EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 246
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- Capítulo 246 - 246 Capítulo 5 – De regreso al Reino de Xianbei
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246: Capítulo 5 – De regreso al Reino de Xianbei 246: Capítulo 5 – De regreso al Reino de Xianbei El viaje de regreso al Reino de Xianbei estuvo marcado por un silencio sereno dentro del barco real, el tipo de silencio que no nace de la tristeza, sino de la reflexión profunda.
Los jóvenes atletas miraban por las ventanas circulares del navío mientras el mar se extendía como un espejo azul bajo un cielo despejado.
Sabían que no traían medallas doradas, sabían que no regresarían como campeones del podio… pero aun así, llevaban en el pecho la satisfacción de haber dado todo de sí.
Las costas de Xianbei aparecieron al amanecer, iluminándose en tonos rosados y dorados.
A primera vista parecía que la ciudad dormía, pero cuando el barco se acercó al puerto, los jóvenes sintieron que el aire vibraba.
Algo estaba pasando.
Y entonces lo escucharon.
Un murmullo primero.
Luego voces.
Luego un rugido creciente.
Cuando el barco tocó el muelle, miles de personas rompieron en aplausos que resonaron como un trueno sobre el mar.
Xianbei los estaba esperando.
Las calles que conducían desde el puerto hasta la ciudad estaban adornadas con banderas de color Rojo, característicos del reino.
Guirnaldas, flores, y cintas colgaban desde balcones y ventanas.
Incluso los pescadores, que normalmente no se apartaban de su labor diaria, habían suspendido sus faenas para recibirlos.
Los niños corrían con estandartes diminutos, ondeándolos con tanta energía que parecían a punto de despegar.
Algunos imitaban a sus atletas favoritos, saltando, corriendo en círculos o simulando movimientos de fútbol, natación y equitación.
Los adultos, por su parte, levantaban los brazos, vitoreaban, tocaban tambores tradicionales y lanzaban pétalos de flores a los jugadores mientras estos avanzaban por la avenida principal.
Xianbei no los veía como perdedores.
Los veía como hijos que habían vuelto a casa.
—¡Bienvenidos!
—¡Gracias por representarnos!
—¡Estamos orgullosos de ustedes!
Las voces se mezclaban en una sinfonía humana que no tenía comparación.
Muchos de los jóvenes atletas, cansados después del viaje y todavía procesando sus resultados, se sorprendieron al sentir lágrimas en sus mejillas.
No era tristeza.
Era alivio.
Era gratitud.
Era amor.
La música del pueblo En cada plaza había grupos de músicos tocando melodías típicas de Xianbei, que combinaban cuerdas vibrantes con flautas de madera y tambores suaves.
Cada nota parecía contar una historia del reino: de la nieve que caía sobre las montañas del norte, de los ríos que daban vida a los valles, de los antepasados que habían construido la nación con esfuerzo y esperanza.
Los bailarines locales acompañaban la música con movimientos amplios y elegantes, representando el viento que corre por las praderas, los caballos que galopan al amanecer y las almas valientes que enfrentan cualquier desafío.
La bienvenida no era simplemente una fiesta.
Era una ceremonia.
Un gesto del pueblo para decir: “Nos representaron con honor.
Eso basta.” — El discurso del príncipe Tao Zharan En la plaza central, el corazón del reino, un pequeño estrado de madera había sido colocado junto a la gran estatua del fenix animal sagrado de Xianbei.
Allí, delante de cientos —luego miles— de personas, esperaba el príncipe heredero Tao.
Vestía el uniforme ceremonial azul profundo, bordado con hilos plateados que simbolizaban la lealtad y la resiliencia.
Cuando los atletas llegaron al pie del estrado, Tao descendió para saludarlos uno por uno.
No lo hizo como príncipe.
Lo hizo como hermano, como igual, como alguien que entendía el esfuerzo detrás de cada entrenamiento, de cada derrota y de cada pequeño triunfo.
Entonces subió nuevamente al estrado.
El silencio cayó como un manto suave sobre la multitud.
Tao respiró hondo y habló: —Queridos compatriotas… —su voz resonó clara, firme, sincera—.
Hoy no traemos medallas de oro.
No llegamos al primer lugar en los Juegos.
Pero eso no significa que hayamos perdido.
Se escucharon murmullos de aprobación.
—Lo que hemos mostrado frente a todo el continente —continuó— es más valioso que cualquier trofeo.
Nuestros jóvenes no se rindieron.
No se detuvieron.
Nunca dejaron de luchar.
Y eso es el corazón de Xianbei.
Eso es lo que somos.
Los aplausos llenaron la plaza.
—Cada esfuerzo de nuestros atletas —dijo Tao, con los ojos brillantes— ha sido un orgullo para nuestra historia.
Cada paso que dieron, cada gota de sudor, cada momento de entrega, fue un mensaje al continente entero: Xianbei no compite por gloria.
