EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 271
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- Capítulo 271 - 271 Capítulo 9 — La Proclamación del Nuevo Canciller de Oshiran
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271: Capítulo 9 — La Proclamación del Nuevo Canciller de Oshiran 271: Capítulo 9 — La Proclamación del Nuevo Canciller de Oshiran El Gran Salón del Parlamento Federado de Oshiran era un testimonio arquitectónico de la complejidad y la unidad de la República.
Alto, semicircular y abovedado, brillaba con la luz matutina que se filtraba a través de los inmensos ventanales de cristal tallado.
Estos vitrales no eran simples adornos; reflejaban los colores vivos de todas las regiones que componían la Federación: el azul turquesa de las provincias costeras y de comercio marítimo; la plata de las regiones mineras del norte y la innovación tecnológica; y el blanco-verde que representaba la fertilidad de las llanuras centrales y la pureza de sus leyes.
Dominando el centro del techo abovedado, la bandera de la República, un pendón de rojo profundo con el majestuoso Águila Bicéfala, ondeaba en un mástil invisible, su simbolismo omnipresente.
El Águila de dos cabezas, mirando hacia el este y el oeste, representaba la vigilancia constante, la unión de las dos grandes masas continentales bajo la ley de Oshiran, y la visión dual de proteger la tradición mientras se avanza hacia el futuro.
Los emblemas de cada provincia, pequeños escudos de bronce pulido y piedras semipreciosas, centelleaban discretamente bajo los rayos del sol, marcando la rica diversidad de la nación.
El salón albergaba a los trescientos delegados que componían el Parlamento Federado, agrupados meticulosamente por regiones.
Los representantes del Corazón de Plata (el Norte industrial y tecnócrata) vestían trajes de cortes sobrios y miradas pragmáticas.
A su lado, los delegados del Anillo de Jade (el Sur agrario y espiritual) se distinguían por togas más sueltas y gestos pausados.
El aire estaba cargado de una expectativa silenciosa, un respeto tenso que solo una transición de poder fundamental podía generar.
En la plataforma central, elevada sobre una tarima de ébano, el sillón presidencial esperaba vacío, pero a su lado, de pie, estaba el presidente Arius Korrin.
Con más de setenta años, su cabello era de un plateado luminoso y su rostro, marcado por décadas de servicio, exhibía un gesto de serena autoridad.
Su mirada recorrió la sala, una panorámica silenciosa sobre la historia que había ayudado a escribir.
Korrin había sido compañero político del Canciller anterior, y su presencia simbolizaba la continuidad histórica y la legitimidad del proceso.
Haciendo una pausa dramática para asegurarse de que la quietud de la sala fuera absoluta, Korrin tomó un aliento profundo.
—Hoy —anunció, y su voz, magnificada por la acústica diseñada, retumbó con firmeza y una claridad inconfundible—, en estricto cumplimiento con la Ley Fundamental de la Federación, se presenta ante este Soberano Parlamento al Canciller electo de Oshiran.
Este individuo ha sido llamado a asumir el timón de la República, guiando a nuestra nación en esta nueva era, una era que exige tanto la sabiduría de la experiencia como la audacia de la juventud.
Un silencio reverente se extendió; los delegados se inclinaron ligeramente, preparándose para presenciar uno de los rituales más sagrados de la República: la transición pacífica del liderazgo.
—Nuestra ley demanda que la Cancillería sea ocupada por alguien cuya visión no esté comprometida por el pasado, pero cuyo respeto por el legado sea inquebrantable —continuó Korrin, y en sus palabras había un sutil reconocimiento al dilema de la edad—.
Tras un análisis exhaustivo de todas las candidaturas, y con la firme convicción de asegurar la integridad y el bienestar perpetuo de la Nación Federada, propongo a quien ha demostrado ya su capacidad en los gabinetes provinciales y en el servicio a la comunidad.
Propongo al joven Valen Verek para asumir la Jefatura del Consejo Federal.
Un suave murmullo de reconocimiento y admiración recorrió las filas.
No era un secreto quién era Valen; su padre había sido una figura política legendaria y trágica, lo que añadía una capa de drama y presión al nombramiento.
—A sus treinta años recién cumplidos, Valen Verek se convierte, en efecto, en el canciller más joven en la historia de Oshiran desde la fundación de la República —la voz de Korrin se hizo más cálida, casi paternal—.
Esta juventud no es una falta de experiencia, sino una promesa de energía y renovación.
Estoy seguro de que servirá con la sabiduría que su linaje le ha otorgado y la dedicación que la República Federada de Oshiran exige.
La Travesía del Heredero Político Las grandes puertas de bronce, flanqueadas por las estatuas de los Primeros Fundadores, se abrieron con un chirrido ceremonioso.
Valen Verek apareció en el umbral, y la luz del sol que entraba a raudales lo envolvió, dándole un aura casi irreal.
Inició su avance por el pasillo central, una alfombra de terciopelo azul marino que se extendía hasta el estrado.
Cada paso que daba resonaba sobre el pulido mármol, un sonido seco y claro que se sentía como el golpe de un martillo marcando el inicio de su destino.
Su traje, sobrio pero cortado con una elegancia impecable, llevaba los colores de la República.
El paño de lana fina era de un Rojo profundo, con detalles en hilo dorado que delineaban sutilmente el diseño del Águila Bicéfala sobre su solapa.
No era solo vestimenta; era una declaración visual de que él no representaba a ninguna región o facción en particular, sino la unión de todas.
El rostro de Valen reflejaba una mezcla compleja de emociones.
