EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 52
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- Capítulo 52 - 52 Capítulo 22 – El emisario encapuchado
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52: Capítulo 22 – El emisario encapuchado 52: Capítulo 22 – El emisario encapuchado La niebla descendía sobre los jardines imperiales como un manto etéreo, denso y silencioso, que cubría cada flor, cada estanque y cada estatua con un velo de misterio.
El aire olía a incienso apagado, mezclado con la humedad de la tierra recién mojada por el rocío.
Ni un solo paso de los monjes del Pabellón Celeste rompía la quietud; incluso los pájaros se habían refugiado en los árboles, como si presintieran lo que estaba por venir.
Fue entonces que las enormes puertas del norte se abrieron lentamente, su peso antiguo crujió y reverberó en los pasillos de mármol, rompiendo la calma con un eco metálico.
Cuatro jinetes emergieron de la bruma, sus capas negras ondeando suavemente, cubriendo sus figuras hasta los tobillos.
Sus rostros estaban ocultos tras capuchas bordadas con hilos de plata, y cada movimiento parecía calculado, medido, silencioso.
Uno de ellos desmontó con un andar que parecía flotar sobre el suelo, sin que sus botas tocaran realmente la tierra, como si la memoria del continente los guiara.
—Viene del continente occidental —informó un guardia arrodillado, con la cabeza baja, frente al trono donde Jin Long esperaba, rodeado por los miembros del Consejo Imperial.
Suwei permanecía de pie, unos pasos detrás de Jin Long, como un eco de sombra que observaba.
Su intuición le decía que no era un encuentro común; había algo en la presencia del emisario que helaba la sangre y despertaba un respeto primitivo.
El emisario se inclinó profundamente, un gesto que combinaba cortesía y autoridad, y su voz, cuando habló, resonó con un filo sutil de verdad que atravesó la sala: —Vengo en nombre de una orden que muchos han olvidado… y otros han preferido olvidar.
Los consejeros se removieron, inquietos, intercambiando miradas llenas de teorías y rumores.
Jin Long entrelazó sus manos frente a sí, conteniendo la tensión que amenazaba con atravesar la sala como un rayo invisible.
—No recuerdo haber invitado a tu hermandad —dijo con voz firme, sin levantarla, pero cargada de un peso que podía quebrar montañas.
—Lo sé, Su Majestad imperial —respondió el emisario, sus palabras suaves pero exactas—.
Pero ustedes han abierto una puerta que ya no puede cerrarse.
Y ahora, el eco se extiende más allá de estas montañas.
Avanzó un paso más, y su presencia pareció comprimir el aire a su alrededor, dejando que cada respiración resonara con una precisión inquietante.
El vínculo del Dragón y la grulla blanca había comenzado a resonar con antiguas profecías.
Ustedes creen que es un símbolo de unidad… pero para otros, era una señal de guerra.
Suwei frunció levemente el ceño, su mirada fija en los ojos ocultos tras la capucha.
Un escalofrío recorrió su columna vertebral, mezclándose con la determinación que ardía en su pecho.
La tensión en la sala parecía palpitar, como si cada muro y cada pergamino contuvieran el aliento contenido de siglos de historia.
—¿Otros?
—preguntó, la voz firme pero cargada de curiosidad y desafío—.
¿Quiénes son esos que temen el amor, que tiemblan ante lo que ni siquiera comprenden?
Por un instante, el emisario levantó la cabeza, y todos en la sala pudieron vislumbrar sus ojos.
Eran grises como la ceniza, profundos y cargados de memorias olvidadas, de historias que habían sobrevivido a imperios y a guerras, de secretos que ningún humano había logrado descifrar por completo.
Cada parpadeo parecía contener siglos de vigilancia silenciosa, y un estremecimiento recorrió a los consejeros, como si los ojos del emisario penetraran hasta lo más íntimo de sus miedos.
—Hay reinos donde las uniones bendecidas por las estrellas no se celebran… se destruyen.
—Su voz era baja, pero cada palabra resonaba con la fuerza de un martillo golpeando hierro frío—.
Donde los nacidos con marca se ocultan, y donde el nombre Suwei Long ya ha sido pronunciado… y maldecido.
