EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 50
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- Capítulo 50 - 50 Capítulo 20 – El corazón que arde en silencio
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50: Capítulo 20 – El corazón que arde en silencio 50: Capítulo 20 – El corazón que arde en silencio La sala del trono estaba vacía.
No había consejeros.
No había testigos.
No había Suwei.
Solo él.
Jin Long.
Y esa soledad pesaba más que cualquier corona, más que cualquier ley escrita, más que el oro y la majestuosidad del Imperio.
Cada tapiz, cada pilar, cada dragón tallado parecía susurrarle secretos antiguos que solo él podía escuchar.
La luz de la tarde caía lentamente, como un manto dorado que cubría los tapices bordados con dragones y fénix, y acariciaba las antiguas reliquias de emperadores que habían gobernado antes que él.
Pero no había calor, ni compañía; solo un vacío que retumbaba en su pecho.
Jin Long caminó hacia el trono con pasos que resonaban en la piedra pulida.
Cada eco parecía marcar un latido de su corazón, solitario y pesado.
Apoyó una mano sobre el respaldo dorado y cerró los ojos.
Y entonces, lo vio.
No a Suwei con su túnica ceremonial, ni al joven que había cruzado medio Imperio.
Lo vio como lo veían los dioses, en esa mirada pura y eterna que trasciende el tiempo: alguien que había entrado en su alma sin pedir permiso, y que había dejado su fuego allí, ardiendo sin control.
Recordó la voz de Suwei en el Consejo, resonante, firme, capaz de someter voluntades sin alzar la mano, capaz de imponer respeto solo con su presencia.
Cada palabra que había pronunciado pesaba como mil juicios, y aun así, llevaba sabiduría y justicia en igual medida.
Recordó su risa entre los pétalos del baño ceremonial, suave y cálida, capaz de derretir la más fría de las guardias.
Recordó el temblor de la noche estrellada, la cercanía de Suwei cuando sus cuerpos se habían unido por primera vez, y cómo el sello imperial había brillado, como testigo silencioso de un vínculo que nadie podía negar.
Y comprendió, con una claridad que no le dejaba dudas: Suwei no era una debilidad.
Era la parte de él que seguía viva.
Era el fuego que ardía en su pecho cuando todo parecía hielo.
Era la voz que le recordaba quién era, incluso cuando la soledad lo hacía dudar de su poder.
—Mi corazón… —susurró Jin Long, sin corona, sin armadura, solo él frente al vacío—…arde por él.
El eco de sus palabras se perdió en la sala, pero no importó.
Porque dentro de él, ese fuego crecía y se expandía, iluminando cada rincón de su mente, cada recuerdo, cada esperanza.
Por primera vez no le temió a ese fuego.
Por primera vez no quiso controlarlo ni ocultarlo.
Quiso sentirlo, abrazarlo, dejar que lo consumiera con toda su intensidad.
Sus manos temblaron ligeramente, aunque no de miedo, sino de un estremecimiento profundo que le recorría el pecho.
Cada fibra de su ser parecía vibrar al recordar la suavidad de Suwei, la fuerza de su voz, la determinación que hacía que incluso los nobles más arrogantes callaran ante él.
Caminó alrededor del trono, dejando que sus dedos rozaran los grabados de dragones, como si buscara en ellos la fuerza y la guía de quienes habían gobernado antes.
Las alas de las bestias talladas parecían moverse bajo su toque, como si reconocieran la llama que ardía en su interior.
Recordó los consejos de los generales, las estrategias, los tratados; pero ninguna lección había sido tan poderosa como la presencia de Suwei en su vida.
Cada recuerdo lo golpeaba con fuerza: la primera vez que Suwei había cruzado la puerta del palacio, la forma en que sus ojos se habían encontrado y habían entendido sin palabras; la noche estrellada en que habían hablado hasta que el amanecer tiñó los jardines de luz dorada; la risa suave entre los pétalos de los baños ceremoniales, que había derretido el hielo de su cautela y había dejado al emperador vulnerable, humano.
Se inclinó ligeramente, no por miedo, sino por reconocimiento.
Reconocimiento a un amor que había llegado sin permiso y que había cambiado todo su ser.
Reconocimiento al consorte que lo había hecho sentir humano, que lo había hecho sentir vivo más allá de la corona y la responsabilidad.
Cerró los ojos un momento y sintió la respiración de Suwei junto a la suya, el calor de su cuerpo, la cercanía que nunca se había permitido imaginar antes de conocerlo.
El sol descendía lentamente, bañando la sala en tonos rojizos, como un recordatorio de que incluso en la luz del final del día, la pasión y la vida podían arder más fuerte que la fría distancia de los muros imperiales.
Jin Long respiró hondo y sonrió, por primera vez sin miedo, sin duda.
Porque el Imperio tenía un emperador, sí, pero también tenía un corazón que ardía en silencio, fuerte, indomable, y capaz de enfrentar cualquier tormenta mientras Suwei estuviera en su vida.
Se sentó en el trono, pero no para gobernar con frío cálculo.
Se sentó para sentir, para recordar que incluso el poder más grande necesitaba de la pasión y del fuego que alguien podía despertar en su alma.
Dejó que sus dedos recorrieran los bordes dorados del respaldo, imaginando que eran los dedos de Suwei rozando su piel, recordando la calidez de su contacto, la suavidad de su tacto.
Miró a su alrededor, viendo los tapices, los pilares, los dragones que habían sido testigos de generaciones.
Cada figura parecía inclinarse ante él, no por respeto a la corona, sino al fuego que llevaba dentro.
Y en ese silencio, en esa soledad, comprendió algo vital: el Imperio no era solo territorio y leyes.
El Imperio era fuerza, amor, memoria, y el calor de un corazón que nunca se rendía.
El aire de la sala estaba cargado de historia y de su propio poder, y aún así, el único calor que lo mantenía vivo era el recuerdo de Suwei.
Sintió el perfume de los jardines, el crujido de los suelos de mármol, los rayos de sol tocando su rostro, y en todo ello encontraba la presencia de Suwei.
Cada sombra parecía susurrar su nombre, cada reflejo en los grabados de dragones le recordaba la mirada intensa de aquel joven consorte.
Porque incluso en el trono más solitario, su corazón ardía en silencio… por Suwei.
Y por primera vez, Jin Long no quiso apagar ese fuego.
Quiso dejarlo crecer, dejar que lo consumiera, dejar que guiara cada pensamiento, cada decisión, cada latido, hasta que el Imperio entero sintiera, aunque fuera en secreto, la intensidad de ese amor que ni coronas ni poder podían apagar.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack La fuerza del Imperio no está solo en sus murallas ni en su trono, sino en quienes encienden el fuego del corazón de su gobernante.
Suwei es la chispa que recuerda que amar no debilita; fortalece.
Incluso en la soledad del poder, un corazón que arde en silencio puede calentar la grandeza de todo un reino.
fin de la temporada 2 gracias por acompañarme ¿Le gusta leerlo?
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