Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 267

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL
  4. Capítulo 267 - 267 Capítulo 5 — El Reino de Koryun La Coronación de la Reina Alina Volker
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

267: Capítulo 5 — El Reino de Koryun: La Coronación de la Reina Alina Volker 267: Capítulo 5 — El Reino de Koryun: La Coronación de la Reina Alina Volker El amanecer sobre Koryun fue distinto aquel día.

El cielo estaba cubierto por nubes plateadas que se extendían como mantos celestes sobre las montañas.

Un aire helado descendía desde las cumbres, arrastrando consigo el aroma del invierno eterno.

Sin embargo, el sol, terco e insistente, logró rasgar la capa de nubes, abriendo un hueco de luz dorada que iluminó el Palacio de Koryun con una intensidad casi sagrada.

Sus rayos se reflejaron en cada torre, cristal y almena, deformándose en destellos azulados sobre los ventanales de hielo puro.

Las banderas del reino —gris y blanco con el emblemático lobo blanco en el centro— ondeaban con solemnidad desde los altos muros.

El viento les daba forma, haciéndolas parecer guardianes gigantes observando desde lo alto.

El sonido profundo de los cuernos ceremoniales resonó por todo el valle, un llamado antiguo que despertaba memorias de generaciones enteras.

El eco rebotaba entre las montañas nevadas y descendía hacia el pueblo, que se había reunido en la gran explanada frente al palacio.

Habría sido imposible encontrar un solo habitante de Koryun que no hubiese salido ese día.

Hombres, mujeres, ancianos y niños se congregaban juntos, envueltos en capas gruesas, respirando un aire gélido que les helaba la piel pero que también llenaba sus corazones de emoción.

Todos en silencio, todos esperando.

Todos con los ojos fijos en las grandes puertas del palacio.

Dentro del Gran Salón del Norte, la solemnidad era aún mayor.

El salón estaba decorado con columnas talladas en mármol blanco y azul, pulidas hasta brillar como espejos.

Grandes estandartes tejidos a mano mostraban al lobo sagrado en diferentes poses: cómo defendía, cómo guiaba, cómo protegía.

El frío que siempre habitaba Koryun estaba presente allí también, pero lejos de ser incómodo, transmitía una sensación de pureza, de claridad mental, de fortaleza ancestral.

En el fondo del salón se alzaba el Trono del Invierno Eterno, único y absoluto.

Tallado en piedra glacial, su superficie parecía respirar un frío antiguo, como si dentro de la roca durmiera el espíritu de todas las montañas del norte.

A lo largo de su respaldo, estaban grabados símbolos ancestrales, runas y marcas de la primera manada, aquellas que hablaban de sabiduría, estrategia, memoria y sangre.

Aunque era un solo asiento, representaba todo lo que Koryun valoraba: la fuerza del lobo y la razón del líder; el instinto protector y la inteligencia del estratega; el pasado que guía y el futuro que avanza.

Era el trono de los reyes.

Ahora, sería el trono de Alina Volker, la Reina del Invierno Eterno.

Allí estaban el Rey Darian de Koryun —de rostro firme, barba oscura y mirada que todo lo medía— y su esposo, el Príncipe Consorte Matteo Riku, un hombre de belleza tranquila y gentileza en cada gesto.

Observaban a su hija desde sus lugares con un orgullo imposible de ocultar.

La Princesa Alina Volker entró al salón en ese momento, y el aire pareció detenerse.

Llevaba puesta una capa blanca larga como un río de nieve recién caída.

Bajo ella, su vestido plateado con bordes azul hielo parecía moverse con vida propia, como si cada hilo hubiera sido tejido con la esencia del invierno.

Sus pasos eran suaves, pero cada uno resonaba con poder.

Sobre sus hombros reposaba el emblema bordado del lobo blanco, cuyos ojos de zafiro reflejaban las llamas de las antorchas cercanas.

El heraldo anunció, con una voz que atravesó el salón como una flecha: —¡Que se presente ante el Trono del Lobo Blanco, su alteza real la princesa Alina Volker, heredera de Koryun!

Las conversaciones se extinguieron de inmediato.

Solo quedó el eco de sus pasos, marcando un ritmo solemne que parecía sincronizarse con cada corazón presente.

Cada persona en el salón sabía que estaban presenciando no solo un acto ceremonial: estaban observando el ascenso de una leyenda, una líder que marcaría la historia del reino.

El rey Darian se levantó lentamente.

Su capa pesada cayó hacia atrás mostrando el emblema real en la espalda.

En sus manos sostenía la corona de Koryun, una pieza imponente hecha de plata pura y cristal tallado.

El cristal central, una piedra azul helada, había sido extraída hacía siglos de una caverna encantada al norte del reino.

Se decía que quienes portaban esa piedra eran capaces de escuchar el susurro de los lobos espirituales, guardianes invisibles del linaje Volker.

Con solemnidad, el rey dijo: —Hija mía, el hielo conserva la memoria del linaje.

En tus manos depositamos la Soberanía y el liderazgo de la Manada Eterna: la fuerza en el silencio, la lealtad en el deber y el amor en el sacrificio.

Alina se arrodilló sin temor, con dignidad absoluta.

Bajó la cabeza y cerró los ojos un instante, sintiendo el peso de la responsabilidad, pero también el calor del amor de su pueblo.

El rey Darian colocó la corona sobre su frente con manos firmes.

Luego el príncipe Matteo Riku dio un paso adelante y, con una expresión cargada de emoción, colocó sobre los hombros de Alina el Manto del Lobo Blanco.

El manto, pesado y cálido, otorgaba el juramento de la Manada: proteger, guiar y amar.

