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EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 265

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265: Capítulo 3 — La Llama Roja del Reino de Xianbei 265: Capítulo 3 — La Llama Roja del Reino de Xianbei El amanecer sobre Xianbei parecía arder en oro y fuego.

El cielo, aún teñido con restos de púrpura nocturna, se abría paso mientras los primeros rayos del sol iluminaban las torres del palacio real.

Sobre las murallas de piedra blanca, las banderas rojas y doradas ondeaban con orgullo, moviéndose al ritmo del viento que llegaba desde las planicies orientales.

Su suave crujido era casi como un susurro ancestral, un recordatorio del linaje que había gobernado esas tierras durante siglos.

A medida que la luz se hacía más intensa, las estructuras del palacio adquirían un brillo cálido, como si la propia arquitectura se encendiera desde dentro.

Cada torre, cada balcón y cada almena estaba adornada con telas bordadas, medallones antiguos y faroles de cristal teñido.

Era un día extraordinario, un día que la historia recordaría con reverencia.

En el centro de la gran explanada real, miles de ciudadanos se habían reunido desde antes del amanecer, vestidos con túnicas del color rojo .

Las telas, de tonos amarillos, dorados, naranjas y rojizos, se movían en una danza viva con cada ráfaga de aire, como un mar de fuego en constante movimiento.

Muchos llevaban cintas doradas en las manos, agitándolas en señal de celebración.

Las cintas brillaban bajo la luz recién nacida, destellando como chispas que se desprendían de un fuego sagrado.

Desde los balcones superiores, los nobles observaban en silencio solemne, mientras los soldados imperiales mantenían una formación impecable, sus armaduras reflejando la luz como espejos de metal pulido.

El fénix, símbolo sagrado del reino, decoraba cada rincón del lugar.

Su imagen estaba presente en tapices que colgaban de las columnas, en esculturas de bronce ubicadas sobre pedestales, y hasta en los estandartes que flanqueaban la gran escalinata del trono.

En cada representación, el fénix alzaba sus alas con majestuosidad, envuelto en llamas que parecían moverse con vida propia.

El pueblo de Xianbei creía que este espíritu ancestral protegía al reino desde tiempos inmemoriales, y que su bendición ardía eternamente en el corazón de cada gobernante.

Dentro del palacio, el ambiente estaba cargado de incienso y solemnidad.

Las grandes puertas de madera tallada estaban abiertas de par en par, permitiendo que los rayos del sol iluminaran el pasillo central, cubierto por una alfombra carmesí bordada con hilos dorados.

A ambos lados, antorchas alimentadas por aceite de loto emitían un fuego azulado, símbolo de pureza espiritual.

El aroma del incienso, mezclado con el perfume de pétalos rojos esparcidos por el suelo, envolvía a todos en una atmósfera sagrada.

La reina Meiling, de porte sereno y mirada firme, estaba de pie al final del pasillo.

Sus facciones delicadas pero imponentes eran resaltadas por el manto carmesí que llevaba, tejido con hilos de oro que parecían absorber y reflejar la luz del fuego ceremonial.

Su corona, un delicado círculo de oro antiguo con pequeñas piedras rubí incrustadas, brillaba con intensidad mientras observaba el ritual que estaba por comenzar.

A su lado, el príncipe consorte Kaito Ren se mantenía erguido con elegancia tranquila, sosteniendo un cetro ceremonial.

Su expresión serena mostraba un orgullo silencioso, un orgullo que no necesitaba palabras para ser entendido.

Frente a ellos, en la entrada del pasillo, el joven Príncipe Tao Zhoran respiró hondo antes de dar su primer paso.

Su corazón latía rápido, no de miedo, sino de una emoción profunda que resonaba en cada parte de su ser.

Aquél era el día en que su destino se encendería como la llama del fénix.

Vestía una armadura ceremonial liviana, forjada con placas de un metal dorado que reflejaba cada destello de luz.

En el centro de su pecho, el emblema del fénix estaba grabado con detalle exquisito, sus alas extendidas simbolizando protección y renacimiento.

Una capa dorada caía desde sus hombros, moviéndose detrás de él como si fuera un par de alas en pleno vuelo.

Mientras avanzaba por el pasillo central, una lluvia constante de pétalos escarlata caía desde los balcones superiores.

Los pétalos flotaban en el aire, lentos y suaves, como si el tiempo se hubiese detenido para contemplar ese momento.

