Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 270

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL
  4. Capítulo 270 - 270 Capítulo 8 — El Gran Ducado de Suryun La Coronación del Gran Duque Weilan Atham
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

270: Capítulo 8 — El Gran Ducado de Suryun: La Coronación del Gran Duque Weilan Atham 270: Capítulo 8 — El Gran Ducado de Suryun: La Coronación del Gran Duque Weilan Atham El sol, un disco de fuego y oro, ascendía sobre los campos verdes del Gran Ducado de Suryun, tiñendo el horizonte con un resplandor que parecía surgir de la propia tierra.

No era un amanecer común; era la aurora de una nueva era, un evento predicho por las estrellas y esperado con anhelo por generaciones.

El aire cálido y perfumado con el aroma dulce y especiado de las flores de ámbar se extendía por todo el Valle de la Luz, donde se asentaba la capital.

Las campanas de bronce del Palacio del León Radiante, el corazón del poder ducal, comenzaron a tañer con una cadencia solemne y jubilosa, anunciando el día de la coronación.

Su sonido, profundo y resonante, viajaba kilómetros, llevando la noticia a los agricultores en los valles y a los pastores en las colinas distantes.

Las banderas del ducado ondeaban con orgullo desde las almenas y las torres más altas: el amarillo intenso de la prosperidad y el blanco inmaculado de la pureza, con el inconfundible emblema de un león de melena dorada coronado por la corona ducal.

El viento matutino las hacía ondear con una gracia poderosa, casi como si el propio león estuviera rugiendo en silencio hacia el cielo.

Por los caminos empedrados que llevaban directamente al palacio, la actividad era frenética.

Carruajes lujosos, tirados por caballos adornados con plumas y brocados, formaban caravanas interminables.

Eran nobles, embajadores y generales que desfilaban entre los vítores y el estruendo de las trompetas de bienvenida.

Llegaban trayendo consigo cofres rebosantes de ofrendas y pergaminos sellados con juramentos inquebrantables de lealtad al nuevo soberano.

Cada delegación era un reflejo de la vasta red política y militar que Suryun había tejido a lo largo de los siglos.

El Gran Salón: El Teatro del Linaje En el corazón del palacio, el Gran Salón del León aguardaba a sus invitados.

Era una maravilla arquitectónica diseñada para impresionar.

El suelo de mármol amarillo pulido reflejaba con una fidelidad casi mágica los rayos del sol que se filtraban a través de los inmensos vitrales dorados, creando un mosaico de luz danzante que parecía vibrar con energía.

El techo, una bóveda alta y audaz, estaba cubierto por un mural en relieve de oro y lapislázuli que narraba, sin necesidad de palabras, la historia del Ducado.

Mostraba la Primera Batalla de las Cumbres, donde el fundador, Gran Duque Lyra, forjó la paz con una espada; los pactos sellados bajo lunas de plata; y la ininterrumpida línea de coronas heredadas, una cadena dorada de soberanía que no conocía eslabones rotos.

A medida que los invitados tomaban sus lugares, el murmullo de la multitud se elevaba, lleno de expectativas y chismes de corte.

Los Invitados de Honor La presencia de delegados de reinos vecinos era habitual, pero en esta ocasión, la lista de monarcas asistentes era excepcionalmente prestigiosa, un testimonio del creciente poder e influencia del Ducado de Suryun.

El heraldo, con una voz más baja pero igualmente autoritaria, nombraba a los líderes mientras eran conducidos a sus asientos privilegiados cerca del estrado del trono: La Emperatriz Xioalian Long del Imperio del Dragón Dorado: Vestida con sedas rojas y amarillas, su presencia era una afirmación de poder imperial.

Su asistencia indicaba que Suryun era visto no solo como un aliado, sino como un igual en dignidad e influencia en la región.

El Rey Liang Wang del Reino de Nanxi: Su rostro estoico ocultaba siglos de rivalidad estratégica, ahora silenciada por una alianza forjada en la reciente guerra del Norte.

La Reina Melin Thariel del ancestral Reino de Andshi: Su corona de plata y esmeraldas contrastaba con la opulencia dorada de Suryun, recordándole a todos la sabiduría y la antigüedad de su linaje élfico.

