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EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 268

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268: Capítulo 6 — El Gran Ducado de Veyora: La Coronación de Serenya Falecor 268: Capítulo 6 — El Gran Ducado de Veyora: La Coronación de Serenya Falecor El amanecer sobre Veyora era un espectáculo digno de los antiguos mitos.

No era un amanecer cualquiera, sino uno de esos que parecían haber sido escritos en las primeras páginas del mundo, cuando la luz y la magia caminaban juntas.

El cielo se extendía sobre el ducado como un lienzo pintado por los antiguos dioses: tonos violetas suaves, rosados brillantes y un toque de dorado naciente que anunciaba un día sagrado.

Las torres del Palacio de los Cielos Luminosos se elevaban como lanzas de cristal hacia aquel cielo cambiante.

De sus cimas ondeaban las banderas reales, de fondo violeta con el Unicornio de Plata, Era el símbolo de Veyora: pureza, sabiduría y luz eterna.

En los jardines exteriores, miles de flores cristalinas —florinas de luna, lirios de alba, estrellas de aurora— abrían sus pétalos al ritmo delicado de las arpas y flautas que los músicos tocaban desde los balcones superiores.

Cada pétalo reflejaba la luz del amanecer como si dentro de cada uno viviera un pequeño sol.

El aroma de las lilas sagradas, flor emblemática de Veyora, impregnaba el aire con una fragancia dulce, suave, casi celestial.

Parecía envolver a todos los presentes en un aura de serenidad imposible de describir.

Cerca de la gran fuente de mármol blanco, los unicornios del ducado, criaturas legendarias y nobles, pastaban con calma.

Sus crines brillaban como plata líquida y sus cuernos desprendían un tenue resplandor dorado, señal inequívoca de que aprobaban lo que estaba por suceder.

Eran criaturas que nunca aparecían sin un propósito; su presencia era una bendición.

Aquella mañana, todo el Ducado de Veyora sabía que presenciaban un momento que marcaría una era.

Una nueva soberana.

Una nueva guía.

Una nueva luz para el amanecer eterno.

Dentro del Salón del Amanecer, el corazón del palacio, los invitados de todos los reinos se encontraban reunidos para la ceremonia.

El salón era un milagro arquitectónico: cortinas transparentes de seda violeta caían desde el techo abovedado, danzando ligeramente con la brisa cálida que entraba por los amplios vitrales.

Las columnas estaban recubiertas con hilos de plata pura, y bajo la luz se veían como si fueran pilares tomados de las estrellas.

En el centro del salón, elevado sobre una plataforma circular, se encontraba el Trono del Unicornio.

Un trono único, hecho completamente de cristal tallado.

Parecía esculpido de un único bloque, sin grietas ni uniones visibles.

A su alrededor brillaba una tenue aureola de luz blanca, como si la magia misma respirara a su alrededor.

Muchos afirmaban que el alma del Primer Unicornio seguía viva en ese trono, bendiciendo a cada gobernante que se sentaba en él.

Un Desfile de Poderes Nuevos y Venideros Los asistentes murmuraban con una emoción contenida que se hacía palpable en el gran salón.

Esta coronación no solo era un evento en sí mismo, sino una convergencia de los nuevos líderes que recién habían asumido sus tronos, junto con la próxima generación que pronto lo haría.

Entre los tronos de honor, la presencia de los monarcas recién coronados era imponente: la inigualable Emperatriz Xioalian Long del glorioso Imperio del Dragón Dorado dominaba la escena, flanqueada por el fuerte Rey Liang Wang del Reino de Nanxi, la regia Reina Melin Thariel del ancestral Reino de Andshi, la pragmática Reina Alina Volker del Reino de Koryun, y el venerable Rey Tao Zharan del Reino de Xianbei.

La atención también se centraba en los herederos y futuros dignatarios, quienes pronto moldearían el continente a su imagen: La joven pero astuta Princesa Heredera Siyana Valore del Principado de Takrin.

El imponente Gran Duque Welian Altham, heredero del Gran Ducado de Suryun.

Y representando el creciente poder de la política electa, Valen Verek, el influyente Canciller Electo de la República Federada de Oshiran.

Su presencia conjunta convertía la ceremonia en un cónclave donde el presente del poder reinante se unía a su futuro inminente, entrelazando los destinos de las tierras bajo un mismo techo.

