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EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 272

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272: Capítulo 10 — Navegando hacia un Nuevo Horizonte 272: Capítulo 10 — Navegando hacia un Nuevo Horizonte El sol se levantaba sobre las aguas infinitas del continente de Drakoria, un vasto cuerpo de agua que separaba los viejos reinos de las tierras inexploradas.

La luz, al golpear el horizonte, estallaba en una paleta de tonos dorados, naranjas y violetas, anunciando no solo un nuevo día, sino un nuevo capítulo en la historia de la civilización.

Surcando las aguas internacionales, un barco majestuoso, el Sol Radiante, desplegaba sus velas.

Eran de seda blanca inmaculada, ribeteadas en oro, y captaban cada rayo de luz, convirtiendo la embarcación en una visión de esperanza en el vasto azul.

Sobre su cubierta, reunidos, estaban los nueve jóvenes gobernantes que acababan de ser coronados o proclamados, dejando atrás las rígidas cortes y la política inmediata: Xióalian Long, Emperatriz del Imperio del Dragón Dorado Liang Wang, Rey del Reino de Nanxi Tao Zhoran, Rey del Reino de Xianbei Meilin Thariel, Reina del Reino de Andshi Alina Volker, Reina del Reino de Koryun Serenya Falecor, Gran Duquesa del Gran Ducado de Veyora Siyana Valore, Princesa Soberana del Principado de Takrin Weilan Altham, Gran Duque del Gran Ducado de Suryun Valen Verek, Canciller de la República Federada de Oshiran El Sol Radiante se balanceaba suavemente con el ritmo ancestral de las olas.

El viento, fuerte y limpio, traía consigo la sal del mar y una sensación embriagadora de libertad absoluta.

Este no era un viaje diplomático; era un escape coordinado, un rito de paso acordado en secreto por sus padres, una última lección antes de que el peso del poder los absorbiera por completo.

Nadie sabía con certeza hacia dónde se dirigían, ni siquiera el capitán del barco, que solo seguía una dirección general y un mapa antiguo que mostraba territorio sin nombre.

No había mapas náuticos detallados, ni una agenda formal, solo la promesa tácita de aventura, descubrimiento y autoconocimiento.

Por primera vez en sus vidas adultas, los soberanos podían dejar atrás las obligaciones estrictas de sus tronos y sentir la inmensidad del mundo a su alrededor.

El título, por este breve y glorioso interludio, era secundario a la persona.

La Reflexión Íntima de Nueve Coronas La Emperatriz Xióalian, vestida con una túnica sencilla de viaje, se apoyó en la barandilla de caoba pulida.

Su manto imperial, aunque enrollado en una cámara, aún parecía arrastrarse ligeramente sobre la cubierta, un fantasma de su título.

Observaba el horizonte y dijo con voz que era firme por naturaleza, pero cargada de una emoción suave, casi de alivio: —Nunca pensé que llegaría este momento.

Pensé que la preparación, los consejos, las coronaciones y las responsabilidades serían un ciclo interminable.

Después de todo eso… por fin podemos respirar.

El Rey Liang Wang de Nanxi, conocido por su seriedad diplomática, sonrió de forma genuina, algo que rara vez se permitía en público.

El viento le despeinaba ligeramente el cabello negro.

—Hemos pasado por tanto, hemos soportado las sombras de nuestros predecesores y hemos aceptado el peso de sus coronas.

Pero ahora somos nosotros quienes elegimos cada rumbo —dijo, señalando el mar abierto—.

El océano no tiene leyes, ni cortes, ni Consejos Federales que satisfacer.

Y eso… eso es un regalo que pocas veces se nos da.

La libertad de ser, solo por un tiempo, simplemente Liang.

El Canciller Valen Verek de Oshiran, el único republicano del grupo, se unió a la barandilla, observando el sol reflejarse en las olas, un brillo que recordaba la plata de su República.

—Es irónico, ¿no?