La Reina Alina Volker del Reino de Koryun: Una joven gobernante que había ascendido al trono tras una sangrienta purga, su mirada era aguda y cautelosa, evaluando a su nuevo colega.

El Rey Tao Zharan del Reino de Xianbei: Un hombre de aspecto marcial, su presencia era la promesa tácita de espadas en caso de necesidad.

La Gran Duquesa Serenya Falecor del Gran Ducado de Veyora: Competidora directa de Suryun, su asistencia, más que una señal de amistad, era una meticulosa observación de la ceremonia.

Siyana Valore, la Princesa Soberana del Principado de Takrin: La más joven de los gobernantes, su sola presencia marcaba un acuerdo de paz largamente esperado entre su principado montañoso y el ducado.

Sus presencias combinadas aportaban un aire inigualablemente solemne y prestigioso al acto.

No solo atestiguaban el ascenso de Weilan; validaban su reinado ante el mundo conocido, reforzando la importancia geopolítica del día.

La Espera del Heredero Weilan, de pie en un salón privado adyacente, podía escuchar el crescendo de murmullos y el tañido de las campanas.

Vestía la túnica de la coronación, sintiendo el peso del lino bordado y, más importante, el peso de las expectativas.

El Gran Duque Emérito Roderic Altham, su padre, se acercó, su porte aún irradiando la autoridad de un rey, aunque sus hombros estaban relajados por la paz de una misión cumplida.

“Respira, Weilan,” susurró Roderic.

“El León no teme al mañana, y mucho menos a un Salón lleno de admiradores.

Esta es tu cuna y tu destino.” Weilan asintió, tratando de absorber la calma de su padre.

Miró a Bruno Sora, el Gran Duque Consorte Emérito, quien ajustaba con una precisión casi nerviosa el cuello de la túnica de Weilan.

Bruno no era un guerrero ni un político, sino el ancla emocional de la familia.

Su gesto era una mezcla de profundo orgullo y una preocupación tierna.

“Recuerda lo que prometiste al llegar a la mayoría de edad,” le recordó Bruno con una sonrisa suave.

“Serás el sol que guía, no el fuego que consume.” Esa frase resonó en Weilan.

Detrás de la fachada de túnicas doradas y espadas ceremoniales, él era el heredero que había pasado años en las fronteras, no en los salones.

Había dirigido tropas, negociado con caudillos rebeldes y sentido la tierra fría bajo las estrellas.

Su valor no era una llama inquebrantable, sino una forja constante.

El momento llegó.

Un heraldo menor entró deprisa y se inclinó.

“Es la hora, Su Alteza.” El Anuncio y la Entrada El heraldo principal, Ser Kael, un hombre cuya voz era una leyenda en la corte por su claridad, levantó su bastón de plata ante el Trono del León Radiante.

El silencio en el vasto salón se hizo tan denso que casi se podía escuchar el polvo flotando en los rayos de luz.

—¡De rodillas ante el Trono del León Radiante!

—proclamó Ser Kael con una voz que vibró en cada columna de mármol.

—¡Se presenta ante vos, Su Alteza Weilan Altham, Heredero Designado de Suryun y Portador de la Llama del Valor Inquebrantable!

Las gigantescas puertas de roble y bronce, custodiadas por figuras de leones tallados, se abrieron de par en par.

Un haz de luz dorada, más intenso que cualquier otro hasta el momento, cruzó el pasillo central, como si el sol mismo hubiera esperado ese instante.

En ese glorioso sendero de luz, Weilan Altham avanzó.

Caminaba con un paso firme, la cadencia de un hombre que sabe el peso de su posición.

Estaba envuelto en una túnica ceremonial blanca con intrincados bordados dorados que representaban leones entrelazados con rayos de sol.

Su capa, larga y pesada, de seda de Suryun tejida con hilos de oro, parecía brillar con cada movimiento, como si estuviera tejida con el resplandor del mediodía.

Su figura alta y musculosa, ganada en años de entrenamiento y campaña, era la personificación de la dignidad juvenil y el poder.