Frente al trono estaban de pie el Gran Duque Eric de Veyora y su esposa, la Gran Duquesa Consorte Alejandra.

Vestían trajes ceremoniales blancos con bordados lilas, colores sagrados.

Sus rostros, iluminados por la luz matinal, expresaban una mezcla de orgullo y nostalgia.

Sabían que ese día su hija dejaría de ser una heredera… para convertirse en la luz que guiaría al ducado entero.

El murmullo se apagó cuando el heraldo real se adelantó al centro del salón.

Con su túnica larga y su báculo dorado, parecía un guardián antiguo.

Alzó el báculo y su voz resonó fuerte y clara: —¡Que se presente ante el Trono del Unicornio, Su Alteza Serenya Falecor, Heredera de la Luz y de la Casa de Falecor!

Las puertas gigantes del salón se abrieron lentamente.

De inmediato, un rayo de luz atravesó el salón como un sendero divino.

El aire vibró con un suave sonido cristalino, como si las paredes mismas contuvieran magia antigua.

Entre aquella luz apareció Serenya Falecor.

La futura Gran Duquesa caminaba con paso sereno y firme.

Vestía una túnica de blanco perlado, una tela mágica creada en los telares de Veyora que cambiaba de color con cada movimiento.

De un paso a otro, su vestido reflejaba tonos de violeta suave, blanco puro y plata mística, como si llevara un amanecer caminando con ella.

Su capa era larga y ligera, bordada completamente a mano con unicornios, estrellas, astros y constelaciones.

Aquella capa tardaba más de dos años en completarse; estaba reservada solo para los monarcas de Veyora.

Se decía que quien la usaba quedaba unido para siempre al linaje de luz.

Serenya avanzó por el salón con una elegancia natural.

El público se levantó en silencio.

Solo se escuchaba el tintinear leve de las joyas de las damas y el murmullo de la brisa que atravesaba los vitrales.

A cada paso, Serenya sentía cómo su destino la llamaba con más fuerza.

Frente a sus padres, se arrodilló con gracia.

El Gran Duque Eric tomó la Corona de Veyora, una pieza única formada por cristales de amatista pura y gemas blancas, y la levantó con ambas manos.

Sus dedos temblaban levemente.

No era debilidad, sino emoción contenida.

Con voz solemne, dijo: —En ti florece la esperanza de nuestro linaje.

Por la Bendición del Sol Naciente y la Pureza del Unicornio, te conferimos el Gran Ducado.

Que la sabiduría te proteja y tu corazón brille más que la ambición del poder.

Las palabras resonaron en el salón como un canto sagrado.

El duque colocó la corona sobre la cabeza de su hija.

En ese instante, la luz que atravesaba los vitrales se intensificó y cayó directamente sobre Serenya.

Su corona brilló tanto que algunos invitados llevaron sus manos al pecho, sobrecogidos por la belleza del momento.

La Gran Duquesa Alejandra avanzó con el Cetro del Amanecer.

Era una vara de plata pura, adornada con una gema luminosa en forma de estrella.

Aquella gema contenía fragmentos del primer amanecer del ducado, una reliquia invaluable.

Alejandra entregó el cetro a su hija con manos firmes, aunque sus ojos estaban llenos de lágrimas.

Serenya lo tomó.

Y en ese instante, su vida cambió.

Los asistentes, conmovidos, se arrodillaron uno por uno, como una ola de respeto y devoción.

Un murmullo sagrado recorrió el salón hasta convertirse en un grito unánime: —¡Larga vida a la Gran Duquesa Serenya Falecor!

¡Que la Pureza del Unicornio sea su eterna guía!

Serenya se levantó.

Su capa se deslizó con un movimiento suave como viento de montaña.

Respiró profundamente, sintiendo cómo el poder, la responsabilidad y la bendición del unicornio se integraban en su espíritu.

Caminó hacia el balcón del palacio, pasando entre los nobles que bajaban la cabeza a su paso.

Al llegar, el viento levantó su capa y la luz del amanecer la envolvió.

Desde el balcón, vio al pueblo.

La plaza estaba llena de miles y miles de personas.

Rostros emocionados.

Niños con coronas de flores violetas.

Ancianos que habían esperado años para ver una nueva soberana.

Magos, sabios, soldados, artesanos… todos estaban allí.

