EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 258
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- Capítulo 258 - 258 Capítulo 7 — El Reino de Andshi
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258: Capítulo 7 — El Reino de Andshi 258: Capítulo 7 — El Reino de Andshi En el corazón del Reino de Andshi, los jardines del palacio se encontraban bañados por la luz suave de la mañana.
La brisa movía delicadamente los abanicos de las hojas de los árboles de loto, mientras el aroma de los jazmines trepaba por los arcos de piedra, mezclándose con el dulce perfume del té recién servido.
Aquel jardín, famoso en todo el reino, siempre había sido testigo de conversaciones importantes, pero esa mañana cargaba un significado especial.
La joven Princesa Melin, heredera del trono de Andshi y Duquesa de Elaris City, estaba sentada entre sus madres en un pequeño pabellón adornado con cortinas de seda azul celeste.
Las mesas de porcelana tenían finos detalles en flores doradas, y sobre ellas reposaba una bandeja de té aún humeante.
A la distancia, se escuchaba el sonido del agua cayendo en las fuentes del jardín, un murmullo constante que llenaba el aire de paz, aunque para Melin, aquella mañana era cualquier cosa menos tranquila.
—Hoy es un día especial, hija —dijo la Reina Selene, sirviéndole el té con manos suaves pero firmes—.
Como cada generación, es hora de que asumas tu primer Consejo Real de Andshi.
Su voz, dulce pero llena de autoridad, hizo que el corazón de Melin diera un salto.
Valentina, la princesa consorte, añadió con una sonrisa cálida, una de esas sonrisas capaces de calmar cualquier tormenta interna: —Todo lo que has aprendido hasta hoy ha sido para prepararte.
Ahora es tu momento de mostrar que puedes guiar a nuestro reino, no solo como princesa, sino como futura soberana.
Melin bajó la mirada hacia su taza.
Podía ver el reflejo tembloroso del cielo dentro del líquido ámbar.
Probó un sorbo, esperando que el sabor herbal y familiar le bajara un poco el cosquilleo nervioso que no dejaba de crecer en su estómago.
Junto a la bandeja de té estaban los dos objetos que marcarían su destino: • el pergamino con los temas del consejo, cuidadosamente preparado por Selene • el bastón de mando, adornado con plata y jade, símbolo ancestral de la autoridad de Andshi La joven los miró con una mezcla de respeto y miedo.
—¿Y si cometo un error?
—preguntó, con un hilo de voz más sincero que cualquier otra palabra que hubiera dicho esa mañana.
Valentina extendió la mano y le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja, un gesto lleno de amor.
—Los errores son lecciones, Melin.
Nadie se convierte en una buena reina sin tropezar alguna vez.
Hoy no solo es tu consejo… —le apretó la mano— es el inicio de tu camino como líder.
Y nosotras confiamos en ti.
Selene añadió, con una calma que solo tienen quienes han gobernado durante muchos años: —El consejo no espera perfección.
Espera liderazgo.
Y tú naciste para eso.
Después de terminar el té, Melin se levantó lentamente.
Su corazón latía con fuerza, pero cada paso que daba hacia el salón del consejo la hacía sentir más anclada al suelo, más consciente del significado de lo que estaba a punto de hacer.
Selene y Valentina la observaban desde el pabellón, con los ojos brillantes de orgullo.
El pasillo hacia el salón estaba adornado con murales que representaban a las antiguas reinas de Andshi.
Mujeres fuertes, sabias, valientes.
Melin se detuvo un segundo frente a la imagen de la primera reina, Liara de Andshi, quien había unificado las tierras del sur con diplomacia y firmeza.
“Si ella pudo… yo también puedo”, pensó.
Cuando entró al salón del Consejo Real de Andshi, los consejeros —hombres y mujeres con túnicas de seda y medallones ceremoniales— se pusieron de pie.
El silencio fue inmediato, casi cortante.
Algunos esperaban ver entrar a Selene.
Otros, incluso, a Valentina.
Pero ninguno esperaba a la princesa heredera.
Las conversaciones que llenaban la sala se apagaron como una vela bajo la lluvia.
El sonido de las telas rozando, de plumas deteniéndose sobre pergaminos y de respiraciones contenidas, creó un silencio denso.
Las miradas se alzaron al mismo tiempo hacia Melin, cargadas de sorpresa, incertidumbre y, en algunos casos, una cautela que rozaba el desconcierto.
Algunos consejeros murmuraron entre ellos, apenas inclinándose hacia sus compañeros: —¿La princesa… presidirá el consejo?
—Pero la reina no anunció esto.
—¿Estamos ante un cambio de tradición…?
Otros simplemente se quedaron inmóviles, sin saber cuál debía ser su reacción.
Aquella sala, acostumbrada a la figura imponente de la Reina Selene o al tono sereno y analítico de Valentina, jamás había visto a Melin en ese lugar.
Había oído informes de ella, habían recibido documentos escritos por su mano, pero verla allí, bastón en mano, era otra historia.
Melin avanzó hacia el centro, su paso firme aunque la respiración le temblara bajo las costillas.
Podía sentir cada mirada clavada en su espalda, cada duda flotando en el aire espeso del salón.
Pero no retrocedió.
No podía.
Su destino avanzaba con ella.