Mientras avanzaba, Weilan miró de reojo las caras de los monarcas.

Vio el asentimiento aprobatorio del Rey Liang Wang, la curiosidad de la Emperatriz Xioalian, y la fría, pero respetuosa, inclinación de cabeza de la Gran Duquesa Serenya Falecor.

En ese pasillo, él no era solo un hijo; era la encarnación de la nación.

Detrás de él, los Grandes Duques Eméritos, Roderic Altham y Bruno Sora, observaban con orgullo y emoción contenida.

Roderic, aún con su porte regio y militar, sostenía entre sus manos la corona del león, una pieza majestuosa de oro puro, donde engastadas gemas carmesí parecían latir con una luz interna, simulando el corazón de una bestia dormida.

La Coronación y el Legado Cuando Weilan Altham llegó al pie del Trono de Ébano y Oro, se arrodilló con una solemnidad que detuvo la respiración de la audiencia.

El silencio se hizo total, roto solo por el susurro de la seda al caer.

El Gran Duque Emérito Roderic Altham se acercó un paso, su voz profunda y serena resonó en el silencio, llevando el peso de siglos de tradición: “El león no teme al amanecer ni al ocaso.

Hoy, hijo mío, por la gracia del León y la ley del Linaje Altham, te corono Weilan Altham Gran Duque del Gran ducado de Suryun.

Que la fuerza te guíe, que el honor sea tu sombra, y que la justicia siempre ruja en tu palabra.” Fue el traspaso de un legado de guerreros.

Roderic puso una mano firme sobre el hombro de su hijo, una conexión física que simbolizaba la transferencia de la carga de la soberanía.

Inmediatamente, el Gran Duque Consorte Emérito Bruno Sora se acercó, llevando el sagrado Manto de la Unidad, un tejido de oro y lino bordado con el lema ancestral del ducado: “Donde brilla el sol, resuena el rugido.” Con una delicadeza que solo un padre podría poseer, Bruno colocó el pesado manto sobre los hombros de Weilan.

El manto no era solo una prenda; era un mapa simbólico, con cada hilo representando una familia, un valle, o una fortaleza de Suryun.

Al sentir su peso, Weilan sintió la inmensidad de lo que ahora le pertenecía y le demandaba.

Entonces, y solo entonces, el Gran Duque Emérito Roderic Altham levantó la Corona del León.

La sostuvo un instante hacia la luz, permitiendo que el oro y las gemas ardieran bajo el sol.

—Por el Sol, por el Linaje, por el Pueblo —murmuró Roderic.

Y la colocó sobre la cabeza de su hijo.

El salón entero estalló en aplausos y vítores, un trueno de aprobación y celebración que ahogó todo pensamiento.

El heraldo, Ser Kael, aprovechó el crescendo del clamor para lanzar su proclamación final con fervor casi extático: —¡Larga vida a Su Gracia el Gran Duque Weilan Altham!

¡Que el León de Suryun extienda su sombra dorada!

Las trompetas, colocadas estratégicamente en los balcones superiores, resonaron con una fuerza atronadora, sellando el acto.

Weilan se puso de pie, la corona pesando menos de lo que había esperado, pero el peso del título, incalculable.

El Juramento del Nuevo Soberano Weilan se giró lentamente, encarando el trono a su espalda, y luego miró a la multitud reunida.

Sus ojos se detuvieron un instante en sus padres, en los monarcas invitados y, finalmente, en el gran balcón abierto, donde miles de ciudadanos se agolpaban en la Plaza del León, esperando.

Alzó su mano derecha, un gesto que detuvo el último eco de las trompetas y los vítores.

El silencio volvió, tenso y expectante.

—Pueblo de Suryun —dijo con una voz firme y clara que, gracias a la acústica perfecta del salón, llenó cada rincón y se proyectó hacia la plaza.

No era la voz de un rey, sino la de un líder que había compartido trincheras.

—Hoy juro ante el sol, símbolo eterno de nuestra fuerza y nuestra verdad, que protegeré nuestra tierra, nuestras familias y nuestras tradiciones con cada aliento de mi vida.

