EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 58
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58: Capítulo 28 – El jardín que floreció en la guerra 58: Capítulo 28 – El jardín que floreció en la guerra Las ruinas del acero El sol se alzaba lentamente sobre el antiguo Campo de los Mil Estandartes, una explanada marcada por siglos de entrenamiento militar, batallas simbólicas y gritos de victoria.
Las piedras estaban gastadas, las lanzas oxidadas y los estandartes, ahora rasgados, colgaban como fantasmas de un pasado implacable.
Pero aquel día, el viento traía pétalos y no polvo de guerra.
Grullas surcaban el cielo en vuelo bajo, como si se aseguraran de tocar con suavidad cada recuerdo que el terreno guardaba.
Suwei caminaba descalzo sobre la tierra removida, sintiendo cada textura bajo sus pies, cada resquicio de memoria que la arena y el hierro conservaban.
Detrás de él, cientos de obreros y niños huérfanos lo seguían con respeto, curiosidad y un atisbo de esperanza.
Los arquitectos de la corte fruncían el ceño, incapaces de entender la visión del Consorte.
—¿Aquí, donde los príncipes forjaban su crueldad?
—preguntaron, con un dejo de incredulidad.
—Aquí —respondió Suwei—, donde la violencia aprendió a crecer, también puede florecer la paz.
Y en sus ojos brillaba una determinación serena, una certeza de que incluso los terrenos más marcados por la guerra podían renacer.
— El Loto de Luz Pasaron semanas.
Piedras fueron removidas, semillas traídas desde las cinco provincias.
Cada camino de piedra blanca, cada fuente de jade, cada banco tallado con versos antiguos era colocado con cuidado y respeto.
Bajo la guía de Suwei, el campo de muerte lentamente se transformaba en un oasis de vida.
Lo más especial era el Pabellón de los Niños del Amanecer.
Allí, los huérfanos de guerra aprendían caligrafía, canto y meditación.
No había lanzas, no había reglas de combate.
Solo pinceles, melodías y respiraciones sincronizadas que enseñaban calma, disciplina y creatividad.
Jin Long visitó el jardín por primera vez y permaneció en silencio largo rato, sin pronunciar palabra.
Observaba a Suwei con las manos manchadas de tierra, corrigiendo una semilla que había caído fuera de su lugar, ajustando un banco, sonriendo a los niños que pasaban corriendo.
—Aquí… no se aprende a matar —dijo Suwei, casi para sí mismo—.
Se aprende a sanar.
El emperador no dijo nada.
Solo tomó la mano de Suwei, y por un instante, dejó que su corazón también respirara, dejando que el aire cargado de flores y esperanza penetrara en cada rincón de su alma.
— La voz del pueblo Los rumores llegaron antes que los decretos.
En cada pueblo, en cada ciudad, en cada mercado, se hablaba del nuevo jardín.
La gente empezó a llamarlo “El Jardín del Loto de Luz”, y a Suwei, “El Corazón Vivo del Imperio”.
Algunos decían que los lotos florecían incluso durante las tormentas, que su aroma calmaba a los espíritus inquietos.
Otros afirmaban que, por la noche, los lotos susurraban canciones que solo los niños podían entender, melodías que calmaban los sueños y curaban viejas cicatrices.
Cada paso del Consorte, cada decisión tomada en la explanada, había comenzado a transformar no solo el terreno, sino los corazones de quienes lo habitaban.
— La noche del incienso Una tarde, mientras el sol se escondía tras las montañas lejanas y el cielo se pintaba de tonos naranjas y lilas, un anciano jardinero se acercó a Suwei, con la espalda encorvada y las manos arrugadas por décadas de labor.
—Majestad —dijo con voz temblorosa—, ¿por qué planta tantas flores donde hubo tanta muerte?
Suwei sonrió, colocando una vela junto a una estatua de piedra que representaba a los antiguos guerreros caídos.
