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EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 57

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  4. Capítulo 57 - 57 Capítulo 27 – Bajo la máscara del emperador
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57: Capítulo 27 – Bajo la máscara del emperador 57: Capítulo 27 – Bajo la máscara del emperador El palacio, aquella noche, parecía un mausoleo.

Tras el juicio del Vínculo Imperial no hubo música, ni incienso, ni banquetes.

Las lámparas de aceite ardían con llamas bajas, casi tímidas, y los corredores se volvían ríos de silencio.

Jin Long caminaba solo, cada paso resonando contra el mármol como un eco de su propia soledad.

El peso de la corona no estaba en su frente, sino en su pecho.

Allí, donde los recuerdos rugían como un ejército invisible.

Su destino lo condujo al ala este del palacio: el Pasillo de las Madres.

Las paredes estaban cubiertas de retratos antiguos: emperatrices, consortes, nodrizas que habían marcado la historia del Imperio.

Sus rostros, pintados en seda y madera, parecían observarlo con solemnidad.

Pero él solo se detuvo frente a uno.

Una mujer de mirada profunda, ojos oscuros como un invierno sin fin, y el cabello recogido con un alfiler de jade.

El pincel había capturado no solo su belleza, sino la severidad de alguien que conoció más de la pérdida que de la ternura.

—Madre… —susurró Jin Long, la voz quebrada, temeroso incluso de rozar el marco—.

¿Por qué…?

La respuesta llegó detrás de él, firme, sin anunciarse: —Porque temía por ti.

La emperatriz viuda Xioalian estaba allí, de pie al final del pasillo, como una sombra silenciosa que parecía fundirse con la luz pálida de los candelabros.

Su hanfu gris perla rozaba suavemente el suelo, sin el peso de ornamentos ni coronas.

No era la figura de poder temida en los salones del consejo; era una madre, endurecida por el tiempo, pero cuya presencia todavía imponía respeto.

Sus ojos, sin embargo, eran afilados como cuchillas, capaces de atravesar cualquier máscara.

—El consejo quería un emperador moldeable —dijo, sin rodeos, su voz cargada de años de estrategia y sacrificio—.

Yo necesitaba que sobrevivieras.

Así que te crié como piedra.

Jin Long apretó los dientes.

Una chispa de rabia contenida vibraba en su garganta, pero no era solo rabia; era la mezcla de años de soledad, de instrucciones frías y de emociones que nunca había podido expresar.

—Me enseñaste a gobernar… pero no a sentir.

Xioalian lo sostuvo con la mirada, sus ojos revelando algo que pocas veces mostraba: vulnerabilidad.

Por un instante, su voz tembló, y eso era un gesto que raramente se permitía: —Si te enseñaba a sentir, te romperían.

Si te enseñaba a romper… vivirías.

Las palabras golpearon en su interior como un gong resonando en la noche más oscura.

Jin Long cerró los ojos, y sintió cómo las máscaras que siempre había llevado —del emperador, del estratega, del dragón imperial— se volvían más pesadas que nunca, aplastando su pecho con cada recuerdo de obligación y sacrificio.

—¿Y ahora qué soy?

—preguntó, su voz áspera, como un filo que cortaba el aire—.

¿Una máscara?

¿Un emperador sin alma?

Xioalian dio un paso hacia él, lento, medido, como si cada movimiento fuese calculado por los años de distancia que los habían separado.

Lo miró con los ojos de una madre, de alguien que había perdido a su hijo entre mapas, títulos y deberes.

No lo veía como un emperador; lo veía como Jin Long, el niño que había amado con toda su fuerza, antes de que el mundo lo reclamara.

—No —susurró al fin—.

Ahora eres alguien que ha encontrado una razón para bajar la espada.

Y eso… —su voz se quebró apenas, un hilo de emoción que raramente mostraba— me asusta más que cualquier guerra.

El aire se tensó, pesado, casi tangible.

Jin Long tragó saliva, y un nombre ardió en su pecho: Suwei.

Cada recuerdo de ella, la danza en el salón, el juicio, aquella noche en que creyó que lo perdería todo, se mezclaron en un torrente que lo golpeaba desde dentro.

