EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 242
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- Capítulo 242 - 242 CAPÍTULO 1 – EL REGRESO DEL IMPERIO DEL DRAGÓN DORADO
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242: CAPÍTULO 1 – EL REGRESO DEL IMPERIO DEL DRAGÓN DORADO 242: CAPÍTULO 1 – EL REGRESO DEL IMPERIO DEL DRAGÓN DORADO El mar amanecía sereno, como si él también quisiera inclinarse ante el regreso de los campeones.
Las aguas se abrían en un resplandor suave mientras el Barco Imperial del Dragón Dorado avanzaba con la solemnidad que solo los grandes símbolos de una nación podían tener.
Sus velas moradas y doradas, enormes y majestuosas, se extendían como alas de un dragón ancestral que surcaba el cielo desde hacía milenios.
El sol naciente chocaba contra ellas y las teñía de fuego puro.
Los marineros se movían con una precisión impecable.
Cada gesto, cada cuerda amarrada, cada paso firme sobre la cubierta estaba cargado de respeto.
No solo navegaban: escoltaban a héroes.
En lo alto del mástil, el estandarte del Dragón Dorado ondeaba en el viento, rugiendo sin sonido, anunciando al mundo que los campeones volvían a casa.
En la cubierta principal, el Emperador Jing Long caminaba con paso lento, observando el horizonte donde ya podía distinguirse la silueta del puerto imperial.
Vestía una túnica larga de tonos blanco y oro, perfectamente bordada con hilos que formaban dragones entrelazados.
A su lado, su consorte—de porte distinguido, vestido con prendas del mismo color ceremonial—caminaba con una mano apoyada suavemente en el brazo del emperador.
Y junto a ellos, su hija, la Princesa heredera del Imperio, avanzaba con la gracia que solo ella poseía.
Detrás de la familia imperial estaban los campeones: los jóvenes que habían llevado al Imperio del Dragón Dorado hacia la gloria eterna.
Entre ellos, Li Feng el capitán del equipo fútbol,Ji-ho, capitán del equipo de turf , Yu capitana del equipo de natación, los estrategas, los defensores, los corredores, los prodigios.
Cada uno, marcado por las cicatrices del esfuerzo y la mirada del triunfo.
El barco comenzó a reducir la velocidad mientras se acercaba al puerto.
A lo lejos se escuchaba un estruendo: era el pueblo.
Habían llegado.
El puerto imperial El puerto estaba repleto desde antes del amanecer.
Decenas de miles de ciudadanos se apiñaban sobre los muelles y las calles que daban al mar.
Las casas estaban adornadas con telas moradas y doradas, colgando desde las ventanas como ríos de colores vibrantes.
Por todas partes había flores: rojas, blancas, amarillas, formando coronas que se distribuían entre la multitud.
Los tambores golpeaban con fuerza, marcando un ritmo que hacía vibrar el pecho de todos los presentes.
Flautas, liras y cuernos se elevaban en acompañamiento.
El Imperio entero parecía latir al unísono.
Niños con el rostro pintado corrían de un lado a otro, sosteniendo pequeñas banderas.
Algunos imitaban los movimientos de los campeones; otros reían mientras trataban de ver sobre los hombros de sus padres.
Ancianos con bastones tallados se acomodaban en primera fila, con lágrimas brillando en sus ojos, recordando los torneos de su juventud.
El olor a pan recién horneado, mezclado con el aroma del mar y las flores, creaba una fragancia cálida, familiar, de hogar, de bienvenida.
Nunca en décadas el Imperio había visto una celebración tan grande.
Habían vencido.
Habían honrado a sus dioses.
Habían demostrado que el Dragón Dorado seguía siendo eterno.
El desembarco de los campeones El barco finalmente tocó el muelle.
Un silencio reverente se extendió por un instante, como si el tiempo se contuviera.
Luego, un cuerno sonó con fuerza.
El puente imperial descendió y el Emperador avanzó primero.
Nunca antes el pueblo lo había visto tan emocionado.
Sus pasos eran solemnes, pero su mirada estaba iluminada por un orgullo indescriptible.
Lo mismo su consorte, quien observaba a cada joven como si fueran sus propios hijos.
La princesa llevaba un vestido blanco con detalles dorados y morados, y una pequeña corona delicada que brillaba con cada paso.
Cuando el primer campeón bajó, el puerto estalló.
—¡ Li feng,Ji-ho, Yu.
—¡VIVA EL IMPERIO!
—¡HÉROE DEL DRAGÓN!
Las voces retumbaban como olas contra las piedras.
El Emperador descendió de su trono portátil, ignorando el protocolo, y abrió los brazos para recibir personalmente al capitán Li Feng.
