EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 245
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- Capítulo 245 - 245 Capítulo 4 – La Fiesta Infinita de Veyora
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245: Capítulo 4 – La Fiesta Infinita de Veyora 245: Capítulo 4 – La Fiesta Infinita de Veyora El Gran Ducado de Veyora seguía envuelto en una celebración que parecía no tener fin.
Desde que el sol se había puesto la noche anterior, la ciudad capital no había dormido ni un segundo.
Las luces colgantes iluminaban cada calle, cada plaza y cada balcón, mientras las banderas violeta ondeaban con orgullo en todos los rincones.
La victoria en la competencia de natación —el evento más prestigioso de los Juegos Anuales— había desatado una ola de emoción que recorría el ducado entero.
Pero no era solo el triunfo lo que se celebraba: Veyora había sido la sede oficial de los Juegos, un honor que pocas naciones recibían y que elevaba su nombre ante todo el continente.
Era una fiesta doble.
Era un orgullo doble.
Era un día que quedaría marcado para siempre en su historia.
— Las calles convertidas en un mar de luz En la avenida principal, los habitantes caminaban entre guirnaldas de flores azules y blancas, lanzando pétalos al aire mientras los músicos tocaban melodías tradicionales con flautas, tambores y cuerdas cristalinas.
El sonido se mezclaba con los gritos de alegría, creando un ambiente que hacía vibrar el pecho.
Los niños corrían con cintas plateadas en las manos, simulando que nadaban como los campeones de Veyora.
Los ancianos, emocionados, contaban historias de ediciones antiguas de los Juegos, comparando esta con las más gloriosas épocas del ducado.
—Nunca había visto algo así… —murmuró una mujer mayor mientras observaba los faroles—.
Hoy estamos viviendo un momento que nuestros nietos recordarán.
— Los campeones entre su gente En una de las plazas más grandes, los campeones de la competencia de natación caminaban entre la multitud como verdaderos héroes.
No llevaban coronas, ni medallas ostentosas, ni ropas llamativas.
Solo vestían la túnica violeta oficial del equipo y sonreían con humildad.
La gente los detenía para abrazarlos, agradecerles, sacarse dibujos o pedirles que firmaran cintas o pañuelos.
Los jóvenes nadadores respondían con amabilidad, conscientes de que ese día pertenecía tanto a ellos como al pueblo entero.
—Lo logramos por todos ustedes —dijo uno de los campeones, un muchacho de apenas diecisiete años, mientras un niño lo miraba con admiración—.
Por Veyora.
— El discurso de la Duquesa Heredera Cuando el sol alcanzó el punto más alto del cielo, la Duquesa Heredera apareció en el balcón del Gran Palacio.
La multitud llenó la plaza en cuestión de minutos; todos querían escuchar sus palabras.
Con un vestido largo plateado y una corona sencilla de perlas acuáticas, levantó las manos para pedir silencio.
—¡Pueblo de Veyora!
—proclamó—.
Hoy celebramos un triunfo que va más allá del deporte.
Nuestros jóvenes han demostrado excelencia, disciplina y corazón.
Pero también celebramos haber abierto nuestras puertas al continente entero.
Durante estos días hemos sido hogar, refugio y punto de encuentro de todas las naciones.
Veyora ha brillado como nunca antes… y eso es gracias a cada uno de ustedes.
La multitud rugió.
—Hemos mostrado al mundo nuestra cultura, nuestra historia, nuestra hospitalidad.
Pero lo más importante es que hemos demostrado quiénes somos: un pueblo unido.
Un pueblo fuerte.
Un pueblo que sabe levantarse y dejar huella.
¡Hoy Veyora está de fiesta, y esa fiesta es eterna!
Miles de voces respondieron al unísono: —¡Veyora!
¡Veyora!
¡Veyora!
— El atardecer que nadie quería que terminara Mientras el sol descendía lentamente hacia el horizonte, el cielo se pintó de tonos rosados y dorados que se reflejaban en las fuentes de la ciudad.
Los músicos comenzaron a tocar ritmos más suaves, y las parejas bailaban alrededor de los estanques.
Los chefs locales habían colocado mesas gigantes con platos tradicionales: pescados especiados, sopas frescas, panes de hierbas marinas y dulces con forma de pequeñas olas.
Las familias comían juntas, reían juntas, celebraban juntas.
Nadie quería que la noche cayera.
Nadie quería que la fiesta terminara.
Nadie quería que ese día dejara de existir.
