EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 244
- Inicio
- Todas las novelas
- EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL
- Capítulo 244 - 244 Capítulo 3 – La Bienvenida en el Reino de Nanxi
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
244: Capítulo 3 – La Bienvenida en el Reino de Nanxi 244: Capítulo 3 – La Bienvenida en el Reino de Nanxi El Reino de Nanxi despertó aquella mañana con un brillo especial.
El sol apenas asomaba sobre los picos nevados del norte, tiñendo el cielo de tonos dorados y rosados que parecían bendecir el día desde antes de que este comenzara.
Las primeras luces se reflejaban en los canales de agua cristalina que atravesaban la capital, iluminando las fachadas blancas con techos verdes que caracterizaban la arquitectura nanxiana.
Desde muy temprano, los ciudadanos se habían reunido en las calles principales para engalanarlas con banderas blancas y verdes—los colores del reino—y con estandartes tejidos a mano que representaban el espíritu y la identidad de cada distrito.
Las tiendas abrían sus puertas con adornos florales, los panaderos preparaban dulces tradicionales rellenos de miel, y los niños corrían entre la multitud con cintas en el cabello, jugando a imitar a los equipos que tanto admiraban.
Toda Nanxi estaba viva.
Toda Nanxi estaba esperando.
Ese día no era uno más.
Ese día volvían sus jóvenes representantes.
Volvían aquellos que, sin importar el puesto que lograron, habían competido con honor.
Volvían los hijos del reino.
— La llegada al puerto A medida que las horas avanzaban, el puerto comenzó a llenarse hasta desbordar.
Las familias se agrupaban para encontrar el mejor lugar desde donde ver la llegada de los barcos.
Algunos habían viajado desde aldeas lejanas únicamente para presenciar ese momento.
Otros llevaban instrumentos musicales para recibir a los jóvenes con melodías tradicionales, aquellas que se tocaban en días que el Reino consideraba significativos.
El olor a mar, mezclado con el aroma dulce del pan recién horneado y las flores de jazmín que las mujeres colgaban en los muros, creaba un ambiente cálido, festivo, profundamente nanxiano.
Pero lo más conmovedor era la expresión en los rostros: orgullo, emoción, ansiedad, alegría pura.
Las madres se tomaban de las manos, los ancianos se limpiaban los lentes, los niños se subían a los hombros de sus padres.
Nanxi entera estaba reunida como un solo corazón latiendo al mismo ritmo.
Cuando los vigías, apostados en lo alto de la Torre del Puerto, avistaron el primer barco real que transportaba a los jinetes, un grito resonó por toda la costa: —¡Ya vienen!
¡Los barcos están llegando!
—gritó una joven, mientras corría entre la multitud.
El anuncio se esparció como fuego en pradera seca.
Los tambores comenzaron a sonar, los músicos elevaron las flautas, y los ciudadanos levantaron sus banderas al mismo tiempo.
— El regreso de la familia real y los equipos Las aguas del puerto se convirtieron en un espejo salpicado de color mientras los barcos se acercaban con las velas blancas extendidas.
En la proa del primero se encontraba el Príncipe Heredero Liang Wang.
Vestía una túnica blanca con bordados verdes que brillaban bajo el sol.
Su presencia era tan serena como el viento que recorría las montañas del norte, pero también tan firme como las raíces de los bosques ancestrales de Nanxi.
Cuando el barco tocó el muelle, Liang descendió acompañado de su escolta personal.
No había pomposidad en sus movimientos, sino una dignidad tranquila que hacía que el pueblo confiara en él y lo respetara profundamente.
Los jóvenes de los equipos aparecieron detrás de él —los que habían competido en la carrera de caballos, en fútbol y en natación— y el puerto explotó.
Miles de voces gritaron al unísono.
Algunos lloraban, otros saltaban, otros agitaban ramos de flores.
Las familias corrían hacia sus hijos, sobrinos, hermanos y amigos, con emoción tan fuerte que les temblaban las manos.
Uno de los muchachos, aún con la chaqueta de carreras puesta, se lanzó a los brazos de su madre, quien lo sostuvo como si fuera la primera vez que lo veía desde que era niño.
—¡Volviste, mi amor!
—dijo ella entre lágrimas—.
Tu esfuerzo vale más que cualquier trofeo.
Un anciano levantó a su nieto sobre los hombros para que pudiera ver mejor.
Una pareja de abuelos saludaba a su nieta agitándole pañuelos bordados con su nombre.
Los amigos rodeaban a un joven futbolista que había anotado un gol inolvidable en la última competencia.
