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EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 257

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257: Capítulo 6 — El voz del Reino de Koryun 257: Capítulo 6 — El voz del Reino de Koryun El Reino de Koryun amanecía envuelto en una luz dorada, como si el sol besara las torres del palacio para despertarlas suavemente.

Las murallas blancas reflejaban los rayos matinales y los jardines reales, famosos en todo el continente, se extendían como un océano verde perfumado por flores exóticas.

El canto de las aves se mezclaba con el sonido de las fuentes antiguas, creando una melodía que solo podía escucharse allí, en el corazón del reino.

En ese escenario, un joven sirviente avanzaba apresuradamente, sosteniendo una carta sellada con el símbolo del lobo blanco de Koryun.

Al ver a la Princesa Alina Volker leyendo bajo un ciruelo florecido, se detuvo, respiró hondo y se inclinó.

—Su Alteza —dijo con respeto—, los Reyes solicitan su presencia en el jardín del ala oeste.

Alina levantó la mirada, sorprendida.

No era común que ambos reyes la llamaran juntos sin previo aviso.

Cerró el libro en sus manos, un tratado sobre diplomacia antigua, y se puso de pie.

Mientras caminaba por los senderos de mármol, su mente comenzó a correr con preguntas.

¿Habrá ocurrido algo?

¿Será un anuncio importante?

¿Una decisión sobre las fronteras?

¿Una alianza?

Pero al doblar el camino que conducía al jardín privado, sus dudas se desvanecieron para dar paso a un sentimiento aún más profundo: una mezcla de entusiasmo y ansiedad.

Allí estaban sus padres: El Rey Darian Volker, el más alto de los dos, de rostro sereno y mirada firme, vestido con tonos burgundy que simbolizaban la autoridad real.

Y Matteo Riku, su otro padre, vestido con azul profundo y expresando una calma cálida que siempre tranquilizaba a Alina.

Entre ambos reposaba una mesa baja de piedra.

Sobre ella, dos objetos que hicieron que el corazón de la princesa latiera más rápido: El bastón de mando del reino, tallado en madera ancestral, con un cristal rojo incrustado en la empuñadura.

Y un pergamino enrollado, con sellos ceremoniales.

Alina sintió sus manos sudar.

El Rey Darian fue el primero en hablar.

—Alina —dijo con su voz profunda y equilibrada, la voz que los consejeros siempre describían como “piedra y sabiduría”—… hoy quiero contarte algo que mi padre me dijo cuando yo tenía tu edad.

“Un gobernante no hereda el trono —decía—, hereda la responsabilidad.” Y aquel día, me pidió que abriera mi primer consejo sin él.

Matteo intervino con una sonrisa suave.

—En Koryun, es tradición que la futura heredera tome las riendas del consejo real antes de portar oficialmente la corona.

Es la forma en la que demostramos que no gobernamos por título, sino por convicción.

Y ha llegado ese momento para ti.

Alina sintió que el estómago se le comprimía.

¿Ese momento?

¿Ya?

—Papas… —su voz tembló apenas— no estoy segura de estar lista.

Matteo se acercó, poniéndole una mano en la mejilla.

—La inseguridad es natural, hija.

Nadie está completamente listo para gobernar.

Ni siquiera nosotros cuando comenzamos.

Lo importante es que tienes corazón, juicio y pasión por tu pueblo.

Eso no se aprende: nace contigo.

Darian añadió, posando su mano sobre el hombro de Alina: —El consejo te escuchará.

Has pasado años preparándote.

Has estudiado historia, leyes, diplomacia, estrategia… Has acompañado a Matteo en sus misiones de paz y has entrenado conmigo cada noche.

Hoy, solo debes ser tú misma.

El silencio se llenó de emoción.

Alina respiró hondo y miró el bastón de mando.

El Bastón de Mando no era una mera insignia, sino la raíz misma de Koryun.

Se decía que era la materialización de la voluntad del reino.

Su primera portadora, la legendaria Reina Ardyen, “La Unificadora”, no solo lo sostuvo; con él, ella forjó el reino.

Fue la primera persona en alzar este símbolo de poder, la visionaria que, paso a paso, reunió a los belicosos clanes bajo una única y gloriosa bandera.

