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EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 252

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252: Capítulo 1 — El Consejo Imperial 252: Capítulo 1 — El Consejo Imperial El gran gong resonó tres veces en el Palacio de las Llamas Eternas.

Su sonido profundo y grave no solo atravesó los corredores de jade y las cúpulas doradas, sino que se filtró a través de las salas y patios del palacio, alcanzando incluso los jardines y los pasillos donde los aprendices y soldados aguardaban atentos.

Cada golpe del gong parecía marcar el pulso del imperio mismo, anunciando que un momento decisivo había llegado.

Los consejeros, vestidos con túnicas bordadas en rojo y oro, ingresaron al salón central, ocupando sus lugares con movimientos ceremoniosos que hablaban de siglos de tradición.

Sus túnicas estaban adornadas con dragones y símbolos ancestrales que representaban la fuerza, la sabiduría y la continuidad de la dinastía.

Cada consejero llevaba consigo un abanico o un bastón ceremonial, recordatorio de su rango y autoridad dentro del imperio.

En el centro del salón, el Trono del Dragón permanecía vacío, su cristal dorado reflejando la luz que se filtraba por los vitrales.

La pieza central del salón era un símbolo de poder y responsabilidad; quien se sentara en él no solo gobernaba sobre un vasto territorio, sino que sostenía la esperanza de millones de ciudadanos.

Aquel día, la ausencia del emperador hacía que el aire se cargara de expectativa y un leve murmullo recorrió el salón.

El portavoz oficial del Imperio, un hombre de mediana edad con túnica bordada en rojo oscuro y detalles dorados, golpeó su bastón ceremonial contra el suelo.

Su voz, profunda y solemne, resonó por todo el salón: —¡De pie ante la presencia de Su Alteza Imperial, Princesa Xióalian, Heredera del Trono del Dragón Dorado, Primogénita de los Cielos Benignos, Archiduquesa de Xiyan City, Baronesa de Aqian y Viscondesa de Jinhai!

El eco de sus palabras recorrió el salón como un relámpago.

Los consejeros, sorprendidos, se levantaron de inmediato, intercambiando miradas desconcertadas.

Muchos esperaban escuchar el nombre del emperador, no el de su hija, y el silencio posterior fue tan profundo que parecía absorber el latido de cada corazón presente.

Las grandes puertas del salón se abrieron lentamente, y un haz de luz matutina iluminó la entrada.

Por ellas entró Xióalian, envuelta en una túnica blanca con bordes dorados.

La pureza del blanco contrastaba con el rojo y dorado del salón, simbolizando no solo su autoridad, sino también su nueva etapa como líder.

Cada paso que daba era firme, decidido, pero detrás de esa serenidad se escondía el peso de una responsabilidad que aún estaba aprendiendo a cargar.

Su cabello oscuro brillaba con destellos que reflejaban la luz de los vitrales, y sus ojos, profundamente concentrados, observaban cada detalle del salón, recordando siglos de historia mientras caminaba hacia el trono.

Los ancianos consejeros inclinaron la cabeza con respeto.

Uno de ellos, el más antiguo, de túnica gastada y bordada con hilos de plata, se atrevió a hablar, su voz temblando apenas: —Disculpe, Su Alteza Imperial… ¿por qué está usted aquí?

¿No debería ser Su Majestad Imperial el Emperador quien presida el consejo?

Xióalian detuvo su andar, levantó la mirada con una mezcla de serenidad y determinación que dejó en silencio incluso a los más escépticos.

Su voz, clara y firme, rompió el murmullo: —En el día de hoy, en nombre de mi padre, el Emperador del Imperio del Dragón Dorado, yo seré quien dé inicio al Consejo Imperial.

He recibido de su propia mano el deber de continuar esta sesión y tratar los asuntos que nos convocan.

El Imperio no se detiene, ni siquiera cuando los tiempos cambian.

El silencio que siguió fue absoluto.

Solo se escuchaba el suave crepitar del incienso que se elevaba desde los braseros colocados a lo largo de las paredes, impregnando el aire con aromas de sándalo y madera de cedro.

