EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 238
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- Capítulo 238 - 238 Capítulo 7 El Rugido del Gran Ducado de Suryun
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238: Capítulo 7: El Rugido del Gran Ducado de Suryun 238: Capítulo 7: El Rugido del Gran Ducado de Suryun El estadio de Eryndos vibraba como si estuviera vivo.
Desde temprano, el público había llenado cada rincón de las gradas, y ahora, en los minutos previos a la primera semifinal del Torneo de los Nueve Animales Sagrados, la energía era tan intensa que parecía hacer temblar el aire mismo.
Bandas de colores colgaban de los balcones, el sonido de los tambores ascendía por las estructuras de piedra blanca, y miles de banderas ondeaban al ritmo de un viento cálido que traía el aroma de incienso, flores y comida callejera.
Era un día sagrado para Drakoria.
Era un día que sería recordado por generaciones.
Desde uno de los túneles, emergió el Gran Ducado de Suryun.
Sus uniformes amarillos y dorados brillaban bajo la luz del sol como placas de oro recién pulido.
Avanzaban con paso firme, seguros, con la mirada recta y los músculos tensos.
Al frente iba su capitán: Seven, el León Carmesí, llamado así tanto por su melena rojiza como por su fuerza indomable dentro del campo.
Cada paso suyo resonaba con autoridad, y su sola presencia imponía respeto incluso antes de que el juego comenzara.
Desde el lado contrario, emergió el Reino de Nanxi, envueltos en colores blanco y verde.
Eran elegantes, casi etéreos.
Su estilo era distinto: no eran brutos, no eran veloces… eran armonía pura.
Su fuerza residía en lo inesperado, en la precisión quirúrgica de sus diagonales, en su estrategia tan pulida como un cristal antiguo.
Cada uno de sus jugadores tenía una postura serena, casi meditativa, pero sus ojos delataban algo más profundo: determinación férrea.
Ambos equipos se ubicaron en el centro del campo, alineados frente a frente mientras los tambores disminuían poco a poco hasta convertirse en un eco suave.
Entonces sonó.
El cuerno sagrado de Eryndos.
Un sonido grave, ancestral, que parecía arrastrar consigo la sabiduría y la fuerza de siglos enteros de historia.
El juego comenzó.
— Los primeros minutos fueron un torbellino de velocidad y tensión.
Apenas el árbitro soltó el balón, Nanxi ejecutó su jugada tradicional: un pase corto, rápido, directo a la diagonal.
Dos jugadores se adelantaron y uno corrió como una flecha entre dos defensores de Suryun, recibiendo el balón con una delicadeza casi imposible.
Un segundo pase vino de inmediato.
Luego otro.
Y otro.
Los movimientos eran tan fluidos que parecía que todo el equipo respiraba al mismo ritmo.
Suryun no tuvo tiempo de reaccionar.
Un destello blanco, un giro del pie, un impacto preciso.
Gol de Nanxi.
1–0.
Las gradas explotaron.
El lado del estadio asignado a Nanxi se convirtió en una ola viviente: banderas, cintas, flores lanzadas al aire.
Los hinchas gritaban con fervor, no solo celebrando el gol sino también la pureza de la jugada.
Hasta el narrador oficial, desde su plataforma alta, no pudo evitar decir: —Una joya táctica del Reino de Nanxi.
Pero mientras Nanxi celebraba con humildad, con reverencias suaves y sonrisas contenidas, algo se encendía en el pecho de Arven Un fuego.
Una chispa.
Un rugido interior.
Reunió a sus compañeros en un círculo apretado y, con voz potente, casi animal, gritó: —¡Suryun no se rinde hasta el último aliento!
¡Hasta el último segundo combatimos!
¡Hasta que el sol caiga sobre nuestras cabezas!
Ese grito despertó algo en Suryun.
Una electricidad interna.
Una ferocidad dormida.
El partido renació.
— Minuto 14.
Arven, el delantero más joven de todo el torneo, apenas dieciocho años, recibió un pase profundo desde la defensa.
Su cuerpo, delgado pero ágil, parecía flotar.
Dos defensores de Nanxi lo cerraron, pero él ya lo había visto venir.
Con un giro impecable, se deslizó entre ambos como agua entre rocas.
Un defensor intentó cortar el avance.
Arven levantó el balón con el empeine y, con un toque sutil, lo lanzó hacia adelante, adelantándose a su propia jugada.
La multitud contuvo el aliento.
Entonces lin hizo algo inesperado: golpeó el balón con el borde interno del pie, generando una curva imposible, una parábola suave que dejó quieto al guardián del círculo de Nanxi.
El balón entró.
Gol de Suryun.
1–1.
La mitad del estadio tembló de emoción.
Los tambores de Suryun resonaban tan fuerte que parecían competir con los latidos del corazón del público.