Juro mantener la Paz del León y defender la Ley del Sol.

Hizo una pausa, su mirada recorriendo las caras de los nobles.

—No seré un duque de palabras vacías, sino de actos probados.

Gobernaré no desde el esplendor del trono, sino desde el corazón de la justicia y la necesidad.

Que todo el oro de este palacio sea un recurso para vuestra protección y vuestra prosperidad.

Elevó el tono, dirigiéndose directamente al pueblo en la plaza.

—Que la luz nunca abandone nuestros corazones, incluso en las noches más oscuras, y que el Rugido del Sol sea el eco eterno de nuestra unidad y nuestra fuerza.

¡Suryun es unidad!

Desde las calles, el pueblo, que había permanecido en un silencio devoto, respondió con un clamor ensordecedor que estremeció el aire, haciendo vibrar los vitrales del Gran Salón: —¡Larga vida al Gran Duque Weilan!

¡Larga vida al León de Suryun!

Weilan sintió cómo la coronación no había sido la corona, sino esa respuesta.

El vínculo sagrado y antiguo entre el gobernante y su pueblo.

El Primer Acto de la Nueva Era La formalidad había terminado, pero el día apenas comenzaba.

Weilan se sentó en el Trono del León Radiante por primera vez, el mármol frío bajo sus dedos.

Era una transición palpable, de heredero a soberano.

Los heraldos dieron paso a la presentación de juramentos.

Los líderes de las casas principales de Suryun se acercaron uno a uno.

Fue un desfile de poder y lealtad: el Caballero Comandante de la Guardia de Élite; el Archimago Jefe del Círculo Solar; el Canciller de la Hacienda; todos inclinando la rodilla y pronunciando el Voto de Servidumbre.

Mientras esto ocurría, la Emperatriz Xioalian Long se acercó al estrado, moviéndose con la gracia imperturbable que solo la realeza ancestral conoce.

“Su Gracia,” dijo con una voz suave que, sin embargo, captó la atención de todos los presentes.

“Mi regalo no es oro, sino un consejo.

La corona es pesada no por su material, sino por los secretos que te obliga a guardar y las alianzas que te obliga a sellar.

Vigila a tus amigos con la misma atención que a tus enemigos.” Weilan se levantó para recibirla, un gesto de gran respeto.

“Agradezco su sabiduría, Emperatriz.

Mi linaje siempre ha sabido que el sol puede revelar tanto a los depredadores como a las presas.” La Reina Alina Volker de Koryun, notando el intercambio, también se adelantó.

Ella no ofreció cumplidos, sino una verdad cruda.

“Gran Duque Altham, la paz es una ilusión en nuestra era.

¿Su rugido será una advertencia o una amenaza para aquellos que duden de Suryun?” Weilan la miró a los ojos, su sonrisa desvanecida, reemplazada por la seriedad del mandato.

“Reina Alina, el Rugido del Sol será la fuerza para defender a nuestros aliados y la justicia para mantener la ley.

Mi objetivo no es el conflicto, sino la prosperidad.

Pero si alguien amenaza la paz de Suryun, descubrirán que nuestro león, aunque dorado, tiene garras de acero.” El intercambio, breve y cargado de tensión geopolítica, fue el verdadero comienzo del reinado de Weilan.

Mientras el banquete se preparaba y las conversaciones privadas comenzaban a fluir en los salones adyacentes, Weilan sintió un momento de quietud.

Miró hacia sus padres.

Bruno le dio un asentimiento orgulloso.

Roderic, sin palabras, simplemente posó sus dedos sobre su propia espada, un recordatorio silencioso de que, aunque el título había cambiado, el servicio a Suryun jamás terminaría.

Y así, bajo la luz radiante del mediodía, marcada por la promesa de un soberano joven, valiente y digno de su linaje, la Era del León Dorado había comenzado.

El capítulo de su vida, y el del Ducado, se había abierto con el rugido de la lealtad y el brillo ineludible del sol.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack El rugido de Suryun anuncia más que una coronación: marca el nacimiento de un líder hecho de sol, honor y destino.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo