EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 237
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- Capítulo 237 - 237 Capítulo 6 – Choques de Gloria y Fuego
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237: Capítulo 6 – Choques de Gloria y Fuego 237: Capítulo 6 – Choques de Gloria y Fuego Parte I – El Principado de Takrin vs Reino de Nanxi El sol de Eryndos caía con fuerza sobre el campo sagrado, bañando la arena con un brillo que parecía dorar cada movimiento de los jugadores.
Las banderas ondeaban vigorosamente con el viento, llenando de color la plaza y recordando a todos la diversidad y riqueza de Drakoria.
El Principado de Takrin, conocido por su disciplina casi militar y técnica refinada, avanzó al campo con paso firme.
Sus uniformes azul y dorado brillaban bajo la luz, los bordados del búho en sus pechos reluciendo como símbolos de sabiduría y visión.
Enfrente, el Reino de Nanxi se preparaba con calma estratégica.
Su capitán, Lían Ren, inspeccionaba a sus jugadores con mirada aguda, calculando cada posible movimiento del rival.
Sus colores blanco y verde y los detalles de pavo real en sus túnicas parecían irradiar serenidad y velocidad.
Nanxi había entrenado durante años para dominar el arte de la coordinación silenciosa, y cada jugador conocía el valor de la sincronía en cada pase, cada salto y cada golpe de balón.
El silbato resonó, vibrando en la arena y en los corazones de todos.
El balón fue lanzado al aire, y de inmediato, ambos equipos se sumergieron en un baile tenso y magistral.
Takrin abrió con una serie de pases rápidos, utilizando hombros y muslos para mover el balón con precisión quirúrgica.
Cada movimiento parecía estudiado, casi ritual.
Finalmente, un golpe perfecto con el codo envió el balón hacia el círculo de Nanxi.
¡Gol!
1 para Takrin.
El público rugió con fuerza, llenando el aire de aplausos y vítores.
Sin embargo, Nanxi no se intimidó.
Lían Ren reorganizó a sus jugadores, sus manos y movimientos transmitiendo señales casi invisibles.
Dos jugadores corrieron en direcciones opuestas, confundiendo a la defensa de Takrin.
Un salto acrobático, un golpe con el costado del cuerpo… y el balón atravesó el círculo rival.
Empate 1 a 1.
La multitud aplaudió, conteniendo la respiración por la belleza y precisión de la jugada.
El juego se volvió más intenso.
Los cuerpos se movían con agilidad, chocando en duelos de velocidad y fuerza, el sudor brillando bajo el sol ardiente.
Takrin recuperó el balón con un golpe de codo impecable y lanzó un ataque frontal, impulsando el balón directo al aro de Nanxi.
2 a 1.
Pero Nanxi mostró por qué era considerado un maestro del juego ancestral.
Tres jugadores se movieron como una unidad perfecta, girando en círculo y pasándose el balón con precisión milimétrica.
Lían Ren, con un salto calculado, golpeó el balón con la cabeza y lo envió al círculo de Takrin.
Empate 2 a 2.
La tensión era casi tangible; los espectadores contenían la respiración mientras los jugadores ejecutaban maniobras que desafiaban los límites de la física y la coordinación.
Faltaban solo cinco minutos.
Nanxi cambió de táctica: en lugar de atacar por el centro, comenzó a explotar los costados.
Un jugador levantó el balón con el muslo, otro lo recibió con la cabeza, y el tercero lo envió al aro con un golpe magistral.
3 a 2.
Los gritos del público se mezclaban con los tambores y flautas, creando un clamor que parecía elevar a los jugadores sobre la arena.
Takrin intentó resistir, pero la presión de Nanxi era implacable.
Un último pase cruzado, ejecutado con una combinación de fuerza y precisión, terminó en un gol perfecto.
4 a 2.
El silbato final sonó, y los jugadores de Nanxi se abrazaron, exhaustos, con lágrimas y sonrisas mezcladas.
Takrin, aunque derrotado, cayó con honor.
Todos los jugadores se inclinaron ante sus rivales en señal de respeto, mientras el público aplaudía de pie, emocionado por la exhibición de técnica y astucia.
Parte II – El Imperio del Dragón Dorado vs Reino de Andshi No hubo tiempo de descanso.
Los cuernos resonaron anunciando la llegada de los equipos más esperados.
El aire vibraba con expectativa.
De un lado, el Imperio del Dragón Dorado, vestido con sus colores de fuego y oro, con Li Feng y Mei Lin al frente.
