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EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 247

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247: Capítulo 6 – El Regreso del Reino de Andshi 247: Capítulo 6 – El Regreso del Reino de Andshi El Reino de Andshi volvió a casa con una medalla de bronce, un símbolo pequeño para algunos, pero gigantesco para su gente.

Aquel reconocimiento era el fruto del esfuerzo, la disciplina y el corazón indomable de cada atleta que había vestido los colores del reino durante los Juegos Anuales del Continente.

Aunque no habían alcanzado la cima del podio, nada de eso importaba cuando los barcos se acercaron al puerto principal.

Desde temprano, cientos de habitantes se habían reunido allí, alineándose a lo largo del muelle con banderas y cintas en tono blanco plateado, color sagrados de Andshi.

Con cada ola que golpeaba suavemente la madera de los muelles, el murmullo de la gente crecía.

Los más pequeños se alzaban sobre los hombros de sus padres para intentar ver a los atletas antes que nadie.

Los ancianos, muchos de ellos antiguos participantes de juegos pasados, sonreían con nostalgia y orgullo.

Y los jóvenes agitaban banderas tan grandes que a veces el viento amenazaba con llevárselas.

Cuando el barco finalmente tocó tierra, el estallido de aplausos fue tan fuerte que incluso las gaviotas levantaron vuelo, alarmadas ante la explosión de alegría humana.

Los atletas descendieron uno por uno, algunos con la medalla al cuello, otros simplemente con los uniformes desgastados por la competencia.

Pero todos caminaban erguidos, con la certeza de que su pueblo los recibía no como ganadores de bronce… …sino como portadores del orgullo de Andshi.

La ciudad en fiesta Desde el puerto hasta la plaza central, las calles estaban adornadas con flores frescas y largas guirnaldas tejidas por las familias del reino.

El aroma de la gastronomía tradicional impregnaba el aire: panes dulces recién horneados, carnes especiadas, sopas calientes servidas en grandes calderos y dulces envueltos en hojas perfumadas.

Los niños corrían entre la multitud, sosteniendo estandartes del reino y pequeñas cintas que representaban a los jugadores favoritos de cada casa.

Muchos imitaban a los atletas, corriendo en círculos o simulando lanzamientos, carreras y patadas con una precisión imaginaria.

Los adultos, por su parte, aplaudían sin descanso.

Algunos sostenían ramos de flores para los jugadores.

Otros, simplemente, alzaban la voz en cantos que solo aparecían en días especiales, cantos transmitidos por generaciones.

La ciudad entera era una celebración viva.

La Heredera habla al pueblo En el centro de la plaza principal, un estrado había sido construido esa misma mañana.

Las telas que lo cubrían eran de un azul profundo que brillaba bajo el sol.

A un costado, la bandera de Andshi ondeaba con orgullo, movida por la brisa cálida del atardecer.

Melin Thariel la princesa heredera al trono de Andshi, conocida por su juventud, carisma y fuerza de espíritu, subió al estrado envuelta en su capa ceremonial de plata y blanca.

Su presencia silenció de inmediato a la multitud.

Tenía los ojos húmedos, no de tristeza, sino de emoción pura.

Respiró hondo y levantó la mano.

—Queridos compatriotas —comenzó con voz clara—, hoy traemos una medalla de bronce, sí… pero traemos algo más grande.

Algo que no se mide con números, ni con posiciones, ni con podios.

La gente murmuró, expectante.

—Traemos el orgullo de haber luchado.

De haber dado cada gota de esfuerzo.

De haber representado nuestro nombre con honor.

Y eso… es más valioso que cualquier metal.

Los aplausos rugieron como un trueno.

La heredera continuó: —Cada uno de nuestros atletas se enfrentó a pruebas difíciles.

Cada uno se levantó después de caer.

Cada uno mostró al continente que Andshi jamás retrocede, jamás se rinde, jamás se quiebra.

Y por eso, celebremos juntos.

Porque Andshi siempre brilla… no importa el color de la medalla.

El estallido de vítores hizo vibrar el suelo mismo de la plaza.

Muchas personas lloraron.

Otras se tomaron de las manos.

Y los atletas, allí abajo, sintieron que el bronce que colgaba de sus cuellos era, en ese momento, más valioso que el oro.

La celebración que iluminó Andshi La fiesta se desbordó por cada rincón del reino.