Un murmullo recorrió la sala como una ola de tensión, creciendo y apagándose, arrastrando con él el aire cargado de incienso y la sensación de peligro.
Los consejeros intercambiaban miradas llenas de miedo y sorpresa, algunos apretando los puños, otros entrelazando los dedos con nerviosismo.
—¿Maldecido?
—repitió un noble, su voz temblando entre incredulidad y alarma—.
¿Quién se atreve?
—Los que recuerdan la antigua profecía de los Cuatro Cielos —respondió el emisario, clavando su mirada en Jin Long con una intensidad que parecía perforar el mármol de la sala—.
Aquella que dice que cuando la grulla blanca se una al Dragón Dorado, las torres del orden caerán y los dioses volverán a elegir su camino.
El silencio que siguió fue absoluto.
Tan profundo que se podía escuchar el crepitar del incienso, el roce de los pergaminos sobre la madera de la mesa, y el latido contenido de todos los presentes.
Cada respiración era un recordatorio de que el poder y la historia se movían bajo la calma aparente, como corrientes invisibles que podían romper los cimientos de todo lo conocido.
Suwei dio un paso al frente, avanzando con seguridad, la sombra de su figura proyectándose como una extensión de su voluntad.
Su corazón latía con fuerza, resonando con el ritmo de la vibración que había sentido antes en el Palacio.
—Dile a tu hermandad que no somos símbolo de destrucción… sino de renacimiento.
—Su voz no temblaba, y sin embargo, cada palabra parecía envolver a los presentes en un aura de fuerza—.
Diles que si temen el fuego del vínculo, es porque aún viven atrapados en la caverna del miedo.
Y diles que si vuelven a pronunciar mi nombre con odio… que estén preparados para escucharme decir el suyo con justicia.
El emisario lo miró largamente, sus ojos grises profundizando la tensión hasta hacerla casi palpable.
La luz del amanecer se filtraba por las ventanas, reflejándose en su capucha y creando sombras danzantes que daban vida propia a su figura.
Luego bajó la cabeza con un movimiento solemne y cuidadoso, y colocó sobre el suelo una caja tallada en ónix.
Era negra, brillante, y sus intrincados grabados parecían absorber la luz de la sala, devolviendo sombras que se movían como si tuvieran voluntad propia.
—Este sello fue robado hace más de mil años.
Ha buscado a su portador desde entonces —dijo, su voz convertida en un susurro cargado de historia, de advertencia y de misterio—.
Sin más, se retiró.
Los jinetes lo siguieron, sus capas negras desapareciendo lentamente en la niebla, como fantasmas que regresaban al olvido del continente occidental.
Las enormes puertas del norte se cerraron con un estruendo que reverberó en cada piedra del Palacio, dejando un eco que permaneció vibrando en la memoria de todos los presentes.
Jin Long y Suwei permanecieron frente a la caja, sintiendo cómo su energía antigua latía como un segundo corazón, profundo, constante y lleno de secretos milenarios.
Cada instante parecía alargarse, y el aire entre ellos estaba cargado de electricidad, de expectativas y de un futuro incierto que comenzaba a dibujarse ante sus ojos.
El Consejo Imperial, aún temblando por la tensión del encuentro, no sabía si celebrar la llegada de ese mensaje ancestral… o temer lo que su contenido podía significar.
La atmósfera estaba impregnada de un poder silencioso que recordaba a todos que cuando el pasado llama a la puerta, nunca lo hace con las manos vacías, y que las decisiones del presente podrían resonar en siglos futuros.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack Hay fuerzas que duermen bajo la niebla y el tiempo, esperando a aquellos que se atreven a despertar los antiguos lazos.
El vínculo entre Suwei y el Dragón Dorado no es solo un amor; es un eco que resuena en la memoria de los siglos, recordándonos que cada unión poderosa atrae tanto admiración como temor.
Quienes olvidan la historia temen lo que no comprenden, y quienes la enfrentan, abrazan la responsabilidad de transformar los presagios en oportunidades de renacimiento.
La verdadera fuerza no reside solo en la espada, sino en la claridad de propósito y en el coraje de desafiar el miedo ancestral.
No es fácil crear una obra, ¡deme un voto por favor!
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