Del otro, el Reino de Andshi, conocido por su fuerza bruta y tácticas impredecibles, avanzaba con un rugido que parecía temblar sobre la arena.
El emperador observaba desde las tribunas, acompañado por Suwei.
Sus ojos seguían cada movimiento, analizando la estrategia y la disciplina de los jugadores.
La tensión era palpable: este no era un partido común, sino un choque que definiría la grandeza de ambos países en el torneo.
El silbato marcó el inicio.
Andshi atacó de inmediato con potencia.
En menos de un minuto, un jugador logró anotar con un golpe de hombro, sorprendiendo a todos.
1 a 0 para Andshi.
El público quedó boquiabierto, pero no tardó en recuperarse, animando con fervor a los jugadores del Imperio.
Li Feng reaccionó con rapidez.
Corrió en diagonal, levantó el balón con el pie y lo envió directo al aro rival.
Empate 1 a 1.
Desde ese instante, el campo se transformó en un escenario de danza y fuego.
Cada pase del Imperio era preciso, cada movimiento coordinado y medido, mientras Andshi contraatacaba con fuerza descomunal, haciendo uso de su tamaño.
Uno tras otro, el Imperio ejecutó jugadas maestras: un golpe con la rodilla, un cabezazo lateral, un impulso de cadera.
Cada anotación fue seguida de vítores ensordecedores y tambores que retumbaban como truenos sobre la arena.
El marcador avanzaba rápidamente: 3 a 1.
Andshi no se rindió; sus jugadores corrieron con fuerza, logrando un gol tras un rebote en el borde del círculo.
3 a 2.
El Imperio del Dragón Dorado, sin perder compostura, replicó con movimientos calculados y elegantes.
Un pase al centro, un giro de 180 grados, y un golpe perfecto con el pie elevó el balón hacia el aro rival.
Gol.
4 a 2.
Los espectadores se levantaron, maravillados ante la destreza combinada de velocidad, fuerza y coordinación.
Andshi intentó reaccionar nuevamente, ejecutando embestidas dobles y triples, pero cada intento fue anticipado y bloqueado por la defensa imperial.
Los jugadores del Imperio, moviéndose como una unidad perfecta, realizaron jugadas consecutivas que parecían coreografiadas: un salto, un golpe con el muslo, un cabezazo y un impulso de cadera más.
Gol tras gol, hasta alcanzar un marcador impresionante: 6 a 3.
El silbato final resonó con fuerza sobre la arena de Eryndos, cortando de manera abrupta la tensión que había llenado el estadio durante los últimos minutos.
Un rugido ensordecedor se alzó desde las gradas, un grito colectivo que parecía temblar hasta los cimientos del lugar.
Los jugadores del Imperio del Dragón Dorado cayeron de rodillas sobre la arena, respirando con dificultad, los músculos tensos y agotados tras la exigencia del partido.
Sus uniformes dorados brillaban bajo la luz del sol crepuscular, y cada gota de sudor reflejaba la intensidad del esfuerzo que habían entregado.
Sus ojos, llenos de determinación y orgullo, se alzaron al cielo, y en silencio agradecieron a los Animales Sagrados, guardianes invisibles que habían acompañado cada pase, cada salto y cada maniobra.
La conexión con la tradición, con la historia de su imperio y con los símbolos ancestrales del Juego, estaba presente en cada gesto.
Este no era solo un triunfo deportivo; era un acto de honor, un tributo a los dioses del juego y a todos los que habían entrenado durante años para llegar a este momento.
El público, consciente de la magnitud del evento, se puso de pie en una ovación interminable.
Los espectadores agitaban banderas moradas y doradas, que se movían como un mar de colores sobre las gradas.
Cada bandera, cada grito, cada aplauso era un reconocimiento no solo al triunfo físico del Imperio, sino a la combinación de disciplina, estrategia y coraje que habían demostrado.
El aire estaba cargado de emoción, de orgullo colectivo y de una reverencia silenciosa hacia los jugadores que, durante minutos interminables, habían hecho que la arena de Eryndos pareciera un escenario sagrado.
Suwei sonrió, orgulloso y sereno, mientras observaba a los jugadores que habían dado todo de sí mismos.
Cada movimiento, cada mirada y cada gesto era un reflejo de la preparación, del trabajo en equipo y del respeto por las reglas ancestrales del juego.
El emperador, sentado en su tribuna, levantó la vista hacia los estandartes dorados que ondeaban majestuosamente, símbolos de la historia, la cultura y la grandeza del Imperio.
