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EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 239

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239: Capítulo 8 El resplandor del Imperio 239: Capítulo 8 El resplandor del Imperio El amanecer sobre Eryndos no era un simple amanecer.

Aquella mañana el cielo parecía haber sido pintado a mano por los propios Animales Sagrados.

Rojos intensos se mezclaban con tonos dorados, y cada nube brillaba con un resplandor casi líquido, como si el sol hubiese decidido celebrar antes incluso de que comenzara el partido.

Sobre el estadio, los estandartes del Imperio ondeaban con solemnidad, sus bordes dorado reflejando la luz como espadas listas para una nueva batalla.

La ciudad cultural estaba llena a reventar.

Familias enteras habían viajado desde los rincones más remotos de Drakoria solo para ver el enfrentamiento que decidiría al segundo finalista del Torneo de los Nueve Animales Sagrados.

Las calles alrededor vibraban con música, los vendedores ofrecían cintas y talismanes con símbolos imperiales o de Koryun, y los tambores rituales marcaban un ritmo que parecía resonar en los huesos de todos.

En las puertas del estadio, la multitud coreaba: —¡IM-PE-RIO!

—¡KO-RYUN!

—¡IM-PE-RIO!

—¡KO-RYUN!

La tensión era tan fuerte que algunos decían sentirla en la lengua, como un toque metálico.

Porque ese día, no solo se jugaba un partido.

Ese día se jugaba el orgullo de dos tierras legendarias.

— La entrada de los equipos Cuando los portones se abrieron, los dos equipos ingresaron al campo como si fueran ejércitos marchando hacia la historia.

El Imperio Avanzaba con paso firme, sincronizado.

Sus uniformes —morado con detalles dorados— parecían absorber la luz del sol para luego devolverla multiplicada.

Las placas ceremoniales brillaban como trozos de estrellas y cada jugador mantenía la mirada al frente, sin distraerse.

Al frente de ellos, Li Feng , el capitán imperial.

Alto, imponente, con una expresión que mezclaba calma y poder absoluto.

Su cabello oscuro estaba recogido hacia atrás y en sus ojos dorados ardía una determinación única.

Era conocido como El Resplandor, el jugador más estratégico del continente.

Koryun En contraste, el Reino de Koryun llegó como un torbellino de energía.

Sus uniformes en tonos azules y plateados representaban al Lobo Sagrado de su tierra.

Entraban con una sonrisa desafiante, saludando a su gente, saltando un poco para calentar, mostrando esa chispa impredecible que los había llevado tan lejos.

Ryon Ka encabezaba al grupo.

Ágil, veloz, con una mirada que cortaba el aire.

Los koryunianos lo llamaban El Viento Azul, un delantero capaz de cambiar el ritmo de un partido con un único movimiento.

El choque entre ambos equipos iba a ser explosivo.

— El silencio del cuerno sagrado Cuando el árbitro levantó el cuerno ancestral, todo ruido se apagó.

El estadio quedó suspendido en un silencio sagrado, como si el tiempo entero se hubiese inclinado para presenciar lo que estaba por venir.

El cuerno resonó.

Grave.

Profundo.

Milenario.

Y entonces… El juego comenzó.

— Primeros minutos – La danza imperial Desde el primer movimiento, el Imperio dejó clara su intención: dominar.

Li Feng tomó el balón como si fuese una extensión de su propio cuerpo.

Cada toque era exacto, cada pase iba directo a donde debía ir.

Su equipo lo seguía como si sus mentes estuvieran conectadas.

Los movimientos imperiales parecían una coreografía: Pase hacia atrás.

Cruce hacia la izquierda.

Finta con el hombro.

Desplazamiento en bloque.

Habían entrenado para ese momento toda su vida.

Koryun, sin embargo, resistía.

Su defensa se movía con rapidez, cerrando espacios antes de que parecieran abrirse, y los gritos de su capitán resonaban con fuerza: —¡No les den respiro!

¡Manténganse juntos!

Pero el Imperio era implacable.

Minuto 7.

Un destello dorado pasó por el lateral derecho.

Yan qiao aceleró, empujando el balón con la punta del pie antes de levantarlo con el muslo.

Un defensor de Koryun intentó bloquearlo con el codo, pero Rui heo giró, inclinó el cuerpo y golpeó el balón con la rodilla en un ángulo inesperado.

