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EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 243

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  4. Capítulo 243 - 243 Capítulo 2 – La bienvenida en el Principado de Takrin
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243: Capítulo 2 – La bienvenida en el Principado de Takrin 243: Capítulo 2 – La bienvenida en el Principado de Takrin El Principado de Takrin amaneció envuelto en un resplandor dorado.

El sol, aún tímido en el horizonte, se elevaba lentamente sobre las colinas azules que rodeaban la capital, iluminando las torres de piedra blanca, los techos de tejas marinas y los caminos que serpenteaban entre los jardines florales que hacían famoso al principado.

Desde antes del alba, el pueblo había comenzado a moverse.

Las panaderías abrieron más temprano de lo habitual, inundando las calles con el aroma cálido de pan dulce, miel tostada y especias takrinianas.

Los mercados improvisados se extendían en cada esquina, donde artesanos colgaban cintas azules oscuras, símbolos distintivos de la nobleza del Principado.

Las familias se apresuraban a ocupar los mejores lugares cerca del muelle.

Niños correteaban entre las piernas de los adultos, agitando pequeños estandartes hechos a mano.

Algunos llevaban coronas de flores y otros sostenían figuras de madera que representaban a los caballos legendarios de Takrin, orgullo y símbolo de la región.

Los ancianos, sentados en bancos adornados para la ocasión, conversaban animadamente sobre la competencia: —Dicen que nuestro equipo ganó con tres cuerpos de ventaja —murmuró uno, con el pecho inflado de orgullo.

—Y que la joven Lora fen montó como los antiguos maestros —respondió otro—, como si los dioses mismos guiaran su caballo.

La emoción era tan intensa que parecía vibrar en el aire.

— La llegada de los barcos Cuando el primer cuerno resonó desde lo alto de la torre de vigilancia, un silencio reverente cayó sobre la multitud.

Los barcos se divisaron en el horizonte, acercándose con una majestuosidad casi ritual.

Sus velas azul oscuro capturaban la luz del sol, y sobre ellas se veía claramente el emblema del Principado de Takrin: un Búho plateado.

A medida que las embarcaciones se aproximaban al puerto, los caballos en sus establos relincharon, respondiendo como si reconocieran la presencia de sus compañeros que regresaban del extranjero.

Entonces ocurrió.

Un niño gritó: —¡Ahí vienen!

¡Ahí vienen los campeones!

La multitud estalló en vítores.

Los tambores comenzaron a sonar.

Las trompetas anunciaron el regreso triunfal del equipo.

El muelle se llenó de una energía indescriptible.

Las olas chocaban suavemente contra la madera, los pescadores abandonaron sus redes para unirse a la celebración y las aves marinas danzaban en círculos sobre los barcos, como si ellas también dieran la bienvenida.

— Los campeones regresan Cuando los barcos atracaron, el sonido de cascos resonó dentro de las embarcaciones.

Los caballos —los verdaderos héroes silenciosos de la carrera— bajaron primeros, guiados por los ayudantes que los habían acompañado en la competencia.

La multitud contuvo el aliento.

Los caballos eran magníficos: musculosos, de pelaje brillante, con crines que ondeaban al viento.

Los más pequeños se subieron a los hombros de sus padres para ver mejor, y muchos suspiraron al contemplar a los animales que habían llevado el nombre de Takrin a la gloria.

Luego aparecieron los jinetes.

Vestidos con sus trajes ceremoniales, algunos aún llevaban vendas donde las roces y tensiones de la carrera habían dejado marca.

Pero sus sonrisas, amplias y sinceras, transmitían una mezcla irrepetible de orgullo, humildad y triunfo.

El pueblo los recibió con flores lanzadas desde los balcones, con pétalos que caían como lluvia primaveral.

Algunos padres lloraban abiertamente al ver a sus hijos regresar sanos, victoriosos, más maduros que cuando partieron.

— la familia principesca Desde la parte alta del muelle descendió una escolta real.

Vestían armaduras plateadas adornadas con detalles azules.

