EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 47
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- Capítulo 47 - 47 Capítulo 17 – Bajo las máscaras de la paz
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47: Capítulo 17 – Bajo las máscaras de la paz 47: Capítulo 17 – Bajo las máscaras de la paz El Salón de los Cielos Extranjeros brillaba como una joya bruñida bajo la luz del sol que entraba por los ventanales de cristal tallado.
Sus columnas de jade estaban adornadas con intrincados grabados dorados, que contaban la historia de generaciones de emperadores y de batallas antiguas.
Las banderas de los reinos vecinos colgaban con solemnidad, ondeando ligeramente con la brisa que llegaba desde los jardines imperiales, y cada una mostraba colores, símbolos y emblemas que representaban la historia y orgullo de sus pueblos.
El aroma del incienso se mezclaba con el perfume de los cerezos en flor y el vino especiado que llenaba la sala, creando una atmósfera embriagadora y tensa a la vez.
Las flautas de bambú entonaban melodías suaves, pero cada nota parecía medir la paciencia y la vigilancia de los presentes.
Por primera vez desde su matrimonio, Jin Long y Suwei recibirían embajadores de todas las naciones del continente.
Era un momento de aparente celebración, pero bajo las sonrisas, cada gesto estaba cargado de cálculo y desconfianza.
Los diplomáticos del Ducado de Veyora llegaron con sus túnicas verdes y doradas, cargando cofres que prometían riquezas y alianzas; los sacerdotes del Ducado de Suryan caminaban con pasos ceremoniosos, cada uno con símbolos de leones bordados en sus capas; los príncipes del Principado de Takrin avanzaban con seguridad, llevando en sus manos regalos simbólicos y sonrisas medidas; mientras que los representantes de la República Federada de Oshiran parecían flotar por la sala, su acento suave ocultando la aguda inteligencia que calculaba cada movimiento.
—El dragón ha elegido a una grulla —dijo el embajador de Oshiran con voz melosa—.
Que vuele alto… y no olvide el suelo.
Suwei sonrió con serenidad, pero sus ojos permanecieron alertas.
Cada mirada, cada gesto, cada leve inclinación de cabeza de los diplomáticos era una prueba, una medida de su temple y resistencia.
Ella sabía que no solo la observaban a ella, sino también a Jin Long, evaluando su control, su autoridad, y la forma en que el poder del Imperio se manifestaba a través de su unión.
Durante el banquete, un enviado del Reino de Andshi le ofreció una copa oscura.
El líquido dentro reflejaba la luz como si contuviera secretos antiguos, historias de generaciones pasadas y pactos sellados con sangre.
—Un símbolo de poder compartido entre dos iguales —le dijo, con una sonrisa calculada—.
Brinda, y demuestra que ambos sois dignos.
Jin Long observaba desde su trono, su postura impecable, su corona reflejando los rayos del sol.
Sabía que no medían la belleza de Suwei, sino su control.
Cada gesto de ella era un reflejo de la fuerza del Imperio; cada palabra, un mensaje silencioso.
¿Tenía peso real?
¿O solo era un adorno decorativo en la corte?
A medida que avanzaba la noche, las conversaciones y risas de los diplomáticos eran apenas un fondo.
Los ojos del emperador seguían cada movimiento, cada leve titubeo, cada sonrisa forzada.
Suwei, por su parte, mantenía una compostura impecable, pero podía sentir la tensión de cada mirada, cada susurro, cada intención no dicha que flotaba en el aire.
Más tarde, cuando la sala quedó en silencio y los embajadores comenzaron a retirarse, Jin Long acompañó a Suwei a sus aposentos.
Ella dejó caer el manto ceremonial con un suspiro que llevaba el peso de la noche.
Se sentó junto al emperador y murmuró con suavidad, pero con firmeza: —No quieren saber quién soy… solo cuánto de mí puede romperse —susurró Suwei, dejando que sus ojos se posaran en la distancia, como si pudiera ver a través de las paredes de la corte y leer los pensamientos de cada invitado.
Su voz estaba suave, casi temblorosa, pero cargada de una determinación silenciosa que hacía que cada palabra resonara en la habitación como un tambor lejano.
Jin Long, aún con la corona puesta, permaneció inmóvil unos segundos, dejando que el peso de sus palabras se asentara.