Cada consejero sentía el peso de las palabras de la princesa y comprendía, aunque de manera instintiva, que aquel día marcaba un cambio histórico.

Con paso decidido, Xióalian subió los escalones que conducían al trono.

Cada movimiento era medido, casi ritual, y al sentarse, la sala entera pareció inclinarse ante su presencia.

Los consejeros se inclinaron nuevamente, esta vez con la reverencia que solo se reserva a quienes no solo heredan un título, sino que poseen el temple para ejercerlo.

—Que comience el consejo —dijo, desplegando un pergamino imperial que brillaba tenuemente bajo la luz de los vitrales—.

El primer tema a tratar: la reconstrucción de las rutas comerciales tras los recientes Juegos del Continente.

El segundo: la mejora de las academias militares y el envío de delegaciones culturales a los reinos aliados.

Y el tercero… —sus ojos se endurecieron levemente— …la supervisión de los territorios del norte, donde se han detectado movimientos inusuales.

Los consejeros intercambiaron miradas de asombro.

Aquella joven, que hasta hacía poco era vista solo como una heredera amable y curiosa, hablaba ahora con la voz de quien entiende el peso del trono y la historia de un imperio que se extiende más allá de lo visible.

Su capacidad para pronunciar cada palabra con autoridad y precisión dejó a muchos sin aliento.

Desde una galería oculta, detrás del trono, el emperador y su consorte observaban en silencio.

El orgullo brillaba en los ojos del soberano, una mezcla de amor paternal y respeto por la fuerza que su hija empezaba a demostrar.

—Ha comenzado su propio vuelo —susurró el emperador.

—Sí —respondió su esposo con una leve sonrisa—.

El dragón dorado abre las alas.

Cada palabra parecía flotar en el aire, impregnando el salón con una sensación de solemnidad y futuro.

Mientras los consejeros discutían los primeros puntos, Xióalian escuchaba atentamente, tomando notas mentales sobre los informes presentados y observando cuidadosamente las reacciones de cada uno.

Comprendía que cada decisión afectaría no solo a las rutas comerciales o a las academias militares, sino al equilibrio mismo de su imperio.

Afuera, en los jardines del Palacio de las Llamas Eternas, la vida se despertaba con un ritmo armonioso.

Los sirvientes movían estandartes con paciencia y precisión, desplegando banderas que ondeaban suavemente al compás del viento, mientras las jardineras ajustaban las flores recién cortadas, asegurándose de que cada pétalo estuviera perfectamente alineado.

Las fuentes de mármol brotaban con agua clara, reflejando los primeros rayos del sol que se filtraban entre los altos cedros y los sauces que bordeaban los caminos de piedra.

Cada sonido —el fluir del agua, el murmullo de los pájaros, el golpe rítmico de los tambores y las flautas— se mezclaba para crear una sinfonía que anunciaba un día de cambios, un día que sería recordado por generaciones.

Los habitantes de la ciudad, aunque desconocían quién presidía el consejo en el interior del palacio, sentían en el aire una energía distinta.

Era como si un hilo invisible conectara los corazones de todos los que vivían bajo el vasto cielo del Imperio del Dragón Dorado.

Comerciantes cerraban sus puestos por unos instantes para escuchar mejor el sonido del gong que aún resonaba en sus mentes; niños corrían entre los jardines, observando con curiosidad los preparativos y preguntándose por qué ese día parecía diferente a cualquier otro.

Las campanas de los templos cercanos también se unieron a la orquesta matutina, haciendo vibrar cada piedra, cada torre y cada techo dorado del palacio.

Bajo la luz dorada del amanecer que se filtraba por los vitrales del gran salón, la princesa Xióalian ejercía su autoridad con calma y determinación.

Cada palabra que pronunciaba en el consejo estaba cargada de intención y estrategia.

Sus ojos recorrían los rostros de los consejeros, algunos sorprendidos, otros evaluando sus movimientos con cautela.

Ella sabía que cada decisión que tomara sería observada y juzgada no solo por los presentes, sino también por la historia y por aquellos que seguirían su legado.

Su túnica blanca con bordes dorados parecía absorber la luz de los vitrales, proyectando un halo de solemnidad sobre la sala, recordando a todos que, aunque joven, su voz era ahora la del trono.