Los tambores comenzaron a golpear desde el fondo del salón.

Un ritmo lento, profundo, primitivo.

Los corazones de todos se alinearon con esa melodía ancestral.

Después, el pueblo entero gritó al unísono: —¡Larga vida a la Reina Alina Volker!

¡Que el Juramento del Lobo Blanco sea eterno!

El eco sacudió las paredes del Gran Salón, avanzando como una ola hasta la explanada exterior.

Afuera, miles de personas escucharon el grito y lo repitieron, convirtiéndolo en un rugido ensordecedor.

La nueva reina se levantó, sosteniendo el cetro forjado con plata del norte, una pieza que nacía del hielo y brillaba como una estrella atrapada.

Caminó hacia el balcón real, y cuando sus pasos tocaron la nieve que cubría la superficie, una suave nevada comenzó a caer como bendición divina.

Alina alzó la vista: el cielo se había despejado lo suficiente como para dejar ver un halo de luz dorada sobre la montaña.

Respiró profundamente, dejando que el aire helado llenara sus pulmones.

Después habló: —Pueblo de Koryun, hijos del invierno y guardianes de la montaña… Su voz, fuerte y firme, resonó en cada oído.

Las palabras se elevaron con la fuerza del viento helado que descendía desde las cumbres, llevando su mensaje a cada rincón del reino.

El eco rebotó en las murallas de piedra, en las casas cubiertas de nieve, en los corazones de los hombres y mujeres que miraban a su nueva reina con una mezcla de orgullo, reverencia y esperanza.

—Desde este instante, yo soy la Líder de su Manada.

Juro protegerlos con una lealtad que el tiempo jamás podrá quebrar.

No habrá frío que apague nuestra esperanza, ni sombra que amenace nuestra unión.

Mientras hablaba, el cielo grisáceo parecía abrirse apenas, dejando pasar una franja de luz pálida que rozó su rostro.

La nieve, que caía en copos suaves, comenzó a girar lentamente alrededor de ella, como si incluso la tormenta reconociera su autoridad.

Alina sintió que las palabras fluían desde su corazón, no desde su mente.

No eran un discurso ensayado, sino la verdad más profunda de su espíritu.

—Juro gobernar con justicia, fortaleza y compasión.

Cada una de sus promesas se impregnó en el aire frío y en el suelo helado del patio ceremonial.

Los tambores de la tribu comenzaron a sonar a lo lejos: ritmos lentos, antiguos, que acompañaban cada latido del pueblo.

Era la música que marcaba el inicio de una nueva era.

Entonces sucedió.

En ese preciso instante, un lobo blanco apareció en la colina más alta del reino.

La figura era majestuosa: un animal grande, de pelaje tan claro que parecía hecho de luz y hielo.

Sus ojos, de un azul profundo, estaban fijos únicamente en ella.

La criatura se detuvo, alzó la cabeza y soltó un aullido largo y poderoso.

El sonido se extendió por todo Koryun, mezclándose con el viento, con los tambores, con los latidos del pueblo.

Era un aullido que no solo se escuchaba: se sentía.

Vibraba en los huesos, en el pecho, en el alma.

Parecía ser un saludo, un reconocimiento, un juramento compartido.

Un mensaje ancestral: El espíritu del invierno te acepta.

Hubo quienes lloraron en silencio, otros que cayeron de rodillas ante la aparición del animal sagrado.

Los ancianos se miraron entre sí con asombro, murmurando que hacía más de cien años que un lobo blanco no se manifestaba durante una coronación.

El rey Darian y el príncipe Matteo, ambos con los ojos humedecidos, se acercaron a su hija.

Sus pasos, fuertes y pesados, resonaron sobre las losas congeladas mientras el silencio reverente se extendía entre todos los presentes.

Y entonces, ante miles de testigos, inclinaron la cabeza ante Alina.

Jamás en la historia un rey y un príncipe consorte habían hecho tal gesto ante una heredera recién coronada.

Fue un símbolo de transición, de aceptación, de fe absoluta en la nueva soberana.

Una declaración silenciosa pero inmensa: Koryun reconoce a su reina.

La antigua guardia ha entregado la manada a sus manos.

Alina sintió que ese instante quedaría grabado por siempre en su alma.

El frío que rodeaba la ceremonia no la tocaba; era como si una calidez interior, profunda e indomable, se encendiera dentro de ella.

No era fuego.

Era otra cosa.

Era la fuerza del hielo eterno, la voluntad del invierno, la esencia de una protectora nacida para guiar a su pueblo.

Detrás de ella, los estandartes ondeaban con vigor.

Las insignias de Koryun —el lobo blanco sobre un campo de plata— brillaban contra la nieve.

Los guerreros golpeaban sus lanzas contra el suelo, las mujeres alzaban ramas de hielo tallado en señal de bendición, y los niños observaban con ojos grandes, viendo por primera vez a la reina que, algún día, sus hijos también recordarían.

Un nuevo capítulo comenzaba para Koryun.

El viento sopló con más fuerza, pero no como un enemigo: era una caricia, un mensaje, una bienvenida.

Y así dio inicio el reinado de Alina Volker, la Reina del Invierno Eterno, heredera del espíritu del lobo blanco, protectora de las montañas y corazón de su manada.

Bajo su liderazgo, el reino no solo resistiría las tormentas… las dominaría.

Porque mientras hubiera nieve cayendo sobre las cumbres, mientras hubiera un lobo vigilando desde las alturas, mientras el espíritu del invierno viviera en ella, Koryun jamás estaría solo.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack Una nueva reina se alza en Koryun, y con ella comienza un invierno diferente: uno donde la fuerza, la luz y el espíritu del lobo guiarán el destino del reino.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo