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EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 54

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  4. Capítulo 54 - 54 Capítulo 24 – El sello de la piedra oculta
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54: Capítulo 24 – El sello de la piedra oculta 54: Capítulo 24 – El sello de la piedra oculta En lo profundo del Jardín de los ecos Eternos, Suwei caminaba en silencio.

Cada paso sobre los adoquines de piedra parecía despertar ecos de un tiempo olvidado.

Las flores de jade blanco se mecían suavemente con la brisa, y los faroles de viento proyectaban sombras caprichosas que se estiraban como dedos sobre los muros antiguos.

Era uno de los pocos lugares donde podía respirar sin que los ojos inquisidores del palacio lo encontraran.

La tarde había caído en un gris profundo, y la luna estaba oculta tras nubes espesas.

El aire estaba cargado de humedad y misterio, como si el jardín mismo susurrara secretos que solo unos pocos estaban destinados a descubrir.

Suwei avanzaba con cautela, atento a cualquier sonido que rompiera la tranquilidad: el crujir de una rama, el roce de las hojas, el leve murmullo de un insecto nocturno.

Todo parecía dispuesto a revelar algo, o a esconderlo con mayor cuidado.

Se detuvo frente a una estatua de piedra antigua, cubierta de musgo y líquenes.

Representaba a un emperador olvidado, cuyos ojos, tallados con una precisión inquietante, parecían seguir cada movimiento.

La estatua emanaba una solemnidad que helaba la sangre y, al mismo tiempo, una atracción imposible de ignorar.

Suwei se inclinó ligeramente, estudiando cada línea, cada grieta, como si de ellas dependiera su destino.

—Este lugar no está en los mapas del palacio —murmuró, más para sí mismo que para alguien más—.

Ni siquiera los historiadores de la corte lo mencionan.

Un impulso lo llevó a tocar la base de la estatua.

Sus dedos rozaron un símbolo apenas visible: un círculo atravesado por cinco líneas, semejantes a lanzas entrelazadas.

Al presionarlo, un suave clic resonó, tan sutil que hubiera pasado desapercibido para cualquier otro.

La piedra retrocedió apenas unos milímetros, y un objeto cayó con un susurro seco sobre el suelo: un pequeño sello tallado en cristal negro, envuelto en telas antiguas con inscripciones que el tiempo había casi borrado.

Lo tomó con cuidado.

Al contacto con su piel, el sello vibró con un calor extraño y profundo, como si contuviera vida propia.

Suwei lo sostuvo frente a sus ojos, admirando los delicados grabados que narraban secretos olvidados de un Imperio que había caído en el olvido.

En ese instante, el mundo pareció detenerse, y una visión lo atrapó.

Visión El salón del trono apareció ante él como si el mundo mismo se hubiera disuelto.

Las paredes doradas y los tapices reales parecían flotar en la penumbra, y la lluvia caía dentro de la sala, golpeando los suelos de mármol y las columnas con un murmullo constante que se mezclaba con un silencio que oprimía el pecho.

Cada gota resonaba como un latido irregular, y el aire estaba cargado de un olor metálico, como a tormenta y hierro húmedo.

Jin Long estaba de rodillas, la cabeza inclinada en una reverencia silenciosa, vulnerable ante la figura que se alzaba frente a él.

Era un ser enmascarado, envuelto en una capa negra adornada con plumas de cuervo que se agitaban con una suavidad espectral, como si tuvieran vida propia.

Cada movimiento era medido, casi coreográfico, pero amenazante, y el brillo rojo de los símbolos sobre su hoja curva hacía que el aire alrededor pareciera encenderse con un fuego invisible.

El emperador gritaba algo, su voz retumbando en un eco distorsionado que Suwei no podía comprender.

Todo estaba distorsionado, como si la barrera que separaba la visión de la realidad no dejara pasar palabras ni sonidos.

El tiempo parecía haberse detenido, y cada segundo se estiraba en una eternidad cargada de tensión.