No había calle, puente o plaza que no tuviera una fogata, un grupo de músicos o mesas repletas de comida compartida.

Los jóvenes tocaban tambores y flautas, interpretando la música tradicional del reino.

Las melodías antiguas, las que solo se escuchaban en días históricos, resonaban con fuerza entre las paredes de piedra y madera.

Los mayores se reunían alrededor de grandes mesas para cantar canciones que hablaban del valor de los antepasados, de los tiempos en los que Andshi superó guerras, tormentas, hambrunas y pérdidas… y siempre renació con más fuerza.

Los niños seguían corriendo y riendo, incapaces de contener la emoción.

Y en el centro de todo, los atletas eran los protagonistas.

Las familias competían por invitarlos a comer, a sentarse, a descansar.

Les ofrecían sus platos más preciados, sus bebidas más deliciosas, sus historias más divertidas.

Era imposible caminar dos metros sin que alguien extendiera una bandeja, una bebida, un abrazo.

Los atletas se reían entre ellos, sorprendidos por tanta calidez.

Uno comentó: —Esto… esto vale mil veces más que la medalla.

Y todos coincidieron.

La noche cae sobre Andshi Cuando finalmente la noche cubrió el reino, la fiesta no se detuvo.

Antorchas se encendieron por toda la plaza principal.

Linternas fueron colgadas de los balcones, formando un cielo nuevo, lleno de pequeños soles dorados que bailaban con el viento.

El reflejo de las luces en las calles mojadas creaba la ilusión de caminar sobre un río de estrellas.

La heredera al trono permaneció allí, entre su gente, escuchando historias, agradeciendo cada palabra y abrazando a los atletas.

No había distancia entre nobleza y pueblo.

Ese día, todos eran uno.

Los músicos siguieron tocando.

Las familias siguieron compartiendo.

Los niños seguían corriendo, incansables.

Y cuando ya era casi medianoche, la heredera se acercó a los atletas.

Los llamó a un lado, rodeada por las luces cálidas de las antorchas.

Con voz suave, les dijo: —Miren alrededor.

Esto es Andshi.

Esto es lo que representan.

No un metal, no un número, no una clasificación… sino esto: el corazón del pueblo.

Los jóvenes la escucharon, muy atentos.

—Nunca olviden —continuó— que una medalla puede perder brillo, pero la gratitud y el amor de la gente… eso dura para siempre.

Uno de los atletas, emocionado, respondió: —Prometemos volver más fuertes.

No por nosotros… sino por ellos.

La heredera sonrió con orgullo.

—Lo sé —dijo—.

Y Andshi caminará siempre con ustedes.

Andshi, un reino que brilla con su gente La música siguió hasta la madrugada.

No fue una música cualquiera, sino una mezcla vibrante de tambores profundos, flautas antiguas y cuerdas que parecían llorar y reír al mismo tiempo.

Las melodías se elevaron desde cada rincón de la ciudad, viajando por las callejuelas de piedra, rebotando contra las murallas y extendiéndose hasta los campos que rodeaban la capital.

Era imposible caminar sin sentir el ritmo en los pies, sin notar cómo el corazón se alineaba con los compases festivos.

Las hogueras iluminaban cada rincón.

Eran tantas que, vistas desde lejos, Andshi parecía una constelación caída sobre la tierra.

Las llamas danzaban con el viento, proyectando sombras largas y cálidas sobre los jóvenes atletas, sobre las familias reunidas, sobre los ancianos que celebraban con sonrisas llenas de sabiduría.

El crepitar del fuego se mezclaba con la música, creando una atmósfera que parecía salida de una leyenda.

Las risas se mezclaban con los cantos.

Los habitantes de Andshi celebraban sin medida, sin reservas, con esa alegría humilde pero poderosa que solo tienen los pueblos que saben valorar cada pequeño triunfo.

Cada mesa estaba llena de comida tradicional, de panes aromáticos, de carnes especiadas, de dulces que los niños devoraban con las manos pegajosas.

Cada patio tenía su pequeño círculo de baile.

Cada calle vibraba con voces que contaban una y otra vez las hazañas de sus representantes.

Y el bronce colgado en el pecho de los atletas brillaba como si fuera oro.

No porque la luz lo hiciera más intenso, sino porque los ojos de la gente lo convertían en algo sagrado.

Ese brillo no venía del metal, sino del orgullo.

Del esfuerzo.

