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EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 260

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  4. Capítulo 260 - 260 Capítulo 9 — La República Federada de OshiranEl Deseo del Hijo del Canciller
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260: Capítulo 9 — La República Federada de Oshiran:El Deseo del Hijo del Canciller 260: Capítulo 9 — La República Federada de Oshiran:El Deseo del Hijo del Canciller El amanecer sobre la República Federada de Oshiran nunca era silencioso.

A diferencia de los reinos monárquicos, donde los primeros rayos del sol revelaban paisajes de castillos y jardines solemnes, en Oshiran el día comenzaba con vida pura, con voces, con movimiento, con discusiones amistosas que parecían bandas sonoras del espíritu cívico del país.

Los mercados se abrían temprano, llenando el aire de aromas intensos: pan recién horneado, especias del norte, té del sur y fruta traída desde las comunidades costeras.

Los vendedores discutían con los compradores, no por mal humor, sino por costumbre: en Oshiran, debatir era casi un deporte nacional.

Las banderas de la República ondeaban desde los edificios del Consejo Federal, los balcones ciudadanos y los balcones de las universidades, todas representadas por el mismo símbolo: un Águila de dos cabezas.

La capital, Oshira despertaba con un pulso propio.

En la residencia del Canciller, una casa amplia pero no ostentosa —como correspondía al cargo de un líder elegido—, el joven Valen Verek se preparaba para lo que él creía sería un día común.

Su madre le sirvió el desayuno mientras él hojeaba un cuaderno lleno de anotaciones: leyes básicas, historia reciente, debates importantes del año.

Él había comenzado a estudiar por su cuenta, aunque nadie se lo había pedido.

Apenas había terminado su segunda taza de té cuando escuchó la voz firme de su padre.

—Valen, acompáñame hoy.

El Canciller Federico Verek, alto, de mirada aguda y serenidad contagiosa, lo esperaba en la puerta del estudio.

Llevaba su usual traje gris, sencillo pero impecable, y sostenía una carpeta de documentos que parecían multiplicarse cada día.

—¿A dónde vamos?

—preguntó Valen mientras se levantaba.

—Al Consejo Federal —respondió el Canciller, como si fuera lo más normal del mundo—.

Hoy tenemos una sesión importante.

Quiero que observes.

El joven sintió un salto en el pecho.

No solía acompañar a su padre a las sesiones.

No era costumbre permitir familiares, y menos aún joven.

Pero algo en el tono de su padre indicaba que este día era diferente.

—¿Puedo participar?

—preguntó con los ojos brillantes.

Federico soltó una risa leve, suave, casi paternal.

—Aún no, hijo… pero pronto entenderás lo que significa servir a la República.

— El edificio del Consejo Federal se alzaba imponente en el centro de oshira.

No tenía la grandeza decorativa de un palacio, pero su diseño inspiraba respeto: columnas elegantes, grandes ventanales de cristal y murales que representaban los momentos clave de la historia republicana.

El más famoso mostraba la firma del Tratado de Unión, cuando los cuatro Estados decidieron formar una sola nación sin reyes ni linajes al mando.

Allí gobernaba el pueblo.

Allí se debatía.

Allí nacía el futuro de Oshiran.

Valen caminaba junto a su padre, intentando mantener la compostura, aunque sus ojos lo traicionaban admirándolo todo.

Al entrar en la sala principal del Consejo, vio a los consejeros tomando asiento.

Algunos representaban regiones montañosas, otros las ciudades portuarias o las zonas agrícolas.

Cada uno llevaba la insignia de su Estado Federado en el pecho.

Una mezcla de voces, saludos y comentarios llenaba el ambiente, pero todo cambió en cuanto el Canciller avanzó hacia el estrado.

Un silencio respetuoso se extendió como una ola.

Valen tomó asiento entre los asistentes y abrió su cuaderno, listo para tomar notas que no sabía si eran necesarias, pero sentía que debía hacerlo.

— La sesión comenzó con la voz serena de su padre.

—Hoy discutiremos la reconstrucción de las rutas comerciales que fueron afectadas por las tormentas del mes pasado… Federico hablaba con calma.

No imponía.

No levantaba la voz.

Su autoridad no provenía de un título hereditario, sino de la confianza del pueblo y del consejo.

A lo largo de la sesión, los temas se extendieron mucho más allá: educación pública, nuevas leyes para mejorar la seguridad fronteriza, el financiamiento de proyectos culturales y la propuesta de una nueva alianza económica con el Reino de Koryun.

Valen escuchaba fascinando, sintiendo que cada palabra abría una puerta nueva en su mente.

Pero lo que más lo impactaba no era lo que su padre decía… sino cómo lo decía.

Federico escuchaba más de lo que hablaba.

Tomaba notas.

Asentía.

Pedía aclaraciones.

Respondía solo cuando era necesario, con precisión quirúrgica.