En cada fibra de su madera, en cada metal grabado, residía el eco de su decreto: la promesa de una nación unida.

Con manos que aún temblaban, tomó el pergamino.

El sello cayó suavemente y ella lo desenrolló.

Adentro había una serie de puntos: Los temas a tratar.

Las disputas territoriales menores con el clan Verus.

El aumento en el comercio marítimo con el gran ducado de Suryun, con el Imperio del dragón dorado ,con el reino de Andshi, y el gran ducado de Veyora La reciente preocupación sobre los ataques de bandidos en la frontera norte.

Un proyecto de ley sobre protección de las tierras agrícolas.

Y una propuesta para restaurar los antiguos templos de la ciudad capital.

Demasiado.

Mucho más de lo que esperaba.

Pero también, al verlo, sintió algo despertar en su interior: La emoción.

La responsabilidad.

La sensación de que, finalmente, estaba dando su primer paso hacia el futuro que siempre soñó.

—Alina —dijo Darian, acercándole el bastón—… ¿estás lista para cargar con lo que lleva este símbolo?

Ella no respondió con palabras.

Simplemente extendió la mano y lo tomó.

Un leve brillo recorrió el cristal del bastón, como si respondiera a su tacto.

Mateo sonrió al verlo.

—El bastón te acepta —susurró—.

Eres la heredera de Koryun, hija.

— El salón del consejo estaba al otro lado del palacio, en un edificio circular con columnas altas y enormes ventanales que permitían ver los jardines en toda su extensión.

Cuando Alina llegó, las puertas se abrieron lentamente, revelando un lugar lleno de luz natural y de murmullos contenidos.

Los nobles, los consejeros y los generales hablaban entre ellos, revisando pergaminos y mapas.

Nadie esperaba que la princesa apareciera allí esa mañana.

Menos aún… que fuera la anfitriona.

Apenas cruzó la puerta, un silencio cayó sobre la sala.

Uno a uno, los consejeros se pusieron de pie.

Sus rostros pasaron de sorpresa a respeto.

La princesa avanzó con pasos seguros, aunque por dentro su corazón latía con fuerza.

El bastón de mando parecía pesar más con cada paso, como si estuviera probando su determinación.

Al llegar al centro, levantó la mirada.

Todos la observaban.

Todos la evaluaban.

Pero también… todos la escuchaban.

Alina levantó el bastón y su voz resonó más clara de lo que esperaba.

—Hoy —dijo—, en nombre del Reino de Koryun, doy inicio al Consejo Real.

Hemos sido un reino de paz y fortaleza, pero vivimos tiempos que requieren decisión.

Hoy trataremos asuntos de nuestras fronteras, nuestra economía, nuestra justicia y la seguridad de nuestro pueblo.

Y confío en que juntos encontraremos las mejores soluciones.

Una murmuración aprobatoria recorrió la sala.

Luego, los consejeros comenzaron a sentarse, con una nueva expresión en sus rostros.

Respeto genuino.

Durante las siguientes horas, Alina escuchó, debatió, preguntó y analizó.

No se apresuró en responder: tomó notas, pidió aclaraciones, consultó documentos.

Había quienes esperaban verla dudar o titubear.

Pero lo que vieron fue a una joven inteligente, firme, observadora.

Cuando el consejero militar habló de los bandidos del norte, Alina propuso enviar una delegación de mediadores junto con un pequeño destacamento para evaluar si la situación era producto de necesidad o crimen organizado.

Cuando se discutió la tensión con Verus, ella recordó un tratado antiguo sobre derechos de paso que ningún consejero había mencionado.

Cuando se habló de restauración de templos, ella propuso integrar artesanos jóvenes, fomentando cultura e identidad nacional.

Uno a uno, los consejeros fueron cambiando sus posturas.

Lo que empezó como un simple consejo diplomático se convirtió en una jornada histórica.

Desde el balcón lateral, Darian y Matteo observaban en silencio.

—Nuestra hija… —mur muró Matteo, sin quitar los ojos de ella— está hecha para esto.

Darian asintió.

—Koryun estará en buenas manos.

Cuando el consejo finalizó, Alina se quedó sola en el centro del salón.

El sol de la tarde iluminaba el cristal del bastón, haciéndolo brillar como una llama.

Sintió un nudo en la garganta.

