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EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 253

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  4. Capítulo 253 - 253 Capítulo 2 — El Consejo Real de Nanxi
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253: Capítulo 2 — El Consejo Real de Nanxi 253: Capítulo 2 — El Consejo Real de Nanxi Al norte del vasto Imperio del Dragón Dorado, donde los montes se alzan como guardianes antiguos y los vientos llevan el aroma de los cerezos en flor, se encuentra el majestuoso Reino de Nanxi.

Sus colinas verdes, surcadas por ríos plateados y caminos de piedra, reflejaban la luz del amanecer como un espejo que recordaba la fuerza y estabilidad de un reino milenario.

Desde lo alto del palacio, la ciudad se extendía en mosaicos de tejados blancos y jardines en flor, y el aire fresco traía consigo la fragancia de los cerezos, mezclada con la tierra húmeda de los bosques cercanos.

En el despacho principal del palacio, los rayos del amanecer se filtraban por los vitrales, tiñendo el mármol blanco de tonos dorados y carmesí.

La luz se deslizaba sobre los tapices que narraban antiguas victorias y pactos solemnes, reflejando la historia de generaciones de reyes que habían gobernado con sabiduría y templanza.

Allí, Heo wang el Rey de Nanxi y su esposa, Emilia hana la Reina Consorte, aguardaban sentados tras un escritorio de madera ancestral, cuyas grietas y vetas contaban secretos de siglos.

Frente a ellos, de pie, se encontraba su hijo, el orgullo del norte: Su Alteza Real, el Príncipe Liang wang Heredero al Trono del Reino de Nanxi Duque de Shanbei City Liang sostenía el pergamino entre sus manos con una mezcla de reverencia y nerviosismo contenido.

Sus ojos, profundos y serenos, reflejaban la determinación de un joven acostumbrado a observar la vida desde las sombras de la experiencia de sus padres, pero que ahora debía ocupar un lugar al frente de la historia.

Su respiración era medida; cada inhalación y exhalación parecía anclarlo en la responsabilidad que estaba a punto de asumir.

El monarca levantó la mirada, con el gesto sereno que había mostrado el día en que él mismo recibió aquel pergamino de manos de su propio padre.

Lo sostuvo unos instantes, recordando aquel instante que había marcado el inicio de su destino, y luego lo extendió hacia su hijo.

—Este pergamino —dijo el rey Heo, con voz firme y profunda, resonando en las paredes del despacho— fue el mismo que mi padre me entregó hace más de cincuenta años.

Contiene las palabras con las que se abre el Consejo Real.

Hoy, hijo mío, es tu turno de pronunciarlas.

Liang lo tomó con ambas manos, inclinando la cabeza con respeto.

Sintió el peso de generaciones sobre sus hombros: la sabiduría de sus ancestros, el esfuerzo de sus padres y las expectativas de todo un reino.

Su corazón latía con fuerza, pero un silencio interno lo acompañaba, calmando la oleada de emociones que amenazaban con desbordarse.

—¿Padre… yo abriré el consejo?

—preguntó con un hilo de voz que parecía contener la duda y la esperanza al mismo tiempo.

La reina, con una sonrisa cálida y maternal, colocó una mano sobre el hombro de su hijo.

Sus ojos brillaban con orgullo y suavidad, pero también con la conciencia del peso que ahora descansaba sobre Liang.

—Así es, mi querido Liang.

Has crecido observando, aprendiendo.

Has escuchado las historias de los viejos consejeros, las enseñanzas de tu madre y los discursos de tu padre.

Es hora de que tu voz sea escuchada.

—Su tono combinaba ternura y firmeza, un recordatorio de que la fortaleza de un gobernante nace tanto del corazón como de la mente.

El joven príncipe asintió, respiró hondo, y mientras desplegaba el pergamino, las letras doradas parecían brillar con una luz propia, como si reconocieran la importancia de aquel momento.

Cada palabra que estaba a punto de pronunciar no solo abriría el consejo; marcaría el inicio de una nueva era para el Reino de Nanxi.

Poco después, las grandes puertas del salón del Consejo Real se abrieron con solemnidad.

El heraldo se adelantó, con el pergamino en mano y voz clara: —¡Su Alteza Real, el Príncipe Liang, Heredero al Trono del Reino de Nanxi, Duque de Shanbei City!

Un murmullo recorrió la sala.

Algunos consejeros intercambiaron miradas, sorprendidos y desconcertados; esperaban ver entrar al rey, no al joven príncipe.