Xianbei compite por honor.
Algunos de los atletas lloraron abiertamente.
El pueblo los acompañó.
No con lástima.
Con orgullo.
Una noche de festividades Cuando el sol comenzó a ocultarse detrás de los montes orientales, las celebraciones apenas estaban empezando.
Los puestos de comida se alinearon en las calles principales, llenando el aire con aromas irresistibles: —panes horneados con hierbas locales, —carne marinada con especias tradicionales, —dulces de arroz caramelizado, —sopas humeantes que recordaban a las recetas antiguas del reino.
Los atletas eran invitados una y otra vez a comer, brindar y celebrar.
Cada vez que intentaban avanzar unos pasos, otra familia los llamaba con sonrisas amplias y brazos abiertos: —¡Vengan, prueben este estofado!
¡Es tradición de nuestros ancestros!
—¡Aquí hay pan recién horneado!
¡No pueden irse sin probarlo!
—¡Siéntense, siéntense, estas son las mejores vistas de la plaza!
Las mesas estaban llenas a rebosar.
Había sopas humeantes, carnes asadas, dulces típicos y bebidas preparadas especialmente para la ocasión.
Las familias competían entre sí, no con envidia, sino con entusiasmo, como si cada plato ofrecido fuera una forma de demostrar amor al reino y gratitud a sus representantes.
Los atletas, inicialmente abrumados, pronto comenzaron a reír, a relajarse, a permitirse disfrutar del cariño sencillo y desbordante que su gente les ofrecía.
Algunos terminaban con platos en ambas manos; otros, atrapados por grupos de niños curiosos, explicaban emocionados cómo había sido competir frente a millones de espectadores.
La música resonó hasta que las primeras estrellas aparecieron, estirándose sobre el cielo como puntitos plateados.
Los tambores marcaban el ritmo, las flautas agregaban una melodía suave y los cantantes entonaban versos antiguos que hablaban de valentía, perseverancia y sueños compartidos.
Los más jóvenes bailaban en círculos, tomados de las manos, girando al compás de las canciones tradicionales.
Sus risas se elevaban casi tan alto como las notas musicales.
Los mayores cantaban junto a las hogueras, recordando viejas historias de otras competencias, otras generaciones, otros tiempos en los que Xianbei también se había unido sin importar los resultados.
Los niños imitaban a los jugadores, corriendo de un lado a otro con palos de madera como si fueran trofeos, lanzándose en juegos improvisados donde recreaban imaginarios goles, carreras y grandes hazañas deportivas.
—¡Yo soy el arquero de Xianbei!
—¡Y yo el corredor más rápido del continente!
—¡Yo voy a traer la medalla de oro el próximo año!
Sus voces llenaban las calles con sueños, sueños inocentes, pero llenos de promesas.
Xianbei era alegría pura.
Una alegría sincera, cálida, casi familiar.
Una alegría que se respiraba, que se tocaba, que se contagiaba.
Las montañas cercanas parecían escuchar el bullicio, devolviendo el eco como si también ellas celebraran.
Los árboles alrededor del pueblo, iluminados por pequeñas linternas colgadas entre sus ramas, parecían bailar al ritmo del viento y de los cantos.
Cuando por fin la noche cayó por completo sobre el reino, las luces seguían encendidas.
No una, no cien, sino miles de antorchas iluminaron la plaza principal hasta volverla un sol nocturno.
Las linternas vibraban suavemente con el viento.
El aire estaba lleno del aroma de especias, humo de las hogueras y flores que habían sido repartidas por todo el pueblo.
La plaza ardía con risas y vida.
En medio de ese paisaje vibrante, el príncipe Tao se acercó nuevamente a los jóvenes atletas antes de que se separaran para regresar a sus hogares.
Llevaba una expresión suave, orgullosa, más cálida que la primera vez que habló ese día.
Los observó uno por uno, como si quisiera memorizar sus rostros, sus emociones, ese momento que —lo sabía— pasaría a la historia de Xianbei.
Les dijo con suavidad: No ganamos un trofeo.
Pero ganamos algo más eterno: el corazón del pueblo.
Y el pueblo… siempre recordará.
Hubo un silencio breve, profundo, casi reverente.
Un silencio que no era vacío, sino lleno.
Lleno de significado.
Lleno de emoción.
Lleno de esa comprensión que nace del alma y no necesita palabras.
Los atletas se quedaron quietos, mirándolo.
Algunos tenían lágrimas contenidas, brillando en sus ojos como pequeñas perlas que la luz de las antorchas hacía resplandecer.
Otros sonreían con una mezcla de timidez y orgullo, como si recién en ese momento entendieran que, aunque no ganaron el oro, habían ganado algo mucho más grande.
Uno de los jóvenes respiró hondo, apretando los puños.
Otro se pasó una mano por el rostro, intentando ocultar la emoción.