Nanxi celebraba a sus hijos.
No celebraba una victoria… sino el orgullo de haberlos enviado, de haberlos acompañado y de recibirlos nuevamente en casa.
— El discurso del príncipe Liang Cuando todos estuvieron reunidos, el Príncipe Liang levantó la mano para llamar al silencio.
Poco a poco, la multitud bajó el murmullo hasta que solo quedó el sonido de las olas rompiendo suavemente contra el muelle.
Liang dio un paso adelante.
—Hoy damos la bienvenida a nuestros representantes —dijo con voz clara y serena—.
A aquellos que llevaron el honor y el espíritu de Nanxi más allá de nuestras fronteras.
8 países los contemplaron.
Millones reconocieron su valentía, su disciplina, su esfuerzo incansable.
Y hoy nuestro pueblo entero se reúne para decirles: gracias.
Un aplauso estalló tan fuerte que las gaviotas levantaron vuelo desde los tejados.
—No importa si regresamos con un primer lugar o con un segundo —continuó—.
Lo que importa es que ustedes compitieron con honor.
Que jamás dejaron caer nuestra bandera.
Que demostraron que Nanxi no se mide por trofeos, sino por su corazón.
Gracias a ustedes, recordamos que cada desafío es una oportunidad para crecer, para ser mejores y para unirnos como un solo pueblo.
La multitud respondió con vítores que retumbaron hasta las montañas del este.
— Camino a la plaza central El príncipe los guió hacia la plaza central, donde se había levantado un escenario adornado con coronas de flores, antorchas y banderas blancas y verdes.
A medida que avanzaban, las calles, flanqueadas por casas históricas y comercios adornados, se llenaban de música y danzas tradicionales.
Los habitantes ofrecían dulces, frutas, pan, pequeños amuletos tallados en jade, mientras los jóvenes se detenían a saludar a cada persona que se les acercaba.
La plaza era un océano de gente.
Miles se reunieron frente al escenario, y cuando los equipos subieron al estrado, la emoción volvió a estallar.
Había lágrimas, risas, canciones improvisadas, gritos de orgullo que parecían no querer terminar.
— El festejo en todo el país En cada distrito, en cada pueblo, en cada rincón de Nanxi, las calles vibraron con música tradicional interpretada con tambores de cuero, flautas de bambú y cítaras doradas que daban un aire mágico a la celebración.
Los ancianos se reunieron para contar historias de antiguas competencias legendarias.
Los niños corrían con pequeños caballitos de madera, soñando algún día con viajar por los reinos.
Los comerciantes ofrecían bebidas energéticas hechas con hierbas del sur.
Las familias preparaban grandes comidas para compartir con cualquiera que pasara cerca.
Los jóvenes deportistas, ya relajados, se sentaban con la gente, contando anécdotas del viaje, de los entrenamientos, de los reinos que conocieron.
Reían, imitaban gestos, mostraban pequeñas heridas con orgullo, como marcas de experiencias que jamás olvidarían.
La noche cae sobre Nanxi Cuando llegó la noche a Nanxi, el reino entero pareció detener la respiración.
El cielo, despejado y profundo como un océano oscuro, esperaba silencioso el comienzo del ritual nocturno que sólo se realizaba en fechas verdaderamente importantes.
Miles de linternas verdes —tradición ancestral del reino— fueron encendidas a la misma vez.
Cada familia, cada niño, cada anciano, cada visitante tenía la suya entre las manos.
Las luces temblaban suavemente dentro del papel translúcido, proyectando reflejos esmeralda sobre los rostros emocionados.
Una a una, las linternas comenzaron a elevarse.
Primero fueron pocas, subiendo tímidamente como luciérnagas gigantes.
Luego, cientos.
Y finalmente, miles, llenando el cielo hasta formar un río luminoso que se extendía hacia el horizonte.
Desde las terrazas más altas, se veía como si el cielo mismo se estuviera reconstruyendo con nuevas estrellas nacidas de las manos del pueblo.
Las madres abrazaban a sus hijos, los ancianos sonreían con ternura, y los jóvenes sostenían sus linternas como si estuvieran enviando sus sueños más íntimos hacia el firmamento.
—Mamá, ¿por qué son verdes?
—preguntó un niño pequeño mientras veía su linterna alejarse.
—Porque es el color de la esperanza en Nanxi —respondió ella con una sonrisa—.
Y porque hoy, mi amor, celebramos que el espíritu de nuestro pueblo nunca se apaga.