El balón trazó una parábola perfecta.

La multitud contuvo la respiración.

Y… Gol del Imperio.

1–0.

Las gradas explotaron.

Los estandartes dorados parecían incendiarse bajo el sol, ondeando como llamas vivas.

Los seguidores del Imperio golpeaban tambores y lanzaban pétalos amarillos al aire.

Era imposible no sentir la presión de ese resplandor imperial.

— La respuesta del Lobo blanco Koryun, sin embargo, no era un reino que aceptara la derrota sin morder de vuelta.

Apenas reinició el partido, Ryon Ka tomó el balón con una energía feroz.

Sus movimientos eran impredecibles: un amague corto, un giro repentino, un salto extendido.

Su velocidad era tal que su silueta dejaba trazos borrosos en el aire.

Minuto 10.

Ryon saltó, giró en el aire y golpeó el balón con el empeine externo.

El arco imperial parecía lejos, pero la fuerza, el giro y la precisión se alinearon como un milagro.

El balón entró limpiamente.

Empate.

1–1.

Las banderas gris y blanco de Koryun flamearon con furia.

Sus seguidores aullaron, imitando al Lobo Sagrado, un sonido que retumbó como un eco ancestral por todo el estadio.

Li feng observó, no con enojo, sino con respeto.

Ese partido no iba a ser fácil.

— Frenesí en el campo A partir de ese gol, el partido se transformó en un torbellino.

El Imperio atacaba con disciplina; Koryun contraatacaba con libertad salvaje.

Uno con fuerza estructurada.

El otro con astucia instintiva.

Los tambores de ambos bandos parecían competir: BOOM.

BOOM.

BOOM.

TA-TA-TA-TA.

Las jugadas se sucedían con rapidez.

Minuto 15.

Li Feng interceptó un pase aéreo que parecía imposible.

Giró en el mismo salto, inclinó el cuerpo hacia adelante y golpeó el balón con el talón, enviándolo directo al aro.

El estadio estalló.

2–1 para el Imperio.

Los seguidores imperiales cantaban: —¡Li feng!

¡Li feng!

¡Li Feng!

El capitán apenas sonrió.

Sabía que no era momento de celebrar.

— La presión imperial aumenta Minuto 20.

El Imperio redobló la intensidad.

Su defensa avanzaba como un muro impenetrable y su línea ofensiva se movía como un río dorado.

Koryun comenzaba a retroceder, obligados a defender más de lo que atacaban.

En una jugada impecable, Shen Ming —el defensor más robusto del Imperio— saltó por encima de dos jugadores y conectó un cabezazo demoledor.

3–1.

Los seguidores de Koryun comenzaron a inquietarse.

Pero antes de que pudieran reorganizarse, melin lin —el más joven del Imperio, apenas 16 años— se abalanzó sobre un rebote perdido y disparó con fuerza.

4–1.

El Imperio estaba desatado.

La grada imperial temblaba por los gritos.

Koryun estaba en peligro.

— El último rugido del Lobo blanco Ryon Ka no estaba dispuesto a permitir que el partido terminara sin resistencia.

Minuto 26.

Recibió un pase arriesgado en la línea central.

Dos defensores imperiales se le acercaron, pero él avanzó sin dudar.

Sus pies parecían deslizarse por el suelo, y cuando uno de los defensores intentó bloquearlo, Ryon giró a tal velocidad que su movimiento pareció borrar su figura por un instante.

Se coló entre ambos.

Frente al arco, saltó.

Golpeó el balón con el muslo.

Gol.

4–2.

Los koryunianos recuperaron el aliento.

El lobo aún respiraba.

— El cierre imperial Pero el Imperio no conoce la duda.

No conoce el miedo.

No conoce la tregua.

Minuto 30.

Lin feng tomó el balón una vez más, avanzando con la serenidad de un monarca.

Mei lin llegó a su lado, ambos intercambiando toques tan precisos que parecían telepáticos.

Una pared.

Otra.

Una finta.

Un quiebre.

Mei lin quedó frente al aro.

Disparó.

5–2.

El Imperio sellaba el partido con autoridad absoluta.

Cuando el silbato final resonó, el estadio entero estalló en gritos, cantos y aplausos.