Los consejeros, por su parte, comenzaron a adaptarse al ritmo impuesto por la princesa.

Sus debates, antes pausados y marcados por la costumbre, ahora fluían con una energía diferente, más directa y enfocada.

Se discutían estrategias para la reconstrucción de rutas comerciales, la asignación de recursos a las academias militares y la supervisión de territorios del norte, pero también surgían ideas nuevas, propuestas que solo alguien con la frescura y visión de Xióalian podía inspirar.

Cada decisión parecía tejerse en un tapiz más grande, uno que involucraba no solo la política y el comercio, sino también la cultura, la educación y la seguridad del imperio.

Mientras tanto, en los pasillos y galerías ocultas, el emperador observaba a su hija con un silencio lleno de orgullo.

Cada gesto, cada mirada, cada palabra de Xióalian era un reflejo de la sabiduría que había heredado, pero también del carácter propio que estaba forjando.

Su consorte, a su lado, sonreía con tranquilidad, comprendiendo que aquel momento era más que ceremonial: era la apertura de un nuevo capítulo, uno donde la joven heredera comenzaba a escribir la historia con sus propias manos.

El consejo avanzaba con una precisión casi ceremonial, y a medida que las discusiones se profundizaban, Xióalian demostraba no solo su conocimiento de los asuntos imperiales, sino también su capacidad para escuchar, comprender y anticipar los problemas antes de que surgieran.

Los consejeros comenzaron a darse cuenta de que estaban frente a un liderazgo que combinaba la autoridad tradicional con la flexibilidad de una mente joven y despierta, una combinación que inspiraba respeto y, al mismo tiempo, esperanza.

Afuera, los jardines seguían despertando con la luz del sol.

Los caminos de piedra se llenaban de sombras y reflejos que danzaban al ritmo del viento.

Cada flor, cada arbusto, cada fuente parecía celebrar la llegada de un nuevo día, uno que sería recordado no por la grandeza de un trono, sino por la fuerza del espíritu que lo habitaba.

La ciudad se sentía viva, conectada con el corazón del palacio y con la promesa de un futuro que comenzaba a escribirse en aquel momento.

Cuando la última decisión del consejo fue registrada en los pergaminos dorados, la princesa Xióalian se recostó ligeramente en el respaldo del trono, respirando hondo.

La sala estaba impregnada de un aire solemne, pero también de una vibrante sensación de posibilidad.

Cada consejero sentía que había sido testigo de algo histórico: la demostración de que un imperio podía renovarse sin perder su esencia, que la tradición podía coexistir con la visión, y que la juventud podía asumir el peso de la historia con dignidad y sabiduría.

Esa mañana, bajo la luz dorada que bañaba el Palacio de las Llamas Eternas, la princesa no solo presidió un consejo; abrió una era de esperanza y determinación.

La ciudad, los jardines, los sirvientes, los ciudadanos y los comerciantes sentirían en el aire durante días ese pulso de renovación, como un recordatorio de que la verdadera fuerza del imperio no reside únicamente en la riqueza o el poder militar, sino en la claridad de la visión, la coherencia de las decisiones y la unidad de todos quienes sirven a su tierra.

Y así, mientras el sol ascendía y los primeros rayos iluminaban cada rincón del palacio y de la ciudad, la princesa Xióalian continuaba escribiendo con firmeza y sabiduría la historia de su imperio.

El consejo había terminado, pero el amanecer de una nueva era apenas comenzaba.

Cada palabra, cada gesto, cada mirada quedaba grabada en la memoria de aquellos que serían testigos de cómo el Imperio del Dragón Dorado se preparaba para enfrentar los desafíos del mañana, con la certeza de que la verdadera fuerza de un trono reside en la combinación de tradición, estrategia y el respeto de aquellos a quienes se gobierna.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack El verdadero liderazgo no nace del título, sino de la convicción de asumir la responsabilidad cuando el momento lo exige.

Este capítulo recuerda que la fuerza de un imperio reside tanto en su historia como en aquellos que tienen el coraje de guiarlo hacia el futuro.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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