No porque estuviera nerviosa.

No porque estuviera asustada.

Sino porque por primera vez comprendió el verdadero peso de su destino.

El eco de sus últimas palabras aún vibraba en las paredes del salón del consejo.

Los nobles se retiraban murmurando, algunos con respeto renovado, otros con sorpresa aún marcada en sus rostros, y unos pocos con una cautela silenciosa ante el cambio que acababa de iniciar.

Pero Alina ya no los veía.

Sus ojos estaban fijos en el bastón de mando que descansaba ahora entre sus manos.

El mismo bastón que su abuelo había sostenido.

El mismo que su padre mayor había empuñado.

El mismo que ahora ella—ella—había levantado frente al Consejo Real.

Por un instante, el mundo pareció detenerse.

Era como si pudiera sentir la energía del legado familiar recorrerle los brazos, ascender por su espalda y anclarse en su pecho.

No era una carga… era un vínculo.

Un lazo vivo entre el pasado que la había formado y el futuro que ella misma acababa de reclamar.

—Lo lograste —dijo una voz dulce detrás de ella.

Matteo había entrado sin que lo notara.

Su sonrisa era suave, casi temblorosa de orgullo.

Sus pasos resonaron con delicadeza hasta llegar a ella, y sin pedir permiso, la abrazó con fuerza.

Alina apoyó la frente en su hombro, dejando que la calidez de ese gesto la enraizara en el presente.

Un momento después, sintió otra presencia.

Darian, serio como siempre, se ubicó a su lado.

No abrazó.

No lloró.

Solo colocó su mano firme sobre su hombro.

Ese toque, tan simple y tan él, la estremeció más que cualquier discurso.

—Hoy —dijo su padre— comenzaste tu propio camino.

Su voz era un río profundo, cargado de significado.

—No el de tus padres.

Su mano apretó con suavidad.

—No el de tus antepasados.

Alina levantó lentamente la mirada, encontrando sus ojos.

—El tuyo.

Las palabras la atravesaron.

No como una orden, sino como un reconocimiento.

El reconocimiento de que había dado un paso que nadie podía dar por ella.

Alina cerró los ojos.

Y sonrió.

No fue una sonrisa pequeña.

Ni tímida.

Fue una sonrisa plena, llena, completa.

Porque en ese instante comprendió que el futuro del Reino de Koryun no era solo una herencia que se le había entregado… Era una elección.

Una elección que ella había aceptado, enfrentado y honrado.

Una elección que ella estaba lista para continuar.

Desde las puertas del salón, la luz del atardecer entraba en haces dorados, bañando el mármol y las columnas con un resplandor cálido que parecía envolverlos a los tres.

El aire tenía un aroma suave a flores del jardín, como si el propio reino contuviera la respiración, observando a su futura reina.

Matteo dio un paso atrás para mirarla mejor.

—Alina Volker… —murmuró con voz emocionada— hoy te convertiste en algo más que la heredera.

Ella lo miró, esperando sus palabras.

—Te convertiste en la líder que siempre supimos que podías ser.

Darian asintió, solemne.

—Y este es solo el primer día.

Alina sintió que el corazón le latía con fuerza.

No por miedo.

No por duda.

Sino por la inmensa emoción de lo que vendría.

Se volvió hacia el salón vacío.

Las sillas cuidadosamente acomodadas.

El estrado central donde se había parado.

El silencio que ahora lo llenaba todo… Silencio que ya no parecía intimidante.

Ahora era un escenario esperando su próxima palabra.

El Consejo Real de Koryun había sido convocado por una nueva voz.

Una voz joven.

Una voz decidida.

La voz de la heredera.

La voz de la futura reina.

La voz de Alina Volker.

Y con ella, el Reino de Koryun dio su primer paso hacia una nueva era.

Una era donde la tradición no sería una cadena… sino una guía.

Una era donde la renovación no sería una amenaza… sino una oportunidad.

Una era donde Alina, con el legado en una mano y su determinación en la otra, caminaría hacia un destino que ya no temía… Y que ahora esperaba con los brazos abiertos.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack La heredera de Koryun finalmente alza su bastón y su voz.

Este capítulo marca el inicio de su verdadero camino: no como princesa… sino como líder destinada a transformar su reino.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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