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EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 249

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249: Capítulo 8 – Regreso de la República Federada de Oshiran 249: Capítulo 8 – Regreso de la República Federada de Oshiran El barco de la República Federada de Oshiran apareció en el horizonte cuando el sol aún teñía de rojo anaranjado la superficie del mar.

A medida que se acercaba al puerto, las olas parecían aplaudir con suavidad, acompañando los vítores que ya resonaban desde los muelles.

Los ciudadanos se habían reunido desde horas antes: familias enteras, ancianos orgullosos, jóvenes emocionados y niños que, subidos en los hombros de sus padres, agitaban pequeñas banderas rojo y dorado, los colores que representaban la historia y la fortaleza de la República.

No habían ganado la medalla de oro.

Pero eso no importaba.

Oshiran había demostrado algo que no podía medirse con un trofeo: había demostrado carácter.

Había demostrado estrategia.

Había demostrado valentía.

Cuando las pasarelas finalmente tocaron tierra, los atletas descendieron uno a uno, y cada paso que daban era acompañado por una ola de aplausos que parecía no tener fin.

Algunos jugadores reían, otros lloraban, otros simplemente observaban, con el corazón lleno, a un pueblo que los recibía como si hubieran conquistado el mundo.

— El discurso del hijo del canciller Desde un estrado adornado con flores blancas y cintas plateadas, el hijo del canciller —joven, decidido y con una nobleza tranquila en los ojos— levantó una mano para pedir silencio.

Y la multitud obedeció.

Su voz, firme pero cálida, viajó por todo el puerto: —Ciudadanos de Oshiran, hoy celebramos algo más grande que un trofeo.

Celebramos nuestra identidad.

Celebramos a nuestros jóvenes, que lucharon con valentía, que no se rindieron, que representaron a nuestro país con honor en cada competencia.

Ellos son el reflejo de nuestra República: fuertes, unidos y llenos de esperanza.

Un rugido de aplausos estalló.

Los pétalos comenzaron a caer desde las terrazas cercanas, como una lluvia suave de colores.

Los tambores tradicionales retumbaron en lo alto de los acantilados que rodeaban el puerto.

El joven heredero continuó: —Hoy regresan a casa no como competidores… sino como símbolos de lo que somos.

Oshiran no se mide por el oro que gana, sino por las batallas que enfrenta.

Y hoy, todos ustedes han ganado la más importante: la batalla del orgullo y la unidad.

Las palabras tocaron el corazón de todos.

Incluso los atletas, acostumbrados a hablar poco y actuar mucho, no pudieron contener las lágrimas.

La celebración del puerto Cuando el discurso terminó, la música brotó como un torrente que parecía haber estado conteniéndose durante días, esperando ese instante exacto para desatarse con toda su fuerza.

Primero fueron las flautas de bambú, finas, delicadas, como hilos de viento que dibujaban sobre el aire melodías que se conocían desde antes de que existiera la República misma.

Luego se unieron los tambores profundos, golpeando como un segundo corazón debajo del suelo, marcando un ritmo que cualquiera podía seguir incluso sin saber bailar.

Finalmente, las cítaras antiguas aportaron ese sonido vibrante, casi espiritual, que hacía que la gente recordara historias contadas por abuelos, viajes ancestrales, batallas, romances, y promesas hechas frente al mar.

Los aromas no se quedaron atrás.

Del lado izquierdo del muelle, los pescadores habían preparado grandes bandejas con pescados ahumados, todavía calientes, sazonados con las hierbas más frescas de la costa norte.

Más al centro, largas ollas de sopas especiadas tradicionales dejaban escapar columnas de vapor perfumado que hacían rugir el estómago de cualquiera.

Y dispersos por todas las mesas mantenidas por los voluntarios del puerto, los panecillos dulces recién horneados atraían a los niños, que corrían de un puesto a otro con los dedos pegajosos y la boca llena de azúcar.

El puerto dejó de ser simplemente un lugar donde atracaban barcos.

Se transformó en algo más.

El puerto era un corazón latiendo.

Un corazón grande, vivo, cálido, que bombeaba alegría por cada callejón, por cada farol, por cada tablón de madera.

Era imposible caminar diez pasos sin que alguien te tomara de la mano para bailar, para brindar, para abrazar, para contar alguna anécdota o simplemente para compartir la felicidad.

Las calles se llenaron de danzas circulares que parecían un remolino de color.

Los jóvenes improvisaban pasos ágiles, veloces, casi acrobáticos; mientras los más mayores —que conocían los bailes tradicionales— los guiaban con movimientos elegantes, llenos de historia y significado.

Esa mezcla entre lo nuevo y lo antiguo creaba un ritmo único, imposible de ver en otro lugar del continente.

Los deportistas, que aún llevaban las cintas y los brazaletes de la competencia, eran arrastrados de un grupo a otro.

Los abrazaban tanto que muchos acababan riendo sin control.

No importaba si habían ganado o perdido una prueba.

La gente los celebraba igual.

—¡Brindemos por Oshiran!

—¡Por su esfuerzo!

—¡Por su valor!

—¡Por ustedes!

A su alrededor, parejas bailaban tomadas de la cintura.

Niños se subían a los hombros de sus padres para ver mejor las actuaciones.

Ancianos entrelazaban los dedos con sus parejas de juventud, recordando tiempos pasados.

La República estaba viva.