Sus capas se movían al ritmo del viento, y detrás de ellos apareció la Princesa Heredera de Takrin, acompañado por sus padres Los Príncipes soberanos.

El Príncipe soberano Lucian de Takrin caminó con paso firme, pero su expresión reflejaba un orgullo tranquilo.

No era el de un gobernante superior, sino el de un líder que celebra junto a su pueblo.

Cuando llegó frente a los jinetes, abrió los brazos: —Bienvenidos a casa —dijo, su voz cálida, profunda—.

El Principado entero ha esperado este momento.

El pueblo estalló en aplausos.

La princesa consorte Sofía, y la princesa heredera Siyana también dio varios pasos hacia adelante.

Ambas Llevaban un vestido azul cielo adornado con hilos dorados y una corona ligera hecha de flores del valle de Tylos.

Siyana ,Su sonrisa irradiaba luz.

Ella abrazó a cada uno de los jinetes con auténtico cariño.

—Han honrado a Takrin —dijo mientras hacía una inclinación de respeto—.

Y han recordado al continente que nuestro Principado siempre corre con el corazón.

Los jinetes sonrieron, algunos incluso se ruborizaron ante tanta atención.

— La ceremonia en la plaza central Takrin temblaba de alegría.

El desfile comenzó por la avenida principal, que llevaba directamente a la plaza central.

Allí se había levantado un escenario enorme, decorado con cintas, esculturas y telas que ondeaban en el viento.

La gente llenaba las calles hasta donde alcanzaba la vista.

A medida que los campeones avanzaban, el pueblo les ofrecía pan dulce, flores, collares artesanales y pequeños amuletos de la suerte tallados en madera.

Era la manera de Takrin de demostrar su amor, su respeto y su agradecimiento.

En el escenario central esperaba un coro tradicional compuesto por más de cincuenta jóvenes.

Cuando los campeones subieron, las voces se elevaron cantando: “Takrin corre con el viento, Takrin corre con el alma, Takrin corre con su pueblo…” Las notas llenaron el aire como si fueran espigas doradas movidas por una brisa suave.

— El discurso de la princesa Siyana Cuando el canto terminó, la princesa dio un paso al frente.

Su voz se escuchó fuerte, llena de autoridad, pero también dulce y cercana.

—Hoy celebramos no solo la victoria de nuestros campeones, sino la pasión, el coraje y la unidad que han demostrado —dijo, mirando directamente a los jóvenes jinetes—.

El Principado ha vibrado con cada latido de sus corazones.

Y este día vivirá por siempre en nuestra historia.

La multitud explotó en aplausos.

Niños gritaron su nombre.

Los ancianos lloraban de emoción.

Los jinetes se inclinaban, agradecidos por cada palabra.

Una fiesta para todo Takrin La celebración continuó durante horas.

Las calles se llenaron de música tradicional.

Bailarinas con vestidos de colores ejecutaban danzas antiguas que representaban a los caballos salvajes de la antigua Takrin.

Los cocineros de cada región ofrecían platos típicos: • Panes dulces rellenos de fruta del valle • Guisos especiados • Carne asada al estilo de las montañas • Bebidas frutales heladas Las mesas estaban llenas de risas.

Los jinetes fueron llevados de un lado a otro, saludando a quienes los habían apoyado desde antes de partir.

Recibían regalos, bendiciones, consejos de ancianos y felicitaciones sinceras de niños que soñaban con ser como ellos.

Siyana, por su parte, caminaba entre la gente, conversando, escuchando historias, riendo con las mujeres del mercado, abrazando a los niños que se acercaban tímidamente a ella.

Cada rincón del Principado brillaba.

La noche de Takrin Cuando cayó la noche, Takrin se transformó en un mar de luces.

Faroles azules y dorados colgaban de los balcones, las ventanas y los árboles.

El reflejo de las luces sobre los adoquines hacía que las calles parecieran ríos plateados.

Los músicos se reunieron en la plaza para tocar la canción más antigua del Principado: “La balada del caballo eterno.” Apenas las primeras notas flotaron en el aire, un silencio profundo se extendió por toda la plaza.