Era un líder que no buscaba dominar, sino unir.

Y eso, para Valen, fue como abrir un libro que jamás había leído.

— Cuando la sesión terminó, los consejeros se levantaron conversando entre ellos.

La mayoría tenía prisa por regresar a sus Estados o atender reuniones secundarias.

La sala se vació lentamente, dejando una calma casi sagrada.

Valen permaneció sentado un momento más, observando el estrado vacío donde minutos antes su padre había dirigido a toda la República.

Cuando finalmente se levantó, lo hizo con un propósito que no sabía que llevaba dentro.

Cruzó el centro del salón.

El eco de sus pasos sobre el mármol resonó en el espacio silencioso.

Federico, que revisaba unos documentos, levantó la vista sorprendido.

—¿Qué sucede, hijo?

Valen respiró hondo.

—Padre… —su voz temblaba, pero no de miedo—.

Hoy entendí lo que haces.

Entendí lo que significa este lugar… lo que significa representar a un pueblo.

Federico dejó los papeles a un lado.

—Continúa.

—Quiero seguir tus pasos —dijo, esta vez con firmeza—.

Quiero convertirme en Canciller algún día.

No por poder… no por reconocimiento.

Sino para servir como tú sirves.

Para proteger la República y unir a nuestra gente.

Federico se quedó en silencio, un silencio profundo.

Era un hombre que había escuchado miles de discursos, miles de intenciones, miles de promesas políticas… pero nunca una con el peso sincero de aquella.

Se acercó lentamente y colocó una mano firme en el hombro de su hijo.

—Valen… servir a la República es un camino largo.

Más difícil que cualquier trono o linaje.

Aquí nadie hereda poder.

Todos lo ganan con sacrificio.

¿Estás seguro?

—Lo estoy —respondió sin vacilar.

El Canciller sonrió, una sonrisa que pocas veces dejaba ver.

—Entonces empieza desde ahora.

Aprende a escuchar antes de hablar.

Aprende a unir antes de dividir.

Un Canciller no gobierna… guía.

Recuerda siempre eso.

Valen sintió que esas palabras no eran solo un consejo.

Eran un juramento.

Un destino.

Más tarde, padre e hijo subieron al balcón del edificio del Consejo Federal.

Desde allí, la vista era impresionante: la ciudad entera extendiéndose con sus colores vibrantes, los puentes que cruzaban el río plateado, los barrios llenos de vida y el bullicio eterno del pueblo.

Era una de esas vistas que, incluso para alguien que había nacido allí, seguía disparando una punzada de asombro en el corazón.

Oshiran era muchas cosas: imperfecta, ruidosa, a veces caótica… pero era un país vivo, despierto, con un espíritu de lucha que no se apagaba ni en los tiempos más oscuros.

Valen apoyó las manos en la baranda fría de mármol.

El viento le revolvió el cabello y le refrescó la piel, como si la ciudad misma quisiera darle la bienvenida a una nueva etapa.

Observó cada detalle: el movimiento del tranvía principal cruzando la avenida, las luces que comenzaban a encenderse en los mercados nocturnos, el eco lejano de un músico callejero afinando su instrumento.

Todo eso —pensó— algún día dependería, aunque fuera en pequeña parte, de él.

Y ese pensamiento le atravesó el pecho como un rayo silencioso.

—¿Crees que algún día podré hacerlo bien?

—preguntó en voz baja, sin apartar la mirada del horizonte.

Era una pregunta sincera, desnuda, sin orgullo ni falsa modestia.

Era una duda que había cargado durante años, aunque pocas veces se había permitido pronunciarla en voz alta.

Federico lo observó durante un largo instante antes de responder.

No como Canciller, no como político experimentado, sino como padre.

Un padre que conocía las dudas de su hijo, las batallas internas que nadie más veía, las presiones que recaían sobre los hijos de líderes públicos.

—No tengo duda —respondió, con una suavidad que contrastaba con la firmeza de su voz—.

Porque tu deseo no nace de la ambición… sino del servicio.

Y ese es el corazón de Oshiran.

Valen tragó saliva.

Sentía en su interior una mezcla de alivio y temor, como si las palabras de Federico hubieran activado algo que llevaba años dormido.

El sol caía lentamente, tiñendo los edificios de tonos dorados y anaranjados.

A lo lejos, el río parecía una cinta luminosa que reflejaba las últimas luces del día.

Era una pintura viva, un recordatorio del pasado y del futuro coexistiendo en un único instante.

La bandera de la República ondeaba junto a ellos, iluminada por la luz del atardecer.

El rojo profundo, el blanco claro y el azul oscuro parecían más vibrantes que nunca, como si el propio estandarte reconociera que allí se estaba gestando un nuevo capítulo.

—Tu abuelo —continuó Federico— solía decir que gobernar un país es como sostener una antorcha.