El Gran Ducado de Veyora seguía vibrando, palpitando, ardiendo en celebración.
A pesar de que los Juegos Anuales habían concluido hacía apenas unas horas, el ambiente en la capital era tan intenso que parecía que el evento aún continuaba.
El aire olía a flores, a comida recién preparada, a río, a victoria, a orgullo puro.
La bandera Violeta ondeaban por todas partes: en balcones, plazas, puentes, torres y hasta en los barcos que descansaban en el puerto.
Cada tela agitándose contaba la misma historia: Veyora había ganado.
Y no solo había ganado, había brillado como ningún otro país en aquel año.
Los habitantes seguían en las calles, recorriendo cada rincón con sonrisas amplias, voces eufóricas y pasos de baile improvisados.
Los visitantes extranjeros—embajadores, equipos de los otros reinos, jueces y turistas—observaban todo con mezcla de asombro y admiración.
Nunca antes habían visto a un país celebrar con tanta fuerza, tanta elegancia y tanta unidad al mismo tiempo.
— El latido de un pueblo orgulloso La plaza central, donde se habían llevado a cabo las ceremonias de apertura y clausura, ahora estaba decorada con coronas de flores frescas y guirnaldas que cruzaban todo el cielo como un techo festivo.
Los músicos tocaban sin descanso, alternando entre melodías tradicionales del ducado y versiones festivas del himno.
Los campeones de natación—los héroes de la jornada—eran rodeados constantemente por personas que querían abrazarlos, agradecerles, tomarles fotos o simplemente decirles una palabra de orgullo.
Muchos de esos jóvenes, agotados pero felices, apenas podían avanzar unos pocos pasos sin que alguien los detuviera para felicitarlos otra vez.
La Duquesa Heredera de Veyora, elegante con un vestido azul profundo adornado con detalles plateados, caminaba entre la multitud sin distinción, saludando a cada persona que se cruzaba con ella.
Su sonrisa era tan luminosa como las luces que adornaban las calles.
—Esta victoria es de todos —repetía cada vez que alguien la elogiaba—.
De nuestro pueblo, de nuestra historia, de nuestro espíritu.
La frase se repetía como un eco.
Como si la ciudad entera la hubiera adoptado como mantra del día.
— Orgullo que se siente en cada rincón Las tabernas estaban llenas, las casas tenían las puertas abiertas, las familias compartían comida con quien pasara, como si Veyora entera se hubiese convertido en un gigantesco banquete.
Las calles rebosaban con aromas irresistibles: pan recién horneado, mariscos, sopas tradicionales, dulces típicos preparados para la ocasión.
Los niños corrían con cintas azules atadas a las muñecas, representando el agua que les había dado la victoria.
Algunos imitaban a los nadadores, moviendo los brazos como si atravesaran las olas invisibles.
Los ancianos observaban desde bancos decorados con flores, con los ojos brillosos.
Algunos habían visto los primeros Juegos décadas atrás, cuando el ducado aún era pequeño y casi desconocido.
Para ellos, ver a su nación convertirse en sede del evento más importante del continente, y además ganar uno de los juegos más exigentes, era un sueño que jamás habrían imaginado cumplir.
— La noche de las mil antorchas Cuando finalmente la oscuridad abrazó al ducado, una calma silenciosa se apoderó del ambiente por unos segundos.
Pareció que alguien hubiera detenido el tiempo.
Entonces, como si fuera parte de un ritual ancestral, los habitantes comenzaron a encender miles de antorchas que iluminaron los bordes del río que cruzaba la capital.
Una a una, las llamas fueron cobrando vida, dibujando un sendero dorado que se extendía a lo largo de la ciudad.
El reflejo en el agua era tan perfecto que los visitantes sintieron que estaban contemplando dos mundos paralelos: el de la tierra y el del agua, unidos por un mismo fuego.
El silencio duró solo un instante.
Porque cuando todas las antorchas estuvieron encendidas, un estallido de aplausos iluminó la noche tanto como las llamas.
Personas de todas las edades se acercaron al río.
Algunos dejaron flores en sus orillas, otros lanzaron pequeños barcos de papel con mensajes escritos.
Eran deseos, agradecimientos, sueños y promesas.
Los campeones subieron al escenario principal, ubicado al borde del agua.
Junto a ellos se encontraba el coro oficial del ducado, vestido de violeta.
El maestro levantó la mano, y en el segundo en que la bajó, las voces comenzaron a elevarse hacia el cielo.
