EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 240
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- Capítulo 240 - 240 Capítulo 9 La gloria del Imperio
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240: Capítulo 9: La gloria del Imperio 240: Capítulo 9: La gloria del Imperio El sol de Eryndos ardía como una llama suspendida en el cielo, teñido de un dorado tan intenso que parecía haber sido encendido por los dioses mismos.
Desde la distancia, el estadio sagrado brillaba como un coliseo ancestral, envuelto en estandartes, flores, humo de incienso y el murmullo vibrante de miles de almas reunidas para presenciar el duelo final del Torneo de los Nueve Animales Sagrados.
En esa arena, donde generaciones habían combatido por la gloria, donde héroes se habían alzado y leyendas habían nacido, una nueva historia estaba a punto de escribirse.
El sonido de los tambores ancestrales recorrió el aire como un trueno profundo y ritual.
Cada golpe marcaba el latido del continente.
Cada redoble anunciaba que algo sagrado estaba por comenzar.
Los Nueve Animales observaban En lo alto, los estandartes colgaban majestuosos: El Dragón, el Pavo Real, el Lobo, el Fénix, el Grifo, el León, el Unicornio, el Búho y el Águila Bicéfala.
Sus colores ondeaban al viento, bañados por la luz dorada del amanecer, como si cada espíritu ancestral despertara para presenciar la batalla decisiva.
Los gobernantes de las naciones tomaron asiento en sus palcos superiores, acompañados por sus hijos.
Los nobles murmuraban, los sabios observaban en silencio, los príncipes intercambiaban miradas solemnes.
Todos sabían que aquel día marcaría un antes y un después en Drakoria.
La entrada de los finalistas El primero en entrar fue el Gran Ducado de Suryun.
Una ola de aplausos recorrió las gradas.
Sus jugadores caminaban con paso firme, túnicas amarillo y blanco, rostros marcados por la determinación.
Se detuvieron frente al emblema principal del estadio y, en un gesto solemne, inclinaron la cabeza.
Suryun era fuerza.
Suryun era disciplina.
Suryun era tradición.
Y aquel día estaban decididos a rugir más fuerte que nunca.
Luego, una vibración profunda recorrió el suelo.
El público se puso de pie.
Algunos lloraron.
Otros elevaron sus manos al cielo.
Entraba el Imperio.
Uniformes morados y dorados, postura perfecta, respiración sincronizada.
Li Feng , su capitán, avanzaba al frente con una expresión que mezclaba serenidad y fuego interno.
Su sola presencia imponía respeto.
No era un simple jugador: era un símbolo.
El Imperio no había venido a participar.
Había venido a reclamar la eternidad.
El cuerno ancestral sonó Un sonido grave, largo, retumbó desde los portales del estadio.
El eco viajó hacia el cielo como un llamado divino.
El público enmudeció al instante.
Los jugadores tomaron posición.
El silencio era tan profundo que podía escucharse el viento rozando el polvo del campo.
Y el juego comenzó.
— Torbellino de fuerza y estrategia Los primeros minutos fueron un choque brutal de ritmo y precisión.
Suryun atacó primero.
Arven, su capitán, lanzó un pase diagonal que atravesó a dos defensores imperiales.
El delantero suryunés saltó, golpeó con el codo, y el balón entró al círculo con un sonido seco.
1–0.
El estadio estalló.
Pétalos de flores volaron.
Niños saltaban sobre los asientos.
Los tambores de Suryun retumbaron como volcanes.
Pero el Imperio no era un rival que se intimidara.
En apenas segundos, Li Feng se impulsó en una carrera furiosa, esquivando un bloqueo con un giro completo.
Saltó más alto que todos.
Golpeó el balón con la rodilla y lo envió directo al círculo.
1–1.
La multitud rugió.
Los vendedores lanzaban cuernos al aire, los músicos soplaban a toda fuerza, los ancianos levantaban bastones en señal de buen augurio.
La batalla apenas empezaba.
— Suryun toma ventaja El ritmo se aceleró.
Era como observar dos tormentas colisionando.
En el minuto 10, Suryun ejecutó una jugada doble: Un rebote en el pecho, una desviación rápida, y luego un disparo certero que cruzó el aro.
2–1.
Los seguidores del Gran Ducado gritaron hasta perder la voz.
Tiraban pétalos amarillos y rojos, creando un torbellino de colores que flotaba sobre el campo como una bendición del León Carmesí.
En el palco, el gobernante de Suryun cerró los ojos un momento en señal de agradecimiento a los espíritus del juego.