De la historia que representaba.

Los atletas, cansados pero felices, caminaban entre la multitud con una mezcla de timidez y satisfacción.

A cada paso alguien los detenía: una madre para agradecerles, un anciano para bendecirlos, un niño para pedirles que alzaran la medalla y dejarle tocarla.

Habían vuelto como héroes.

Héroes sin corona.

Héroes sin oro.

Pero héroes, al fin y al cabo.

El verdadero triunfo no estaba en un podio.

Y esa frase, repetida de boca en boca, se convirtió en el lema silencioso de la noche.

Porque el podio era solo un lugar.

Las medallas, solo símbolos.

Pero el corazón del reino… eso era eterno.

Estaba en la unión de un pueblo.

En la fortaleza de un reino.

En el orgullo compartido.

Andshi había demostrado —una vez más— que no necesitaba estar en el primer lugar para ser grande.

Su grandeza estaba en su gente, en sus valores, en esa capacidad natural de celebrar incluso en la aparente derrota.

Porque para ellos, no había derrota cuando se había dado todo.

No había derrota cuando el honor seguía intacto.

Las familias contaban historias alrededor de las hogueras.

Los mayores recordaban los juegos de años anteriores, comparando estilos, momentos, emociones.

Los más jóvenes escuchaban con los ojos brillantes, soñando con representar un día al reino en las próximas competencias.

Muchos de ellos ya practicaban, imitando los movimientos de sus héroes, saltando, corriendo, nadando en el aire como si estuvieran compitiendo.

La heredera al trono caminaba entre la multitud, sin escoltas, sin coronas, sin distancia.

Su voz suave saludaba a todos, abrazaba a los niños, escuchaba a las familias.

No parecía una figura lejana, sino parte del mismo pueblo.

Parte del alma del reino.

Y eso era, en verdad, lo que más unía a Andshi: la sensación de que todos —ricos, pobres, nobles, aldeanos— compartían una misma identidad.

Una misma raíz.

Una misma historia.

Un mismo orgullo.

Mientras la noche avanzaba, las estrellas parecían descender un poco más, como si quisieran mirar de cerca la celebración.

Y en el centro de la plaza, los atletas se reunieron en un pequeño círculo, observando todo a su alrededor: los bailes, la música, los abrazos, las voces, las luces, el amor.

Uno de ellos, el más joven, murmuró con la voz cortada por la emoción: —No sabía que nos querían tanto… Los demás sonrieron.

Eran palabras simples, pero cargadas de verdad.

A veces, los trofeos y las medallas pueden hacer olvidar lo esencial.

Pero esa noche, Andshi les recordaba lo que realmente importaba: que un pueblo puede amar sin condiciones.

que un reino puede abrazar incluso sin victorias doradas.

que la grandeza no siempre brilla… a veces late.

Cuando la medianoche llegó, los tambores disminuyeron su ritmo.

Las voces bajaron de intensidad.

Las hogueras ardieron más bajo, dejando un calor suave en el aire.

Y aunque la celebración seguía viva, aparecía ahora una calma especial, un silencio cargado de significado.

Los atletas se acercaron al estrado donde la heredera los esperaba.

Ella los miró con ternura y orgullo, como si fueran parte de su propia familia.

Y entonces dijo algo que quedó grabado en la memoria de todos: —Hoy el continente vio el bronce.

Pero nosotros… nosotros vimos el corazón.

Las palabras flotaron en el aire con un peso dulce, como si hubieran sido escritas en el cielo por las estrellas.

Esa noche, Andshi brilló… no por una medalla, no por un podio, no por un título.

Sino por algo mucho más grande: la fuerza indestructible de su gente.

Un pueblo que sabía honrar.

Un pueblo que sabía amar.

Un pueblo que encontraba luz incluso donde otros veían sombra.

Y así, bajo el manto de la madrugada, con el bronce convertido en símbolo eterno, Andshi quedó envuelto en una luminosidad profunda, cálida, inolvidable.

Porque un reino no es grande por lo que gana.

Un reino es grande por lo que es.

Y esa noche, Andshi fue… grande.

Inmenso.

Eterno.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack Esta temporada avanza mostrando que la verdadera grandeza no está en el metal de una medalla, sino en el corazón de un pueblo que sabe celebrar incluso las pequeñas victorias.

Andshi regresa, y con él, la fuerza de una nación unida.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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