Era un silencio lleno de emoción, como si cada persona entendiera que ese momento era más que música: era historia viva.

Los jinetes, aún vestidos con sus trajes de carrera, se tomaron de las manos.

Sus brazos temblaban levemente, no de cansancio, sino de la intensidad del momento.

Frente a ellos, el pueblo entero los rodeaba, creando un círculo inmenso que abrazaba a todos, desde los ancianos que habían visto veinte generaciones competir, hasta los niños que soñaban con cabalgar algún día.

Las antorchas colocadas alrededor de la plaza lanzaban destellos dorados que se reflejaban en los ojos brillosos de la multitud.

Y mientras la melodía avanzaba, lenta, solemne al principio, luego más viva y llena de movimiento, era imposible no sentir cómo el corazón se aceleraba al ritmo de los tambores.

La canción hablaba de libertad.

De sueños.

De correr sin miedo hacia el futuro.

De jinetes que atravesaban desiertos, montañas y praderas, guiados por la luz de las estrellas y por el vínculo sagrado con sus caballos.

Era una canción que solo se tocaba en ocasiones verdaderamente especiales: coronaciones, nacimientos de príncipes… y victorias históricas como la que Takrin acababa de vivir.

Esa noche lo era.

Y todos lo sabían.

Las voces del coro juvenil se unieron a la melodía, elevando la balada a un nivel casi espiritual.

Algunos ancianos comenzaron a llorar sin vergüenza.

Era una tradición que habían visto desaparecer por años, una que solo regresaba cuando el pueblo estaba unido de verdad.

Y ahora, esa unidad era tangible, poderosa, un brillo genuino entre todos los presentes.

Los jinetes apretaron las manos unos de otros, sintiendo el calor, la hermandad, la fuerza compartida.

A su alrededor, los niños miraban con ojos grandes, como si estuvieran presenciando un rito sagrado; para ellos, aquello era un sueño hecho realidad.

Las familias completas cantaban suavemente, aprendiendo la letra que sus abuelos habían olvidado y que esa noche renacía para quedarse.

En medio del círculo, los caballos —aún majestuosos tras la jornada— estaban adornados con mantas ceremoniales azul y dorado.

Algunos relinchaban suavemente, como si también reconocieran la melodía.

En Takrin, los caballos no eran simples animales; eran compañeros, guardianes, miembros de la familia.

Y muchos aseguraban que ellos también podían sentir la magia de la balada.

Cuando la canción alcanzó su punto más alto, la plaza entera levantó las manos al cielo.

Los jinetes hicieron lo mismo, y por un instante, todos parecían una sola alma unida por el mismo sueño, por el mismo pulso, por la misma esperanza.

Era la noche perfecta.

Era la noche de Takrin.

El cierre del día Cuando las últimas notas de la balada se desvanecieron, el cielo ya estaba cubierto por una luna llena que parecía haber estado esperando ese momento para mostrarse en todo su esplendor.

Su luz plateada bañaba los techos de la ciudad, los estandartes, los rostros felices y cansados, y hacía brillar los ojos húmedos de los habitantes.

La princesa Siyana regresó al escenario.

Sus pasos eran firmes, pero su expresión era dulce.

Miró a la multitud con el corazón lleno, porque nunca había visto a su pueblo tan vivo, tan unido, tan orgulloso.

La luz de la luna se reflejaba en su corona ligera y en los bordados dorados de su vestido.

Cuando tomó el micrófono de cristal, todos guardaron silencio.

No era un silencio de imposición, sino uno de respeto, cariño y admiración.

Era el silencio que se le da a una líder que ha crecido con ellos, que los entiende, que siente como ellos sienten.

Con voz suave pero firme, la princesa dijo: —Hoy no celebramos sólo una victoria.

Celebramos lo que somos.

Celebramos nuestra unidad.

Y celebramos el hecho de que cada uno de nosotros forma parte de este Principado maravilloso.