El joven se detuvo un instante, sorprendido por el gesto, y luego corrió hacia su soberano, abrazándolo con una fuerza que mezclaba respeto y gratitud.
—Bienvenido a casa, hijo del Imperio —susurró el Emperador.
Los demás campeones bajaron uno a uno.
Algunos se arrodillaron.
Otros lloraron.
Otros simplemente rieron, incapaces de creer la magnitud del momento.
Los padres de los jóvenes, situados en plataformas adornadas con flores, se derrumbaban en lágrimas al verlos.
Algunas madres extendían los brazos temblorosos; algunos padres chocaban los puños con orgullo.
Había emoción, había gloria, había humanidad.
— El discurso de la princesa heredera Cuando finalmente todos estuvieron formados, la Princesa dio un paso al frente.
Su voz, suave y melodiosa, se amplificó gracias al cristal mágico que sostenía un guardia imperial.
—Hoy —dijo, mirando a su pueblo— no celebramos solo medallas, ni victorias, ni récords.
Celebramos algo mucho más importante: el espíritu del Imperio del Dragón Dorado.
La multitud enmudeció.
—El valor de cada campeón, la disciplina, la astucia en el juego, la lealtad que han demostrado entre sí… son el reflejo de quiénes somos.
De lo que nos hace fuertes.
Ustedes —dijo, mirando a los jóvenes— han hecho que cada corazón en esta tierra se llene de orgullo.
Luego levantó el puño cerrado sobre el corazón.
—¡Bienvenidos a casa, campeones del Dragón Dorado!
El grito que siguió se escuchó hasta los acantilados más lejanos.
— Un desfile que detuvo el mundo Los carros ceremoniales esperaban.
Los campeones subieron a ellos, y el desfile comenzó.
Las calles estaban cubiertas con pétalos que caían desde los balcones.
Las tiendas habían cerrado para que todos pudieran ver pasar a los héroes.
Las niñas corrían junto a los caballos adornados con cintas moradas; los músicos tocaban canciones antiguas, de épocas donde los emperadores luchaban junto a sus ejércitos.
El consorte tomaba de la mano a la princesa mientras saludaban.
El Emperador caminaba al frente, rodeado de guardias ceremoniales, pero sin distanciarse del pueblo.
Sonreía, algo raro en él, pero genuino.
Los campeones recibían coronas de flores, brazaletes, pequeñas estatuillas talladas por artesanos locales.
Las risas volaban por los aires junto con los pétalos.
Era un Imperio vivo.
Un Imperio unido.
Un Imperio renacido.
La fiesta de la noche Hasta entrada la noche, la celebración no se detuvo.
Se encendieron faroles mágicos que flotaban sobre las calles.
Los magos imperiales crearon dragones de luz que serpenteaban por el cielo, dibujando constelaciones doradas.
Las familias abrían sus puertas y ofrecían comida a todo aquel que pasara.
Había pasteles rellenos de frutas, carnes especiadas, sopas calentitas, dulces en forma de dragón.
Los campeones fueron invitados a cientos de mesas.
Li Feng, casi fueron arrastrados por un grupo de niños que querían que les firmaran cintas, piedras, pedazos de madera y hasta galletas.
La princesa bailó entre la gente, riendo como una joven común por primera vez en mucho tiempo.
Sus padres la miraban desde lejos con ternura.
El Emperador, en un momento de calma, observó el cielo.
Los fuegos artificiales seguían iluminando la noche en ráfagas de dorado y morado, reflejándose en las aguas tranquilas del puerto.
La ciudad vibraba todavía con la celebración, pero alrededor del emperador Jing Long había un pequeño espacio de paz: una quietud que solo alcanzan los corazones después de una conquista espiritual.
Él levantó la mirada y, por un instante, el ruido del mundo se apagó.
El cielo, despejado y profundo, parecía un océano infinito.
Las estrellas titilaban como si respondieran a la gloria del Imperio que brillaba abajo.
Una brisa suave rozó su túnica, llevándose el cansancio del largo viaje y de las intensas semanas de competencia.
—Hemos vuelto —susurró.
No fue una proclamación.
Fue un reconocimiento íntimo.
No era simplemente regresar al territorio del Imperio… Era regresar a sí mismo, a la esencia que solo se revela cuando un líder ha atravesado pruebas, desafíos, dudas, esperanzas y cansancio… y aun así se mantiene firme.
Por primera vez desde que los Juegos comenzaron, permitió que sus hombros descansaran.
Su mirada se deslizó hacia la figura de su hija, rodeada por jóvenes del equipo, riendo mientras sostenía una antorcha ceremonial.
Luego hacia su consorte, que conversaba con los capitanes imperiales, felicitándolos con orgullo sincero.
Habían pasado por tanto.