Una chica del equipo de fútbol bajó la cabeza, pero no por vergüenza: lo hizo para que nadie viera la lágrima que le caía por la mejilla.
Pero Tao la vio.
Y no dijo nada.
Solo le sonrió, dándole a entender que llorar también era una forma de celebrar.
Porque esa noche, las lágrimas en Xianbei no hablaban de derrota.
Hablaban de amor.
De respeto.
De gratitud.
Xianbei no necesitaba oro.
Xianbei tenía algo más grande.
Tenía unidad.
Tenía orgullo.
Tenía esperanza.
Y esas tres cosas superaban cualquier trofeo, cualquier medalla, cualquier momento fugaz de gloria.
— Al mirar alrededor, era imposible no sentirlo.
Las luces titilaban como estrellas atrapadas en linternas de papel.
El aire estaba lleno de aromas: pan recién hecho, sopas calientes, dulces tradicionales que las familias preparaban solo en las celebraciones más importantes.
Las risas se mezclaban con canciones antiguas, canciones que los ancianos entonaban desde pequeños y que hablaban de la fuerza del pueblo, de la importancia de la unión, de la belleza de mantenerse juntos incluso en tiempos difíciles.
Los niños corrían de un lado a otro, intentando imitar los movimientos de los atletas: —¡Mira, mamá!
¡Así corría en la carrera!
—¡Y yo nado como ellos!
Mira, mira… Algunos se tiraban al suelo, riendo, como si estuvieran en el estadio.
Otros levantaban pequeños estandartes, hechos con palitos y telas viejas, convencidos de que en sus manos llevaban el orgullo del reino entero.
Los ancianos los observaban con una ternura inmensa.
Para ellos, esa era la verdadera victoria: que la nueva generación soñara.
Que deseara llegar más lejos.
Que aprendiera a levantarse, incluso cuando no se gana.
Los jóvenes, mientras tanto, bailaban en grupos, en círculos grandes donde todos se tomaban de las manos.
No importaba si se conocían o no.
Esa noche, todos eran una familia.
Y en medio de ese escenario, los atletas —los verdaderos protagonistas de la jornada— se sentían más queridos que nunca.
— Tao los observó uno por uno.
Conocía sus nombres, sus historias, sus sacrificios.
Sabía quién había entrenado bajo la lluvia, quién había perdido horas de sueño para no fallarle al equipo, quién casi se retira porque no creía en sí mismo.
Sabía quién lloró a escondidas después de la derrota.
Sabía quién se sintió culpable por no haber dado más.
Pero en ese instante, él quería que entendieran algo: Ellos no le debían nada a nadie.
Ellos lo habían dado todo.
Y eso era suficiente.
Se acercó un poco más.
—Miren alrededor —dijo con voz suave—.
Miren a su gente.
Ellos no ven un segundo lugar.
Ellos ven su esfuerzo, su corazón, su entrega.
Para ellos… ustedes ya son parte de la historia de Xianbei.
Los atletas se dieron vuelta lentamente.
Al ver a las familias abrazadas, los ancianos cantando, los niños saltando, los amigos festejando, todos unidos en una sola voz… entendieron.
Entendieron que el amor del pueblo era más grande que cualquier medalla.
Entendieron que la gente no recordaría un trofeo, pero sí recordaría lo que hicieron por ellos.
Entendieron que aquella noche quedaría grabada para siempre.
La plaza principal ardía con antorchas y linternas.
Los reflejos cálidos se mezclaban con las sombras danzantes que dejaban los bailarines.
Las montañas del oeste devolvían los ecos de las risas, como si la naturaleza entera celebrara junto al reino.
Era un cuadro perfecto.
Un retrato de unidad.
Un poema vivo.
Xianbei brillaba.
Brillaba sin necesidad de medallas.
Brillaba porque su gente tenía un corazón inmenso.
Los atletas volvieron a mirar al príncipe.
No necesitaron palabras.
Las miradas dijeron todo.
Tao sonrió, con una calma profunda.
—Vuelvan a casa orgullosos —les dijo—.
Porque esta noche… ustedes hicieron historia.
Y eso quedó grabado en el alma de todos.
— Xianbei no necesitaba oro.
Xianbei tenía algo más grande.
Tenía unidad.
Tenía orgullo.
Tenía esperanza.
Y en ese instante, mirando las luces titilantes, las familias abrazadas, los niños corriendo, los ancianos cantando, los jóvenes riendo… todos supieron que era verdad.
Esa noche, incluso sin medallas brillando bajo las estrellas, Xianbei resplandeció como uno de los reinos más luminosos del continente.
No por un trofeo.
No por un título.
Sino por la fuerza indestructible de su gente.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack En esta nueva etapa, vemos que no todas las victorias brillan en oro; algunas brillan en el corazón de un pueblo unido.
Seguimos avanzando en esta temporada, donde cada regreso cuenta una historia más profunda.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com