La figura enmascarada levantó su hoja curva y, con un movimiento rápido y mortal, trazó un arco que cortó el aire con un silbido penetrante.

El sonido retumbó en los huesos de Suwei, haciéndole sentir un escalofrío que recorrió su espalda hasta la nuca.

La energía de la hoja parecía vibrar, dejando un rastro de luz roja que se desvanecía en la nada, como si hubiera cortado no solo el aire, sino la misma realidad.

De repente, la visión se rompió.

Suwei cayó de rodillas, jadeando, con el corazón golpeando con fuerza.

El sello aún brillaba entre sus manos, cálido y vibrante, como si reconociera la prueba que acababa de enfrentar.

El cristal negro parecía latir con vida propia, transmitiéndole una mezcla de urgencia y poder.

Comprendió que no era solo un objeto: era una advertencia, una pieza de un misterio que apenas comenzaba a desplegarse ante él.

Algo grande estaba en marcha, y él se encontraba en el centro, como un eje invisible que conectaba pasado, presente y futuro.

Desde la distancia, oculto entre los árboles y la penumbra, una sombra observaba cada movimiento.

La máscara que cubría su rostro llevaba grabado el mismo símbolo que el sello, minucioso y escalofriante.

Sus ojos, invisibles tras la máscara, brillaban con una intensidad fría y calculadora, siguiendo cada respiración y cada gesto de Suwei.

—Uno ya lo ha encontrado.

Faltan dos —susurró la sombra en un idioma olvidado, tan antiguo que parecía resonar en el aire mismo, mezclándose con el murmullo del viento, el crujir de las hojas y la humedad del jardín.

Suwei retrocedió un paso, sintiendo cómo un escalofrío recorría su columna vertebral.

Su mente luchaba por procesar lo que acababa de presenciar.

Comprendió que su viaje apenas comenzaba y que el sello no era un simple artefacto, sino la llave de algo mucho más grande y peligroso.

Cada línea grabada, cada runa, cada detalle del cristal negro tenía un propósito que debía descifrar antes de que cayera en las manos equivocadas.

La noche se cerraba a su alrededor como un manto, y los faroles del jardín proyectaban sombras largas y danzantes que parecían reflejar los pensamientos inquietos de Suwei.

No podía confiar en nadie; cada paso debía ser medido, cada decisión calculada.

La sensación de vigilancia persistía, como si el mismo jardín supiera que estaba siendo observado por ojos invisibles.

El viento llevó consigo un eco lejano de palabras olvidadas, como advertencias del pasado filtrándose en el presente.

Suwei respiró hondo, fijando la mirada en el sello y sintiendo una mezcla de temor y determinación.

Sabía que debía encontrar los otros dos sellos antes de que alguien más lo hiciera, y que cualquier error podría tener consecuencias irreversibles.

La sombra permaneció inmóvil entre los árboles, paciente, observando cada movimiento de Suwei.

No había prisa, solo espera, porque alguien tan calculador no se apresuraría hasta el momento perfecto.

Suwei guardó el sello dentro de su túnica, junto a su pecho, y emprendió el camino de regreso.

Cada paso resonaba sobre los adoquines, recordándole que estaba adentrándose en un destino que nadie más podía comprender.

La noche lo envolvía, y el poder del sello latía en sincronía con su corazón, guiándolo hacia un futuro incierto, lleno de enigmas, peligros y revelaciones que cambiarían para siempre el curso del Imperio.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack Algunos secretos no esperan ser descubiertos; esperan ser encontrados por aquellos que están preparados para soportar su peso.

Un objeto puede ser pequeño, pero su influencia puede alterar imperios y destinos.

En cada línea grabada, en cada sombra que susurra entre los árboles, reside un eco de advertencia y promesa.

La curiosidad es el fuego que despierta lo dormido, pero también puede atraer la mirada de quienes acechan en silencio.

Solo aquel que comprende que el misterio no es un obstáculo, sino una guía, podrá descifrar la verdad y sostener la llave que cambiará la historia.

No es fácil crear una obra, ¡deme un voto por favor!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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