EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 262
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- Capítulo 262 - 262 CARTA DE ABDICACIÓN DEL OCTOGÉSIMO EMPERADOR JIN LONG
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262: CARTA DE ABDICACIÓN DEL OCTOGÉSIMO EMPERADOR JIN LONG 262: CARTA DE ABDICACIÓN DEL OCTOGÉSIMO EMPERADOR JIN LONG Proclamación Solemne de la Transición del Mandato Celestial y la Ascensión de la Nueva Emperatriz del Dragón Dorado LA ÚLTIMA PROCLAMA DEL EMPERADOR JIN LONG El rumor había comenzado mucho antes de que el sol lograra perforar la bruma matutina.
Recorrió las calles de la capital como una corriente silenciosa de aire gélido: algo monumental, algo que cambiaría el curso de los siglos, estaba ocurriendo tras los muros infranqueables del Palacio de las Llamas Eternas.
La incertidumbre, ese sentimiento que el Imperio del Dragón Dorado no había experimentado en cinco décadas, flotaba en el ambiente.
Miles de súbditos comenzaron a congregarse en la Gran Plaza Imperial.
Era un mosaico humano impresionante: desde los altos dignatarios envueltos en sedas bordadas con hilos de oro, hasta los campesinos más humildes con ropas remendadas que habían caminado toda la noche desde los arrozales periféricos.
Todos compartían una misma dirección en su mirada: las vastas columnas de mármol del palacio.
Incrustados en la piedra milenaria, se encontraban los setenta y cuatro Cristales de Éter, reliquias mágicas que servían como espejos del alma del soberano, capaces de proyectar su imagen y su voz hasta el último rincón de la ciudad.
Cuando el sol de la Duodécima Luna, la Luna del Reposo, alcanzó su cenit exacto, un pulso de luz ámbar emanó de los espejos.
La multitud, densa y vibrante, contuvo el aliento de forma unánime.
El aire pareció espesarse.
En los cristales, la figura del Octogésimo Emperador, Jin Long, emergió de la penumbra del Salón del Trono.
No lucía como el dios invulnerable que los poetas describían en sus odas, sino como un hombre de carne y hueso, con el rostro surcado por las cicatrices invisibles de medio siglo de decisiones difíciles.
Vestía las túnicas ceremoniales de seda pesada, cuyo brillo parecía absorber la luz del mediodía.
Su voz, amplificada por la magia ancestral hasta resonar con la gravedad de una montaña que se asienta, inició la Proclama.
—Que la presente proclama sea grabada en estelas de mármol y difundida por los mensajeros del Imperio a cada rincón de nuestras tierras: desde las cumbres nevadas de las Montañas de Jade hasta las costas bañadas por el Mar del Este, y desde los vastos Desiertos del Norte hasta los fértiles Valles del Sur.
Que cada súbdito, noble, militar y campesino, escuche y contemple la voluntad que guía el destino de esta nación.
En la plaza, el silencio era tan profundo que podía escucharse el aleteo de las aves sobre los tejados.
A todo el pueblo del sagrado Imperio del Dragón Dorado me dirijo: —En este día que será recordado en los anales de nuestra milenaria historia, y por la voluntad eterna del linaje que ha gobernado estas tierras durante más de tres mil años de ininterrumpida majestad, hablo ante ustedes.
Lo hago en cumplimiento del deber sagrado que cada emperador hereda al nacer, un juramento que se pronuncia no solo ante los hombres, sino ante los propios espíritus fundadores y el Dragón Dorado, guardián de nuestra estirpe.
Mi voz, que por cincuenta años ha dictado leyes, declarado guerras y firmado la paz, es hoy la voz de la transición.
Mientras las palabras flotaban sobre la multitud, los súbditos más viejos asintieron con una mezcla de respeto y melancolía.
Cincuenta años representaban la vida entera de una generación.
Una anciana costurera, cuyos hijos habían crecido bajo la sombra protectora del reinado de Jin Long, apretó sus manos callosas contra el pecho, sintiendo el frío instintivo que provoca el fin de una era conocida.
—En presencia ceremonial de las más altas autoridades —continuó el Emperador, y la imagen en los espejos se amplió para mostrar a su consejo—, de la Venerable Emperatriz Viuda Xioalian Yueji, guardiana de la memoria y firme sostén de nuestras tradiciones, cuya guía ha sido un faro en las noches de incertidumbre.