Los músicos, situados alrededor de la plaza central, comenzaron a tocar entonces.
Instrumentos tradicionales de cuerdas y viento llenaron el aire de una melodía suave, armoniosa, profundamente nostálgica.
Era una canción antigua, tan antigua que nadie recordaba su origen exacto; solo sabían que se tocaba cuando Nanxi necesitaba recordar quién era.
Una melodía que hablaba de renacer.
De levantarse tras las derrotas.
De seguir adelante aunque el mundo parezca más grande que uno mismo.
Los jóvenes jinetes, que antes habían sido recibidos con vítores, estaban ahora en el centro de la plaza.
No estaban solos: cientos de personas se habían tomado de las manos para formar alrededor de ellos un enorme círculo humano.
Desde arriba, habría parecido un brillo verde rodeado por un anillo de calidez humana.
Los ojos de muchos estaban llenos de lágrimas.
No de tristeza.
Sino de orgullo.
Fue entonces cuando un anciano, uno de los sabios del reino, dio un paso adelante.
Su rostro tenía más arrugas que el tronco de un roble centenario, pero sus ojos conservaban la chispa de los días gloriosos.
Su voz temblorosa se elevó en medio del silencio reverente: —Hoy renace Nanxi —dijo, y el viento pareció guardar silencio para escucharlo—.
Hoy nuestros jóvenes nos recuerdan que el futuro está en buenas manos.
Que no se necesita un trofeo para honrar la tierra que nos vio nacer.
Que la verdadera grandeza no se obtiene por llegar primero, sino por avanzar sin rendirse.
La multitud contuvo un suspiro colectivo.
—Mientras haya corazones como los suyos —continuó—, Nanxi nunca caerá.
Y mientras nuestro pueblo siga unido, ninguna derrota será una derrota real.
Hoy celebramos eso.
Celebramos el espíritu que nos hace fuertes.
Las palabras penetraron en todos los presentes como una bendición antigua.
Los jóvenes bajaron la cabeza, profundamente conmovidos.
Algunos incluso lloraron en silencio.
— El cierre del día Con el paso de las horas, la celebración se volvió más íntima.
La música cambió de ritmo: ya no era alegre y festiva como en la tarde, sino suave, cálida, casi mágica.
Los niños, cansados de tanto correr, se dormían en los brazos de sus padres mientras los vendedores apagaban lentamente sus puestos de comida.
En una esquina, un grupo de vecinos compartía historias de cuando Nanxi era más pequeño, más pobre, pero igual de orgulloso.
En otra, jóvenes del pueblo hablaban con los participantes del torneo, riendo y comparando anécdotas del viaje.
Las risas se mezclaban con el murmullo del viento y el aroma de las flores nocturnas que decoraban cada calle.
Las últimas linternas se elevaban, solitarias, como si fueran guardianas retrasadas que se negaban a abandonar la fiesta.
Su luz verde se desvanecía entre nubes altas, dejando un rastro apenas perceptible, pero imposible de olvidar.
Incluso cuando los músicos guardaron sus instrumentos y las antorchas comenzaron a apagarse, el espíritu del día seguía allí, vibrando en el aire.
Era una sensación indescriptible, una mezcla de paz, orgullo y esperanza que parecía flotar entre las calles de piedra.
Nanxi, por esa noche, no era solo un reino.
Era un hogar.
Una familia entera respirando al mismo ritmo.
Una comunidad que había decidido celebrar no la victoria, sino el esfuerzo.
No el trofeo, sino el corazón.
No el primer puesto, sino el valor de intentarlo.
La verdadera victoria no estaba en una corona ni en un título.
La verdadera victoria estaba en la unidad.
En el orgullo de caminar juntos.
En la certeza de que habían dado lo mejor de sí mismos, aunque el podio no les perteneciera.
Cuando la medianoche extendió su manto sobre el reino, Nanxi se encontró rodeado de un silencio suave, como una caricia.
Las últimas luces se apagaron lentamente mientras el pueblo se retiraba a sus hogares, sonrientes, satisfechos, fortalecidos.
Nanxi se durmió orgulloso.
Nanxi se durmió unido.
Nanxi se durmió soñando con un mañana aún más grande.
Porque esa noche, bajo el cielo iluminado por miles de linternas, Nanxi había recordado quién era.
Y también quién quería llegar a ser.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack Nanxi abre sus puertas y nos recuerda que una nueva temporada apenas comienza.
Cada regreso, cada celebración, marca el inicio de algo más grande.
Aquí es donde el viaje vuelve a encenderse.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com