EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 49
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- Capítulo 49 - 49 Capítulo 19 – La Voz Bajo el Cielo del Dragón
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49: Capítulo 19 – La Voz Bajo el Cielo del Dragón 49: Capítulo 19 – La Voz Bajo el Cielo del Dragón El Salón de los Ecos de Jade estaba envuelto en una luz dorada que caía desde los ventanales de cristal imperial, filtrando los primeros rayos del sol como hilos de oro líquido.
Cada superficie reflejaba la luz con un brillo tenue, desde los mosaicos de jade incrustados en el piso hasta las columnas altas, grabadas con dragones en vuelo que parecían moverse suavemente con el paso del tiempo.
En el aire flotaba un silencio que pesaba más que cualquier armadura, lleno de especulaciones, miradas calculadoras y abanicos que se abrían y cerraban como cuchillas.
Era la primera vez en siglos que un consorte imperial presidía el Consejo de los Linajes sin la presencia del Emperador.
El murmullo inicial entre los representantes se transformaba en tensión contenida, cada uno evaluando al joven Suwei, hijo de un duque caído, recién coronado como Consorte del Dragón Imperial.
Nadie esperaba que su voz tuviera peso, y mucho menos que sus palabras desafiaran la tradición.
—El dragón está ausente… —susurró uno de los representantes de la Casa Baihuan, apenas audible—.
Pero ha dejado a su joya de compañía… Una risa corta, contenida, recorrió el salón.
Arrogancia apenas disfrazada en los ojos de algunos nobles, que pensaban que la autoridad de Suwei sería un mero eco del trono.
Pero nadie aún comprendía la fuerza que podía emanar de un alma determinada.
Las puertas de jade se abrieron con un leve crujido, y el aire pareció vibrar.
Suwei apareció en el umbral.
Vestía un hanfu ceremonial de tonos perla, blanco y dorado, bordado con una grulla en pleno vuelo cuyas alas se fundían con la cola de un dragón, símbolo de unión entre gracia y poder.
La corona del Consorte del Dragón Imperial descansaba sobre su cabeza, reflejando la luz con un halo casi místico.
Avanzó lentamente, sin prisa, pero con la firmeza de alguien que conoce el peso de su posición.
No caminó; el salón se acomodó a sus pasos, como si las sombras y la luz fueran cómplices de su presencia.
—Salve, representantes del Imperio —dijo Suwei con voz clara, resonante y profunda, como si cada sílaba estuviera templada en acero y fuego.
La atmósfera se rompió de inmediato, vibrando con un peso invisible que obligaba a todos a incorporarse, a contener la respiración.
Sus palabras no eran un saludo: eran un mandato que demandaba atención.
—El trono me ha delegado hoy la palabra.
Y la usaré.
Los murmullos iniciales se apagaron como hojas arrastradas por un río impetuoso.
Todos los ojos se clavaron en él, midiendo cada gesto, cada respiración, intentando discernir si su autoridad era un truco teatral o una verdad indiscutible.
Nadie se atrevía a parpadear.
Uno de los ancianos de la Casa Renxia carraspeó, temblando al notar la fuerza que emanaba Suwei.
—Con todo respeto, Su Alteza, no solemos discutir decisiones sensibles sin la presencia del Emperador… Suwei lo observó, y su sonrisa no ofrecía concesión alguna.
Era una curva perfecta, fría como el hielo y ardiente como el sol del mediodía, que atravesaba la arrogancia y el recelo de cada noble presente.
Sus ojos parecían medir el alma de cada asistente, y aún así mantenía una calma imperturbable, que imponía respeto absoluto.
—¿Y cuál de ustedes me explicará por qué las decisiones del Imperio deben detenerse cuando un hombre se retira un solo día… y no cuando el pueblo sufre por generaciones?
—preguntó, cada palabra descendiendo como un martillo de justicia sobre los presentes, resonando en los cimientos del salón y vibrando en los corazones de quienes escuchaban.
El silencio se hizo absoluto, casi tangible, como si el aire se hubiera vuelto denso y pesado con la intensidad de su presencia.
Los murmullos internos se disiparon, absorbidos por la sensación de que algo profundo e irreversible estaba sucediendo.
La mente de los asistentes luchaba por buscar argumentos, pero Suwei parecía haberlos atravesado, leído y comprendido antes de que pudieran pensar.
—¿Quién de ustedes se opuso cuando la Casa Jinhai fue expulsada con mentiras?
—continuó, cada palabra resonando como un latido grave y firme—.
¿Quién habló cuando mi padre fue arrojado al exilio sin un juicio justo?
¿Quién se alzó cuando la Casa Yueji vio arder sus templos en los márgenes del sur?
Su voz era fuego templado con hielo, una mezcla de acusación y reflexión que pesaba más que cualquier espada.
Las manos de algunos representantes temblaron ligeramente al ajustarse los anillos, los abanicos, incluso los pliegues de sus túnicas, mientras su mente buscaba una salida que no existía.
—El Imperio no puede depender solo del rugido del dragón.
A veces, necesita la voz de la grulla —dijo con un tono que no permitía réplica, que imponía su autoridad como un eco que se multiplicaba en cada columna, en cada mosaico, en cada respiración contenida.
Una consejera de la Casa Yueji inclinó levemente la cabeza, el primer gesto de respeto genuino.
Los ojos de los demás se abrieron, conscientes de que estaban presenciando algo único: un consorte que no era sombra, sino luz, fuerza pura, un faro de autoridad que desafiaba siglos de tradición.
—Hoy, vengo no solo como consorte.
Vengo como descendiente de uno de los Cinco Linajes.
Vengo como hijo de un duque caído, testigo del poder que puede surgir desde la ceniza.
Y vengo, sobre todo… como igual del hombre que gobierna este Imperio.
Un trueno invisible pareció caer dentro del salón.
Cada palabra de Suwei retumbaba en los oídos y corazones de los presentes, resonando en la piedra, en el aire y en sus almas.
El peso de su presencia llenaba cada rincón, obligando a todos a reconocer que aquel joven no era un accesorio del poder: era poder en sí mismo.
—Hoy hablo por mí.
Pero pronto… —añadió, dejando un brillo intenso en su mirada que atravesaba la incertidumbre de todos los presentes— …hablará el linaje que estoy gestando.
El silencio que siguió no fue burla ni duda.
Fue respeto absoluto, mezclado con la conciencia de que estaban presenciando un cambio histórico: un consorte que exigía reconocimiento, que imponía autoridad y que mostraba que la fuerza podía nacer no solo de la corona, sino de la determinación, del linaje y del espíritu indomable.
Por primera vez en la historia, un consorte no fue visto como sombra del poder.
Suwei se había convertido en reflejo luminoso del Imperio, y su presencia, en la medida de cada palabra, gesto y mirada, hizo que todos lo comprendieran.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack El verdadero poder no siempre ruge ni se impone con la espada.
A veces, reside en la voz firme de quien sabe que su historia no empieza ni termina con un título.
Suwei nos recuerda que la autoridad puede nacer de la claridad, de la justicia y del coraje de hablar cuando todos guardan silencio.
El Imperio necesita no solo al dragón, sino a la grulla que equilibra su fuego con inteligencia.No es fácil crear una obra, ¡deme un voto por favor!
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