpos, cansados, aún irradiaban energía y determinación.
Aquella tarde dorada en Eryndos no sería olvidada.
Cada pase, cada salto, cada gol, cada estrategia ejecutada con precisión se recordaría como un ejemplo de coraje, destreza y pasión por la gloria.
Era un momento que se grabaría en la historia del torneo, un capítulo que los cronistas y bardos relatarían con reverencia, y que los jóvenes aspirantes a jugadores estudiarían como modelo de excelencia.
Mientras los equipos se retiraban del campo, un silencio reverente se apoderó de la plaza por unos segundos, como si el propio aire necesitara absorber la magnitud del encuentro.
Luego, el murmullo de conversaciones, risas y comentarios emocionados llenó de nuevo el espacio, creando una sensación de continuidad y comunidad.
Los ciudadanos se mezclaban con visitantes, compartiendo impresiones, celebrando juntos la intensidad del duelo, conscientes de que habían sido testigos de algo que trascendía un simple partido.
Al caer la tarde, el sol iluminaba los estandartes de Suryun que ondeaban con fuerza, proyectando sombras alargadas sobre la arena dorada.
Los colores vibrantes y los símbolos del león parecían rugir con vida propia, recordando a todos que la victoria era tanto de los jugadores como del espíritu de la nación que representaban.
Y aunque Veyora había perdido, no había derrota en sus corazones: habían sido partícipes de un espectáculo que reforzaba los lazos culturales, la admiración mutua y la grandeza de todo Drakoria.
El Juego de los Nueve Animales Sagrados no solo definía ganadores y perdedores; también enseñaba respeto, disciplina y el poder de la unidad en la diversidad.
Aquella jornada en Eryndos había elevado el torneo a un nivel legendario.
Los jugadores de Suryun avanzaban hacia la siguiente ronda, sí, pero con la humildad de quienes saben que cada victoria es un paso en un camino que apenas comienza, y que la verdadera grandeza del juego reside tanto en la competencia como en la armonía de todos los que participan y observan.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack La grandeza no se mide solo por la fuerza, sino por la determinación, la estrategia y la capacidad de levantarse, aún cuando la victoria parece esquiva.
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