Pero el Imperio… no estaba ni remotamente derrotado.
— El despertar del Dragón Imperial Li feng reunió a su equipo.
Su voz era clara, firme, encendida.
—Esto no es solo un partido.
Es el legado del Imperio.
¡Movamos las alas, como el Dragón Dorado!
El cambio fue inmediato.
Sus movimientos se volvieron más rápidos, más coordinados, más precisos.
Parecían un solo cuerpo, una sola mente, una sola voluntad.
El balón voló entre ellos como una chispa morada.
Un pase largo… Un salto perfecto… Y una ejecución impecable.
2–2.
Tres segundos después, otra jugada letal.
3–2.
La multitud entró en un frenesí absoluto.
Suryun golpeaba el pecho, el Imperio levantaba los puños.
Los dos bandos parecían extender su energía directamente al campo.
En el cielo, un halcón real sobrevoló la arena, como si incluso la naturaleza quisiera presenciar cada segundo.
— Mitad del partido: el duelo de titanes El marcador llegó a 3–3.
La tensión era insoportable.
Li Feng y Arven, cruzaron miradas.
Era un choque espiritual.
Dos líderes natos.
Dos guerreros destinados a enfrentarse.
No había odio.
Había respeto.
Había fuego.
Había gloria esperando al vencedor.
Suryun volvió a adelantarse con un cabezazo que rozó apenas el borde del aro.
4–3.
El Imperio respondió con un salto magnífico de Ardell.
4-4.
Cada punto era una explosión de energía.
Cada movimiento era una historia.
Cada respiración podía ser la última antes de caer.
— Los minutos finales: cuando Drakoria dejó de respirar El marcador marcaba 5–4 a favor de Suryun.
Faltaban 3 minutos.
Las gradas eran un huracán de emociones.
Las banderas se agitaban como si fueran parte del viento.
Los tambores marcaban el ritmo de miles de corazones.
Kael intentó alzar el ritmo del Gran Ducado.
Ejecutó una jugada inesperada, desviando el balón hacia atrás en un movimiento que engañó a cuatro defensores.
Las gradas explotaron.
Pero el Imperio tenía otro plan.
Mei lin levantó el puño, señal clara de ataque total.
—¡POR EL IMPERIO!
Y el Imperio respondió.
Shen bloqueó un pase.
Rui recuperó un rebote.
Yan Qiao abrió espacio con el pecho.
Y li Feng Feng saltó como si el aire mismo lo empujara.
Gol.
5–5.
Un empate que sacudió el alma del continente.
— El momento eterno Los últimos segundos parecían estirarse en el tiempo.
El público dejó de respirar.
Los dioses miraban.
Kael intentó un tiro final.
Bloqueado.
El balón rodó.
Rebotó.
Giró.
Y cayó en manos de Feng .
El silencio duró apenas un suspiro.
Entonces, Feng avanzó.
Uno, dos, tres pasos ligeros.
Una finta que dejó a Shen fuera de eje.
Un giro completo.
Un salto.
El aire pareció detenerse.
El balón voló como un rayo de luz, directo, imparable, perfecto.
Gol.
El cierre glorioso del Torneo — El verdadero renacer del espíritu 6–5.
Por un instante, el mundo dejó de girar.
Luego… el estadio explotó.
No fue solo un grito: fue un rugido antiguo, un estallido que parecía provenir desde la tierra misma.
Una ola de voces, lágrimas, risas, gritos, tambores y flores se elevó en un torbellino que hizo vibrar el aire.
Los pétalos lanzados desde los balcones revoloteaban como chispas doradas bajo el sol ardiente de Eryndos.
Un niño cayó de rodillas llorando de emoción.
Un anciano levantó su bastón hacia el cielo, agradeciendo a los Animales Sagrados.
Los músicos tocaron los cuernos de festejo con tanta fuerza que sus mejillas parecían estallar.
Y en el centro del campo, mientras todo Drakoria temblaba de emoción… El Imperio era campeón.
— La coronación del espíritu Los jugadores imperiales se desplomaron en la arena sagrada, no por cansancio, sino por un alivio tan profundo que sus cuerpos ya no pudieron sostenerlo.
Algunos reían sin poder respirar.
Otros lloraban sin entender por qué.
Muchos se abrazaban repitiendo una y otra vez: —Lo logramos… ¡lo logramos!
Dalen se tiró de espaldas, mirando el cielo como si aún no creyera lo que había sucedido.