Y entre ellos, caminando en círculos nobles, los unicornios blancos levantaban sus crines plateadas, observando en silencio.

Ella alzó la mirada y habló con una voz clara, serena y firme.

—Amado pueblo de Veyora, guardianes de la luz y herederos del amanecer… Aquel primer llamado se extendió sobre la multitud como un manto suave.

Un silencio absoluto cubrió la plaza, tan profundo que incluso el viento pareció detenerse para escuchar.

Las banderas violetas y blancas dejaron de ondear por un instante, y los unicornios bajaron los cuernos ligeramente, como si reconocieran la solemnidad de lo que estaba por pronunciarse.

Millones de ojos se posaron en ella: ojos jóvenes llenos de esperanza, ojos ancianos colmados de sabiduría y memoria, ojos cansados de años difíciles y ojos nuevos que apenas entendían lo que ocurría, pero que, aun así, sentían el poder del momento.

Serenya respiró hondo.

Esa respiración quedó grabada para todos como el primer latido de su era.

Luego continuó: —Hoy mi juramento es ante el Espíritu del Unicornio: mi reinado será un reflejo de la pureza y la verdad.

Cuidaré de nuestras tierras, protegeré nuestras criaturas sagradas y preservaré la armonía que nos une.

Que el unicornio, símbolo eterno de bondad y justicia, sea mi guía y mi juramento.

Su voz parecía mezclarse con la luz del amanecer.

No temblaba, no dudaba: nacía desde lo más profundo de su esencia.

Cada palabra era un pacto sagrado, una promesa que trascendía lo humano.

A los pies del palacio, en la vasta plaza, miles se emocionaron al punto de las lágrimas.

Algunas madres levantaron a sus hijos para que pudieran verla mejor; los ancianos asintieron con lentitud, recordando coronaciones pasadas, conscientes de que esta tenía una energía distinta, algo más puro y más luminoso.

Los unicornios relincharon al unísono.

Ese sonido marcó el cielo como un canto sagrado.

El aire se estremeció.

Cada relincho liberó destellos de luz que se elevaron hacia lo alto como chispas de plata.

Las luces explotaron en pequeñas estrellas, cada una de un blanco brillante, que luego se transformaban en tonos violetas antes de desvanecerse lentamente.

Era la bendición del rebaño sagrado, un ritual que solo ocurría cuando el juramento de un gobernante era aceptado por el espíritu ancestral.

La gente se llevó las manos a los labios, maravillada.

No muchos habían visto aquella señal en vida propia.

Algunos cayeron de rodillas sin darse cuenta, como movidos por la misma energía divina que iluminaba el cielo.

Una mujer joven, con un bebé en brazos, susurró entre lágrimas: —Es real… el unicornio la ha aceptado… Los músicos dejaron sus instrumentos suspendidos en el aire; incluso ellos, entrenados para ceremonias solemnes, se vieron sobrepasados por la belleza del momento.

Los magos del ducado, vestidos con túnicas blancas, levantaron sus báculos muy lentamente, como si intentaran sentir la corriente de luz que llenaba el ambiente.

Serenya, aún de pie en el balcón, sintió cómo ese brillo del cielo recorría su piel.

Era cálido, gentil, como el toque de un espíritu antiguo que la acompañaba desde su nacimiento.

Por primera vez, comprendió la magnitud de su destino.

Y no tembló.

No se quebró.

No se escondió.

Se mantuvo firme.

Mientras el cielo se cubría de un resplandor violeta profundo, como un abrazo del amanecer eterno, todo el Gran Ducado de Veyora supo que una nueva era había comenzado.

El viento se levantó de pronto, barriendo la plaza de forma circular, creando un remolino suave que levantó pétalos de lirios sagrados.

Los pétalos subieron al aire lentamente, como si flotaran por voluntad propia.

Algunos se colocaron sobre el cabello de Serenya, otros cayeron sobre la multitud.

Una niña pequeña tomó uno de los pétalos entre sus dedos y lo miró con asombro: —Mira, mamá… brilla… Y sí, brillaba.

Cada pétalo absorbía la luz violeta del cielo y despedía un resplandor tenue, como si fueran fragmentos del amanecer encarnados.

A medida que el viento se calmaba, los ancianos del Consejo de la Luz se acercaron al balcón interior donde observaban la ceremonia.

