EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 48
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- Capítulo 48 - 48 Capítulo 18 – El llanto del Loto Roto
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48: Capítulo 18 – El llanto del Loto Roto 48: Capítulo 18 – El llanto del Loto Roto El Salón de los Mil Ojos estaba repleto hasta el último rincón.
Sus altos ventanales de cristal tallado dejaban pasar la luz del sol, que se reflejaba en los mosaicos dorados del piso, creando un río de destellos sobre los rostros atentos de los presentes.
Cada columna estaba decorada con intrincados grabados de dragones y flores de loto, símbolo de pureza y resistencia, que parecían observar con juicio silencioso cada movimiento en la sala.
Se celebraba el Festival del Loto Resplandeciente, una ceremonia ancestral en la que los miembros de la corte y representantes de las Cinco Casas presentaban ofrendas simbólicas al trono, un ritual que mezclaba belleza, política y advertencias veladas.
Los murmullos de los asistentes se entrelazaban con el aroma del incienso, las velas perfumadas y el suave crujir de las sandalias sobre el mármol.
Suwei, vestida con un manto ceremonial de seda blanca y bordados dorados que brillaban con cada movimiento, debía presidir el evento junto al Emperador Jin Long.
Pero esta vez, el emperador no estaba presente, y la ausencia de su figura imponente llenaba el aire de tensión: los invitados lo notaban, y cada gesto de Suwei sería observado y medido con ojos calculadores.
Jin Long lo había ordenado así: —“Es hora de que vean que no eres solo mi elección… sino parte del corazón del Imperio.” Suwei respiró hondo, sintiendo cómo la responsabilidad caía sobre sus hombros.
Cada paso que daba sobre el mármol resonaba con autoridad, y cada movimiento de sus manos al recibir las ofrendas era un acto de equilibrio entre gracia y fuerza.
Los primeros actos transcurrieron con suavidad: poemas recitados con voces melódicas, danzas delicadas de figuras enmascaradas y plegarias que flotaban como nubes de incienso por todo el salón.
Cada gesto, cada mirada, era una estrategia sutil; cada reverencia, una prueba de poder y respeto.
De repente, la representante de la Casa Yueji se adelantó.
Cada paso que daba sobre el mármol resonaba con un eco que parecía amplificar su intención.
Era una mujer de porte elegante, su sonrisa afilada como un pétalo roto y su voz melosa, dulce pero cargada de veneno.
Los pliegues de su vestido bordado con hilos dorados se mecían con gracia, pero sus ojos brillaban con astucia, midiendo cada reacción en el salón.
Con movimientos suaves, extendió hacia Suwei una flor de loto marchita, como si cada pétalo marchito llevara en sí un desafío envuelto en cortesía.
—A veces —dijo, mirando fijamente a Suwei, sus ojos como dagas que buscaban fisuras en la calma de la consorte—, los lotos que se elevan demasiado rápido olvidan que sus raíces aún están en el barro.
Un murmullo recorrió el salón como una corriente eléctrica, erizando la piel de los presentes.
Los asistentes intercambiaron miradas rápidas; algunos con sorpresa genuina, otros con un dejo de diversión cruel y sutil.
Era una humillación pública, y todos esperaban que Suwei reaccionara con indignación, miedo o titubeo.
La tensión era palpable: cada respiración, cada leve movimiento de los sirvientes, parecía amplificar la presión del momento.
Pero Suwei no bajó la mirada.
Tampoco se levantó con furia.
Sus gestos eran precisos, medidos, cada movimiento irradiando la serenidad de quien conoce su propia fuerza y control absoluto.
Suwei se puso de pie lentamente, dejando que el brillo de los candelabros se reflejara en sus ojos, haciendo que su figura pareciera aún más imponente.
Tomó la flor marchita entre sus dedos con delicadeza, pero con una firmeza que no admitía dudas.
Su postura, recta y digna, irradiaba autoridad silenciosa.
—Dicen que el barro ensucia —dijo con voz clara, profunda y resonante, que llenó cada rincón de la sala—.
Pero el barro guarda memoria.
Es allí donde renace el loto cada vez que el invierno lo mata.
Yo vengo del barro.
Y si debo volver a él, lo haré… para florecer aún más fuerte.
El silencio que siguió era tan denso que se podía cortar con un cuchillo.
Los ecos de sus palabras flotaban por el salón como un hechizo invisible.
Nadie se atrevió a interrumpir; incluso las velas parecían inclinarse hacia ella, como si reconocieran la fuerza de su espíritu.
Los invitados respiraban con cautela, conscientes de que presenciaban no solo una ceremonia, sino la manifestación de un poder que no se mostraba abiertamente.
Suwei avanzó hacia el altar imperial con pasos medidos, sintiendo el peso de cada mirada sobre su espalda.
Cada movimiento era una declaración: sin miedo, sin vacilación, sin pedir permiso.
Su silueta se movía con gracia y seguridad entre los reflejos dorados del mármol y los mosaicos que contaban historias de generaciones de emperadores.
Colocó la flor marchita junto a las otras ofrendas, y su presencia llenó el lugar de una calma que parecía desafiar cualquier intento de provocación o intriga.
—Cada gesto, incluso el envenenado, alimenta el Imperio —dijo con firmeza y convicción, su voz resonando con la autoridad de alguien que no teme al juicio—.
Y yo lo haré crecer, aunque algunos me deseen marchito.
El rostro de la enviada de la Casa Yueji se contrajo en una mueca de sorpresa y desconcierto.
No esperaba que Suwei transformara lo que pretendía ser una humillación en una demostración de poder y sabiduría.
Sus ojos, que antes buscaban debilidades, ahora solo podían observar cómo su estrategia había fallado por completo.
Desde un balcón oculto, Jin Long observaba sin ser visto por nadie.
Sus ojos brillaban con asombro y orgullo.
Cada palabra, cada gesto de Suwei le confirmaba que su elección no había sido solo del corazón, sino también una decisión estratégica: ella era la fuerza silenciosa que equilibraría el Imperio y la inspiración que su linaje necesitaba.
—Este no es solo mi consorte —pensó Jin Long, con admiración contenida—.
Es el corazón de un nuevo linaje.
Esa noche, los rumores en los pasillos del palacio comenzaron a cambiar.
Ya no hablaban del Omega elegido, ni de la apariencia o las debilidades de Suwei.
Ahora hablaban de la consorte que eligió no arrodillarse jamás, del espíritu que había convertido una ofrenda envenenada en símbolo de fuerza, resiliencia y sabiduría.
El Festival del Loto Resplandeciente no solo marcó una ceremonia más en el calendario imperial; se convirtió en el día en que Suwei demostró que el corazón de un Imperio podía latir con fuerza propia, y que incluso los gestos más pequeños podían eclipsar las intrigas más afiladas, mostrando que la verdadera autoridad no siempre se sostiene con la espada, sino con la mente, la calma y el valor de enfrentarse al desafío más silencioso: la humillación pública.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack La verdadera fuerza no se mide en armas ni en títulos, sino en la capacidad de convertir la provocación en poder, la humillación en inspiración.
Suwei nos enseña que quien domina la calma y la mente, incluso bajo la presión más sutil, puede transformar cada gesto, cada palabra y cada mirada en un acto de autoridad.
La grandeza del Imperio no reside solo en su emperador, sino en quienes saben sostener su espíritu sin ceder ante el juicio ajeno, demostrando que la resiliencia y la sabiduría silenciosa pueden eclipsar incluso las intrigas más afiladas.No es fácil crear una obra, ¡deme un voto por favor!
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com