Kaelith, el más joven del equipo, temblaba mientras sostenía el rostro entre las manos, incapaz de contener las lágrimas.
Varyn corrió hacia Ardell y lo abrazó tan fuerte que casi lo levantó del suelo.
Y Ardell… Ardell quedó quieto.
Respiraba agitado, el pecho subiendo y bajando con violencia.
Sus ojos brillaban como brasas.
Levantó la mirada hacia el cielo, hacia el gran emblema del Dragón Dorado que ondeaba sobre el estadio, y allí —en ese silencio personal en medio del caos— agradeció.
Agradeció al pasado.
A su hogar.
A los nombres que ya no estaban.
A los antepasados del Imperio que habían construido el camino que hoy él honraba.
Desde el palco imperial, el emperador se levantó lentamente.
El silencio cayó por un breve instante, como si todo el estadio esperara lo que vendría.
El emperador alzó el puño.
Los estandartes imperiales —cientos, miles— respondieron con un oleaje majestuoso, moviéndose al unísono como dragones dorados surcando el viento.
La multitud rugió, una sola voz, un solo grito que atravesó las murallas de Eryndos y voló más allá del horizonte: —¡¡IM-PERIOOO!!
¡¡IM-PERIOOO!!
¡¡IM-PERIOOO!!
Pero lo más hermoso aún no había ocurrido.
— La marcha de los dignos Mientras el Imperio celebraba, los guerreros de Suryun no se quedaron sumidos en la derrota.
Caminaron.
Con paso firme.
Con honor.
Con el orgullo intacto de quienes dieron todo sin guardarse nada.
El público los vio avanzar y, lentamente, como una ola que crece sin control, comenzaron los aplausos.
Primero tímidos, luego fuertes, después ensordecedores.
Aplausos por su fuerza.
Por su valentía.
Por su corazón.
Arven, el capitán de Suryun, caminaba al frente.
Su rostro estaba cansado, marcado por el esfuerzo, pero en su mirada ardía la dignidad de un verdadero campeón.
Cuando llegó frente a Ardell, no dudó ni un segundo.
Extendió la mano.
El campo entero contuvo el aliento.
Ardell la tomó de inmediato.
Su agarre fue firme, sincero, cargado de respeto.
—Hoy ustedes nos enseñaron el verdadero espíritu del Juego —dijo Ardell, con la voz ronca pero llena de admiración.
Arven sonrió con serenidad, inclinando ligeramente la cabeza.
—Y tú —respondió— nos enseñaste el verdadero corazón de un líder.
En ese instante, las gradas explotaron en un aplauso que parecía no terminar nunca.
Miles se pusieron de pie.
Las banderas de ambas naciones se elevaron orgullosas.
Los tambores de ambos pueblos resonaron al mismo ritmo.
Por primera vez en siglos, dos potencias rivales latían como una sola.
— Un solo continente Las familias en las gradas lloraban abrazadas.
Los gobernantes, conmovidos, se levantaron de sus asientos.
Los niños, sin comprender del todo, imitaban los gestos de respeto de los jugadores.
Los ancianos sonreían, murmurando: —Así debería ser siempre… así debería ser… Por un instante, Drakoria dejó de ser un conjunto de reinos divididos.
Fue un solo pueblo.
Un solo latido.
Una sola historia compartida.
No importaba si vestían de amarillo, de dorado, de morado o de verde.
No importaba si celebraban una victoria o lloraban una derrota.
Ese día, en aquel campo sagrado… renació algo más grande que un campeón.
— El verdadero premio Las antorchas se encendieron en los bordes del estadio.
Las luces doradas danzaban en el aire.
Los músicos tocaron un himno que hacía más de doscientos años no se interpretaba: El Canto de los Nueve Animales.
Una melodía antigua, un puente entre los pueblos, un llamado a la unidad.
Ardell, aún respirando con dificultad, observó a su equipo, a sus rivales, al público que coreaba su nombre, al cielo que ardía con luces doradas.
Y comprendió: No habían ganado solo un torneo.
Habían encendido algo que llevaba siglos dormido.
El emperador mismo lo sintió.
Los gobernantes lo sintieron.
Los miles en las gradas lo supieron en su corazón.
El Imperio había ganado… Pero el mundo había recuperado algo que creía perdido: El espíritu de unidad que los dioses soñaron para Drakoria.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack la grandeza del Imperio se revela en su forma más pura.
Hoy, el campo de Eryndos será testigo de un duelo que marcará la historia.
Que comience la gloria.
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