EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 248
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- Capítulo 248 - 248 Capítulo 7 – El Regreso del Reino de Koryun
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248: Capítulo 7 – El Regreso del Reino de Koryun 248: Capítulo 7 – El Regreso del Reino de Koryun El sol apenas comenzaba a descender detrás de las montañas nevadas cuando las campanas del puerto resonaron en todo el Reino de Koryun.
La gente supo de inmediato qué significaba aquel sonido profundo, casi vibrante: sus campeones estaban regresando a casa.
En cuestión de minutos, las calles se llenaron de familias, artesanos, soldados, ancianos, comerciantes y niños ansiosos por ver aparecer el barco que traería de vuelta a los representantes del reino en los Juegos del Continente.
Aunque no venían con una medalla de oro, para el pueblo de Koryun eso no significaba derrota.
Significaba orgullo.
Significaba honor.
Significaba que habían luchado con toda el alma.
Los estandartes gris y blanco de Koryun flameaban por todo el puerto, y guirnaldas hechas con flores de montaña colgaban desde los balcones y postes.
La brisa arrastraba el olor de los dulces tradicionales que los comerciantes ofrecían gratuitamente a todos aquellos que se acercaban.
Esa tarde, Koryun no era un reino; era un gran corazón latiendo al unísono.
La llegada del barco–lobo blanco Cuando finalmente el barco apareció en el horizonte, los gritos de emoción se elevaron como un rugido colectivo.
El Barco-Lobo blanco de Koryun, famoso en todo el continente, avanzaba firme sobre las aguas.
Su proa tallada en forma de lobo nplateado reflejaba la luz del atardecer, haciéndolo brillar como si hubiera traído consigo un tesoro celestial.
Las olas estallaban suavemente contra la madera mientras el buque se acercaba al muelle.
Los niños, al borde del agua, agitaban banderas tan grandes como ellos mismos.
Los adultos aplaudían.
Algunos ancianos lloraban discretamente porque, para ellos, ver a la juventud representarlos era un orgullo casi sagrado.
El barco atracó con un golpe suave y, uno a uno, los atletas comenzaron a bajar.
Pero el clamor alcanzó su punto más alto cuando apareció ella… — La princesa heredera de Koryun Vestida con los colores del reino — gris y blanco suave, plata brillante y detalles en blanco nieve—, la princesa heredera descendió del barco con una sonrisa que iluminaba más que las antorchas del muelle.
El pueblo la adoraba.
No solo por ser de sangre real, sino por su cercanía, su humildad y su manera de tratar a los jóvenes del reino como si fueran parte de su propia familia.
Ella había viajado con los atletas, comido con ellos, entrenado a su lado y alentado en cada competencia.
Subió al estrado improvisado en la plaza del puerto, y un silencio profundo envolvió el lugar.
No había necesidad de pedir orden: el pueblo quería escucharla.
Su voz, suave pero firme, se elevó con claridad: —Queridos ciudadanos de Koryun, hoy no traemos la medalla de oro —dijo con una sonrisa que no escondía ni tristeza ni arrepentimiento—, pero traemos algo igual de valioso: nuestro orgullo y nuestra dedicación.
La multitud asintió, algunos respirando hondo, otros apretando los estandartes con emoción.
—Cada jugador —continuó— dejó el nombre de nuestro reino en lo más alto.
Nuestros jóvenes mostraron respeto, coraje y unidad.
¡Eso es Koryun!
Hoy celebramos la fuerza de nuestra gente, la pasión que nos define y el amor por nuestro hogar.
Porque eso… es lo que nos hace verdaderos vencedores.
La plaza estalló en aplausos, vítores y lágrimas.
Los padres levantaron a sus hijos para que pudieran ver mejor.
Los ancianos aplaudieron con fuerza.
Los jóvenes golpearon el suelo con los pies en señal de celebración.
— Los festejos comienzan La música tradicional de Koryun —un conjunto único de cuerdas, tambores y flautas de montaña— comenzó a resonar por toda la plaza.
El sonido tenía algo mágico, algo que hacía que el alma se llenara de calor y emoción.
Las flores aromáticas fueron lanzadas al aire.
Las cocineras encendieron las parrillas donde preparaban los platos más emblemáticos del reino: • la sopa de invierno, • los panecillos dulces rellenos de miel, • y la carne especiada que solo se preparaba durante las celebraciones importantes.
Los atletas fueron recibidos con abrazos interminables.
Cada familia competía por invitarlos a sus casas.
Todos querían ofrecerles comida, té caliente, dulces, regalos, historias, música.
Las calles se llenaron de mesas largas donde cualquiera podía sentarse sin importar de dónde viniera.
Ese día, todo Koryun era uno.
Los niños corrían entre las piernas de la gente imitando a los jugadores con movimientos exagerados que desataban risas.
Los jóvenes practicaban pasos de victoria inventados durante los juegos.
Los ancianos contaban historias de competiciones pasadas, de luchas antiguas, de reyes y reinas que en su tiempo también compitieron.
— Los relatos de los juegos Los atletas, rodeados por grupos enteros, narraban sus experiencias: —El agua estaba helada —dijo uno de los nadadores—, ¡pero cuando pensé en Koryun, sentí que ardía!
Todos rieron.
—La carrera final… —dijo otro atleta— pensé que no llegaría a la meta, pero cuando escuché a los de Koryun gritando desde las gradas, sentí que tenía alas.