Al llegar al estrado central, levantó el bastón de mando.
El sonido del jade chocando ligeramente con el piso resonó con autoridad, como un golpe que sellaba el inicio de algo inevitable, algo histórico.
Y en ese instante, todo cambió.
—Hoy —dijo con una voz clara y sorprendentemente segura— doy inicio al Consejo Real de Andshi.
Su propia voz la sorprendió.
No temblaba.
No vacilaba.
Era la voz de alguien que había aprendido, escuchado y observado durante años.
Una voz que empezaba a reconocerse a sí misma como heredera.
—Debemos revisar las rutas comerciales —continuó—, fortalecer nuestras defensas y garantizar que la justicia se mantenga en cada rincón de nuestro reino.
La sala quedó en silencio absoluto durante un instante que pareció eterno.
Como si el tiempo mismo contuviera la respiración junto a ellos.
Y luego… uno por uno, los consejeros comenzaron a asentir.
Primero, el Maestro de Comercio, un hombre severo que rara vez mostraba emoción.
Luego la Consejera Militar, que la observó con una mezcla de sorpresa y respeto.
Después, el Maestro de Leyes, quien incluso hizo una leve reverencia.
Y pronto, como una ola que avanzaba desde la mesa central hasta los laterales, cada consejero respondió a su autoridad con un gesto de aceptación.
Sus palabras no solo eran correctas.
Eran precisas.
Eran firmes.
Eran dignas de una futura soberana.
Y así comenzó la verdadera prueba.
A medida que la sesión avanzó, Melin respondió preguntas complejas, escuchó propuestas que requerían un análisis profundo, señaló detalles que muchos consejeros veteranos habían pasado por alto.
Su conocimiento —a veces subestimado por aquellos que la habían visto crecer entre pergaminos y entrenamientos diplomáticos— brilló con una claridad inesperada.
Cuando el Maestro de Comercio mencionó un problema en las rutas del norte, Melin no titubeó: —La nieve dañó los puentes hace dos inviernos —respondió—.
Si no reforzamos la estructura ahora, el comercio se verá afectado antes de la próxima estación fría.
El consejero parpadeó, sorprendido de que ella recordara un informe tan específico.
Cuando la Consejera Militar propuso reforzar la frontera con más guardias, Melin contestó: —Más guardias sin mejorar el suministro no servirá de nada.
Necesitamos rutas más rápidas entre los puestos del valle.
Sugiero establecer un protocolo de transporte directo desde Elaris City.
La consejera abrió los ojos, impresionada.
Incluso esbozó una sonrisa.
Y cuando el Maestro de Leyes debatió un asunto complejo sobre justicia rural, Melin se inclinó con serenidad y dijo: —He hablado con los jueces de las provincias del este.
Necesitan más autonomía y acceso a escribas.
No resolveremos nada si no fortalecemos la base de sus recursos.
El anciano consejero carraspeó, casi avergonzado.
—Tienes razón, Alteza —admitió.
Poco a poco, el nerviosismo se transformó en una calma nueva, poderosa.
Una calma que surgía no de la ausencia de miedo, sino de la certeza de que podía enfrentar cualquier duda que cayera sobre ella.
Por primera vez, Melin sintió que no estaba simplemente aprendiendo a gobernar… Estaba gobernando.
Y los consejeros lo veían.
Lo sentían.
Algunos incluso comenzaron a mirarla con ojos distintos: ya no como la hija de las reinas, sino como una figura capaz de sostener el futuro del reino.
Desde el pabellón, Selene y Valentina observaban desde la distancia.
Ocultas tras las cortinas de seda, intentando no interrumpir, pero incapaces de apartar la mirada de su hija.
Selene se limpió discretamente una lágrima que amenazaba con rodar por su mejilla.
Valentina le tomó la mano, entrelazando sus dedos con suavidad.
—Nuestra hija ya está preparada para su destino —susurró Valentina.
La voz de Selene tembló cuando respondió, cargada de orgullo y emoción contenida: —Hoy, Andshi vio nacer a su futura reina.
No era solo un acto simbólico.
No era una tradición.
Era el inicio real de una nueva era.
Una era en la que el Reino de Andshi ya no estaría guiado solo por la sabiduría de la generación presente, sino por la visión luminosa de una heredera que había demostrado su valía ante los ojos de todos.
Cuando el Consejo Real llegó a su fin, Melin bajó el bastón lentamente, sintiendo el peso del deber… y también el calor de la esperanza.
Los consejeros se pusieron de pie, uno por uno, inclinándose ante ella.
Algunos con respeto.
Otros con admiración abierta.
Y algunos con un asombro que aún intentaban comprender.
Melin exhaló, por fin.
La tensión que había sostenido durante la sesión la abandonó en un suspiro profundo.
Pero en ese cansancio había algo hermoso: una chispa de orgullo y realización.
Una nueva luz había despertado en el reino.
La luz de la Reina que sería.
La luz de Melin de Andshi.
Y para todos los presentes, quedó claro que aquel día sería recordado en la historia como el amanecer de una soberana destinada a transformar su mundo.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack La princesa Melin da su primer paso real.
Este capítulo marca el nacimiento de una líder: el día en que una heredera se convierte, por primera vez, en la voz de su reino.
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