EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 56
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56: Capítulo 26 – El Juicio del Vínculo Imperial 56: Capítulo 26 – El Juicio del Vínculo Imperial Cuando un eclipse cae sin aviso, los templos se despiertan.
Y cuando un consorte sobrevive a un ataque de poder oscuro, los dioses exigen prueba.
El Alto Consejo convocó la antigua ceremonia del Juicio del Vínculo Imperial, un rito olvidado que solo se realizaba cuando la unión entre un emperador y su consorte alteraba el equilibrio espiritual del imperio.
Era una prueba para los cuerpos.
Un juicio para los corazones.
Una mirada directa de los dioses.
La ceremonia tuvo lugar en lo profundo del Templo del Corazón Sagrado, entre columnas talladas con los nombres de los antiguos emperadores y sus consortes.
El aire estaba cargado de un aroma a incienso antiguo, mezclado con el eco de rezos olvidados.
Cada paso que daban Suwei y Jin Long resonaba como un latido del tiempo.
Allí, ante el fuego ancestral, debían entrar juntos.
Sin armaduras.
Sin coronas.
Solo piel, alma… y verdad.
Los sacerdotes se inclinaron ante ellos, sus túnicas rozando el suelo mientras los ojos parecían ver más allá del presente.
—El vínculo que han formado ha despertado fuerzas antiguas —dijo la Gran Custodia del Templo—.
Si no es auténtico, el imperio caerá en desequilibrio.
Si lo es… el fuego blanco los reconocerá.
Ambos se tomaron de la mano.
El calor entre sus dedos no era físico.
Era una promesa.
Una promesa de confianza y unión más allá de lo que cualquiera pudiera comprender.
El fuego responde Entraron al círculo sagrado.
El suelo estaba marcado con símbolos antiguos, tallados por manos que habían desaparecido hacía siglos.
Cada línea y cada curva brillaba tenuemente bajo la luz de las llamas, como si los ancestros del templo estuvieran observando, expectantes.
En el centro, un cuenco de jade puro contenía llamas blancas que danzaban lentamente, casi suspirando, como si esperaran con paciencia infinita.
Cada chispa parecía palpitar con la energía del tiempo, como si el templo mismo respirara con ellos, y el aire oliera a incienso antiguo y a piedra milenaria.
Debían colocar allí una gota de su sangre… al mismo tiempo.
Jin Long lo hizo sin dudar, con la serenidad que siempre lo había definido.
Suwei, por un instante, sintió cómo el corazón le latía con fuerza, golpeando en su pecho como un tambor de guerra.
Recordó la daga, el ataque, la visión de la sombra que lo acechaba, y un escalofrío recorrió su espalda.
Pero cuando miró al emperador, al hombre que había estado a su lado en cada momento de miedo y victoria, comprendió que no podía mentirle al destino ni a sí mismo.
Dejó caer su gota de sangre.
El fuego rugió.
Una onda de calor y energía recorrió todo el círculo, haciendo que los cabellos de Suwei se erizaran y que el aire vibrara con un zumbido profundo, casi musical.
Pero no se apagó ni se alzó de manera destructiva como ocurría en los ritos antiguos.
En cambio, cambió de color: del blanco puro al loto de fuego blanco con bordes dorados, irradiando una luz cálida y protectora que envolvió sus cuerpos, acariciando la piel como una brisa suave y potente al mismo tiempo.
Suwei sintió cómo un cosquilleo recorría su piel, desde la palma hasta el corazón, y cómo cada fibra de su ser vibraba al compás de aquella energía ancestral.
Cerró los ojos por un instante y respiró hondo, absorbiendo la sensación de poder, seguridad y conexión que lo unía a Jin Long.
A su lado, el emperador también respiraba profundo, y Suwei pudo percibir la calma y la determinación que emanaban de él, una fuerza silenciosa que lo hacía sentirse invencible.