Sus ojos dorados brillaban con un fuego contenido, como si toda la ira de un dragón estuviera concentrada en ese instante.
Tomó la mano de Suwei con fuerza, su pulso firme y seguro, transmitiéndole un mensaje silencioso de apoyo y de poder compartido.
—Entonces, mañana, deja que vean que eres la grulla blanca —dijo con voz profunda, cargada de autoridad—.
Bello… y letal si se quiebra.
Suwei respiró hondo, dejando que las palabras de Jin Long penetraran en cada fibra de su ser.
Sabía que la corte esperaba verla como una figura decorativa, una consorte elegante, pero sin sustancia ni fuerza propia.
No comprendían que cada gesto, cada movimiento, cada palabra que pronunciaría, sería una demostración de poder silencioso, de inteligencia estratégica y de resistencia emocional.
El Imperio parecía sonreír ante los forasteros, mostrando la imagen de paz y estabilidad.
Los candelabros brillaban sobre los suelos de mármol, reflejando una perfección calculada que ocultaba las grietas de las ambiciones y los secretos.
Pero en los corredores más profundos, las sombras se movían con rapidez.
Ecos de pasos resonaban silenciosos entre las paredes de piedra tallada, pasos de quienes deseaban ver el jade del imperio hecho trizas.
Susurros apenas audibles viajaban a través de los pasillos, llevando rumores, intrigas y amenazas veladas.
Cada gesto, cada mirada y cada palabra de los invitados era un arma sutil, invisible pero letal.
Los diplomáticos calculaban cada sonrisa, cada inclinación de cabeza, cada pequeño acto de cortesía, buscando el mínimo signo de debilidad que pudieran aprovechar.
Suwei lo sabía mejor que nadie; había aprendido a leer el peligro no en las palabras, sino en lo que no se decía, en lo que permanecía entre líneas, en la tensión contenida en la sala.
El sonido del viento entre los cerezos del jardín imperial y el leve murmullo de las flautas parecían acompañar sus pensamientos.
Cada nota musical, cada brisa que rozaba su rostro, se mezclaba con la sensación de vigilancia constante, recordándole que la calma aparente de la corte siempre ocultaba peligros latentes.
Incluso los más inocentes gestos podían transformarse en amenazas si se interpretaban de la manera equivocada.
Suwei cerró los ojos por un instante, dejando que su mente se enfocara en la certeza de su poder interno.
No era solo la esposa del emperador; era un pilar, una fuerza que podía sostenerse por sí misma y proteger lo que amaba.
Cada decisión, cada movimiento de ambos —Jin Long y Suwei— se convertiría en leyenda o en advertencia para aquellos que pensaran desafiar la fuerza del Imperio.
Y aunque la noche se llenaba de murmullos y pasos inquietantes, ella estaba lista.
Su cuerpo se tensó con gracia y su mirada adquirió un brillo afilado, como el filo de una espada invisible que cortaba la oscuridad.
El silencio de la habitación parecía un manto pesado que cubría sus hombros, pero no los aplastaba.
Al contrario, les recordaba que el poder verdadero no siempre se demostraba con ruido o con armas, sino con la calma firme que precede al movimiento decisivo.
Jin Long apretó suavemente la mano de Suwei, como un recordatorio silencioso: no estaban solos en esta prueba, y juntos podrían enfrentar cualquier traición o intento de manipulación.
El murmullo lejano de las flautas parecía transformarse en un eco de advertencia: cada invitado que se atreviera a subestimar a la grulla blanca sentiría la fuerza de su inteligencia y de su determinación.
Y mientras la brisa nocturna movía las cortinas de seda, Suwei respiró hondo y abrió los ojos.
Ya no eran solo figuras decorativas en el tablero de la corte; eran piezas vivas, con poder, con visión y con la capacidad de transformar cada desafío en un triunfo silencioso.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack El verdadero poder no se mide en coronas ni en títulos, sino en la capacidad de mantener la calma mientras el mundo intenta quebrarte.
En la corte, las sonrisas esconden cuchillas y los gestos revelan más de lo que dicen las palabras.
Hoy, la grulla blanca aprende que ser digna no es suficiente: debe ser firme, astuta y, sobre todo, consciente de que la paz aparente siempre lleva consigo sombras que esperan su momento.
La fortaleza nace del equilibrio entre belleza y letalidad, entre presencia y estrategia.
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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com