Arven levantó los brazos con incredulidad mientras sus compañeros lo abrazaban.
Había demostrado, una vez más, por qué Suryun confiaba tanto en él.
El partido cambió.
Ahora era Suryun quien dominaba.
— A partir de ese momento, Suryun comenzó a imponer un ritmo completamente distinto.
Ya no era un partido técnico.
Era una batalla.
Un choque de voluntades.
Nanxi, acostumbrado a controlar el flujo del juego, empezó a perder terreno.
El aire alrededor del equipo verde y blanco se tornó denso, presionado por la insistencia de Suryun.
Cada vez que Nanxi intentaba generar su clásica secuencia de pases diagonales, Kael aparecía.
O Lerion.
O Arven.
Suryun había ajustado su defensa con precisión quirúrgica.
Nanxi retrocedía.
Suryun avanzaba.
La tensión crecía.
— Minuto 22.
Nanxi intentó un pase arriesgado en la zona central.
Fue un error.
Kael lo vio antes que nadie.
Se lanzó hacia adelante con una fuerza explosiva, interceptó el balón con el pecho y sin perder un instante corrió directo hacia el arco contrario.
Uno de los defensores se interpuso, pero Kael lo superó con un simple cambio de ritmo.
El estadio rugió.
Llegó al borde del arco, levantó el pie y disparó.
Un disparo directo.
Imparable.
2–1 para Suryun.
La multitud rugió como una bestia.
Miles de voces se unieron en un canto ensordecedor: —¡LEÓN CARMESÍ!
¡LEÓN CARMESÍ!
¡LEÓN CARMESÍ!
Nanxi empezó a mostrar cansancio.
Sus rostros, antes calmados, ahora estaban tensos.
Su disciplina seguía allí, pero sus piernas ya no respondían como al inicio.
Suryun olió la debilidad.
Y la aprovechó.
— Minuto 30.
Tiro de esquina.
Suryun se alineó en una formación agresiva.
Lerion, el defensor más imponente del torneo, se colocó en el centro.
Nadie podía saltar más alto que él, nadie tenía su potencia en el aire.
El balón fue lanzado.
Lerion saltó como si el viento mismo lo hubiera impulsado.
Cabezazo.
Firme.
Directo.
Devastador.
Gol de Suryun.
3–1.
La defensa de Nanxi cayó en un silencio resignado.
Estaban dando todo, absolutamente todo, pero Suryun estaba en un estado de gracia.
Era como si el espíritu del León Dorado ancestral hubiera descendido sobre ellos.
— Nanxi intentó ajustar una vez más.
Cambiaron su esquema.
Rotaron posiciones.
Intentaron recuperarse.
Pero ya era tarde.
Suryun avanzaba con una fuerza irrefrenable, cada minuto más peligroso que el anterior.
— Minuto 38.
Tiro libre para Suryun.
Kael tomó posición.
El estadio quedó en silencio.
Solo se oían los tambores en la lejanía.
Kael respiró hondo.
Corrió.
Golpeó.
El balón voló con una mezcla de fuerza y elegancia.
Un arco perfecto.
Una trayectoria divina.
El guardián del círculo de Nanxi saltó, estirándose al máximo.
No alcanzó.
Gol.
4–1.
El estadio explotó en un frenesí de luz y sonido.
Las banderas de Suryun ondeaban como olas doradas bajo el sol.
El nombre de Kael resonaba por todo Eryndos.
— El silbato final sonó.
Nanxi cayó de rodillas, exhaustos, sabiendo que habían dado todo.
Habían jugado con honor, con precisión, con disciplina… pero habían enfrentado a una bestia despierta.
Kael se acercó a su capitán rival y le ofreció la mano con respeto.
—Lucharon con honor —dijo, con una expresión sincera—.
Este torneo no olvida valientes.
Nanxi inclinó la cabeza, agradecidos.
Una reverencia lenta, cargada de dignidad.
Sus jugadores estaban exhaustos, cubiertos de sudor y de polvo, pero sus ojos brillaban con el respeto que solo nace cuando un oponente te obliga a mostrar tu mejor versión.
A pesar de la derrota, se mantenían erguidos, conscientes de que habían escrito un capítulo honorable en el torneo más importante del continente.
Mientras tanto, las gradas coreaban: —¡¡SU-RYUN!!
¡¡SU-RYUN!!
¡¡SU-RYUN!!
Primero fue un murmullo.
Luego, una ola.
Y después, un rugido capaz de hacer temblar los cimientos de Eryndos.
La gente golpeaba los tambores con tanta fuerza que los sonidos parecían truenos que se estrellaban contra los edificios de piedra blanca.
Las banderas doradas flameaban como llamas furiosas en un viento inexistente, porque lo que realmente las movía era la emoción colectiva, la vibración de miles de almas celebrando al unísono.