Habían unido mundos, enfrentado desafíos… y ahora el Imperio los recibía con la devoción de un pueblo que no solo amaba a sus líderes, sino que los respetaba profundamente.
Jing Long respiró hondo, dejando entrar ese aire cargado de esperanza.
Sintió que una nueva etapa apenas comenzaba.
— La última imagen de la noche Las celebraciones continuaron durante horas, hasta que lentamente, como el mar que retrocede con la marea, la ciudad comenzó a calmarse.
Los músicos tocaron las últimas melodías dulces, antes de guardar sus flautas y tambores dentro de estuches de madera.
Los bailarines se despidieron entre risas, aún envueltos en cintas moradas y doradas.
Los artesanos cerraron los puestos que habían instalado cerca del puerto, donde habían vendido linternas flotantes, brazaletes, dulces y pequeñas figuras del Dragón Dorado.
Las luces del cielo seguían brillando, pero la energía comenzó a bajar.
Las familias caminaron de regreso a sus hogares, muchas de ellas con niños dormidos en brazos, con coronas de flores ya marchitas en el cabello, con pañuelos colgando de sus manos cansadas pero felices.
Los ancianos avanzaban lentamente, apoyándose en sus bastones decorados con símbolos imperiales.
Caminaban en silencio, observando cada rincón como si quisieran guardar esa noche en la memoria para siempre.
Para muchos, era la primera vez que vivían un triunfo tan profundo; para otros, era uno más en una larga vida de glorias del Imperio, pero ninguno dejó de sentir la emoción vibrar bajo la piel.
En los balcones, algunas familias seguían entonando canciones antiguas.
Desde las murallas, los guardias imperiales observaban la ciudad con una mezcla de orgullo y gratitud.
Y en las plazas, grupos pequeños seguían contando historias del torneo, imitando jugadas, repitiendo nombres, debatiendo momentos épicos.
Sin embargo, incluso en medio de esa alegría que parecía interminable, el Imperio se quedó con un único sonido transcendental: El eco de la victoria.
Ese eco no era un grito.
No era el estruendo de los tambores.
No era el choque de las celebraciones.
Era un eco silencioso, profundo, espiritual.
Era la resonancia del corazón de un pueblo entero latiendo al unísono.
El eco de un pueblo unido.
Era la verdad más poderosa de esa noche.
— Esa noche, las murallas imperiales vibraron con un canto antiguo.
Cuando las familias ya se habían dispersado, cuando solo quedaban algunos grupos celebrando en las escalinatas del palacio, una voz comenzó a cantar desde un rincón de la plaza.
Al principio fue suave.
Una mujer mayor, con un pañuelo dorado en el cabello, entonó una melodía ancestral, casi en susurro: —“Donde el Dragón despierta…” Otra voz se unió desde una calle lateral: —“…allí nace la gloria.” Las notas flotaron en el aire como si fueran parte del viento nocturno.
Luego dos niños las repitieron.
Luego un grupo de jóvenes.
Luego una familia.
Luego un guardia en la torre norte.
Y de pronto… Todo el Imperio cantaba.
Miles de voces, desde los puertos hasta las colinas, desde las torres del palacio hasta los callejones más modestos.
—“Donde el Dragón despierta… allí nace la gloria.” Era un canto antiguo, uno que solo se entonaba en momentos de grandeza, un himno reservado para noches históricas.
En ese instante, el Imperio del Dragón Dorado no era un territorio.
No era un edificio.
No era un gobierno.
Era un corazón.
Uno solo.
Puro.
Vibrante.
Inquebrantable.
— Y por primera vez en mucho tiempo… todos sintieron que el futuro se abría brillante frente a ellos.
No era un futuro perfecto.
No era un futuro garantizado.
Pero era un futuro prometedor.
Un futuro tejido con la fuerza de un pueblo unido.
Con la esperanza que solo surge después de grandes desafíos.
Con la luz de un Imperio que había demostrado al continente que su espíritu seguía vivo, intacto, ardiente.
Cada familia que regresó a su hogar lo hizo con una sonrisa.
Cada joven que había participado en los Juegos sintió que su vida había cambiado para siempre.
Cada niño que agitó un estandarte sabía, en lo profundo del corazón, que quería crecer para servir al Imperio con honor.
Cada anciano caminó más erguido.
Cada soldado sintió un nuevo orgullo.
Cada gobernante dentro del palacio supo que aquella noche sería recordada durante generaciones.
El Dragón Dorado había vuelto… y su fuego iluminaba ahora el amanecer de un nuevo capítulo.
— Fin del Capítulo 1 REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack Comienza una nueva temporada del Dragón Dorado.
El Imperio vuelve a levantarse… y apenas estamos empezando.
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