Cantaron el himno de Veyora con una fuerza y una emoción que estremeció hasta las montañas.
Un canto que hablaba del agua, del esfuerzo, del honor, del espíritu de un pueblo que siempre se levanta.
Un canto que ese día tenía un significado más profundo que nunca.
Cientos de personas lloraron.
Cientos se abrazaron.
Miles sintieron que estaban viviendo un momento único, irrepetible, casi sagrado.
Los representantes extranjeros observaron la escena con respeto absoluto.
Algunos incluso grabaron fragmentos para llevarlos a sus propios países, sabiendo que ese instante quedaría marcado en la historia del continente.
Porque no todos los días se ve a un pueblo cantar su alma al unísono.
— La ciudad que no duerme Después del himno, la música volvió a llenar las calles.
Los grupos de danza ocuparon los espacios libres, formando círculos gigantescos donde cualquiera podía unirse.
Los tambores retumbaban y las flautas acompañaban melodías que parecían flotar por encima de la multitud.
Las luces provenientes de las ventanas, antorchas, faroles y banderas parecían competir entre sí, como si cada rincón del ducado quisiera brillar más que el otro.
Los campeones fueron llevados a diferentes sectores del festival, invitados a mesas llenas de comida, a juegos tradicionales y a danzas improvisadas.
Algunos nadadores apenas podían mantenerse en pie por el cansancio, pero aún así reían sin parar.
La victoria los había llenado de una energía que parecía inagotable.
La Duquesa Heredera, desde un balcón decorado con cintas plateadas, observaba la escena con los ojos húmedos.
Sabía que ese día marcaría la historia del Gran Ducado de Veyora para siempre.
Su pueblo se lo merecía.
Sus jóvenes se lo merecían.
Todos habían trabajado para dejar una huella imborrable, y lo habían conseguido.
— Veyora, coronada por su propia gente Esa noche, Veyora no durmió.
Las luces no se apagaron.
La música no terminó.
Cada calle albergaba pequeños festivales espontáneos.
Cada casa tenía invitados.
Cada puente era un escenario improvisado.
Cada rincón contaba una historia, una risa, una victoria compartida.
Se podían escuchar conversaciones como: —¿Recuerdas cuando hace años nadie nos tomaba en serio?
—¡Ahora todo el continente habla de nosotros!
—Somos pequeños, pero somos fuertes.
—Somos Veyora.
El Gran Ducado celebró su victoria, su honor y su unión con un fervor que traspasó fronteras.
Se celebró a sí mismo.
A su pasado.
A su presente.
Y a su prometedor futuro.
Porque la grandeza de un país no solo se mide por los trofeos… Sino por la fuerza de su gente.
Por su alegría.
Por su unidad.
Y esa noche, Veyora brilló más que nunca.
Brilló como una estrella en el corazón del continente.
Brilló como un faro que todos podían ver.
Brilló con el espíritu de un pueblo que sabía que había tocado la gloria con sus propias manos.
Himno del Gran Ducado de Veyora I En la tierra violeta de Veyora, donde el río canta historias de valor, se alzan montañas guardianas del alba y un pueblo firme custodia su honor.
Coro ¡Veyora, Veyora, nación de luz y fe!
Unidos por la libertad que nunca cederé.
Bajo el unicornio eterno, símbolo de verdad, juramos nuestra lealtad, nuestra unidad.
II Los campos verdes murmuran promesas, la brisa lleva un legado ancestral.
El noble linaje del Gran Ducado protege al pueblo con fuerza y bondad.
Coro ¡Veyora, Veyora, nación de luz y fe!
Unidos por la libertad que nunca cederé.
Bajo el unicornio eterno, símbolo de verdad, juramos nuestra lealtad, nuestra unidad.
III Oh Veyora, cuna de esperanza, tu espíritu guía al que quiera soñar.
Que el nombre ilustre de la Casa Ducal brille por siempre en tu cielo inmortal.
Coro final ¡Veyora, Veyora, orgullo de nuestro ser!
Tu gente se levanta, contigo hasta renacer.
En fe, honor y fuerza, nuestro destino está, Gran Ducado eterno… ¡Veyora triunfará!
Fin del Capítulo 4 REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack Cada reino celebra a su manera, y Veyora lo hace con luz y fervor.
Con este capítulo, seguimos abriendo las puertas a una temporada llena de grandeza, unión y corazones que laten a un mismo ritmo.
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