No se trata de quién brilla más, sino de quién está dispuesto a llevar la luz cuando el camino se vuelve oscuro.

Y tú, Valen… tú siempre te has preocupado por alumbrar a los demás antes que a ti mismo.

El joven bajó la mirada.

Recordó momentos pequeños que cobraban nuevo sentido: cuando ayudaba en los refugios comunitarios sin esperar reconocimiento, cuando acompañaba a su padre a las reuniones abiertas con los sindicatos, cuando escuchaba en silencio las preocupaciones de la gente común.

Él nunca lo había visto como preparación para un cargo; simplemente, era lo que sentía que debía hacer.

Pero ahora, con las palabras de su padre en el aire, comenzó a comprender que quizá ese era precisamente el camino hacia un liderazgo real.

—A veces siento que no estoy listo —admitió Valen—.

Que aunque aprenda, aunque observe, aunque intente… nunca voy a estar a la altura de todo lo que implica esto.

Federico sonrió apenas, una sonrisa cansada, de esas que llevan recuerdos de victorias y derrotas.

—Nadie está listo, hijo.

Ni siquiera yo lo estaba cuando me eligieron.

El liderazgo no surge de la perfección, sino de la escucha.

No se trata de saberlo todo, sino de rodearte de quienes te ayudan a entender el país.

El verdadero peligro no es equivocarse… sino creer que no necesitas aprender.

Valen sintió cómo esas palabras se grababan en su mente.

Había escuchado discursos políticos toda su vida, había visto grandes oradores dominar auditorios enteros… pero aquellas palabras, pronunciadas en un balcón silencioso, le parecieron más poderosas que cualquier proclama pública.

—Oshiran —continuó el Canciller— no depende de una corona ni de una herencia.

Nunca lo ha hecho.

Nuestro país nació del consenso, de la voz del pueblo, de la idea de que todos merecen ser escuchados.

Y eso es lo que te convierte en alguien capaz: tú escuchas.

Tú sientes.

Tú ves a la gente.

Valen respiró hondo.

La ciudad seguía latiendo debajo de ellos, como si sus calles tuvieran un pulso propio.

Por primera vez, sintió que el sonido de ese latido se sincronizaba con el suyo.

El sol terminó de ocultarse, dejando tras de sí un cielo púrpura que anunciaba el comienzo de la noche.

Las luces de los edificios se encendieron como estrellas artificiales.

Se escuchó el sonido de las campanas municipales marcando la hora.

Y allí, en aquel balcón, bajo la luz de un nuevo ocaso, nació un líder.

No un heredero.

No un príncipe.

No un político moldeado por una estructura rígida.

Sino algo más valioso: Un servidor del pueblo.

Un joven que comprendía que el poder no era una llave, sino un puente.

Un hijo que había encontrado su propósito sin buscar la gloria.

Un futuro Canciller que, con el tiempo, podría cambiar el destino de toda una nación.

Porque los tronos pueden heredarse… Pero el corazón de un Canciller se construye.

Se forja con dudas.

Se fortalece con caídas.

Se pule con escucha.

Y florece con la voluntad de servir.

Y el de Valen acababa de despertar.

Federico colocó una mano en su espalda y juntos observaron cómo las luces de la ciudad se encendían una a una, como si Oshiran respondiera al surgimiento de una nueva llama.

—Lo que viene no será fácil —dijo su padre—.

Habrá días buenos, días terribles, críticas, desafíos, conflictos que parecerán imposibles de resolver.

Pero no vas a enfrentarlos solo.

Tienes una familia, un gobierno, y un pueblo que, cuando crea en tu corazón, caminará contigo.

Valen asintió.

Ya no con duda, sino con una calma profunda.

El país seguía moviéndose allá abajo: vendedores nocturnos abriendo sus puestos, familias regresando a sus casas, trabajadores saliendo de las fábricas, estudiantes riendo en los parques.

Todos ellos formaban la República de Oshiran.

Todos ellos, algún día, serían parte de su responsabilidad.

Y, por primera vez, en vez de sentir miedo… Sintió honor.

Sintió gratitud.

Sintió destino.

—Quiero hacerlo bien —susurró Valen—.

No por mí.

Por ellos.

—Y ese es el primer paso para hacerlo —respondió Federico.

Las campanas sonaron una vez más, como si sellaran un pacto silencioso entre padre e hijo, entre pasado y futuro, entre la República que existía y la que algún día nacería bajo nuevas manos.

Valen levantó la vista hacia el cielo nocturno.

Y entendió algo con absoluta claridad: A partir de ese día, ya no caminaba solo por la historia.

La historia comenzaba a caminar con él.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack En esta nueva etapa conocemos el corazón de Oshiran: un país donde la fuerza no nace de coronas, sino del servicio.

Este capítulo marca el despertar del futuro de la República.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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