Uno más agregó: —No trajimos el oro, pero competimos con dignidad.
Representar a Koryun es el mayor honor que existe.
Las palabras no eran ensayadas.
Eran sinceras.
Y el pueblo eso lo sabía.
— La tarde se vuelve noche El cielo se transformó en un manto violeta, luego azul profundo, hasta que finalmente las primeras estrellas aparecieron.
Pero Koryun no se apagó.
Al contrario: despertó aún más.
Antorchas altas rodeaban toda la plaza, y lámparas flotantes de papel —decoradas con dragones plateados— fueron encendidas por las familias.
Las luces subían lentamente hacia el cielo, iluminando el rostro de todos con un resplandor cálido y dorado.
Las sombras danzaban en las paredes de los edificios.
La música se volvía más suave, más íntima.
Las parejas mayores bailaban, recordando su juventud.
Los jóvenes se reían mientras intentaban copiar los pasos tradicionales.
Los niños seguían jugando sin cansarse.
Era una fiesta que se sentía eterna, como si el reino hubiera olvidado por una noche el paso del tiempo.
— Un diálogo entre la princesa y los atletas Cuando el ruido disminuyó un poco, la princesa heredera se acercó a los jóvenes atletas.
Los rodeó con una mirada llena de afecto.
—¿Cómo se sienten?
—preguntó con una sonrisa sincera.
Uno de ellos, con el uniforme todavía manchado por el viaje, respondió: —Orgullosos, alteza… pero cansados —y todos rieron.
La princesa también rió y añadió: —Pueden descansar esta noche.
Pero quiero que recuerden algo: no hace falta un oro para ser leyenda en Koryun.
Ya lo son.
Las palabras resonaron como una bendición.
— La última celebración Apoyados contra una baranda de piedra que daba al mar oscuro, algunos habitantes comenzaron a cantar una canción antigua.
Era una melodía que hablaba de los héroes del pasado, de la fuerza de la montaña, de la protección de los dragones y del orgullo de Koryun.
Uno a uno, más personas se unieron.
Los atletas también.
La princesa, con los ojos brillantes, levantó una linterna y la sostuvo unos segundos entre sus manos, sintiendo el calor suave de la llama.
Parecía contener en ella todo el orgullo, toda la historia y toda la esperanza del Reino de Koryun.
Luego, con un gesto lento y reverente, la dejó elevarse hacia el cielo nocturno.
Susurró, casi como una oración antigua que solo el viento debía escuchar: —Por Koryun.
Por su gente.
Por su fuerza.
Su voz tembló con emoción, pero nunca perdió firmeza.
Uno a uno, los ciudadanos imitaron su gesto.
Soldados, ancianos, niños, familias enteras… todos levantaron sus linternas y las soltaron al mismo tiempo.
Y entonces ocurrió algo mágico.
El cielo se llenó de luces —decenas, cientos, miles— que ascendieron como un río dorado y silencioso hacia la inmensidad celestial.
Cada linterna era un deseo, una promesa, un recuerdo.
Cada una llevaba un fragmento de Koryun a los cielos.
Muchos lloraron al verlo.
Otros sonrieron.
Algunos simplemente se quedaron en silencio, con la mano en el pecho, dejando que la emoción los atravesara por completo.
Era un momento que no se repetiría jamás.
Una fotografía viva del corazón de un reino.
— Koryun, un reino invencible en espíritu La fiesta duró horas.
Horas interminables, hermosas, necesarias.
En las calles, las risas resonaban como un eco cálido.
Los abrazos iban y venían sin descanso; nadie se despedía sin antes agradecer a los jugadores, sin recordarles lo orgullosos que estaban de ellos.
Alrededor de las hogueras, los ancianos contaban historias del pasado, comparando la fuerza de los atletas actuales con la de los héroes míticos de Koryun.
Los más jóvenes bailaban en círculos, saltando, girando, celebrando como si hubieran ganado el mismísimo oro.
Los niños imitaban los movimientos de los jugadores, se inventaban competencias entre ellos, gritaban el nombre del reino con una alegría que parecía capaz de levantar montañas.
En cada esquina había música.
En cada mesa, comida.
En cada alma, orgullo.
Aunque Koryun no había ganado la medalla de oro, nadie hablaba de derrota.
Jamás.
Ni por un segundo.
Porque para ellos, la gloria no se medía por el color del metal.
Koryun medía su grandeza en algo mucho más profundo: En corazón.
En unidad.
En espíritu.
Era un reino que sabía que la victoria más grande no siempre sube al podio.
Era un reino que entendía que representar a la patria con dignidad era un honor que ningún trofeo podía igualar.
Y mientras las últimas luces flotantes cruzaban el firmamento, mientras las antorchas seguían encendidas y las voces seguían cantando, Koryun demostró algo que quedó grabado en la memoria de todos: Que era uno de los reinos más fuertes, más orgullosos y más luminosos de todo el continente.
No por el oro.
No por un título.
No por una posición final.
Sino por su gente.
Por su identidad.
Por su espíritu indestructible.
Esa noche, Koryun brilló como nunca antes.
Y lo hizo con la luz más pura de todas: la del corazón de su pueblo.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack Koryun nos recuerda que no siempre hace falta un oro para brillar.
A veces, la verdadera victoria está en el espíritu de un pueblo unido y en el orgullo que nace del esfuerzo.
Este capítulo celebra eso: la grandeza que vive en la gente.
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