Por primera vez desde que la corona fue colocada sobre su frente, habló con voz clara y firme, dejando que sus emociones fluyeran sin censura: —No quiero ser un emperador solo.

No otra vez.

Xioalian bajó la cabeza, y con movimientos lentos y solemnes, extrajo de entre sus mangas una pequeña caja de madera negra, sellada con el relieve de un dragón.

La sostuvo con ambas manos, como si el peso de la esperanza y el amor de toda una vida se concentrara en ella.

—Tu padre nunca quiso que la abrieras.

Yo tampoco.

Pero él no vio lo que veo ahora.

No un símbolo.

Un hijo.

Jin Long tomó la caja con dedos que temblaban, sintiendo la textura rugosa de la madera y el frío del metal del dragón grabado.

Al abrirla, encontró una sola carta, escrita con tinta dorada, cada letra brillando tenuemente bajo la luz de los candelabros.

“Gobernarás con fuerza… o vivirás con verdad.” Era un mensaje breve, pero cargado de significado, como un presagio que atravesaba generaciones.

El emperador no pudo contenerse.

Las lágrimas brotaron, silenciosas, deshaciendo la máscara que lo había protegido durante toda su infancia y juventud, dejando al descubierto al hombre que realmente era.

Esa noche, mientras Suwei dormía, envuelta en la suavidad de las sábanas y rodeada del delicado aroma de los lotos, Jin Long se detuvo en la puerta de su cámara.

La luz de la luna se filtraba por los ventanales, dibujando sombras danzantes sobre las paredes y el suelo de madera pulida.

No entró como emperador, con capa ni corona, sino como un hombre que por primera vez podía permitirse ser solo eso: un hombre, con sus dudas, sus miedos y su verdad.

Sus pasos eran silenciosos, casi reverentes, como si temiera romper la magia del momento.

Con el corazón desnudo, se acercó a Suwei, sintiendo cada respiración de su consorte, cada suave movimiento de su pecho al inhalar y exhalar.

Tomó su mano con cuidado, dejando que el calor de la piel ajena se mezclara con la propia.

En la penumbra, susurró, con voz temblorosa pero firme: —Gracias por no tener miedo de mirarme… aun cuando yo me escondía detrás de todo.

Suwei, sin abrir los ojos, dejó que una sonrisa leve se dibujara en su rostro.

No era una sonrisa de juego ni de coquetería; era un gesto pequeño, lleno de ternura, aceptación y comprensión, como si sus silencios hablaran más que cualquier palabra.

—Ya no estás solo —respondió, su voz un susurro suave, casi un murmullo que acariciaba el alma de Jin Long.

El emperador cerró los ojos un instante, permitiéndose sentir.

Sentir sin máscaras.

Sentir sin juicio.

La fragancia de los lotos, el ritmo pausado de la respiración de Suwei, la tibieza de su mano entrelazada con la suya… todo se volvió un refugio, un santuario en el que no existían coronas, leyes ni deberes.

Solo ellos dos, y la verdad que finalmente habían encontrado.

Jin Long dejó que un suspiro largo y profundo escapara de sus labios, liberando meses de tensión contenida, años de soledad y máscaras.

Y allí, en esa quietud, en esa cercanía silenciosa, comprendió que la fortaleza no estaba solo en gobernar un imperio, sino en permitir que su corazón pudiera ser visto, amado y acompañado.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack A veces, las máscaras más pesadas no son las que ocultan el rostro, sino aquellas que aprisionan el corazón.

Jin Long aprendió a reinar con hierro, no por elección, sino por supervivencia.

Su madre lo forjó como espada, pero olvidó que incluso el acero más puro necesita un fuego que lo caliente y lo vuelva flexible.

En este capítulo, la corona no se vio como gloria, sino como soledad; y la herencia imperial, no como bendición, sino como cadena.

El verdadero quiebre no fue la carta de su padre, sino la decisión de Jin Long de aceptar que ser hombre no lo hacía menos emperador.

Porque el trono nunca temió a un gobernante frío, sino a uno que, en medio de la dureza, se atreve a sentir.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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