EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 60
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- Capítulo 60 - 60 Capítulo 30 – El rugido bajo la luna nueva
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60: Capítulo 30 – El rugido bajo la luna nueva 60: Capítulo 30 – El rugido bajo la luna nueva La noche sin reflejos La luna nueva se alzaba sobre el Palacio Imperial como un ojo cerrado.
El cielo entero parecía contener la respiración, ocultando estrellas, como si los dioses se hubieran retirado para observar en silencio.
Las antorchas temblaban en los pasillos, arrojando sombras largas que se estiraban como garras.
Pero Suwei caminaba sin miedo.
Cada paso suyo resonaba firme contra las losas, como si con su andar retara a la oscuridad misma.
Había convocado al consejo… Pero en el fondo sabía que no todos llegarían.
Las traiciones ya habían dejado su cicatriz en el Imperio, y no todos los juramentos valían lo que costaba pronunciarlos.
En la Sala del Trono, Jin Long estaba solo.
Sus manos, tensas y heridas, se aferraban al respaldo del dragón dorado tallado en oro.
La traición pesaba en sus hombros como una corona de hierro, pero había algo más.
Una presencia reptaba por los muros, fría, invisible, como un veneno.
El aire mismo parecía vibrar con un poder antiguo: el sello ancestral del Imperio estaba cediendo.
Y entonces… El ataque ocurrió.
Una figura encapuchada emergió de entre los pliegues de la penumbra, deslizándose como humo venenoso hasta la Cámara del Consorte.
No era un guardia.
No era un sirviente.
Era la sombra de un asesino, entrenado para matar sin dejar rastro, sin que el mundo supiera que había pasado.
Pero Suwei estaba allí.
De pie, erguido, los hombros firmes, los ojos brillando con la calma de quien ha vivido demasiadas noches de oscuridad para temer a una más.
El silencio del palacio parecía doblarse a su alrededor, como si todo el mundo contuviera la respiración.
—¿Crees que la oscuridad aún me asusta?
—susurró, su voz era filo y fuego, un murmullo que cortaba la noche—.
Yo nací en ella.
El asesino lanzó su hoja con la precisión de un verdugo.
La daga silbó en el aire, buscando el corazón del consorte.
Pero Suwei no retrocedió.
Sus dedos rozaron el medallón que colgaba de su cuello, y en ese gesto simple desató siglos de herencia dormida.
De su palma brotó un fuego blanco, puro y cegador.
No era un fuego común.
Era la llama del Loto de Luz, el resplandor que solo responde al vínculo real.
La luz se extendió como un río que arrasaba las sombras, iluminando cada rincón de la cámara.
El encapuchado gritó, retrocediendo con el rostro iluminado por un resplandor que quemaba no solo la carne, sino también el espíritu.
Las sombras que lo envolvían se deshicieron como ceniza al viento.
Pero Suwei no tuvo tiempo de avanzar.
Desde el patio exterior, un rugido humano desgarró la noche.
No era un grito de dolor.
Era algo más profundo, más salvaje, más ancestral.
—¡Jin Long!
El corazón de Suwei se detuvo por un instante.
Y corrió.
— El despertar del linaje imperial El jardín celestial, que siempre había sido un refugio de calma y contemplación, estaba ahora profanado por el resplandor de la sangre y el acero.
Sobre la escalinata, Jin Long estaba de rodillas, con el hombro atravesado por la lanza enemiga.
La tela de sus túnicas, antes impecable, estaba ahora teñida de rojo oscuro.
El aroma del hierro y la pólvora flotaba en el aire, mezclándose con el perfume de los cerezos que rodeaban el jardín.
Pero en sus ojos no había miedo.
Solo rabia, y una determinación más ardiente que el fuego que empezaba a nacer dentro de él.
Suwei gritó su nombre, pero todo sonido pareció morir en sus labios.
El mundo se volvió silencio.
Porque algo estaba ocurriendo.
Algo profundo, incontenible.
No era el cuerpo de Jin Long lo que se quebraba.
Era el sello.
El sello que lo había encadenado desde la niñez, el grillete invisible que lo había mantenido humano cuando su sangre gritaba rugidos de dragón.
Y entonces… se rompió.
El aire explotó con energía ancestral.
El suelo tembló como si el continente entero se inclinara para reconocer a su verdadero señor.
Las llamas doradas se elevaron en torbellino, devorando la oscuridad de raíz, encendiendo las piedras del palacio con un calor que no quemaba, sino que despertaba.
—¡Yo soy el heredero del dragón eterno!
—rugió Jin Long.
No como hombre.
No como emperador.
Sino como el último de los linajes dragón.
Su piel se iluminó con destellos dorados que parecían escamas vivientes.
Sus ojos brillaron como carbones encendidos en rojo escarlata.
Cada respiración suya era un rugido que agitaba las hojas, hacía vibrar las columnas del palacio y estremecía hasta las aves que dormían en los árboles.
El viento danzaba a su alrededor, empujado por la fuerza de su despertar, haciendo ondear las túnicas de Suwei como si él también fuera parte del fuego.
El atacante soltó su arma y huyó presa del terror, devorado por el rugido ancestral.
Pero Suwei no lo vio.
No podía.
Ante él no había un hombre herido.
Había un dragón, el último, el eterno.
El hombre que amaba… envuelto en la forma sagrada de los emperadores de fuego.
—Viniste por mí… —susurró Suwei, y lágrimas de luz resbalaron por su rostro, iluminando la noche con un brillo suave.
Jin Long, rodeado de llamas, lo miró con la ternura intacta en medio del caos.
—Siempre.
—respondió—.
Moriremos juntos… o gobernaremos juntos.
Y en ese instante, las dos fuerzas se encontraron.
El sello roto del emperador y el fuego del Loto de Luz del consorte.
Dos llamas, dos almas, un solo destino.
Un círculo de fuego blanco y dorado brotó bajo sus pies, ascendiendo como un sol nacido en plena noche.
Las torres del palacio se sacudieron, el cielo se abrió en un rugido que partió la luna nueva en dos reflejos de fuego.
Y el eco del dragón eterno resonó a través del continente, como un canto que despertaba los antiguos linajes dormidos.
Era el inicio de un nuevo linaje imperial.
Y el fin de una era de sombras.
Suwei apoyó la frente contra el pecho de Jin Long, sintiendo el calor y la fuerza de la llama viva bajo su piel.
El mundo había cambiado en un instante, y con él, sus corazones.
La guerra, la traición, el dolor… todo quedaba atrás, absorbido por el rugido del dragón.
Solo quedaban ellos, y el futuro que construirían juntos, entre el fuego y la luz.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack Bajo la luna oscura, las sombras se confunden con los destinos.
Y aunque Suwei encendió la luz de su loto para resistir, fue Jin Long quien rompió la cadena que lo había atado desde la infancia: el sello de un linaje que lo hacía más símbolo que hombre.
En este capítulo, el emperador dejó de ser solamente heredero para convertirse en algo más: un rugido vivo, la encarnación de un dragón que no gobierna solo con miedo, sino con fuego y verdad.
El despertar de Jin Long no es solo suyo, sino del imperio entero.
Porque cuando un gobernante se atreve a mostrarse como humano y divino a la vez, no nace un tirano… sino un nuevo destino.
Y lo más poderoso no fue el rugido del dragón, sino la promesa compartida: morir juntos, o gobernar juntos.
Esa es la llama que ningún eclipse podrá apagar.
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