Los jugadores del Imperio se abrazaron, algunos levantando los brazos hacia el cielo como si agradecieran directamente a los Animales Sagrados.

Otros se arrodillaron, completamente agotados por el esfuerzo.

En las gradas, las antorchas doradas iluminaban el aire.

Era un espectáculo glorioso.

Ryon Ka se acercó a li feng, aún jadeante, sudor en la frente y orgullo en la mirada.

El capitán imperial le ofreció la mano.

—jugaste con el espíritu de un verdadero jugador —dijo Feng con sinceridad.

Ryon apretó la mano, sonriendo.

—Y tú jugaste como una leyenda.

La multitud lo vio.

Y lo celebró.

Porque incluso en la derrota, Koryun había demostrado valor.

El Imperio en la Final El anunciador levantó la voz, con un tono que parecía arrastrar el mismo eco de las montañas del norte: —¡EL IMPERIO AVANZA A LA FINAL!

El estadio entero vibró.

Fue como si la tierra hubiese exhalado un rugido profundo, liberando toda la tensión que había cargado durante semanas.

Los estandartes dorados, miles de ellos, se elevaron al cielo como un océano de luz viva.

Las telas ondeaban como llamas bendecidas por los antiguos dioses, brillando bajo el sol que comenzaba a descender en el horizonte.

Los seguidores imperiales lloraban, reían, cantaban.

Algunos se arrodillaban, agradeciendo a Suryun; otros alzaban los brazos, pidiendo fuerza para la batalla final.

El aire estaba cargado de emoción, tan denso que casi podía tocarse.

Los tambores resonaban con un ritmo ancestral que hablaba de conquistas, sacrificios y gloria.

Los músicos entonaban melodías conocidas solo en los días de mayor honor, aquellas que se cantaban una vez por generación, reservadas para momentos que marcarían la historia.

Los niños imitaban las jugadas, corriendo entre los asientos como pequeños guerreros que soñaban con ocupar algún día el lugar de sus héroes.

Algunos utilizaban sus capas como si fuesen alas de dragón, otros sostenían bastones improvisados fingiendo empuñar las lanzas ceremoniales de los campeones imperiales.

Las familias completas se abrazaban, sintiendo que lo que estaban presenciando no era simplemente un torneo: era la continuación de un legado que venía desde hacía siglos.

Suryun había rugido.

Y cuando Suryun rugía, el continente escuchaba.

El Imperio brillaba.

No solo por la victoria, sino por la forma en que la habían logrado: con precisión, disciplina, fuerza y una elegancia que solo los hijos del Dragón Dorado podían mostrar.

Había sido una semifinal dura, una batalla que puso a prueba no solo la fuerza física de los representantes imperiales, sino su espíritu.

Cada movimiento parecía escrito por los antiguos maestros del combate.

Cada decisión, una ofrenda al honor y la tradición.

Los comentaristas no podían contener la emoción.

Sus voces se mezclaban con el estruendo de la multitud: —¡Una exhibición impecable del Imperio!

—¡Han superado cada pronóstico!

—¡Marchan hacia la gloria con la determinación de sus antepasados!

Mientras tanto, en lo más alto de las gradas, la élite del Imperio observaba con orgullo.

Altos nobles, generales retirados y sabios de las academias imperiales intercambiaban miradas que decían más que mil palabras.

Ellos comprendían el verdadero significado de este momento: no era solo un torneo; era una demostración de unidad, de resurgimiento, de poder.

En el centro del palco imperial, el Emperador Emérito y la Emperatriz Emérita se mantenían firmes, imponentes, con rostros que mezclaban la serenidad con la explosión interna de orgullo.

Los dos, de cabellos largos y coronas majestuosas, parecían figuras sacadas de una pintura tradicional.

A su lado, los altos consejeros murmuraban bendiciones rituales para proteger a los finalistas, quienes ya se encontraban en el túnel preparándose para recibir el llamado final.

Los dos titanes marchaban hacia la última batalla.

Pero no eran solo dos guerreros.

Eran dos emblemas, dos símbolos vivientes del Imperio.

Dos seres que habían cargado con el peso de su nación, sus expectativas, sus sueños y su historia.

Sus nombres ya se susurraban como leyendas.

Sus habilidades habían sido documentadas por los cronistas presentes en cada combate, y sus rivales hablaban de ellos con respeto reverencial.

