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EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 269

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269: Capítulo 7 — El Principado de Takrin: La Coronación de Siyana Valore 269: Capítulo 7 — El Principado de Takrin: La Coronación de Siyana Valore El amanecer llegó lentamente sobre las torres del Principado de Takrin, teñido por un azul profundo que parecía aún abrazar la noche.

Era un amanecer silencioso, denso, casi susurrante, como si el propio cielo contuviera la respiración en espera del momento sagrado que estaba por suceder.

Las banderas ondeaban suavemente sobre los muros del Palacio del Alba Eterna, mostrando con orgullo el símbolo del principado: un búho plantada con las alas extendidas sobre un fondo azul intenso, emblema de sabiduría, vigilancia y equilibrio.

Aquel búho era más que un símbolo; era un recordatorio permanente de que Takrin había prosperado gracias a la inteligencia, la estrategia y la capacidad de ver lo que otros no veían.

Los patios del palacio estaban decorados con antorchas de fuego azul ―una llama sagrada que solo ardía en ocasiones ceremoniales― y miles de lirios blancos, las flores emblemáticas del principado.

Los lirios representaban pureza, inteligencia y serenidad, tres pilares fundamentales del reinado que estaba por iniciar.

El aire olía a incienso de resina, hierbas de montaña y un tenue aroma a agua fresca proveniente de los estanques cristalinos.

Una música lenta y armónica, proveniente del Templo del Silencio, se extendía por los jardines y los corredores, marcando el inicio de la ceremonia.

Era un himno antiguo, cantado únicamente durante coronaciones: La Voz del Alba, una oda al conocimiento y la percepción verdadera.

En el interior del Salón del Cielo Nocturno, el ambiente era solemne y profundo.

El techo abovedado representaba el firmamento estrellado de Takrin, con constelaciones talladas en cristal que brillaban con luz mágica propia, como si el cielo entero hubiera descendido a contemplar la coronación.

Entre las columnas oscuras, engalanadas con velas plateadas cuya luz temblaba como si respirara junto con el salón, los invitados se mantenían de pie en un silencio absoluto.

Era un silencio pesado, sagrado, digno de un momento que sería recordado durante generaciones.

Nobles de Takrin, eruditos venidos desde tierras heladas, embajadores de los confines del continente y los centinelas búho —los guerreros élite del principado, envueltos en capas azul medianoche y máscaras que imitaban plumas plateadas— observaban la escena con una reverencia que no podía fingirse.

Y entre todos ellos se encontraban los que ya habían sido coronados, los pilares vivos de la política, la magia y la autoridad del continente.

Cada uno aportaba una presencia tan fuerte que incluso la luz de las velas parecía inclinarse ante ellos.

La inigualable Emperatriz Xioalian Long, soberana absoluta del glorioso Imperio del Dragón Dorado, avanzaba como si el salón se abriera para ella.

Su manto carmesí rodeado de bordados de Dragón parecía flotar, y sus ojos, dos brasas tranquilas, analizaban cada detalle.

A su lado, imponente y firme, se encontraba el Rey Liang Wang del Reino de Nanxi, cuya armadura de placas oscuras no hablaba de batallas ganadas, sino de la disciplina, preparación y fuerza silenciosa que caracterizaban a un monarca destinado a proteger a su gente.

Unos pasos más allá se erguía la Reina Melin Thariel del ancestral Reino de Andshi, cuyos atuendos eran un poema tejido, mezcla de seda, magia y tradición.

No lejos de ella permanecía la siempre calculadora Reina Alina Volker, gobernante indiscutida del Reino de Koryun, cuya mirada fría y analítica parecía medir el pulso de la coronación con la precisión de una estratega nata.

Cerrando el círculo de las majestades ya establecidas estaba el venerable Rey Tao Zharan, monarca del histórico Reino de Xianbei, cuya serenidad era tan profunda que bastaba verlo para recordar siglos de sabiduría transmitida por generaciones.

Y como rayo de luz entre tanta grandeza se encontraba la recién coronada Gran Duquesa Serenya Falecor, del resplandeciente Gran Ducado de Veyora, cuyo juramento ante el Espíritu del Unicornio todavía parecía danzar en el aire como un perfume sagrado.

Su presencia era luminosa, cálida, distinta: un recordatorio de que el mundo no solo avanzaba por la fuerza, sino por la pureza de los corazones que lo guiaban.

Pero no solo los gobernantes actuales estaban allí.

También brillaban, en medio de la multitud, aquellos que pronto moldearían el futuro del continente, quienes aún no habían sido coronados pero ya cargaban el peso de la historia sobre sus hombros.

El imponente Gran Duque Welian Altham, heredero del Gran Ducado de Suryun, se mantenía con la postura quieta de un príncipe guerrero preparado para suceder un manto de responsabilidad que pocos podrían sostener.