—comentó Valen, su tono más reflexivo que político—.

Todos hemos sido formados y educados hasta el límite para guiar a nuestros pueblos, para ser la brújula y el ancla.

Y ahora, la guía que necesitamos… es para nosotros mismos.

Para entender quiénes somos fuera del título de Emperatriz, Rey o Canciller.

Es una prueba de liderazgo personal antes de enfrentar los desafíos reales de la nación.

Los demás asintieron, comprendiendo la esencia de este viaje: no era solo geográfico, sino un ritual de libertad y aprendizaje, un último acto de crecimiento personal que marcaría su alma antes de asumir por completo el peso de sus naciones.

La Reina Meilin Thariel de Andshi, con la sabiduría ancestral de su linaje, añadió una perspectiva más profunda.

—El mar es el espejo perfecto.

Nos muestra cuán pequeños somos y cuán vasto es el mundo que hemos jurado proteger.

En tierra, la ley nos constriñe; aquí, la naturaleza nos recuerda que el verdadero poder reside en la humildad y la adaptación.

Lo que estamos buscando no está en un mapa, sino en la manera en que elegimos enfrentar lo desconocido.

La Gran Duquesa Serenya Falecor de Veyora, siempre la más pragmática, sacó un pequeño cuaderno de notas de viaje y un lápiz de punta de plata.

—Mis padres siempre dijeron: ‘La aventura sin reflexión no es más que distracción’ —dijo, anotando algo—.

Cada decisión que hemos tomado, cada consejo recibido, cada error cometido en nuestra juventud… todo nos ha preparado para esto.

Hoy no navegamos solo por el mar; navegamos por todo lo que hemos aprendido y por lo que aún está por venir.

Estamos evaluando la competencia de nuestros aliados.

Las Alianzas en el Océano El diálogo se expandió a la dinámica de su inesperado grupo.

Eran la encarnación de la geopolítica de Drakoria, y el viaje se convirtió en la primera cumbre informal de la nueva generación.

Alina Volker de Koryun, cuyo reino había pasado por recientes turbulencias, fue directa.

—Honestamente, esperaba que el Gran Duque Weilan y la Gran Duquesa Serenya estuvieran ya discutiendo fronteras.

Pero aquí estamos, compartiendo la misma brisa.

Esto prueba que las rivalidades de nuestros predecesores no tienen por qué ser las nuestras.

Weilan Altham de Suryun, el Gran Duque del León Dorado, sonrió, su semblante era el de un guerrero satisfecho.

—Las fronteras son flexibles, Reina Alina.

Lo que es innegociable es el honor.

Si este viaje demuestra que podemos confiar en la palabra del otro sin la presencia de cientos de guardias y escribas, habremos ganado más que cualquier batalla terrestre.

La Princesa Soberana Siyana Valore de Takrin, la más joven y proveniente del principado montañoso, habló con una voz sorprendentemente firme.

—Para Takrin, siempre hemos visto a nuestros vecinos como gigantes.

Pero al verlos a todos ustedes aquí, despojados de la formalidad, me doy cuenta de que las responsabilidades son las mismas, sin importar el tamaño del trono.

Este viaje nos hace iguales.

El desafío para mí es regresar y aplicar esta igualdad a mis montañas.

El Rey Tao Zhoran de Xianbei, siempre centrado en el ejército y la estrategia, levantó una copa de té que le había traído un asistente.

—El objetivo no es la igualdad, sino la comprensión estratégica.

¿Qué teme el Canciller?

¿Qué ambiciona el Rey?

Solo fuera de las paredes de piedra podremos ver las verdaderas almas detrás de los títulos.

Estamos forjando la Confianza que necesitaremos cuando las tormentas políticas golpeen nuestros tronos.

Xióalian cerró los ojos un momento, sintiendo las palabras de su abuela, la anterior Emperatriz, resonar en su mente.