Los monjes retrocedieron, asombrados.
Nunca antes habían presenciado algo así en siglos.
Sus ojos reflejaban no solo sorpresa, sino reverencia; sus manos temblaban ligeramente, como si temieran tocar aquel fuego sagrado.
Las palabras del Gran Custodio del Templo resonaban en sus mentes: “Si el vínculo es verdadero, el fuego los reconocerá”.
Y el fuego los había reconocido.
Era como si los dioses mismos hubieran sellado su unión, mostrando que la conexión entre ambos trascendía lo humano y tocaba lo divino.
Y entonces ocurrió algo que ningún texto antiguo había registrado jamás: El fuego se alzó, formando dos figuras que flotaban sobre el cuenco de jade: una grulla y un dragón.
Cada movimiento era delicado, pero poderoso, danzando en el aire y entrelazándose en un espectáculo de luz que iluminó cada rincón del templo.
Las sombras de las columnas danzaban al compás de la energía, y la luz tocaba los rostros de todos los presentes, susurrando historias de poder, unión y destino.
Era como si los ancestros y los dioses estuvieran celebrando en silencio, reconociendo la fuerza del vínculo que se había forjado.
Las columnas temblaron levemente, como si respiraran, y los nombres de todos los consortes de la historia ardieron por un instante en fuego efímero… un homenaje y reconocimiento al verdadero vínculo.
Y junto a ellos, apareció un nuevo nombre, grabado con la misma luz dorada: Suwei Jinhai — de la Casa de la Grulla Blanca, Gran Consorte del Dragón Imperial.
Cuando salieron, envueltos aún en la energía que los había protegido, Jin Long tomó la mano de Suwei y susurró: —Ahora ya no lo dudarán más.
Suwei lo miró con una mezcla de cansancio, alivio y serenidad.
La fuerza de aquel vínculo se sentía como un abrazo invisible que los conectaba, más allá del tiempo y del peligro.
Cada paso que daban hacia la salida parecía aligerar sus cuerpos, como si la luz dorada los hubiera purificado, borrando cualquier sombra que los acechara.
—No me importa lo que digan de mí, mientras tú no me sueltes la mano —respondió con firmeza, dejando que su voz mostrara tanto desafío como amor.
Y Jin Long… no la soltó.
El imperio había sido testigo, los dioses habían visto… y el vínculo entre ellos era más fuerte que cualquier sombra que pudiera acechar.
Mientras caminaban hacia la luz del día que finalmente comenzaba a filtrarse entre las nubes, Suwei comprendió algo profundo: no solo había sobrevivido al ataque, sino que había ganado algo mucho más valioso.
La certeza de que no estaba solo, y que juntos podrían enfrentar cualquier amenaza que se alzara contra ellos o contra el Imperio.
El canto distante de un cuervo se mezcló con el viento del amanecer, arrastrando hojas secas y partículas de polvo iluminadas por los primeros rayos de sol.
Era un recordatorio de que el mundo seguía su curso, con o sin ellos… pero ellos, ahora, estaban listos para cambiarlo, juntos, sin miedo.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack No hay prueba más grande que la que no mide la fuerza, sino la verdad del corazón.
El Juicio del Vínculo Imperial no fue un desafío del cuerpo, ni siquiera del espíritu: fue un espejo de los dioses, obligando a mostrar lo que no puede fingirse.
El fuego no reconoció títulos, ni coronas, ni linajes.
Solo reconoció el lazo invisible que ata un alma a otra.
Allí, donde todos esperaban confirmación o ruina, apareció algo que jamás había sido registrado: la unión de dos símbolos destinados, un dragón y una grulla que danzan no por obediencia al destino, sino por elección mutua.
El imperio tembló, no porque temiera su caída, sino porque atestiguó el nacimiento de un poder que no pertenece al pasado ni a la profecía, sino a la voluntad de quienes deciden no soltarse la mano.
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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com