Y de mi leal compañero, el Gran Consorte del Dragón Imperial, Su Majestad Suwei Jinhai, Duque de Jinhai y Guardián del Aliento del Estanque de la Grulla Blanca.
Su gracia y su conexión con las antiguas magias han aportado el equilibrio necesario a este trono, demostrando que la verdadera fuerza imperial reside tanto en la sabiduría del espíritu como en el filo de la espada.
El Emperador tomó aire, una pausa que pareció durar una eternidad.
—Declaro formalmente ante los Cielos que mi tiempo como Soberano, como Octogésimo Emperador del Imperio Dragón Dorado, ha llegado a su conclusión predestinada.
Mi reinado ha sido una era dedicada a la prudencia; una era que ha buscado restaurar los balances perdidos tras las grandes crisis, asegurar que el grano llenara los graneros y que la justicia llegara a cada tribunal, sin importar cuán remoto fuera.
No es este un anuncio nacido de la debilidad, sino de la convicción profunda de que un reinado debe saber cuándo dar paso a la nueva aurora.
Un murmullo, similar al rugido de una marea lejana rompiendo contra los acantilados, recorrió la plaza.
Algunos soldados de la guardia imperial, hombres que habían sangrado en las fronteras bajo las órdenes de Jin Long, apretaron los pomos de sus lanzas, luchando por mantener la compostura militar ante la partida de su líder.
—Sin embargo —prosiguió Jin Long con firmeza—, el Imperio es una entidad viva y dinámica.
El equilibrio de esta vasta nación debe sostenerse ahora sobre manos jóvenes, audaces y preparadas para los desafíos que se vislumbran en el horizonte.
Por ello, en pleno ejercicio de mi autoridad soberana, anuncio hoy mi abdicacion irrevocable al trono.
»Esta voluntad se consumará al alba del día de mañana, cuando en la ceremonia privada de traspaso, firme la Carta de Abdicación con la Laca Imperial.
En ese mismo instante, mi hija y heredera legítima, la Princesa Xioalian Long, estampará su sello aceptando el Mandato.
Ella ha sido forjada en el equilibrio entre la diplomacia y la guerra, bajo la guía dual de la sabiduría del trono y el espíritu de nuestro Consorte.
Es la sangre de mi sangre y la digna sucesora de nuestra gloria.
El nombre de la Princesa resonó en los 74 cristales como una campana de bronce golpeada con fuerza.
La incertidumbre de la multitud comenzó a transformarse en una expectativa eléctrica.
El Emperador, mirando fijamente a la cámara del éter como si viera a cada ciudadano a los ojos, dictó sus deseos finales: —Desde el fondo de mi corazón imperial, ordeno: que el reinado de la futura Emperatriz Xioalian Long sea infinitamente próspero, que su justicia sea inmaculada y que su espíritu permanezca firme ante la adversidad.
Que el Dragón Dorado la envuelva con su fuego celestial para asegurar que su destino y el de nuestro pueblo sean uno solo.
Mi tiempo en la historia activa concluye, pero mi fe en el porvenir es inquebrantable.
La imagen en los espejos comenzó a desvanecerse lentamente, volviéndose un resplandor ámbar que recordaba a un atardecer glorioso.
El silencio que siguió fue absoluto, un vacío de apenas un segundo antes de que la plaza estallara en un rugido unificado.
No era solo un grito, era un juramento que hizo vibrar el mármol y el cielo: —¡GRATITUD ETERNA AL SOBERANO JIN LONG!
—¡HONOR AL GRAN CONSORTE SUWEI JINHAI!
—¡LARGA VIDA A LA EMPERATRIZ XIOALIAN LONG!
La multitud no se movió.
Se quedaron allí, bajo el sol de la Duodécima Luna, sabiendo que esa noche sería la última del Octogésimo Emperador en el trono, y que al amanecer, el sello de seda cambiaría el destino del mundo para siempre.
Dado en el Salón del Trono del Palacio de las Llamas Eternas.
Ante el venerable y silencioso Consejo Imperial, en vísperas de la Firma Final.
Jin Long, Octogésimo Emperador del Dragón Dorado.
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