Abrió los ojos y susurró, dirigiéndose al cielo: —Gracias, papás… Por enseñarnos a ser fuertes, por mostrarnos cómo amar y liderar.

Cada uno de nosotros lleva su legado en el corazón, y ahora, juntos, podemos forjar algo nuevo.

Un camino donde el legado no sea una carga, sino un trampolín.

El barco avanzaba, cada vela desplegada al viento.

Los jóvenes gobernantes se sintieron parte de una coreografía ancestral de poder y renovación.

La Proa y el Juramento Silencioso A medida que el sol se elevaba en su punto más alto, Xióalian se sintió impulsada a la proa del barco, el lugar más expuesto a la inmensidad del océano.

Los demás la siguieron.

Ella extendió los brazos como queriendo abrazar todo el océano y el futuro incierto.

—¡A la libertad!

—exclamó con una voz que el viento llevó sobre las olas—.

A los desafíos que nos esperan, a las decisiones que nos harán fuertes, y a los pueblos que guiamos con honor.

Liang alzó su puño.

Valen inclinó la cabeza, su gesto republicano, pero su sentimiento era el mismo.

Weilan y Tao gritaron en sincronía, un rugido contenido de guerreros.

El barco continuó su viaje hacia lo desconocido, y mientras las aguas se abrían ante ellos, cada soberano comprendió que, aunque sus coronas brillaban sobre sus cabezas —físicas o metafóricas—, la verdadera aventura estaba apenas comenzando.

Habían pasado la prueba de la tradición; ahora debían pasar la prueba del liderazgo en la era moderna.

El sol se elevaba alto sobre el horizonte, reflejando la promesa de un futuro vasto, lleno de posibilidades, donde el linaje, el legado y la libertad coexistían, no en conflicto, sino en perfecta armonía.

El Legado de Drakoria: La Convergencia de los Nueve Este viaje marcó la Convergencia de los Nueve, un mito político que comenzaría a circular en las cortes, narrando cómo la nueva generación de líderes de Drakoria se unió en el mar para redefinir el continente.

Sobre el mar, bajo el sol que despierta, Navegan los soberanos de tronos y repúblicas, Cargados con coronas, enseñanzas y promesas.

Cada uno lleva la bandera de su estirpe y su ideología: El dragón dorado sigue vigilante en su trono, El fénix levanta vuelo hacia un cielo rojo y dorado, El grifo se eleva sobre colinas blancas y doradas, El lobo blanco aúlla en valles de nieve, El unicornio galopa entre rayos violetas, El búho observa silencioso la sabiduría azul, El león ruge desde su estandarte dorado, Y la República florece con justicia y libertad.

Nueve gobernantes, nueve caminos, y la comprensión de un solo destino: forjar un continente donde la paz se mantenga por la fuerza de la ley, no por la amenaza de la espada.

Un lugar donde cada pueblo sea escuchado, cada legado respetado, y cada generación honre a quienes los guiaron, mejorando siempre su obra.

Así, Drakoria se extendía ante ellos como un lienzo infinito, no un campo de batalla.

El viento susurraba historias de reyes y emperadores pasados, pero el sonido más fuerte era el de sus propias voces, debatiendo, riendo y planeando.

Mientras las olas los abrazaban y el barco dejaba atrás los límites cartografiados, los nueve jóvenes comprendieron la lección final de sus padres: No es la corona la que define al gobernante, sino el corazón que la sostiene, y la Libertad, de ser honesto consigo mismo y con el pueblo, es el mayor Mandato que se concede a quienes lo siguen.

El horizonte era vasto, los mares completamente desconocidos, pero en cada mirada había certeza: el linaje evoluciona, los pueblos prosperan.

Y el futuro —aunque incierto— es tan brillante y lleno de posibilidades como sus sueños recién liberados.

El viaje del Sol Radiante era la promesa de que la paz en Drakoria no sería el fin de la historia, sino el vibrante comienzo de la era de la Cooperación entre Coronas.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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