El túnel estaba envuelto en una penumbra que parecía separar el mundo real del mundo del combate.

Cada paso resonaba con el eco del destino.

Los dos guerreros mantenían sus respiraciones acompasadas, afinando sus sentidos, recordando cada entrenamiento, cada sacrificio, cada caída que los había llevado hasta este punto.

Afuera, el Imperio explotaba en júbilo.

Dentro, el silencio era absoluto.

Uno de ellos levantó la cabeza, inhalando profundamente.

El olor a tierra, sudor y metal le recordó los días de su infancia, cuando entrenaba bajo el sol ardiente con su maestro.

Recordó las lágrimas y las heridas, pero también la primera vez que oyó al dragón interior rugir, esa fuerza ancestral que todos los guerreros imperiales aspiraban a despertar.

El otro titán cerró los ojos por un instante, visualizando la arena.

Podía ver la luz golpeando el suelo, los movimientos posibles de su oponente, la trayectoria ideal para cada golpe.

No temblaba.

No dudaba.

Sabía que la batalla final sería un punto de quiebre en la historia de Drakoria.

Porque esta final no era como las otras.

No solo enfrentaba a dos competidores.

Enfrentaba dos visiones distintas del futuro.

Dos escuelas de pensamiento.

Dos formas de honrar el legado del Imperio.

Era una prueba para demostrar si la tradición seguiría dominando el camino imperial o si una nueva fuerza, nacida de generaciones más jóvenes, se impondría para iniciar un cambio histórico.

En las gradas, los ancianos sabios lo sabían.

Los consejeros lo sabían.

El Emperador Emérito también.

Y aun así, ninguno intervino.

Porque el destino debía decidirse en la arena.

El anunciador elevó nuevamente su voz, esta vez con una solemnidad que cortó todas las conversaciones del estadio: —¡GUERREROS DEL IMPERIO!

—¡DRAGONES DE SURYUN!

—¡SU MOMENTO HA LLEGADO!

El público estalló.

Miles de gargantas rugieron al unísono.

Era como escuchar la furia de un dragón despertando en la cima de una montaña.

Las banderas doradas parecían querer despegar del suelo.

Los tambores golpeaban con una intensidad casi animal.

Los dos titanes dieron un paso adelante.

El sol se filtró por el arco del túnel, iluminando sus siluetas.

Era imposible no sentir escalofríos.

El primero en salir levantó su arma en alto.

Una lanza larga, adornada con cintas rojas y doradas que representaban cada victoria conseguida.

El público respondió coreando su nombre, como un himno nacional.

El segundo salió con un movimiento firme, sosteniendo su espada curva, una reliquia ancestral utilizada solo por los guerreros que alcanzaban el máximo nivel imperial.

Sus ojos brillaban con una mezcla de fuego y tranquilidad.

Cuando ambos se encontraron en el centro de la arena, el mundo pareció detenerse.

Los músicos bajaron el ritmo.

Los tambores se silenciaron.

El viento dejó de soplar.

Por un instante, solo existieron ellos dos.

Acero contra acero.

Honor contra honor.

Destino contra destino.

El anunciador dio el último llamado: —¡ESTA ES… LA FINAL QUE DECIDIRÁ EL DESTINO DE DRAKORIA!

El público volvió a rugir con un estruendo que sacudió el cielo.

Incluso los halcones que volaban sobre el estadio alteraron su vuelo ante la magnitud del ruido.

La tierra misma parecía vibrar bajo los pies de los guerreros.

Era el momento que todos habían esperado.

El clímax de un torneo que había despertado pasiones en todo el continente.

Una batalla que sería contada por generaciones.

Una historia que se convertiría en canción, en poema, en leyenda.

Y mientras los dos titanes se preparaban para iniciar el combate, una certeza invadió a los presentes: Drakoria jamás volvería a ser la misma.

Porque aquella final no solo coronaría a un campeón… Sino que abriría el siguiente capítulo en la historia del Imperio del Dragón Dorado.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack En esta nueva etapa, el Imperio muestra su luz más intensa.

Hoy no solo narramos un partido: narramos el resplandor de un reino que avanza como una tormenta dorada.

Bienvenidos a otro capítulo donde la gloria y el fuego caminan juntos.

—

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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