Los espectadores lloraban, reían, gritaban.
Algunos se abrazaban sin conocerse.
Otros saltaban en las gradas, casi sin sentir el peso de su propio cuerpo.
La victoria de Suryun no era solo deportiva: era un símbolo, un mensaje, una chispa de esperanza para todos los que habían viajado desde tierras lejanas para ver a su Gran Ducado brillar.
En un rincón de las gradas, unos ancianos suryunianos lloraban en silencio, recordando tiempos antiguos en los que el ducado era considerado débil, un territorio olvidado por los reinos mayores.
Hoy, en cambio, su rugido hacía temblar al continente entero.
Los niños imitaban los movimientos de Kael.
Uno hacía el salto del gol del minuto 22, cayendo torpemente sobre su túnica.
Otro levantaba un palo de madera como si fuera el estandarte de Suryun.
Un grupo completo corría en círculos tratando de recrear la jugada de Arven, riéndose mientras tropezaban entre ellos.
Y en ese caos hermoso, la vida parecía más intensa.
Otros agitaban flores y banderas, creando una mezcla de colores que iluminaba el aire como una aurora invertida, nacida no desde el cielo, sino desde la tierra misma.
Pétalos amarillos volaban entre la multitud, arrastrados por corrientes de aire generadas por los propios tambores, por la energía humana, por el fervor.
Desde lo alto, el cielo se tiñó de luces doradas.
Los magos de ceremonia encendieron las runas flotantes, figuras luminosas que formaban espirales, leones estilizados y símbolos antiguos del Gran Ducado.
Las luces danzaban, se expandían, se contraían, creando un espectáculo que hacía suspirar incluso a quienes apoyaban a Nanxi.
Eryndos parecía arder con el fuego del triunfo.
No un fuego destructivo, sino uno que purifica, que anuncia un nuevo comienzo.
Los muros resplandecían con reflejos dorados provenientes de las antorchas ceremoniales, mientras las torres se iluminaban con magia, creando columnas brillantes que ascendían hasta perderse entre las nubes.
El rugido del Gran Ducado de Suryun había retumbado por todo el continente.
Podía sentirse incluso más allá del estadio.
En las tabernas.
En los templos.
En los caminos donde viajeros que no pudieron entrar al coliseo escuchaban el eco de la celebración.
Y ahora… marchaban hacia la final.
Kael caminó al centro del campo.
Su respiración aún era pesada, su cuerpo ardía por el esfuerzo, pero su mirada estaba fija en el horizonte.
Sabía que la victoria no garantizaba nada: en la final enfrentarían a un monstruo, ya fuera el Imperio del Dragón Dorado o Koryun.
Pero también sabía otra cosa: Suryun ya no era el Gran Ducado olvidado.
Era un coloso.
Sus compañeros lo rodearon.
Arven, con el rostro aún rojo por la tensión, sonreía con los dientes apretados.
Lerion levantó el puño hacia el cielo y la multitud respondió con un alarido.
Los suplentes corrían desde la banca para abrazarlos.
Los entrenadores lloraban abiertamente, como niños.
Kael levantó los brazos.
Las gradas se volvieron una sola voz.
Un viento cálido cruzó el campo, haciendo ondear los uniformes dorados.
Detrás de Kael, la sombra del león —símbolo ancestral de Suryun— parecía proyectarse más grande que nunca.
Algunos juraron que la silueta reflejada en el suelo tuvo vida propia por un segundo, como si el Espíritu del León Carmesí hubiera descendido para bendecir a su pueblo.
Los jugadores de Nanxi observaban en silencio.
Algunos con tristeza.
Otros con admiración.
Todos con respeto.
Porque en ese momento, todos sabían una verdad innegable: Suryun había rugido.
Y su rugido había sacudido el alma de Drakoria.
El presentador, desde la torre central, alzó la voz: —¡El Gran Ducado de Suryun avanza a la final del Torneo de los Nueve Animales Sagrados!
La declaración cayó como un rayo de luz sobre la plaza.
Más pétalos fueron lanzados al aire.
Más tambores comenzaron a sonar.
Más personas se desmayaron de la emoción.
Más viajeros juraron que este sería un día que contarían a sus nietos.
Kael miró a sus compañeros y, con voz firme, dijo: —Este no es el final.
Es solo el inicio del rugido.
Y fue entonces cuando todos, absolutamente todos —desde los nobles hasta los niños de las calles— supieron que el Gran Ducado de Suryun no solo había ganado un partido.
Había despertado.
Había encendido una llama que ni la lluvia más fuerte del continente podría apagar.
Marchaban hacia la final.
Marchaban hacia el destino.
Marchaban hacia la gloria.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack Bienvenido a la temporada.
Aquí comienzan los rugidos más fuertes, las batallas más intensas y los momentos que marcarán para siempre el destino de estos reinos.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com