La llama parpadeaba, proyectando sombras sobre los bancos y los caminos recién terminados.
—Porque incluso las heridas merecen perfume.
Y las almas… sombra fresca donde descansar.
Jin Long permaneció detrás, observando cómo Suwei transformaba un campo de guerra en un santuario.
Comprendió que la verdadera fortaleza no estaba en la espada, sino en la capacidad de sanar, de enseñar a otros a florecer incluso en la oscuridad.
Esa noche, en el centro del jardín, mientras las grullas dormían sobre las ramas y el incienso impregnaba el aire con un aroma dulce y sereno, Jin Long y Suwei se sentaron juntos sobre un banco de piedra.
No había palabras, solo el susurro de las hojas meciéndose con el viento.
El emperador levantó la mirada hacia el cielo estrellado, buscando respuestas en la infinitud de luces titilantes.
Su voz, apenas un hilo, se quebró con sinceridad: —Me diste un templo fuera del mármol… Uno hecho de vida.
Suwei apoyó la cabeza suavemente en su hombro, dejando que su aliento cálido acariciara la mejilla del emperador.
Con un suspiro leve, que llevaba la calma de quien confía plenamente, respondió: —Y tú me diste un imperio donde mis manos… no tienen que empuñar una espada.
Sus dedos se entrelazaron, un gesto simple pero lleno de significado, y sus palmas se apretaron con delicadeza, como si quisieran sellar ese momento en el tiempo.
Jin Long bajó la frente, apoyándola contra la de Suwei, y respiró profundamente, sintiendo cada latido compartido, cada emoción contenida durante años de silencios y deberes.
Los recuerdos de batallas, juicios y noches de soledad pasaron como un susurro entre ellos, recordándole a Jin Long que no todo en la vida era deber y dolor.
Aquella cercanía, aquella respiración compartida, era un regalo más valioso que cualquier corona o poder.
—Nunca más estaré solo —murmuró él, y Suwei sonrió contra su hombro, dejando escapar un leve temblor de risa, más afecto que alegría.
Y allí, entre flores, sombras y estrellas, entre el aroma del incienso que flotaba suavemente en el aire y el murmullo lejano de los niños jugando en el jardín, Jin Long y Suwei se sentaron sin necesidad de palabras.
La brisa acariciaba sus rostros y movía ligeramente los pétalos de loto sobre el agua de los estanques.
Cada silencio parecía lleno de significados, cada respiración compartida resonaba como un canto secreto entre ellos.
Comprendieron que la guerra había terminado no porque los enemigos hubieran caído, sino porque el amor y la esperanza habían echado raíces profundas y silenciosas, donde antes solo había ruina y miedo.
Cada mirada, cada roce de manos, cada susurro del viento entre las flores, selló un vínculo que ni el tiempo ni la distancia podrían quebrar.
El calor de sus cuerpos cercanos, el latido de sus corazones, el temblor de sus manos al tocarse, todo les recordaba que, finalmente, podían ser simplemente ellos mismos: un hombre y una mujer unidos por la paz que habían construido juntos, sin necesidad de máscaras, sin temor, completos y acompañados.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack Donde otros solo ven ruinas y sangre seca, algunos son capaces de sembrar esperanza.
Suwei eligió el lugar más maldito del imperio para convertirlo en santuario, porque entendió que las cicatrices no deben ocultarse: deben recordarse para que nunca vuelvan a repetirse.
Así, entre lanzas oxidadas y estandartes caídos, brotaron lotos.
Y entre los huérfanos de la guerra, brotó un futuro.
El jardín no fue solo un acto de compasión: fue un desafío silencioso al ciclo de violencia que parecía eterno.
En su fragilidad, Suwei levantó un símbolo más poderoso que cualquier ejército.
Porque quien logra transformar la guerra en canto, y el campo de batalla en cuna, demuestra que la paz no es ausencia de lucha… sino la victoria más grande de todas.
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