EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 62
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62: Capítulo 32 – La Sangre del Primer Consorte 62: Capítulo 32 – La Sangre del Primer Consorte El pergamino no debía existir.
Fue encontrado en una cámara sellada bajo la Biblioteca de los Vientos, un recinto olvidado por todos… excepto por el azar.
O tal vez por el destino.
Un aprendiz tropezó con una losa suelta, y bajo ella, un tubo de jade con grabados que ningún sabio había visto en siglos.
La piedra estaba cubierta de polvo y telarañas, y el aire del sótano olía a madera vieja y pergaminos descompuestos, con un toque de incienso rancio que parecía haber quedado atrapado en el tiempo.
Cuando Suwei recibió el pergamino, sintió el peso de algo antiguo.
Más antiguo que el Imperio.
Más antiguo que los nombres.
Lo sostuvo con cuidado, notando cómo cada centímetro de aquel tubo de jade parecía vibrar con energía contenida.
Esa noche, lo abrió a la luz de una sola vela, cuyo parpadeo hacía que las sombras bailaran sobre las paredes, como si quisieran leer también aquellas palabras olvidadas.
Jin Long dormía a su lado, y Suwei lo observó por un momento: la calma de su respiración, la suavidad de su rostro iluminado tenuemente por la llama, todo contrastaba con la tensión que sentía en el pecho.
La tinta del pergamino era roja, intensa incluso en su desgaste, y el papel, casi polvo, crujía ligeramente entre sus dedos.
Pero las palabras… las palabras seguían vivas, como si estuvieran esperando ser leídas por alguien que comprendiera su dolor y su verdad.
Fui llamado el primer consorte del dragón.
No por amor.
No por destino.
Fui atado por mandato.
Y por eso fui olvidado.
Suwei tragó saliva.
Cada letra parecía resonar en su cuerpo, como un eco profundo que atravesaba su pecho y se expandía hacia sus hombros y la nuca.
Era un dolor antiguo, una memoria que no era suya pero que parecía grabada en su sangre.
Cada palabra tenía peso, y Suwei podía sentirlo: la opresión, la injusticia, y el sufrimiento de amar sin poder ser correspondido se filtraban en él, y por un instante, todo el tiempo que había vivido parecía conectarse con aquel pasado olvidado.
Siguió leyendo, mientras la luz de la vela proyectaba sombras que danzaban como fantasmas sobre el pergamino.
La llama parpadeaba, temblorosa, y el movimiento de la cera líquida sobre el soporte reflejaba cada palabra, como si el fuego también reconociera el dolor contenido en el papel: “Amé al emperador más de lo que debía.
Pero los sabios no amaban nuestro lazo.
Dijeron que no era natural.
Dijeron que un consorte no debía tener voz.
Así, me silenciaron… Y el dragón, acorralado, me dejó caer.” Cada línea golpeaba a Suwei con una fuerza silenciosa, y por un momento sintió que su corazón latía al mismo ritmo que aquel primer consorte.
El símbolo al final del pergamino apareció como un faro en la penumbra: el mismo que ahora brillaba en su muñeca.
Su corazón se aceleró al reconocerlo; una mezcla de asombro y temor recorrió su espalda, subiendo por el cuello hasta llegar a la nuca.
Cada trazo del símbolo parecía vibrar, pulsar con vida propia, conectando su presente con un pasado que jamás había imaginado sentir tan cercano.
—¿Qué es eso…?
—preguntó Jin Long, despertando con voz ronca, todavía entre sueños.
Sus ojos dorados, aún entrecerrados, buscaban comprensión en los de Suwei, buscando el hilo que uniera aquel misterio con la realidad que los rodeaba.
Suwei no respondió de inmediato.
Se limitó a pasarle el pergamino con cuidado, como si el contacto pudiera transmitirle también el peso y la intensidad de la historia contenida en él.
Jin Long lo tomó y comenzó a leer, sus dedos tensos sobre el papel mientras sus cejas se fruncían, absorbiendo cada palabra, cada secreto, cada grieta de un corazón que había amado y sido silenciado.