Sus rostros, marcados por los años, mostraban no solo respeto, sino también alivio.

Ellos sabían que Veyora había pasado por tiempos de incertidumbre, y necesitaba una guía que pudiera unir a todos bajo un propósito verdadero.

El Sumo Sabio Thalan, el más anciano de todos, murmuró para sí con un tono reverente: —La hija del amanecer… finalmente ha ascendido.

Debajo del balcón, los capitanes de la Guardia de los Cielos Luminosos se colocaron en posición.

Sus armaduras blancas con reflejos violetas brillaban con más intensidad que nunca.

Para ellos, ese día también representaba un nuevo comienzo; la promesa de defender un reino que renacía desde la pureza misma.

Los unicornios, todavía formados en círculo, levantaron sus cabezas hacia la nueva soberana.

Algunos avanzaron unos pasos hacia el palacio, acercándose todo lo que las tradiciones permitían.

Uno de ellos, el más grande, un unicornio anciano cuyo cuerno tenía pequeñas grietas doradas —señal de su edad y sabiduría— inclinó su cabeza hacia Serenya.

Los presentes contuvieron el aliento.

Ese gesto era rarísimo.

Histórico.

Serenya lo vio.

Imposible ignorarlo.

Se llevó una mano al corazón y bajó la cabeza en señal de respeto, no como líder, sino como igual ante una criatura sagrada.

La plaza entera pareció suspender su respiración.

Cuando el unicornio volvió a levantar la cabeza, un halo violeta se encendió alrededor de su cuerno, expandiéndose como una bruma ligera hacia el cielo.

Esa luz se mezcló con el amanecer, creando una imagen que muchos recordarían como la más hermosa de sus vidas.

Los artistas que décadas después pintarían ese momento, siempre dirían lo mismo: Nunca pudimos retratar lo que sentimos ese día.

Solo lo que vimos.

Y era cierto.

Porque lo que se vivió allí no fue solo una coronación.

Fue una unión.

Un renacimiento.

Un pacto ancestral renovado después de generaciones.

Un murmullo comenzó a circular por la multitud, primero como un susurro tímido, luego como una ola creciente: —La elegida del unicornio… —La luz verdadera… —El amanecer nos ha bendecido… —Serenya, la pura… Hasta que finalmente, sin que nadie diera la orden, el pueblo entero empezó a corear su nombre.

—¡Serenya!

¡Serenya!

¡Serenya!

El eco de los miles de voces subió por las columnas, atravesó el palacio, chocó contra las montañas cercanas y volvió como un rugido glorioso.

Serenya sintió ese llamado en el pecho, como si su corazón vibrara al ritmo de su pueblo.

Para ese momento, el cielo ya no era solo violeta.

Se había convertido en un mosaico de colores vivos: violeta, blanco, cristales de luz, rayos rosados y destellos plateados.

Un espectáculo natural amplificado por la magia viva del unicornio.

Los magos del palacio se limitaron a presenciarlo.

No se atrevieron a añadir hechizos, porque aquello no necesitaba intervención humana.

Era la bendición más pura que el reino podía recibir.

Serenya dio un paso al frente, apoyándose ligeramente en el Cetro del Amanecer.

La luz de la gema en forma de estrella brillaba con un resplandor renovado, como si hubiera despertado al tocar la mano de su nueva dueña.

Se inclinó apenas, llevando la mano libre al corazón en un gesto que ningún gobernante de Veyora había hecho antes.

Era una muestra de humildad y cercanía.

—Gracias… mi pueblo.

Juro que no los abandonaré jamás.

Mi vida, mi luz y mi reinado son de ustedes.

Un viento suave acarició a todos los presentes.

El tipo de viento que solo aparece cuando el espíritu del unicornio está complacido.

Y así, mientras el cielo se cubría de un resplandor violeta profundo, como un abrazo del amanecer eterno, todo el Gran Ducado de Veyora supo que una nueva era había comenzado.

La Era de Serenya Falecor, la Gran Duquesa de Veyora, la hija del amanecer, la guardiana del unicornio sagrado.

Una era destinada a brillar como nunca antes.

Una era escrita no con tinta, sino con luz.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack En Veyora, la luz no cae del cielo: nace en el corazón de quienes son dignos de guiarla.

Serenya Falecor no solo hereda un trono; hereda un destino tejido por magia, pureza y amaneceres eternos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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