Su porte inspiraba respeto, su silencio inspiraba intriga.

Junto a él, representando la creciente influencia de los gobiernos electos, se encontraba Valen Verek, el influyente Canciller Electo de la República Federada de Oshiran.

No vestía coronas ni capas reales, pero su sola presencia generaba una autoridad distinta, moderna, una que provenía del voto, de la voz de la gente, del consenso.

Su mirada astuta seguía cada movimiento, consciente de que las alianzas de esa noche podrían definir los próximos diez años del continente.

Todos ellos habían viajado a Takrin para presenciar la coronación de Siyana.

No solo por cortesía política —sino porque sabían que el equilibrio de la región dependía de quién tomara ese trono, el único trono del Principado, ahora destinado a sostener a la nueva soberana.

Cada uno, coronado o por coronarse, observaba con un respeto silencioso al centro del salón, donde la princesa se preparaba para ascender a su destino.

El aire estaba cargado de historia.

Y todos ellos eran testigos.

En el centro, sobre una plataforma circular de mármol azul, descansaba el Trono del Búho, una obra maestra hecha de mármol oscuro y adornada con plumas de plata.

Dos ojos de cristal brillaban en el respaldo, simbolizando vista, percepción y sabiduría eterna.

Entonces el heraldo levantó su estandarte y proclamó con voz firme que resonó como un trueno en la calma: —¡Se presenta ante el Trono del Conocimiento y la Justicia, su alteza serenísima Siyana Valore, heredera de Takrin y guardiana de la sabiduría eterna!

Las puertas del salón se abrieron.

Un viento suave recorrió el recinto, haciendo temblar las llamas azules de las antorchas como si la noche misma entrara a presenciar el ritual.

Entre esa penumbra azulada apareció Siyana Valore, caminando con paso sereno y seguro.

Su vestimenta era un símbolo viviente de la identidad del principado: Un vestido largo azul oscuro con bordados plateados que representaban plumas y ojos de búho.

Cada hilo parecía brillar con luz propia, como si la prenda estuviera viva.

En su pecho brillaba el Símbolo del Ojo del Alba, la joya ancestral que portaban los soberanos de Takrin desde hacía siglos, una gema que según la tradición se iluminaba ante un gobernante digno.

A cada paso, el sonido de sus sandalias resonaba en el mármol como un eco sagrado.

Los súbditos desviaron la mirada hacia ella con respeto.

Algunos incluso se arrodillaron espontáneamente, conmovidos por su presencia.

Siyana, desde niña, había sido conocida por su carácter tranquilo, reflexivo y observador.

Su voz no era la más fuerte, pero sus palabras siempre tenían peso.

Su inteligencia y serenidad la habían convertido en una figura admirada incluso antes de portar la corona.

Siyana se detuvo frente a sus padres, el Príncipe Soberano Lucian Valore y la Princesa Consorte Sofía, quienes la observaban con orgullo y emoción contenida.

El Príncipe Soberano tomó entre sus manos la corona del búho, una pieza de plata pura adornada con dos plumas de cristal que parecían moverse con vida propia.

La alzó hacia el cielo y pronunció solemnemente: —El búho ve en la oscuridad, y tú, hija mía, verás más allá del miedo.

Por el Mandato del Trono del Búho, te confiero esta corona.

Que la sabiduría guíe tus decisiones, que la serenidad sea tu escudo y que la verdad reine en tu palabra.

Con delicadeza, colocó la corona sobre su cabeza.

En ese instante, un haz de luz azul descendió desde el techo estrellado, iluminando el trono y envolviendo a la nueva soberana en un resplandor etéreo.

Los cristales en el techo comenzaron a vibrar suavemente, emitiendo un sonido místico, casi como un canto celestial.

El heraldo proclamó con voz solemne: —¡Larga vida a Su Alteza Serenísima Siyana Valore, Princesa Soberana del Principado de Takrin!

¡Que el Ojo del Alba vele por su reinado!

El público se arrodilló, inclinando la cabeza con respeto absoluto.

Siyana abrió los ojos lentamente.

La coronación no solo había sido un acto ceremonial; había sentido algo más: una conexión profunda con el conocimiento ancestral del principado.

Era como si las voces de todos sus antepasados resonaran en su mente, ofreciéndole guía, fortaleza y claridad.

Siyana se levantó, con una expresión serena pero llena de determinación, y caminó hacia el balcón del palacio.

Afuera, bajo un cielo todavía azul oscuro y lleno de estrellas, los ciudadanos de Takrin esperaban en la plaza.

Miles de antorchas azules brillaban como luciérnagas.

Los búhos que habitaban los bosques cercanos se habían posado en los árboles, mirando hacia la princesa como si comprendieran la importancia del momento.

Siyana alzó su voz clara y firme: —Pueblo de Takrin… Un silencio envolvente cayó sobre todos.

Ni una sola antorcha se movió, ni una hoja se atrevió a crujir.

—Hoy recibo esta corona no como un símbolo de poder, sino de servicio.

Prometo gobernar con sabiduría, proteger nuestras tradiciones y mantener la paz que nuestros antepasados forjaron con esfuerzo.

Sus palabras viajaban en el aire con un eco suave, como si fueran acompañadas por un viento sagrado.

—Que la luz del conocimiento ilumine cada hogar, y que los búhos de la noche velen por nuestros sueños.

Un coro de búhos resonó en los bosques cercanos, como si la naturaleza misma respondiera a su promesa.

Los sonidos eran profundos, armónicos, casi místicos, como si cada uno llevara un mensaje antiguo, una bendición secreta destinada solo para ella.

Las estrellas parecieron parpadear con más intensidad, como si celebraran el nacimiento de un nuevo liderazgo.

Los constelaciones del firmamento —el Ala Serenada, la Corona de Medianoche y la Llama Azul— destellaron al unísono, algo que los ancianos sabios considerarían una señal de buen augurio durante generaciones.

La gente estalló en aplausos, pero no eran aplausos estruendosos ni desordenados.

Eran aplausos lentos, profundos, llenos de esperanza… como si cada golpe de palma fuera una plegaria silenciosa, un reconocimiento sagrado.

Takrin no celebraba con tumulto; celebraba como un reino sabio, consciente y profundamente conectado con lo espiritual y lo ancestral.

Las familias inclinaban levemente la cabeza, los sacerdotes del Ojo del Alba dibujaban símbolos de bendición en el aire, y los niños observaban con ojos brillantes, como si comprendieran que estaban presenciando el nacimiento de una era que algún día estudiarían en los pergaminos del futuro.

Sobre el balcón, Siyana bajó la mirada un momento.

Su capa azul oscuro se movía suavemente con la brisa nocturna, y las plumas plateadas que adornaban su vestidura temblaban como si también respiraran.

Permitió que la inmensidad del compromiso la atravesara como un río sereno.

No temía.

Pero comprendía.

No dudaba.

Pero reflexionaba.

Takrin había tenido líderes sabios, líderes justos, líderes fuertes… pero nunca alguien como ella: una soberana que había nacido bajo la Noche de los Tres Halos, un fenómeno astronómico que solo ocurre cada dos siglos, cuando tres lunas pequeñas se alinean detrás de la luna principal y crean un círculo triple de luz.

Los sabios siempre dijeron que un heredero nacido bajo ese fenómeno estaría destinado a gobernar con claridad absoluta, capaz de ver aquello que los demás no ven.

Quizás por eso, en ese instante, Siyana sintió que su corazón se sincronizaba con las estrellas, con los búhos, con el viento nocturno que recorría las montañas de Takrin.

Su reinado no sería uno basado en la espada, ni en la conquista, ni en el temor.

Takrin no era un reino de guerras; era un reino de estudio, observación y equilibrio.

Un reino donde la verdad era más poderosa que cualquier arma.

Y ella lo sabía.

Su reinado sería uno de sabiduría, de decisiones meditadas, de justicia profunda.

Sería un faro en la noche para quienes buscan respuestas, y un refugio para quienes temen la oscuridad.

Un reinado que marcaría la historia.

Los búhos sobrevolaron el palacio en círculos amplios, dejando caer pequeñas plumas plateadas que brillaban en el aire antes de desintegrarse en chispas azules.

Era un gesto rarísimo en esas criaturas sagradas.

Los ancianos del Templo del Silencio murmuraron entre ellos, sorprendidos; aquello era un signo inequívoco de aceptación espiritual.

El pueblo, al ver las plumas caer como estrellas fugaces, contuvo la respiración.

Siyana alzó entonces la vista hacia el cielo nocturno, permitiendo que la luz azul de las constelaciones se reflejara en sus ojos.

—Takrin —susurró para sí misma, aunque el viento llevó el eco de su voz a la multitud—.

Prometo ser digna de ustedes.

Las estrellas parecieron responder con un brillo aún más intenso.

Y así, entre las estrellas titilantes y el eco de las alas de los búhos que atravesaban la noche eterna, comenzó una nueva era en Takrin: La Era del Equilibrio, bajo el gobierno de Siyana Valore, la Princesa Soberana que vería más allá de la oscuridad, la heredera de la sabiduría eterna, la guardiana del Ojo del Alba.

Una era destinada a ser recordada en cada pergamino, cada historia y cada amanecer de Takrin.

Una era donde la luz no vendría del sol… sino del conocimiento.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack En Veyora, la luz no cae del cielo: nace en el corazón de quienes son dignos de guiarla.

Serenya Falecor no solo hereda un trono; hereda un destino tejido por magia, pureza y amaneceres eternos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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