No habló por largo tiempo; la habitación estaba en silencio, salvo por el leve crujir del pergamino al moverse entre sus manos y el suave tic-tac de un reloj lejano que parecía medir los segundos de la historia que se revelaba ante ellos.
—Él también me amó —dijo Suwei al fin, con la voz cargada de un dolor que no era exactamente suyo, pero que sentía como propio—.
Y por eso lo borraron.
—Pero tú no serás borrado —respondió Jin Long, con una determinación silenciosa que llenaba toda la habitación.
Su presencia parecía envolver a Suwei, reforzando la protección que sentía y recordándole que no estaba solo.
—¿Y si lo intentan?
—preguntó Suwei, con un hilo de preocupación, la voz temblando apenas.
—Entonces arderá el imperio.
—La respuesta de Jin Long fue firme, inquebrantable.
Un juramento silencioso que parecía expandirse más allá de las paredes del aposento, atravesando la noche y llegando hasta los límites mismos del palacio.
Suwei sonrió, pero había algo en su mirada que ya no era solo presente… era historia.
Era legado.
Cada pensamiento, cada emoción, cada recuerdo del primer consorte parecía fundirse con su propia existencia, recordándole que la memoria y el amor verdadero no podían ser borrados, que resistirían incluso los decretos más crueles.
Jin Long lo abrazó desde atrás, en silencio.
Sus manos encontraron la marca en la muñeca de Suwei y la acariciaron con cuidado, con reverencia, como si tocaran algo sagrado.
Cada roce transmitía un mensaje silencioso: estaban juntos, podían enfrentar la historia y el futuro sin separarse, podían sostenerse el uno al otro incluso cuando el imperio amenazara con olvidar.
—¿Crees que fue tu antepasado?
—susurró Jin Long, la voz baja, cargada de curiosidad y un ligero temor, como si temiera que la respuesta revelara algo que no podrían controlar.
—No.
—Suwei cerró los ojos, apoyando la cabeza contra el hombro de Jin Long, sintiendo el calor y la protección del cuerpo del emperador contra el suyo.
—¿Entonces por qué sientes tanto…?
—preguntó Jin Long, buscando respuestas que solo el corazón podía dar.
—Porque… me duele como si hubiera sido yo.
—La voz de Suwei se quebró apenas, un susurro que parecía un puente entre el pasado y el presente, entre el dolor y la esperanza.
Esa noche no hicieron el amor.
No lo necesitaban.
No había necesidad de palabras ni gestos que completaran su cercanía.
Solo se quedaron así: abrazados, respirando al mismo ritmo, compartiendo un latido que parecía conectar toda la historia del imperio con su propio destino.
La luz de la vela se reflejaba en sus ojos y en la marca, dibujando un halo de calma, de fuerza y de promesa, mientras la historia del primer consorte se entrelazaba con la suya propia, confirmando que el amor verdadero no puede ser borrado.
En la quietud de aquel aposento, entre la historia olvidada y la promesa de protección, Suwei y Jin Long comprendieron algo que trascendía los decretos y los años: su vínculo era más fuerte que cualquier olvido impuesto, más poderoso que cualquier intento de borrar su historia.
Y en ese instante, todo el pasado, presente y futuro del imperio parecía converger en el calor silencioso de su abrazo, en la certeza de que mientras estuvieran juntos, nada podría quebrarlos.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack La historia del primer consorte del dragón nos recuerda que los lazos verdaderos siempre enfrentan la ceguera de los poderosos.
Suwei descubre que el pasado aún vive en su muñeca, en un símbolo que atraviesa generaciones, como un eco de amor silenciado.
Este capítulo reflexiona sobre memoria, herencia y justicia.
Amar puede ser un acto revolucionario cuando los sabios intentan borrar la voz de quienes sostienen el corazón del imperio.
Y aunque la historia quiso silenciarlo, Suwei y Jin Long demuestran que la verdad y el amor no pueden ser olvidados.
La noche que comparten, sin necesidad de palabras ni gestos íntimos, es la más profunda de todas: el reconocimiento de que lo que fue silenciado sigue vivo en el presente, y que, mientras ellos existan, nadie podrá borrar aquello que fue amado de verdad.
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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com