Cada paso del príncipe resonaba sobre la alfombra carmesí, creando un eco cálido que se mezclaba con el murmullo distante del pueblo en la explanada.

Los sacerdotes imperiales, ubicados a ambos lados del trono, alzaron los cálices de fuego que sostenían.

Cada cáliz contenía una llama Roja que crepitaba con suavidad, emitiendo pequeños destellos que parecían fragmentos de luz celestial.

Los sacerdotes entonaron el Himno del Renacer, un antiguo canto que solo se escuchaba en ceremonias de coronación.

Sus voces se entrelazaban en armonía, evocando la unión del cielo y la tierra bajo la llama eterna del fénix.

La melodía, profunda y solemne, resonaba en las paredes como un eco divino.

Cuando Zhoran llegó al pie del trono, se arrodilló ante su madre, manteniendo la cabeza inclinada en señal de respeto y devoción.

La reina Meiling lo observó con ojos llenos de amor, orgullo y una fuerza interior que lo había guiado toda su vida.

Con movimientos elegantes, alzó la Corona del Fénix, una pieza única forjada con oro celestial y engastada con rubíes centelleantes.

La corona parecía tener vida propia, pues los rubíes brillaban como pequeñas llamas atrapadas en su interior.

—Por la voluntad de los dioses del fuego y del linaje de Xianbei —proclamó la reina Meiling, su voz resonando con autoridad en toda la sala—, desde este día, Tao Zhoran es coronado como Rey del reino de Xianbei, guardián del resurgir y de la llama sagrada de nuestro pueblo.

La corona descendió lentamente hasta posarse sobre la cabeza del príncipe.

En ese instante, un destello dorado iluminó el salón, como si el propio fénix hubiera extendido sus alas sobre el nuevo soberano.

El rugido del pueblo en el exterior llenó el aire, mezclándose con los tambores ceremoniales, las flautas de bambú y los cánticos rituales.

Un estruendo de fuegos artificiales resonó en el cielo, pintándolo de oro y rojo.

El nuevo rey se levantó con dignidad, sosteniendo la espada real.

La hoja, pulida con metales sagrados, reflejaba el amanecer como un fragmento del sol mismo.

Su mirada se volvió hacia el pueblo, hacia sus padres, hacia los sacerdotes, y finalmente hacia el horizonte dorado.

—Que el fuego nunca se apague —declaró con voz firme y profunda—, y que el reino de Xianbei arda en gloria eterna.

Las columnas de fuego detrás del trono se alzaron con un estruendo vibrante, iluminando toda la sala y proyectando sombras danzantes que parecían recrear el vuelo del fénix.

Las banderas bordadas ondearon con más intensidad, como si un viento invisible hubiese despertado en honor al nuevo rey.

Discurso del Rey Tao Zhoran, Guardián del Fénix Dorado El joven rey se mantuvo de pie ante su pueblo, con la corona resplandeciendo bajo la luz de las antorchas y el brillo del sol.

El silencio se extendió como un manto suave sobre la multitud, esperando la primera palabra de su soberano.

—Hijos e hijas de Xianbei… —comenzó con voz solemne—.

Hoy, el fuego del amanecer no solo ilumina nuestro cielo, sino también nuestros corazones.

Su voz se elevó como un canto antiguo, lleno de emoción y fuerza.

—El fénix, símbolo eterno de nuestra nación, arde una vez más.

No para consumir… sino para renacer.

Zhoran respiró hondo, dejando que sus palabras encontraran su sitio en el alma de cada ciudadano.

He heredado la llama de mis antepasados, una llama que jamás debe extinguirse.

Mi madre, la reina Meiling, y mi padre, el príncipe consorte Kaito Ren, me enseñaron que el poder no está en dominar, sino en proteger.

Proteger el honor de nuestro pueblo, nuestras tierras y la esperanza que nos mantiene unidos.

Mientras pronunciaba estas palabras, Zhoran recordó cada enseñanza recibida desde niño: los amaneceres en los que entrenaba bajo la guía de su padre, aprendiendo que la fuerza debía ser usada con sabiduría; las noches en las que su madre le hablaba de los antiguos reyes que habían guiado al reino con valentía y compasión.

La voz de Zhoran tembló apenas, no por inseguridad, sino por la emoción profunda de sentir que todas esas memorias, esos momentos y esas lecciones ahora convergían en este instante decisivo, como llamas que se unían para formar un solo fuego.

Sus ojos brillaron con determinación.

