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EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 63

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  4. Capítulo 63 - 63 Capítulo 33 – Las Llamas del Sur
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63: Capítulo 33 – Las Llamas del Sur 63: Capítulo 33 – Las Llamas del Sur El sur ardía.

Al principio, solo eran rumores llevados por mercaderes con la mirada ansiosa y la lengua inquieta: saqueos en aldeas aisladas, templos profanados, caravanas desaparecidas.

Luego, las noticias se convirtieron en certezas: columnas de humo elevándose sobre los puestos fronterizos, incendios que pintaban el cielo con tonos rojos y naranjas como si la tierra misma se rebelara.

Finalmente, el golpe más brutal: desde la provincia de Lingyan, donde los templos del Dragón habían permanecido durante siglos como guardianes de la fe y la memoria, brotó un humo denso y negro, tan pesado que parecía querer sofocar al propio sol.

Cuando llegó el mensaje sellado con urgencia, los pasos apresurados de los mensajeros resonaron en los pasillos de mármol como tambores de guerra.

Jin Long lo recibió en silencio y lo abrió frente al consejo.

Su mirada se endureció, y el aire de la sala pareció congelarse.

—Han tomado la fortaleza de Qianlu —anunció con voz grave, el ceño fruncido.

Suwei alzó la vista.

No necesitaba el pergamino para saberlo: en su pecho había sentido ya el presagio, como una presión sutil en el aire, un crujido apenas audible, como la tierra antes de un temblor.

—¿Quiénes son?

—preguntó uno de los sabios, con un hilo de voz.

Jin Long extendió el pergamino para que todos lo vieran.

En la hoja, dibujado con mano firme, brillaba en rojo un emblema carmesí: un loto, pero no puro, no sagrado.

Un loto sangrante.

El silencio cayó como un peso insoportable.

—¿Los Lotos Carmesí?

—susurró Suwei, incrédulo—.

¿No eran solo una leyenda?

Nadie respondió.

Solo un murmullo apenas perceptible recorrió la sala, como un rezo contenido.

Entonces, uno de los consejeros, anciano de rostro enjuto, palideció visiblemente.

Sus manos temblaban, y el pergamino casi se le resbaló de los dedos.

El padre de Suwei, ahora Duque restaurado de la Casa Jinhai, lo observó con atención y se inclinó hacia él con voz baja pero cortante: —¿Tienes algo que decir?

El anciano tragó saliva, y su frente se cubrió de sudor.

—No… nada, mi señor.

Solo… un mal recuerdo.

El silencio posterior fue más elocuente que cualquier confesión.

Días después, el caos llegó al jardín sanador que Suwei había fundado en la temporada anterior.

Entre flores medicinales y el aroma del incienso, un jinete tambaleante atravesó las puertas.

Su caballo, cubierto de polvo y heridas abiertas, apenas podía sostenerse; los cascos resonaban de manera irregular sobre los adoquines húmedos.

El hombre, con el rostro demacrado y la ropa rasgada, cayó de bruces a los pies de Suwei, dejando un reguero de sangre que empapó la hierba y salpicó las flores cercanas.

Suwei se arrodilló junto a él, sosteniéndolo con cuidado mientras notaba el calor escapar lentamente de su cuerpo.

Sus manos, firmes pero suaves, tocaron la piel húmeda de sudor y sangre.

La respiración del mensajero era apenas un hilo, entrecortada por tos y jadeos.

—Habla —le pidió Suwei, con voz firme, pero sin perder la compasión que lo caracterizaba.

El mensajero levantó los párpados con esfuerzo, y sus labios resecos temblaron antes de formar las palabras: —No buscan… conquista… —tosió con violencia, dejando un hilo de sangre sobre su mentón—.

Buscan venganza.

Los ojos de Suwei se entrecerraron, examinando cada rasgo del mensajero, cada señal de fatiga, cada arruga de miedo y dolor que la batalla había grabado en él.

—¿Venganza contra quién?

—preguntó, manteniendo la calma a pesar del escalofrío que recorrió su espalda.