Su mirada no solo transmitía orgullo, sino también reconocimiento a la unidad y la fuerza de quienes habían llevado adelante esta victoria.
El Imperio del Dragón Dorado avanzaba hacia la siguiente ronda imparable.
Los jugadores se reorganizaban lentamente sobre el campo, recuperando la respiración y compartiendo breves gestos de camaradería y respeto entre ellos.
Cada uno sabía que aquel triunfo era el resultado no solo de la destreza física, sino de la inteligencia, la coordinación y la estrategia desarrollada durante años.
La perfección de cada pase, la anticipación de cada movimiento del rival y la sincronía en las jugadas más complejas habían sido una muestra de excelencia que quedaría grabada en la memoria de todos los presentes.
Los murmullos en la multitud crecían y se mezclaban con la música de tambores y flautas que habían acompañado el partido.
Algunos espectadores comentaban entre sí, fascinados: —“Quizás los dioses estén de nuevo del lado del Dragón Dorado…” Otros reflexionaban sobre la belleza del juego en sí, sobre cómo cada movimiento había sido parte de un ritual, un espectáculo que trascendía lo meramente deportivo: —“No es solo fuerza… es arte, estrategia y respeto.
Esto es lo que hace grande al juego ancestral.” Los niños, con los ojos brillantes y las mejillas sonrojadas por la emoción, corrían por las gradas agitando sus banderas y tratando de imitar los movimientos que acababan de presenciar.
Sus padres los miraban con una mezcla de orgullo y alegría, sabiendo que estaban presenciando un momento que contarían durante años: la victoria del Imperio del Dragón Dorado en un enfrentamiento que se recordaría como épico.
En el campo, los jugadores del Imperio comenzaron a retirarse lentamente, acompañados de aplausos y vítores.
Cada paso estaba marcado por la solemnidad de la ocasión; no era solo un partido ganado, sino un acto que representaba la excelencia y la herencia cultural del imperio.
Incluso los rivales de Andshi, derrotados pero respetuosos, aplaudieron el esfuerzo y la maestría de sus adversarios, reconociendo que habían presenciado algo único.
El aire olía a sudor, arena y polvo dorado levantado por los movimientos veloces, mezclado con el aroma de incienso y flores que se había preparado para la ceremonia.
Cada sonido, cada gesto, cada mirada de los espectadores y jugadores parecía formar parte de un ritual ancestral, un recordatorio de que el Juego de los Nueve Animales Sagrados no medía únicamente la fuerza física, sino también la astucia, la coordinación, el respeto y el honor.
Mientras el Imperio del Dragón Dorado avanzaba, los más viejos en las gradas susurraban historias de antiguos jugadores y de cómo los Animales Sagrados habían guiado a generaciones pasadas.
Los más jóvenes miraban con admiración, aprendiendo que la victoria no era solo el marcador final, sino la manera en que se jugaba, con disciplina, estrategia y respeto.
Al caer el sol sobre la ciudad de Eryndos, la arena se iluminó con un resplandor dorado, reflejando los estandartes, los uniformes y la pasión de todos los presentes.
La multitud comenzó a dispersarse lentamente, llevando consigo la memoria de un espectáculo que combinaba historia, cultura y habilidad en cada pase, en cada salto, en cada gol.
El Imperio del Dragón Dorado, victorioso, avanzaba hacia la siguiente ronda.
Pero no era solo la victoria lo que brillaba en los ojos de los jugadores y los espectadores: era la sensación de haber sido parte de un momento histórico, un capítulo que quedaría grabado para siempre en los anales del Juego de los Nueve Animales Sagrados.
Todos comprendieron algo en ese instante: que aquel juego no medía únicamente la destreza física, sino también la inteligencia, la coordinación y la armonía entre mente y cuerpo, entre equipo y tradición.
Cada espectador, joven o viejo, jugador o aficionado, se fue de la arena con una certeza: habían presenciado la grandeza de Drakoria en su forma más pura.
Y así, bajo los últimos rayos dorados del sol, con los estandartes ondeando y el eco de los tambores retumbando en los corazones de todos, quedó claro que el Imperio del Dragón Dorado no solo había ganado un partido.
Había dejado una marca imborrable en la historia del juego, un ejemplo de excelencia y honor que resonaría por generaciones.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack La verdadera grandeza surge cuando la fuerza se encuentra con la astucia, y el corazón se une a la disciplina.
En cada choque, no solo se mide quién es más fuerte, sino quién honra la esencia de su espíritu y de su pueblo.
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