EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 59
- Inicio
- Todas las novelas
- EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL
- Capítulo 59 - 59 Capítulo 29 – Canciones de traición
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
59: Capítulo 29 – Canciones de traición 59: Capítulo 29 – Canciones de traición El susurro en las partituras La Sala del Zafiro resonaba con ecos de música solemne.
Bajo la cúpula azul, cada nota se deslizaba como un río de cristal, llenando los corredores imperiales con armonías que hablaban de gloria y poder.
Los músicos, vestidos con túnicas bordadas en hilos de plata, ejecutaban una nueva melodía compuesta para honrar el linaje del dragón.
Suwei escuchaba en silencio.
Sus ojos, normalmente serenos, se mantenían fijos en las cuerdas que vibraban, en los dedos que se deslizaban con precisión, en las flautas que soplaban un aire suave como un suspiro.
Durante unos instantes, se permitió cerrar los ojos.
El sonido lo arrullaba, como si el peso de las responsabilidades desapareciera.
Pero entonces, una nota disonante atravesó el aire como un cuchillo.
Apenas perceptible, pero suficiente para que el corazón de Suwei se agitara.
Sus cejas se fruncieron.
El joven se inclinó hacia adelante, atento, hasta que distinguió lo imposible: un mensaje oculto entre los compases.
No era azar.
Era un lenguaje secreto, antiguo, heredado solo por los descendientes de la Casa Jinhai: frases ocultas en partituras, un código de advertencias y conspiraciones.
—“El dragón será herido desde su sombra.” El frío recorrió su espalda, helándole los huesos.
Sus manos temblaron al rozar el pergamino.
Aquel mensaje no era metáfora: era una sentencia.
Un presagio escrito con la precisión de un puñal invisible.
De pronto, la música que antes parecía tan pura se volvió lóbrega, como un canto fúnebre.
Cada acorde pesaba como una campana de duelo.
El aire se llenó de un silencio extraño, un silencio que solo Suwei escuchaba dentro de sí.
Se llevó la mano al pecho, intentando contener el vértigo.
La amenaza era clara.
Y venía de un lugar oscuro… demasiado cercano.
— El banquete de máscaras Días después, el Palacio Imperial brillaba con el resplandor de los candelabros.
La reunión diplomática reunía a emisarios de los antiguos reinos del norte.
Los pasillos estaban engalanados con tapices dorados, y las mesas rebosaban de vino, frutas exóticas y manjares perfumados con especias.
Suwei caminaba entre los invitados con una sonrisa educada, aunque su mirada vigilaba cada gesto, cada palabra.
El eco de la advertencia aún le quemaba en la memoria.
Entonces lo vio.
Un hombre que destacaba sin querer hacerlo.
Min Hao.
Su porte era impecable, su túnica de un azul profundo bordada con flores de lirio.
Su sonrisa parecía amable, templada como el agua de un lago… pero sus ojos eran distintos: fríos, calculadores, como espejos sin reflejo.
—¿Dónde lo vi antes?
—se preguntó Suwei, sintiendo un golpe en el estómago.
Durante el brindis, el aire se tensó.
El murmullo de las copas se mezclaba con carcajadas diplomáticas, pero algo no estaba bien.
Entre los cortinajes, Suwei percibió un movimiento fugaz: una silueta oculta, espiando desde las sombras.
Decidido, dio un paso hacia allí.
El corazón le martillaba con fuerza, y en su garganta ardía la certeza de estar caminando hacia una verdad peligrosa.
Pero cuando apartó la tela, el vacío lo recibió.
Nada.
Solo el silencio… y un objeto en el suelo.
Suwei se inclinó y recogió un broche: una grulla blanca rota por la mitad.
El símbolo de los conspiradores antiguos.
Un emblema de traición.
Sus dedos se cerraron con fuerza sobre el objeto.
El aire le faltaba.
Una premonición oscura, casi insoportable, lo rodeó.
No era simple política.
Era algo más profundo.
Una herida que buscaba abrirse dentro de la corte.
— El rostro bajo la traición Esa misma noche, Suwei reunió en secreto a su padre y a un pequeño grupo de leales en la cámara oculta del espejo.
Las paredes reflejaban sus rostros distorsionados, como si la verdad misma se burlara de ellos.
Extendieron viejos registros, pergaminos que olían a polvo y tiempo.
Suwei los examinó con atención, y entonces lo vio claro: Min Hao no era un noble cualquiera.
Su nombre verdadero estaba ligado a un linaje maldito.
Era descendiente de un consejero destituido por traición, un hombre que había jurado venganza eterna contra la Casa Jinhai.
—Ha esperado años… generaciones —murmuró Suwei, apretando los dientes.
Pero lo peor aún estaba por llegar.
Entre los nombres vinculados al complot, apareció otro.
Un nombre que Suwei conocía demasiado bien.
Un amigo.
Un aliado.
Alguien en quien había confiado desde el inicio de su llegada al palacio.
Su respiración se cortó.
El pergamino le temblaba en las manos.
—¿Tú… también fuiste máscara todo este tiempo?
—susurró, incapaz de contener el temblor en su voz.
El silencio se hizo insoportable.
Sus ojos se llenaron de incredulidad, de una tristeza tan honda que dolía en el pecho.
La traición no solo estaba en la corte.
Estaba en su círculo más íntimo.
Y aquello lo hería más que cualquier daga.
La herida silenciosa Esa noche, Suwei no pudo dormir.
Se quedó en la terraza del Pabellón de Loto, contemplando el cielo enlutado.
El farol encendido a su lado temblaba con el viento, y el aroma de las flores flotaba como un eco lejano.
Pero él no sentía nada.
Ni el perfume ni la brisa podían aliviar la punzada en su corazón.
El sonido de pasos suaves lo sacó de su ensimismamiento.
Jin Long apareció, vestido con una túnica sencilla, sin la pompa imperial que siempre lo acompañaba.
No dijo nada al inicio; simplemente tomó la mano de Suwei, apretándola con calidez.
Suwei lo miró, y sus labios temblaron al hablar: —Hoy descubrí que el veneno puede vestir seda… —sus palabras se quebraron, cargadas de impotencia y rabia contenida.
Jin Long sostuvo su mirada con firmeza, y su respuesta fue tan serena como cortante: —Y que incluso las flores… pueden sangrar.
Ambos guardaron silencio.
El viento agitaba las mangas de sus túnicas, y el farol proyectaba su sombra sobre las baldosas del loto.
En ese instante, no eran emperador y consorte.
Eran simplemente dos hombres enfrentando el mismo dolor, unidos en la misma herida.
Y allí, bajo la noche, sin necesidad de juramentos solemnes, sellaron un pacto más fuerte que cualquier decreto: nunca callarían la verdad, aunque esta desgarrara sus almas.
Un pacto nacido no de la gloria, sino de la herida compartida.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack La traición nunca llega con tambores ni espadas alzadas.
Llega disfrazada de música, de amistad, de confianza.
Suwei descubre en este capítulo que incluso las notas de una canción pueden ocultar un puñal, y que la traición más dolorosa no es la de los enemigos declarados, sino la de los rostros cercanos que un día parecieron sinceros.
Aquí la herida no sangra en la piel, sino en la memoria.
¿Cómo se reconstruye un corazón cuando descubre que lo más puro fue, en realidad, un disfraz?
Quizás con la promesa que sellaron esa noche Suwei y Jin Long: no callar nunca más, aunque la verdad duela.
Porque la traición, cuando se nombra en voz alta, pierde parte de su veneno.
¿Le gusta leerlo?
Agréguelo en favoritos
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com