Gracias, Takrin, por recordar que la verdadera gloria siempre estará en la unión de nuestros corazones.

Hubo un instante en el que nadie respiró.

Después, la plaza explotó en aplausos.

Aplausos que parecían no terminar nunca.

Las luces colgantes comenzaron a encenderse una por una, alumbrando miles de rostros felices.

Grupos de amigos se abrazaban.

Familias enteras se tomaban de las manos.

Los jinetes se inclinaban ante su princesa, con orgullo y respeto.

Y así, bajo las luces, bajo la música, bajo la luna… Takrin cantó.

Cantos suaves, cantos fuertes, cantos llenos de amor.

Canciones antiguas y nuevas.

Melodías improvisadas por los niños.

Murmullos emocionados de los ancianos.

Risas jóvenes que llenaban toda la plaza.

Los niños, agotados por el día pero felices, se fueron quedando dormidos en los brazos de sus padres.

Algunos tenían aún coronas de flores sobre sus cabecitas, y otros abrazaban pequeños caballos de madera que les habían regalado al inicio de la celebración.

Los caballos descansaron bajo mantas tejidas especialmente para ellos, mantas que llevaban bordados ancestrales de protección y buena fortuna.

Respiraban tranquilos, como si supieran que eran los protagonistas silenciosos de aquella noche.

Los jinetes caminaron juntos, hombro con hombro, riendo, recordando cada momento de la carrera, cada giro del camino, cada latido de sus caballos.

Sabían que habían vivido un día que jamás olvidarían.

No solo por el triunfo, sino por el amor del pueblo, por la forma en que Takrin los había recibido, por el lazo profundo que habían formado entre ellos.

La familia real caminó entre la gente sin escoltas estrictas.

El príncipe heredero saludaba a todos, dándose tiempo para escuchar pequeños relatos, para aceptar flores, para felicitar a los niños que soñaban con ser jinetes.

La reina conversaba con las ancianas que habían tejido las coronas del festival.

El rey sonreía orgulloso cada vez que alguien mencionaba la valentía de los jinetes.

Era una noche en la que nadie era más que nadie.

Todos eran Takrin.

Todos eran uno.

Las luces siguieron encendidas hasta muy pasada la medianoche.

Desde las colinas cercanas, podía verse la ciudad brillando como si hubiera nacido una estrella en la tierra.

Las calles estaban llenas de colores: azules profundos, dorados intensos, el blanco de las flores nocturnas y el rojo cálido de las antorchas.

En cada rincón de la capital había música: violines, flautas, tambores, arpas… Todos mezclados, pero en perfecta armonía.

Y en el aire se mezclaba también el aroma de los platillos tradicionales: sopas espesas, panes dulces, carnes asadas, dulces de miel, hierbas aromáticas.

Familias enteras compartían comida con desconocidos, porque esa noche todos eran hermanos.

Las parejas bailaban lentamente bajo los árboles, con la luna como lámpara y la brisa como compañera.

Los jóvenes compartían historias, los ancianos contaban leyendas sobre jinetes antiguos que habían marcado la historia del Principado.

Algunos decían que esa noche se parecía a la legendaria “Noche Azul” de hacía más de cien años, cuando Takrin celebró la victoria más importante de su historia.

Pero muchos aseguraban que esto era aún más grande, porque no solo era una victoria: era un renacimiento.

Era una promesa.

Cuando las luces comenzaron finalmente a apagarse y los músicos guardaron sus instrumentos, no hubo tristeza.

Solo había una sensación dulce, profunda, de haber vivido algo sagrado.

Esa noche, Takrin brilló como nunca antes.

Y el eco de la celebración quedó grabado en el corazón de cada habitante del Principado.

Era un recuerdo que pasaría de generación en generación.

Una historia que los niños contarían a sus nietos.

Un día que nadie olvidaría jamás.

— Fin del Capítulo 2 REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack Takrin abre sus puertas y con él avanzamos un paso más dentro de esta nueva temporada.

Cada regreso, cada celebración, es el latido vivo del mundo que estamos construyendo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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