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EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 53

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53: Capítulo 23 – Las cinco lanzas del concilio 53: Capítulo 23 – Las cinco lanzas del concilio El Salón de los Cielos Superpuestos era el corazón del Palacio Imperial y, a la vez, un testigo silencioso de siglos de intrigas.

Sus columnas, altas y majestuosas, estaban adornadas con incrustaciones de marfil y oro que reflejaban la luz de los faroles suspendidos en el aire.

Cada centímetro del techo estaba pintado con constelaciones que los primeros emperadores habían jurado proteger; estrellas que alguna vez guiaron batallas y decisiones imperiales, pero que aquel día parecían más lejanas que nunca, como si también ellas miraran con incertidumbre el presente.

Suwei entró con paso firme, aunque su corazón latía con un ritmo contenido, acompañado por dos sirvientes de su nueva casa, la restaurada Casa Jinhai.

Sus túnicas blancas perladas, bordeadas de azul profundo, ondeaban suavemente al caminar.

En su pecho, el broche de loto de cristal centelleaba bajo la luz matinal, proyectando destellos que dibujaban figuras sobre el mármol frío del suelo.

A su lado, como una sombra protectora y silenciosa, caminaba su padre: el duque Huiyan de la Grulla Blanca, recién regresado del exilio, cuyos ojos reflejaban la mezcla de orgullo y preocupación que sentía por su hijo.

El salón estaba repleto.

Los representantes de las Cinco Casas Sagradas habían sido convocados, y la tensión flotaba en el aire como una neblina invisible, casi tangible.

Susurros contenían rumores convertidos en cuchillas, miradas se cruzaban con sospecha, y cada movimiento parecía calculado con precisión.

Al llegar al centro, Suwei se inclinó respetuosamente ante los imponentes asientos del consejo.

Sus ojos recorrieron a cada miembro, notando los pequeños gestos: un dedo tamborileando sobre el brazo del trono, una ceja levantada, labios que se humedecían nerviosamente.

El emperador no estaba presente por decisión estratégica, dejando el consorte al mando de la reunión.

Esa sola elección encendía el fuego de la tensión; nadie sabía si era una prueba de lealtad o un desafío disfrazado de honor.

El primer en hablar fue un consejero de la Casa Baihuan, envuelto en la capa del tigre blanco, cuyos ojos fríos parecían cortar como cuchillas de mármol: —Señores del consejo… el equilibrio se está rompiendo.

Nunca antes un consorte había ejercido tanto poder en tan poco tiempo.

¿Será este el comienzo de una nueva era… o el fin del Imperio como lo conocemos?

Los murmullos crecieron.

Desde el lado de la Casa Yueji, la matriarca Li Xiuyun alzó su voz, melosa y cargada de doble filo: —El Consorte Suwei ha demostrado sabiduría, sí… pero también un carácter difícil de predecir.

Ha emitido decretos, ha restituido su casa, ha hablado con voz propia.

¿Dónde queda la línea entre consorte y gobernante?

Suwei mantuvo la calma, dejando que su mirada recorriera el salón.

Cada respiración era medida, cada gesto, calculado.

Podía sentir los ojos de los presentes sobre él, como si pesaran toneladas sobre sus hombros.

Sin apartar la mirada, habló: —La línea no se ha borrado —dijo, con voz firme y serena—.

Ha sido iluminada.

Porque cuando se comparte el trono, no se divide el poder… se multiplica la responsabilidad.

Un silencio reverente descendió sobre el salón, como si incluso el aire se contuviera en anticipación.

El líder de la Casa Renxia, con su abanico bordado con zorros de tres colas, chasqueó la lengua con desdén.

—Sabias palabras… pero incluso las palabras sabias pueden esconder ambición.

Dinos, Consorte, ¿qué quieres realmente?

Antes de que Suwei pudiera responder, su padre dio un paso al frente, su voz resonando con autoridad: —¿Qué quiere mi hijo?

Quiere lo que este Imperio olvidó: justicia.

Quiere devolverle su honor a una casa que ustedes mismos enterraron bajo mentiras.

¿Y ahora temen su voz?

¿Temen su fuerza?

El duque alzó la voz, y su eco retumbó en el mármol, haciendo vibrar los candelabros de oro.

—¿O temen que alguien sin sangre Long pueda tocar los hilos del destino sin su permiso?

—agregó, fijando sus ojos en el líder de la Casa Renxia.

—No se trata de temor… sino de tradición —respondió este, incómodo, mientras sus dedos se cerraban alrededor del brazo del asiento.

Suwei alzó la mano, pidiendo silencio.

—Si esta corte teme a los cambios, entonces ha olvidado el principio de toda gloria: la renovación.

No estoy aquí para destruir.