El reflejo de las antorchas danzaba en sus pupilas, creando la ilusión de que dos pequeñas llamas ardían dentro de él.

Era la mirada de un líder que comprendía el peso de su destino pero que no retrocedería ante él.

Era también la mirada de un hombre joven decidido a honrar el legado que había recibido, y a construir uno nuevo, digno de ser recordado.

—Prometo ser un rey digno del fuego que llevo en mi sangre —continuó, su voz ganando fuerza como un viento que avivaba una hoguera—.

Prometo que cada decisión que tome será por el bien de Xianbei: por su prosperidad, por la justicia, y por la paz.

Y si alguna vez las sombras se atreven a tocar nuestras fronteras, yo seré la llama que las consuma.

Estas palabras resonaron como un trueno sagrado.

Algunos ancianos del pueblo inclinaron la cabeza, con lágrimas contenidas, recordando épocas antiguas donde otros reyes habían hecho promesas similares.

Los jóvenes estrecharon los puños, llenos de emoción por la visión de un futuro que parecía más brillante que nunca.

Incluso los soldados, acostumbrados a la disciplina y al silencio, tensaron sus posturas con orgullo renovado, inspirados por la fuerza que emanaba del nuevo monarca.

Los corazones del pueblo latieron al unísono.

Aquel silencio cargado de emoción se transformó en una vibración colectiva, como si toda Xianbei compartiera el mismo latido, la misma esperanza.

Las madres abrazaron a sus hijos con suavidad, los mercaderes alzaron sus estandartes de tela, los músicos tocaron notas profundas desde la parte inferior de la explanada, y las llamas de los faroles parecieron elevarse un poco más alto, respondiendo al fervor del momento.

—Hoy nace una nueva era —proclamó Zhoran, su voz expandiéndose como un eco poderoso que recorrió todas las calles, todos los balcones y todas las almas presentes—.

Una era donde el fénix dorado extiende sus alas más alto que nunca.

Una era donde el pueblo de Xianbei caminará con la frente en alto, bajo un cielo teñido de oro y gloria.

Mientras hablaba, los rayos del sol se alinearon de forma casi divina detrás de él, creando un halo dorado que envolvía la corona del Fénix.

Parecía que el propio cielo confirmaba sus palabras.

El viento sopló con fuerza, moviendo su capa dorada hacia atrás como alas abiertas, reforzando aún más la imagen de un rey destinado a volar alto.

Cuando terminó, levantó su espada hacia el cielo y, en un estallido de luz, una llamarada dorada se encendió detrás de él, danzando como un fénix resucitado.

La llama subió varios metros, moviéndose de forma fluida, como si tuviera vida propia.

Sus tonos variaban del dorado puro al naranja ardiente, y en un momento dado pareció tomar la forma exacta del ave sagrada: alas extendidas, cuello erguido y una mirada invisible pero poderosa.

La multitud contuvo el aliento por un instante, temblando ante el símbolo celestial que se manifestaba ante ellos.

El pueblo estalló en vítores, gritando su nombre hasta hacer temblar la tierra: —¡Larga vida al Rey Tao Zhoran!

¡Larga vida al Fénix Dorado!

¡Larga vida al guardián de la llama eterna!

Los tambores retumbaron con una fuerza que atravesó el suelo, los fuegos artificiales explotaron en el cielo con destellos dorados y rojos, y las banderas flamearon como lenguas de fuego impulsadas por un viento feroz.

La vibración colectiva del pueblo parecía ascender hacia el cielo mismo, como una ofrenda de fe y esperanza.

Y así, la llama eterna del reino de Xianbei volvió a arder con un brillo que iluminaría generaciones.

Un brillo que marcaría no solo el inicio de un nuevo reinado, sino también el resurgimiento espiritual de una nación entera.

Ese día, bajo aquel amanecer dorado, Xianbei no solo ganó un rey: ganó un símbolo viviente del renacimiento.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack La coronación de Tao Zhoran no es solo el ascenso de un nuevo rey, sino el renacer de una llama ancestral.

Xianbei es un reino que vive a través del fuego del fénix, un símbolo de fuerza y renacimiento.

El joven soberano hereda no solo una corona, sino la responsabilidad de mantener viva esa luz.

Este capítulo muestra cómo un reino entero respira al unísono cuando una nueva era comienza: un amanecer encendido por tradición, honor y un destino que apenas empieza a desplegar sus alas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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