Su energía se sentía incluso en las piedras del suelo.

Estaba unida.

Cada mirada compartía orgullo.

Estaba orgullosa.

Y esa noche lo demostraba sin reservas.

— El hijo del canciller entre su gente Cuando las formalidades concluyeron, cuando los músicos empezaron su tercer set de canciones y los chefs afilaron los cuchillos para preparar la segunda tanda de comida, el joven heredero dio un paso adelante y bajó del estrado.

Los guardias esperaron que se acercara.

Pero él no se acercó.

No caminó hacia ellos.

No se dirigió al palacio.

No pidió espacio ni privilegios.

Ni siquiera buscó sentarse en la zona reservada para las autoridades.

Él caminó hacia su pueblo.

Y entonces ocurrió algo hermoso.

Las ancianas que lo habían visto crecer bajo el sol del puerto lo recibieron primero.

Algunas le tocaron la cara con manos suaves, otras lo abrazaron con fuerza.

—Has crecido tanto —le decían—, pero sigues teniendo esa mirada buena como tu madre.

Después vinieron los niños, que se acercaron tímidos al principio, como si no supieran si era apropiado.

Pero él se agachó, les sonrió, les tendió la mano… y ellos corrieron hacia él como si fuera uno de los suyos.

—¡Yo quiero competir algún día!

—gritó uno, con una camiseta tres tallas más grande.

—¡Y yo quiero ser como ellos!

—dijo otro, señalando a un atleta que bailaba.

Él los alzó, los hizo girar, les devolvió la esperanza de que los sueños estaban a su alcance.

Después llegaron las familias enteras, que lo rodearon con una calidez tan grande que era imposible no emocionarse.

Algunos lo habían apoyado desde el primer día.

Otros lo habían criticado, temiendo que su juventud no estuviera a la altura de su apellido.

Pero esa noche, esas dudas ya no existían.

Él, sin dudarlo, abrazó a cada uno.

—Gracias —repetía—.

Gracias de verdad.

Todo esto es gracias a ustedes.

Y no lo decía como un político.

Ni como un heredero.

Ni como alguien que buscaba aplausos.

Lo decía como un hijo de esa tierra.

Como un joven que sabía que, sin su gente, él no era nada.

Porque él lo entendía mejor que muchos: El verdadero poder de Oshiran nunca estuvo en sus edificios imponentes, ni en sus ejércitos disciplinados, ni en sus recursos naturales.

Siempre estuvo en su gente.

En su espíritu.

En su voluntad de levantarse una y otra vez, incluso cuando el mundo parecía olvidar su nombre.

— Una noche que quedará en la historia La celebración continuó hasta que el sol comenzó a caer.

Cuando el cielo adoptó un tono violeta profundo, como si la noche se estuviera pintando lentamente, las primeras linternas flotantes fueron encendidas.

Cientos al principio.

Miles después.

Cada linterna contenía un deseo, un agradecimiento, una plegaria o un sueño.

Las familias escribían nombres, los niños dibujaban dragones torpes, los jóvenes escribían promesas, los ancianos dejaban palabras que solo el tiempo comprendería.

Y entonces, una por una, las linternas empezaron a elevarse.

Su luz se reflejaba en el agua, creando un espejo perfecto donde el cielo y el mar parecían unirse por completo.

La música volvió a sonar, esta vez más suave, más profunda.

Las melodías antiguas hablaban de héroes anónimos, de sacrificios silenciosos, de la larga historia de la República y de todos los que habían mantenido su nombre vivo.

Los bailes se volvieron más intensos.

Más libres.

Más felices.

Los atletas, cansados pero con el corazón rebosante, se sumaron a los cantos y risas.

Algunos se descalzaron para sentir la madera húmeda del muelle bajo sus pies.

Otros se dejaron llevar por el entusiasmo de la gente, que los rodeaba como si fueran estrellas vivientes.

Y así, poco a poco, el puerto entero se convirtió en un océano de luces.

Oshiran, la República Federada que no había ganado el oro, estaba celebrando con más fuerza que los países que sí lo habían logrado.

No por arrogancia.

No por conformismo.

No por negación.

Sino porque entendía algo que muchas naciones habían olvidado: El valor no reside en una medalla.

Reside en la historia que la acompaña.

En el esfuerzo colectivo.

En la identidad que se fortalece cuando un pueblo se mira entre sí y dice: “Somos uno.” Esa noche, Oshiran ganó algo más profundo que un título.

Ganó la reafirmación de su espíritu.

La unión inquebrantable de su gente.

El orgullo vivo de su identidad.

Y mientras las linternas seguían elevándose hacia el cielo nocturno, mientras los tambores marcaban el pulso del puerto, mientras el heredero bailaba entre su pueblo sin distinción ni barrera… Todos entendieron que esa noche sería recordada por generaciones.

Porque una nación no se define por el metal que trae de un torneo… Sino por la luz con la que celebra su historia.

Su esfuerzo.

Su gente.

Y esa noche, Oshiran brilló como una de las repúblicas más luminosas del continente.

No por el oro.

No por un título.

Sino por la fuerza indestructible de su corazón.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack Oshiran vuelve a casa sin oro, pero con algo más poderoso: su espíritu.

Este capítulo celebra la fuerza de un pueblo que entiende que la verdadera victoria está en la unión y el orgullo que los mantiene de pie.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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