Había determinación en la línea de su mandíbula, el respeto por el monumental peso de la tradición que lo rodeaba, y una leve emoción contenida, apenas un temblor en el rincón de sus ojos, al pensar en su padre y en el camino que lo había llevado hasta allí.
Sabía, con una certeza fría, que a partir de ese momento, el futuro de los millones de ciudadanos de la República no era solo una preocupación abstracta, sino una responsabilidad íntima y personal que descansaba, literalmente, sobre sus hombros.
Mientras pasaba junto a las filas de delegados, Valen sintió la intensidad de sus miradas: la desconfianza cautelosa de los ancianos, la esperanza abierta de los jóvenes reformistas, y la curiosidad calculadora de los embajadores de potencias extranjeras, sentados en la galería superior.
El Ritual de la Ratificación Al llegar al centro del hemiciclo, Valen se detuvo y realizó una profunda inclinación de cabeza ante el Presidente Korrin y, luego, ante los delegados, como señal de humildad ante el poder del Parlamento.
Los delegados, de pie y manteniendo un silencio sepulcral, comenzaron el ritual de la votación protocolar.
No era una votación de elección, sino de ratificación del candidato propuesto por el Consejo.
Un funcionario de la Comisión Electoral avanzó con una urna de cristal y pergaminos sellados.
Cada representante, al ser llamado por su región y apellido, depositaba su voto de aprobación o rechazo.
Aunque el resultado ya era conocido en los círculos internos, la tensión se mantuvo.
El Parlamento Federado nunca había ratificado a un Canciller por unanimidad perfecta.
Siempre había disidentes, voces minoritarias que querían dejar su marca.
El conteo fue rápido y preciso, proyectándose en hologramas de luz sobre la pared posterior del salón.
Los números de la aprobación ascendían rápidamente, dejando a cero la casilla del ‘Rechazo’.
Cuando la jefa de la comisión electoral anunció, su voz se quebró ligeramente por la emoción del momento: —¡Por trescientos votos a favor, Valen Verek ha sido ratificado y aprobado como Canciller de la República Federada de Oshiran!
El murmullo inicial de aprobación se transformó no solo en un aplauso, sino en un clamor unánime que resonó como una ola de liberación.
Era más que una votación; era la demostración de que, a pesar de las profundas divisiones regionales, la República confiaba en su juventud para la renovación.
El Juramento ante la Historia El joven Canciller subió los pocos escalones que lo separaban del estrado.
Se inclinó respetuosamente ante el Presidente Korrin, que le devolvió el gesto con una mirada llena de orgullo y alivio.
Valen tomó su lugar detrás del atril principal, sintiendo la madera pulida bajo sus dedos, el mismo atril que había sostenido las manos temblorosas de sus antecesores.
El presidente Korrin le extendió la antigua Constitución Federal de Oshiran, un tomo encuadernado en cuero desgastado que simbolizaba la permanencia de la ley.
Valen alzó la mano derecha.
Por encima de él, el Águila Bicéfala parecía observarlo.
Con una voz que, aunque clara y audible, estaba teñida de una profunda seriedad, pronunció el juramento con un rigor que iba más allá del protocolo: —Juro solemnemente servir a la República Federada de Oshiran; proteger y defender su Constitución Federal; garantizar la justicia, la unidad y promover la prosperidad de todos sus ciudadanos.
En su mente, no solo estaba recitando palabras, estaba haciendo una promesa a las generaciones futuras.
—Que mi liderazgo sea un faro en la oscuridad y una espada contra la injusticia —añadió, desviándose ligeramente del texto estricto para infundir su propia convicción—.
Que mis actos reflejen la confianza que han depositado en mí y que mi servicio honre el legado de la República.
Al terminar, un aplauso reverente y sostenido llenó la sala.
Esta vez, fue el sonido del respeto ante el juramento de un líder.
Los estandartes y banderas, iluminados por la luz del sol que se filtraba entre los vitrales, parecían ondear con más fuerza, celebrando al nuevo guardián de la ley.
Valen bajó la mano.
Por un momento, la sala entera quedó en un silencio perfecto.
Era un instante suspendido, el tiempo de la historia marcándose con tinta indeleble.
El Canciller se permitió un segundo para sentir el peso de la responsabilidad, el recuerdo de su padre, y la promesa de un futuro incierto pero lleno de potencial.
La Nueva Era de Oshiran El Presidente Korrin, con una sonrisa cansada pero satisfecha, se acercó a Valen y, ante la asamblea, le colocó en la solapa la insignia de la Cancillería: un águila de platino con incrustaciones de turquesa.
“Ahora, el trabajo comienza, Canciller Verek,” susurró Korrin, “y el Parlamento espera su primera Proclamación.” Mientras los delegados se sentaban, el murmullo de la sala se reanudó.
No eran solo conversaciones; eran evaluaciones.
Algunos, como el jefe de la delegación del Norte, murmuraban sobre el futuro de las políticas económicas bajo un liderazgo tan joven.
“Necesitamos estabilidad, no experimentos,” comentó en voz baja.
Otros, especialmente los representantes de las provincias fronterizas, admiraban la transición impecable de poder, un signo de la robustez institucional de Oshiran.
Pero, sin importar la facción, todos compartían la certeza de que aquel día quedaría grabado en los anales de la República.
El joven Verek era un lienzo en blanco sobre el cual se pintaría la próxima década.
Valen se inclinó ante el atril, su corazón latiendo con el ritmo de un tambor de guerra silencioso.
La nueva era de Oshiran, llena de desafíos y promesas, había comenzado.
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