Sin embargo, había un brillo en los ojos de Liang que transmitía seguridad, una mezcla de humildad y autoridad emergente que los hizo callar.

Uno de los consejeros, inclinado por los años y la experiencia, dio un paso al frente.

Su voz temblaba ligeramente, pero no por miedo, sino por respeto: —Perdone, Su Alteza Real… ¿su majestad no presidirá el consejo?

Liang levantó la mirada con serenidad, como si comprendiera que estaba escribiendo un capítulo que cambiaría su vida y la de su reino.

—En el día de hoy, por voluntad de mis padres y en nombre del Reino de Nanxi, seré yo quien abra este Consejo Real.

Guardó silencio unos segundos, dejando que sus palabras resonaran en la sala.

La atención de los consejeros, nobles y ministros se centró por completo en él.

El joven príncipe continuó, su voz ganando fuerza y confianza con cada frase: —Se me ha encomendado tratar temas de suma importancia para nuestro reino: la reconstrucción de los puertos del norte, que han sufrido los estragos de las tormentas recientes; el fortalecimiento de nuestras alianzas con los ducados vecinos, que garantizan la seguridad y prosperidad de nuestros territorios; y la creación de nuevas rutas comerciales con el Imperio del Dragón Dorado, que asegurarán el crecimiento económico y cultural de Nanxi.

Cada palabra estaba medida, cargada de intención.

Liang no solo hablaba, sino que tejía un hilo invisible entre la tradición y la innovación, entre la autoridad heredada y la fuerza de sus propias ideas.

Los consejeros, al principio incrédulos, comenzaron a asentir, comprendiendo que frente a ellos estaba un líder que, aunque joven, entendía el peso del trono y la necesidad de unir al reino bajo un propósito común.

Desde la cámara oculta detrás del trono, el rey y la reina observaban con orgullo silencioso.

Recordaban su propio aprendizaje, los errores y aciertos de sus años de gobierno, y se dieron cuenta de que Liang estaba listo para enfrentarlos con sabiduría y valor.

Cada gesto del joven reflejaba respeto por la historia de Nanxi, pero también la determinación de adaptarla al futuro que estaba a punto de construirse.

Afuera, los jardines del palacio comenzaban a llenarse de luz.

Los cerezos en flor se mecían suavemente al compás del viento, dejando caer pétalos que flotaban como pequeñas nubes rosas sobre los senderos de piedra.

Las fuentes, cuidadosamente talladas con figuras de dragones y grullas, lanzaban chorros de agua que reflejaban los primeros rayos dorados del sol, creando destellos que danzaban sobre el mármol antiguo.

Los arbustos de boj, perfectamente recortados, se iluminaban con tonos cálidos, y el canto de los pájaros se mezclaba con el murmullo del viento, componiendo una sinfonía natural que parecía celebrar el amanecer de un día trascendental.

Los ciudadanos que pasaban cerca podían sentir, aunque solo fuera instintivamente, que aquel día era diferente.

Había un aire de expectación, de cambio sutil pero profundo.

Algunos detenían sus pasos para mirar hacia las ventanas del palacio, preguntándose quién presidiría el Consejo Real.

Otros compartían miradas de curiosidad y orgullo, conscientes de que aquel consejo no era solo una formalidad, sino un símbolo de continuidad y renovación.

El amanecer de una nueva generación no se anunciaba con fanfarrias, sino con la combinación de tradición, solemnidad y esperanza que impregnaba cada rincón del reino.

Dentro del salón del consejo, Liang sentía cómo el peso de la responsabilidad lo empujaba a enfocarse en cada detalle.

Sus ojos recorrían a los consejeros, observando sus gestos, la forma en que sostenían los pergaminos y la manera en que inclinaban la cabeza en señal de respeto.

Cada uno representaba siglos de experiencia, conocimiento acumulado y tradiciones que habían sostenido al Reino de Nanxi durante generaciones.

Pero Liang no se sentía intimidado; por el contrario, encontraba en esa presencia un estímulo para demostrar que la juventud podía caminar de la mano con la sabiduría ancestral.

Los consejeros continuaron con la sesión, presentando informes detallados sobre los puertos del norte, los planes de reconstrucción, las alianzas con los ducados vecinos y la apertura de nuevas rutas comerciales con el Imperio del Dragón Dorado.

Liang escuchaba con atención, anotando mentalmente cada dato importante, formulando preguntas precisas y ofreciendo sugerencias basadas en su propia comprensión estratégica.

Con cada intervención, su voz se fortalecía, modulada con seguridad y respeto, y pronto incluso los más veteranos comenzaron a admirar su claridad de pensamiento y su capacidad para tomar decisiones con rapidez y sensatez.

Entre los consejeros, algunos intercambiaban miradas de sorpresa y satisfacción.

No todos esperaban que un heredero tan joven pudiera combinar la prudencia con la audacia de manera tan natural.

Otros, que habían sido críticos de la inexperiencia de la juventud, empezaban a percibir un brillo en los ojos de Liang, una chispa que no podía ignorarse: la visión de un líder que comprendía la importancia de cada detalle, pero que también sabía inspirar confianza y esperanza.

Afuera, los jardines continuaban desplegando su esplendor.

Los pétalos de los cerezos, arrastrados por el viento, se acumulaban en pequeñas alfombras sobre los senderos, recordando a quienes pasaban por allí que la belleza de la naturaleza es efímera, pero su impacto perdura.

Algunos ciudadanos recogían los pétalos, enviándolos como ofrenda simbólica al palacio, mientras que niños corrían entre las fuentes y las estatuas, ajenos a la formalidad del consejo, pero sintiendo la emoción de un día especial.

Liang, desde su posición frente al trono, percibía esta conexión silenciosa con su pueblo.

Entendía que cada decisión que tomara afectaría a estas personas, a sus familias y a su futuro.

Sentía la responsabilidad de honrar no solo la autoridad que le había sido conferida, sino también la confianza de aquellos que esperaban en los jardines y las calles, viendo en él la promesa de un reino sólido y justo.

Su corazón latía con fuerza, pero no por miedo: cada latido era un recordatorio de que la verdadera fuerza de un líder reside en comprender la magnitud de su deber y en actuar con conciencia y rectitud.

Conforme el Consejo Real avanzaba, las discusiones se volvieron más profundas y estratégicas.

Los consejeros debatían sobre presupuestos, logística y protocolos, mientras Liang intervenía con precisión, ofreciendo soluciones innovadoras que respetaban las tradiciones del reino.

Su capacidad de sintetizar información compleja y transformarla en planes claros impresionaba a todos.

A su alrededor, la energía del salón cambiaba; ya no se trataba solo de un joven heredero en aprendizaje, sino de un líder que comenzaba a trazar la visión de su generación.

Mientras la luz del sol ascendía y bañaba cada rincón del palacio, Liang se permitió un momento de reflexión.

Observó los vitrales que representaban batallas históricas, tratados de paz y gestos de lealtad, y comprendió que cada decisión que tomara debía honrar ese legado.

Cada palabra pronunciada, cada decreto aprobado, sería un hilo más en el tejido de la historia del Reino de Nanxi.

La responsabilidad era enorme, pero también lo era la oportunidad de dejar una marca imborrable en el destino de su gente.

Y así, con cada minuto que pasaba, el Consejo Real de Nanxi avanzaba con fluidez y solemnidad.

Liang, con cada palabra y gesto, demostraba que la autoridad no se limita a la herencia o a los títulos, sino que se construye con respeto, sabiduría y la capacidad de guiar con justicia.

Los consejeros más experimentados comenzaban a intercambiar miradas de aprobación silenciosa, reconociendo que frente a ellos estaba un líder digno de asumir el trono, preparado para los desafíos que el futuro traería.

El amanecer continuaba expandiéndose sobre los jardines, iluminando las fuentes, los cerezos y los mosaicos del palacio.

El viento, suave pero constante, parecía llevar consigo un mensaje: el tiempo de la renovación había llegado, y con él, la promesa de un reino fortalecido por la unión de tradición y juventud.

El Consejo Real de Nanxi había comenzado, y con él, el amanecer de una nueva generación.

Una generación que no solo heredaría un reino, sino que también lo renovaría, lo fortalecería y lo prepararía para enfrentar los desafíos de un continente en constante cambio.

Cada decisión tomada, cada consejo escuchado y cada plan trazado se sentía como un paso firme hacia el futuro, mientras Liang consolidaba su posición como un líder consciente de su herencia y seguro de su destino.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack El liderazgo no se mide por la edad ni por el título, sino por la disposición a asumir la responsabilidad y aprender del pasado para guiar el futuro.

Este capítulo muestra que la fuerza de un reino reside en quienes saben combinar respeto por la tradición con la valentía de renovar la historia.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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