Estoy aquí para curar.

Y como Consorte del Dragón Imperial, no responderé a cuchicheos.

Solo responderé al Imperio.

Los emblemas de las casas comenzaron a brillar, activando el ritual ancestral de decisión.

Cinco esferas de luz, una por cada linaje, levitaron en el aire.

Si todas brillaban en armonía, Suwei mantendría su derecho de palabra y decisión.

Si alguna fallaba, un juicio imperial se desataría.

Primero, la grulla blanca de los Jinhai resplandeció.

Luego, el tigre blanco de los Baihuan, con reticencia.

Después, la flor de loto y la mariposa de la Casa Yueji…y finalmente, el zorro de tres colas de los Renxia.

Solo una luz permanecía apagada: el dragón dorado.( Casa imperial long) En ese instante, una puerta se abrió con estruendo.

El emperador apareció, sin anuncio previo, vistiendo la capa ceremonial , con la mirada fija en Suwei y una sola frase que hizo temblar el salón: —Mi luz es su luz.

Mi voz es su voz.

Y si ustedes creen que el poder que compartimos debilita al Imperio… están mirando desde el miedo, no desde el honor.

Un silencio absoluto cayó sobre el Salón de los Cielos Superpuestos.

Cada respiración parecía suspendida, cada movimiento detenido.

Los consejeros intercambiaron miradas cargadas de sorpresa y respeto, sin atreverse a romper la quietud que el emperador había impuesto con su sola presencia y sus palabras.

Incluso el aire parecía vibrar con la energía del momento, como si los antiguos muros del palacio hubieran absorbido cada emoción, amplificándola hasta tocar el alma de quienes allí se encontraban.

La esfera del dragón dorado se encendió de golpe, uniéndose a las demás.

Un resplandor dorado y blanco inundó la sala, proyectando sombras que danzaban sobre las columnas de mármol y el techo estrellado.

La luz no solo iluminaba el salón, sino que parecía atravesar los corazones de los presentes, despertando algo que había permanecido dormido durante décadas: la certeza de que el verdadero poder no reside en el miedo ni en la opresión, sino en la justicia y la claridad de propósito.

Los miembros del concilio no tuvieron más opción que inclinarse, uno a uno, con la reverencia que inspiraba la verdad.

No se trataba de una sumisión forzada por la autoridad del emperador o de Suwei; era un reconocimiento silencioso de la justicia, del equilibrio restaurado y del honor que había sido reivindicado.

La majestuosidad de aquel momento quedaría grabada en cada mente, en cada gesto, y en cada corazón presente.

Suwei, con los ojos aún brillantes por la intensidad de la escena, miró a Jin Long.

Su amigo , aliado asintió y su esposo, silencioso pero lleno de orgullo, comprendiendo que no solo se había ganado el respeto del concilio, sino que también había encendido una llama de esperanza en el Imperio, un recordatorio de que la tradición y el cambio podían coexistir si se manejaban con honor y sabiduría.

Un murmullo tenue comenzó a recorrer la sala, no de duda, sino de admiración contenida.

Los representantes de las Casas Sagradas intercambiaban gestos de asentimiento, conscientes de que aquel día marcaría un antes y un después.

Las cinco esferas seguían flotando en perfecta armonía, recordando a todos que el poder compartido no debilita, sino que fortalece cuando se ejerce con responsabilidad y justicia.

Ese día, no solo el consejo fue vencido.

Fue iluminado.

La claridad de la verdad había reemplazado a la sombra del miedo, y la sala del concilio quedó impregnada de un aura de respeto y renovación.

Suwei comprendió que, más allá de las luces y las ceremonias, había logrado algo aún más profundo: cambiar la percepción de aquellos que, durante generaciones, habían confundido tradición con control.

Mientras la luz dorada se atenuaba lentamente, el eco de las palabras del emperador y del consorte permanecía en el aire, como un recordatorio permanente: el verdadero poder no se impone, se gana, se comparte y se honra.

Y en ese instante, con la mirada fija en Jin Long y el resplandor aún reflejándose en los cristales de los emblemas, Suwei sintió una calma intensa, mezclada con la convicción de que, aunque el camino por delante sería difícil, el Imperio tenía ahora una oportunidad real de renacer.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack El verdadero poder no reside en el miedo ni en la obediencia ciega, sino en la claridad, la justicia y la sabiduría con la que se ejerce.

Cuando la tradición se encuentra con la renovación, surge una luz que no solo ilumina el salón del trono, sino los corazones de quienes lo habitan.

Compartir el poder no es debilidad; es la fortaleza silenciosa que construye imperios duraderos.

Y quien comprende que la verdadera autoridad nace del respeto y la verdad, transforma cada desafío en un paso hacia la armonía.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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