El hombre lo miró con intensidad, y en su mirada había algo que iba más allá del dolor físico: un fuego implacable, una certeza mortal.

—Contra usted… Consorte del Dragón.

Un murmullo de incredulidad recorrió a los presentes, quienes habían estado observando en silencio.

Los jardineros, los aprendices, incluso los soldados que acompañaban a Suwei, contuvieron la respiración.

Se percibía el peso de cada palabra, como si el aire se hubiera vuelto más denso, más grave.

El mensajero continuó, apenas con fuerzas: —Dicen… que su unión es un error contra el cielo.

Que traerá el fin del equilibrio… y la caída del Imperio.

Un estremecimiento recorrió su cuerpo por última vez, y el silencio cayó sobre ellos como un sudario pesado, cargado de tensión y miedo contenido.

Suwei no titubeó.

Su voz emergió clara, firme, cortando la atmósfera con precisión: —Entonces tendrán que matarme primero.

Quienes estaban alrededor intercambiaron miradas cargadas de respeto y temor.

Algunos bajaron la cabeza, comprendiendo la determinación de Suwei; otros sintieron la presión de la amenaza que se cernía sobre todos, pero también un extraño alivio al ver su valor inquebrantable.

— Esa noche, desde la terraza imperial, Jin Long y Suwei contemplaron juntos el horizonte.

Pequeñas columnas de humo ascendían en la distancia, como hilos oscuros entrelazados en un tapiz de guerra.

El viento del sur traía consigo un aroma amargo: ceniza, humo, y el presagio de destrucción que avanzaba silencioso pero implacable.

—Esto no es solo rebelión —dijo Jin Long, con la mirada fija en las sombras que danzaban sobre los templos en ruinas—.

Es una advertencia.

—¿Y si los Lotos Carmesí no están solos?

—preguntó Suwei, la voz cargada de una inquietud contenida, casi como un susurro que temía romper la calma del aire nocturno.

Jin Long entrecerró los ojos, la mandíbula tensa, mientras la brisa hacía ondear su túnica imperial.

—Entonces necesitaremos más que espadas.

Suwei apretó el puño sobre la baranda de piedra, sintiendo cómo la determinación se aferraba a él con fuerza.

—Entonces necesitaremos al pueblo.

El Emperador lo miró detenidamente.

La luz de la luna bañaba el rostro de Suwei, resaltando cada línea de resolución y cada sombra de preocupación, creando un contraste que lo hacía parecer más grande, más intenso.

—Estás cambiando —dijo Jin Long, en voz baja, casi un susurro.

—¿Para bien o para mal?

—respondió Suwei, con la calma de quien ha decidido enfrentar lo inevitable.

Jin Long dejó escapar un suspiro cargado de emociones, mitad juicio, mitad revelación: —Para ser quien el Imperio no espera… Suwei sostuvo la mirada y completó con firmeza: —…pero tal vez quien más necesita.

El viento sopló con más fuerza, arrastrando consigo cenizas, un eco de batalla y promesas de resistencia.

Bajo la luna, los dos permanecieron en silencio, compartiendo un instante que parecía detener el tiempo, conscientes de que lo que ardía no era solo el territorio… sino el destino mismo del Imperio.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack El fuego siempre empieza como un rumor.

Una chispa en los márgenes, un susurro en las sombras… hasta que se convierte en humo que todos pueden ver.

En este capítulo, el sur no solo arde en llamas, sino en preguntas: ¿qué significa el amor de Jin Long y Suwei para el imperio?, ¿es una bendición o una herejía?

Los Lotos Carmesí aparecen como portadores de una verdad incómoda: lo que desafía las tradiciones también puede despertar la furia de quienes viven encadenados a ellas.

Pero Suwei no tiembla.

No huye.

Declara que, si el imperio debe sostenerse sobre su vida, entonces será él quien lo ofrezca primero.

Aquí empieza la verdadera prueba de su carácter: no como consorte, sino como figura que los enemigos reconocen como amenaza.

No es fácil crear una obra, ¡deme un voto por favor!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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